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Laura Borao - Volver

Hoy empiezo el artículo con una frase de César Bona que, todo aquel que se dedique a la educación por vocación, estará de acuerdo con él: “Educar es un acto de amor”.

 

Y ahora explicaré por qué justo en este momento me ha venido a la cabeza:

 

El pasado miércoles fue día grande en mi cole, el último día de la semana fallera que culmina con la “cremà” de nuestra falla y donde todos los alumnos disfrutan de unos días de concursos, juegos, deporte, cine y ambiente fallero. Ese último día donde los niños suben al escenario del salón de actos para coger su medalla o diploma, sonríen tímidamente y se plantan delante del resto de sus compañeros que aplauden su esfuerzo y su victoria en las competiciones deportivas; u observan orgullosos sus redacciones o dibujos expuestos en los paneles  en el hall del salón para que todo aquel que pase por allí pueda pararse y admirar sus creaciones…Y no puedes evitar emocionarte con ellos, aplaudir junto con tus compañeros el final de toda una semana de preparativos,  de (infinitas) horas que los profesores nos pasamos organizando y preparándolo todo para que salga “perfecto” para ellos. Siempre por y para ellos. Ya llegará el momento de llegar a casa y tomarte un relajante muscular para aliviar toda la tensión vivida durante los últimos días porque, aunque no lo parezca, los profesores también nos hacemos mayores (sshhh, es secreto).

 

Pero también ese día es tradición que todo aquel exalumno acuda a mitad mañana a tomarse “la xocolatà” (chocolate a la taza con ensaimada) y este año no ha sido una excepción. Diría que se ha batido el récord de exalumnos asistentes, porque es un momento de reunión, de reencuentros, abrazos, anécdotas y risas.

 

El mejor momento del día es cuando te quedas observando el patio en el momento que se cruzan aquellos que pasaron su infancia y adolescencia entre las pareces de nuestro cole con los que llevamos años acompañando a todo aquel que nos elige. Cómo se les ilumina la cara al recordar alguna anécdota o al ver a alguno de sus profesores favoritos. Cómo nos buscan para darnos un abrazo, preguntarnos si nos acordamos de ellos y saber qué tal nos va sin ellos. O los que nos evitan porque no puedes gustarles a todos y para ellos fuimos los malvados brujos del cuento, también han querido estar. Antiguos compañeros que hace años que no se ven y eligen precisamente ese día para volver a juntarse y ponerse al día. La taza de chocolate es lo de menos (o no).

 

Alumnos que ya son médicos, mecánicos, ingenieros o electricistas; otros que, por las circunstancias que fueran, se marcharon antes de graduarse, pero les hace la misma ilusión que a cualquiera volver; o, incluso los que hicieron la vida imposible al profesorado y a sus compañeros y aun así vienen, te piden perdón y un “no sé dónde tenía la cabeza” lo cura todo.

 

Abrazos reconstituyentes, sonrisas, recuerdos y palabras bonitas que te guardas en el saco de la automotivación y que recordarás cuando te flaqueen las fuerzas. “Gracias, seño”, “Cuánto la echo de menos” o “Cuánta razón tenía” son las que guardaré yo.

 

Y ahora vuelvo a la frase del principio, “Educar es un acto de amor”, por el que los docentes damos cada día y por el que recibimos, aunque pasen los años.

 

¿Os he dicho que es la profesión más bonita del mundo?

¿Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

Laura nos da herramientas para que con imaginación ataquemos el día a día, y podamos encontrar soluciones, a las situaciones con las que nos podemos encontrar, e incluso, porque no? adelantarnos a las mismas.…. te apetece conocer más de Laura, te invito a que te sumes a  la inquietud de Laura por un mundo mejor en la educación, también en Facebook

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