Mi muñeca vudú

Laura Borao - Mi muñeca de vudú

Mañana le dan las notas a Carla y, visto lo visto, estoy más nerviosa yo que ella. Es increíble el curso que hemos llevado, lo que hemos sufrido, estudiado y discutido. Bueno, en realidad, he llevado, he sufrido, he estudiado y, eso sí, hemos discutido (y mucho).

 

Mientras ella lleva un par de días que se siente completamente de vacaciones (aunque su estado actual no se diferencia mucho a lo que ha hecho durante el curso), yo estoy sin dormir pensando en las diferentes posibilidades que viviré mañana. Las sorpresas (nada agradables) que me llevaré. ¿Con qué cara me presento ante su tutora? Me estoy adelantando, pero me espero lo peor. Supongo que Carla lo tendrá muy claro. No sé cómo le ha ido porque lleva unos días enfadada conmigo y me da donde más me duele…el silencio.

Con 15 años sabe perfectamente cómo hacerme daño y lo lleva a cabo más de lo que me gustaría. Sé que la culpa es mía porque si, la primera vez que lo hizo, no se hubiera salido con la suya, tal vez no lo hubiera repetido cada vez que no conseguía lo que quería. Pero, ¿en qué momento cambió? ¿En qué instante dejó de ser mi pequeña princesa para convertirse en la “muñeca diabólica”? Los cambios han sido tan sutiles que no he sido consciente de que los había hasta que me he dado de frente con ellos. Seguramente he sido la última en verlos (mi subconsciente me vendó los ojos) por aquello de querer confiar en ella. Se me olvidó por completo que a esta edad no debía creer que ya era adulta y que la confianza no estaba reñida con poner normas y cumplirlas. ¿He llegado tarde?

 

¿Cómo puede preocuparme más a mí que a Carla una repetición de curso? Es incapaz de ver que está tirando por la borda su futuro, que sus compañeros pasarán de curso y ella se quedará en el camino.

No quiero adelantarme pero creo que, las dos semanas de vacaciones que pedí para poder estar en casa con Carla para estudiar con ella, no van a servir de mucho. Han sido los peores días que hemos pasado juntas. Se han convertido en un infierno y prácticamente me odia. Seguramente tendrá una muñeca vudú mía escondida en el armario y en la que clava agujas cada noche o cada minuto que le digo que haga algo.

¿Existe un mundo donde los hijos hagan las cosas que se supone que tienen que hacer sin necesidad de pedírselas cien veces y que finalmente no tengas que hacérselas tú si quieres que estén hechas? Ahora que lo pienso, igual sea ese el problema…Haberlas hecho yo. Ya no puedo hacer nada y toca asumir las consecuencias. Todo esto es culpa mía.

 

-Carla, mañana es día de entrega de notas. Vamos juntas, ¿no?

-Mamá, yo paso de madrugar. Estoy de vacaciones. Paso de ir.

-Hija, es importante, te juegas el curso. Creo que sería mejor que vinieras y habláramos las dos con tu tutora. Ha sido un curso duro y agradecerle todo lo que ha hecho (o ha intentado) por nosotras, sería lo de menos que podríamos hacer.

-Ya te he dicho que paso, ve tú. Luego me cuentas lo que te ha dicho y ya está. O mejor, me haces un resumen y me lo mandas por mail.

 

 

Y aquí estoy, esperando en la puerta de su clase. Sola. Carla durmiendo plácidamente. “Ggrrrr, déjame dormir” es lo único que me ha dicho cuando lo he intentado por última vez y yo con unas ojeras que me llegan hasta los pómulos esperando a su tutora para enfrentarme a aquello que me tenga que contar.

No puedo mantenerme quieta, ni siquiera dos minutos sentada. Se me va a hacer muy larga la espera. Se abre la puerta. Empiezo a temblar, un sudor frío me recorre la espalda a pesar del calor típico de esta época y una sonrisa forzada en mi cara esperando que sirva de disculpa. Sale la tutora con una compañera de Carla y su madre. “Ella sí que ha venido. No como mi querida hija”, digo para mí misma. El sentido abrazo que la profesora le da a su alumna y a su madre me despiertan de mi ensoñación.

-Disculpe, ¿le importa esperar un par de minutos? Necesito ir a por agua. Es un día de muchas emociones y tengo que hidratarme. –Me dice la tutora y asiento. Podré soportar dos minutos más.

-No se preocupe. Seguro que todo va bien y son buenas noticias. –Me dice la otra madre con lágrimas en los ojos.

-Bueno, ahora veremos cómo ha salido. Siento que su hija haya suspendido.

-¿Suspendido? Ah, no, no. Lo dice porque estamos llorando, pero es porque nos hemos emocionado al despedirnos de la tutora de Mónica. Ha sido un buen año. Su profesora le ha apoyado y ayudado mucho. Ha sido una segunda madre para ella y la echaremos de menos. Las notas han ido muy bien. La verdad es que no me puedo quejar. Mónica es una niña muy responsable y tal cómo están las cosas y todo lo que se oye por ahí, estoy muy contenta.

 

Después de oír sus palabras y muriéndome de la envidia, solamente puedo agachar la cabeza y decir “Enhorabuena” en un mínimo susurro.

-Mami, es la mamá de Carla Ruiz. –Oigo que le dice la tal Mónica a su madre cuando se marchan después de desearme suerte y despedirse. Los ojos de su madre me dicen que sabe quién es Carla Ruiz.

Seguramente, la tal Mónica sea una de las compañeras que el grupo de amigas de Carla (ella incluida) incordiaban este invierno. Precisamente por ser diferente al grupo, por no seguirlas y bailarles el agua. Por ser valientes e independientes pero que a mi hija y a las demás les molestaba y se lo hacían saber de la peor de las maneras. Afortunadamente aquello paró y pasó. Se sancionó a todas las niñas implicadas y pidieron perdón.

-Como diría @lavecinarubia, “Pedir perdón es de guapas” –Le dije a Carla como colofón al sermón que le di después de la reunión que tuvimos con su profesora para informarme de lo sucedido con aquellas compañeras.

Afortunadamente, sin saber bien quién era aquel personaje de las redes sociales al que sigo, entendió que aquello no había estado nada bien y confesó que ella no estaba de acuerdo en molestar a otros compañeros y que simplemente se dejó llevar por el resto del grupo.

Menudo disgusto me llevé cuando me enteré. Ahí empecé a darme cuenta del giro de 180º que había dado mi hija. Pero que se arrepintiera no hizo que de un día para otro dejara de ser adolescente. Aún quedaba mucho por hacer…Y lo que queda.

 

Mamá, ¿ya has terminado? Ven pronto porque me tienes que llevar a casa de Laura. Me están esperando para ir a la playa. Me quedaré con ella todo el día. Vente directa y date prisa.

 

-Pase, por favor. ¿No ha venido Carla con usted? –Me dice su tutora interrumpiéndome la lectura del último mensaje que me ha mandado mi hija.

-No, no ha querido venir. Lo siento.

-No se disculpe. Pase y le comento. –Me dice con una tierna sonrisa.

La verdad es que he tenido mucha suerte con la tutora de Carla. Tiene la dosis perfecta de comprensión y autoridad que necesitan sus alumnos. Está claro que ellos no se comportan igual en el colegio que en casa, pero parece que la respetan más a ella que a los propios padres. ¿Podría adoptarla y que se viniera a casa con nosotras una temporada? Estaría genial.

-Ha sido imposible convencerla para que se viniera. Yo quería que asumiera su responsabilidad y que se enfrentara ella a sus resultados. Sabe que he estado con ella estas últimas semanas y lo mal que lo hemos llevado. Últimamente se vive mucha tensión en casa y, al final, la he dejado durmiendo.

-Es una lástima que Carla se comporte así. Es una buena niña aunque en ocasiones parezca la “niña del exorcista”…es parte del proceso y cada alumno lo vive de una manera diferente. Hay que entenderlos, lo están pasando mal y, en muchas ocasiones, los estudios no son su prioridad. Pero entenderlos no significa que les debamos dejar hacer lo que ellos quieren. Se tienen que acostumbrar desde pequeños que hay unas normas en casa, igual que las hay fuera de ella. En todos los contextos.

-A Carla nunca le había hecho falta que pusiera normas en casa. Ha ido sola siempre y ha hecho lo que debía de hacer sin necesidad que yo se lo dijera.

-En muchas ocasiones así lo creemos, pero en realidad los pequeños detalles son los que han hecho que ahora Carla se comporte de esta manera. Y no le estoy diciendo que lo haya hecho mal con ella. De hecho pienso que ha hecho un buen trabajo con Carla. Solamente recordando el episodio con Mónica y la buena disposición que tuvo para arreglar las cosas, sé cómo es realmente bajo esa capa de hormonas que le recubre. Pero, aquí viene el “pero”, que sepamos que tiene buen corazón y que es una época que debe pasar, no significa que le dejemos hacer lo que quiera o que le consintamos el sinfín de caprichos que debe pedirle a lo largo del día. Ella debe de asumir sus responsabilidades y si ha suspendido, lo que tiene que hacer es aprovechar la oportunidad que le brindan las recuperaciones dentro de dos semanas. Aún está a tiempo.

-Sabe que es una pelea continua. Si incluso le he prometido que le compraría el último modelo de teléfono móvil si pasaba de curso y ni así. No hay manera.

-¿Cuándo ha sido la última vez que le ha dicho que no a algo que le pidiera?

-Mmmm…pues…

-Ya me lo imaginaba. Carla sabe que apruebe o suspenda, usted acabará comprándole el teléfono o cualquier otra cosa que se le ocurra en ese momento pedirle. Ser madre es un aprendizaje, pero, ser madre de una adolescente es una carrera de obstáculos. Ella, por inercia, lo va a intentar todo y, si está acostumbrada a tenerlo sin esforzarse, aún con más razón. Querrá su independencia y solamente le pedirá que esté cerca cuando a ella le interese. Podrá quejarse hasta llegar a la desesperación, ya que es una de las tácticas que emplean para conseguir sus propósitos. Pero también tiene unas obligaciones, igual que nosotras las tenemos con ella (como cuidarla, alimentarla, quererla y educarla). Carla debe responsabilizarse de sus actos. Si ella no ha trabajado ni ha estudiado lo suficiente, es Carla la responsable de la posible repetición de curso. No usted. Porque sé que usted ha hecho todo lo que ha podido. Sé lo que se ha involucrado. El no estudiar, no ayudar en casa, no mantener su habitación ordenada, etc., es responsabilidad de Carla. Tiene que asumir, ella, las consecuencias de las decisiones que va tomando a lo largo del día. Todas esas responsabilidades que adquiera ahora, le ayudarán y le prepararán para la vida adulta. No es nada fácil, claro está. Pero empiece por decirle “no”.

-Esa es la parte más difícil para mí. Ambas estamos acostumbradas a los roles que hemos adquirido a lo largo de la convivencia. –Le digo con los ojos encharcados. Me siento responsable.

-Lo sé. Y como le digo, no es nada fácil. Pero es una “inversión” que debe hacer ahora para ayudar a Carla a adquirir unas habilidades que le reforzarán para ser una buena persona en un futuro. Mire, ha suspendido tres asignaturas. Y tengo que decirle que le ha ido mejor de lo que el profesorado esperaba ya que en muchas de las asignaturas estaba “involucionando”. En este momento repetiría curso…y no pasaría nada si lo hiciera. Como le he dicho antes, Carla es la responsable de sus decisiones. Pero, viendo los resultados obtenidos, pensamos que puede pasar de curso con un último empujón. En dos semanas tiene las recuperaciones. Tiempo de sobra para que se esfuerce y apruebe las asignaturas. Mi recomendación es que sea otra persona la que le ayude a estudiar, que usted se mantenga en un segundo plano pero sin alejarse. Así podrá notar una mejoría en la convivencia. Y estoy pensando que…su compañera Mónica sería una buena opción. Además, creo que ayudaría para acabar de solucionar sus problemas personales. Hable con Carla. Hágale entender todo lo que aquí estamos hablando.

-¿Y cómo lo hago? Carla no escucha. Mejor dicho, no me escucha. Da igual lo que le diga, ella siempre se sale con la suya.

-Bueno, cambie de táctica. Afortunadamente a Carla le gusta leer. Pues aprovechémonos de ello. Escriba todo lo que hemos hablado, cómo se siente usted cuando ella se comporta de una determinada manera, lo que espera de Carla con cada decisión o norma que se establezca. Que lea todo lo que tenga que decirle. Esto le ayudará a romper la barrera que Carla se ha construido. Aunque no lo parezca, su hija la tiene como referente.

 

Sus palabras me emocionan y me animan a intentarlo. Si Carla se tiene que esforzar, yo también lo haré.

Cuando me he despedido de su tutora, cojo el móvil porque no he parado de notar la continua vibración dentro del bolso durante el tiempo que ha durado la entrevista. Como no, veinte mensajes de Carla. Todos sobre lo mismo…Que si voy a tardar, que me dé prisa, que llega tarde por mi culpa, que si voy ya a recogerla…

Esto me duele más a mí que a ella.

 

No, no voy a ir. Y tú tampoco.

Lee el mail. Te he hecho “el resumen” que me pediste.

Te quiero.

(Enviar. Por algo se empieza. Leído.)

 

Acabo de notar el pinchazo en el costado de la aguja de mi muñeca vudú.