Vivir entre unicornios

Laura Borao - Vivir entre Unicornios

Hacía poco más de una hora que Elsa había discutido con su madre por no dejarle ir a aquella fiesta. En realidad había sido ella la que había chillado, golpeado el sofá, dado una patada a la mesa del comedor y cerrado de un portazo al entrar en su habitación sin escuchar los argumentos que su madre intentaba que entendiera.

Mara, su madre, había mantenido la compostura, “Soy yo la adulta, debo de dar ejemplo”, se repetía Mara una y otra vez ante las mil y una maneras de hacer callar a su hija que se le pasaban por la cabeza (y ninguna dentro de la legalidad). Elsa, ensimismada en su rabia, no se daba cuenta de lo que su madre estaba conteniéndose. No saltar sobre ella y zarandearla hasta que todas aquellas hormonas revolucionadas que habían cambiado a su hija le salieran por las orejas, era su único plan coherente. “¿Y un exorcismo?”, se preguntó como última alternativa a su salvación.

Cuando Mara oyó a su marido entrar en el salón a los pocos segundos que Elsa saliera de allí, expulsó el aire que llevaba manteniendo dentro todo ese tiempo. Por fin podía relajarse. Ya lidiaría con su hija en otro momento. Juntos eran más fuertes. Los dos estaban de acuerdo en que se debían cumplir las normas familiares sin excepción. Y no salir en época de exámenes era una de ellas, por muy furiosa que se pusiera Elsa.

 

El enfado con sus padres había provocado que ella se decidiera a aceptar una conversación por mensaje de un desconocido. Aunque dudó, la rebeldía le pudo más. ¿Cuántas veces sus padres le habían advertido sobre los posibles peligros que se podría encontrar detrás de los perfiles de internet? Infinitas. Y aún así, aceptó la solicitud.

Cuando el dueño del mensaje se identificó y Elsa supo que era Juan, el chico que le gustaba, sonrió, simplemente por placer. Ese placer que te da la satisfacción al saber que han sido otros los que se han equivocado. Elsa estuvo a punto de levantarse para dirigirse al salón y decirles a sus padres que estaban equivocados, no siempre se escondían detrás del anonimato de internet gente perniciosa como ellos creían. “Elsa 1, papis 0”, se dijo.

 

Era miércoles y le tocaba preparar la cena. Por muy enfadada que estuviera con sus padres, era otra norma que en casa de los García se cumplía sin excepción. Aunque se moría de hambre, no pensaba cenar con ellos. Les dejaría la cena en la mesa y ella se iría a su habitación. Tenía que demostrarles lo enfadada que estaba. Además, aunque ya estaba más tranquila porque sabía que iba a poder acudir a la fiesta de María y ver a Juan, debía hacerles creer todo lo contrario. Seguir el plan. “Es perfecto y nada puede salir mal”, aseguraba Elsa cada vez que releía los mensajes que Juan le había enviado proponiéndole engañar a sus padres.

 

-¿Es que sigues enfadada con nosotros, cariño? –Le preguntó Mara a su hija cuando entró en el coche haciéndolo temblar por el portazo.

-Grgdsuf –Contestó cruzándose de brazos después de abrocharse el cinturón.

“Menudo viajecito de vuelta me espera”, se dijo Mara poniendo los ojos en blanco.

-Hija, ya te he explicado mil veces que, y en el fondo tú sabes que tenemos razón, la semana que viene te juegas el curso. Debes prepararte bien si no quieres suspender… -Intentó hacerle razonar por enésima vez.

-No, mamá, no es eso. ¿Es que no me entiendes o no me quieres entender? Eso ya ha pasado. Sé que tengo exámenes y trabajos pendientes que tengo que presentar. Aunque me fastidie no ir a la fiesta de María, entiendo las normas y sé que lo hacéis por mí.

-Perdona, Elsi, ¿me lo estás diciendo en serio o es uno de esos momentos de “ironía on” que siempre me dices? –Le interrumpió su madre sorprendida por las palabras de su hija.

-No, mami, lo digo de verdad.

“¿Ahora soy mami?…no sé qué es más peligroso”, pensó temblando su madre esperando qué era lo siguiente.

-Es que hoy la profesora me ha dado una noticia peor que tú ayer. Mucho peor que la prohibición de no poder ir a la fiesta de María, mamá. Estoy que me subo por la paredes porque el fin de semana va de mal en peor.

-Ay, cielo, por favor, suéltalo ya que me estoy poniendo nerviosa. ¿Para ti qué hay peor que no ir a la fiesta para quedarte estudiando?

-¿Te acuerdas de Ana? Esa compañera de clase que se margina, viste como una pordiosera, que no habla con nadie y que sus padres nunca vienen a las reuniones del colegio. –Le intentó describir Elsa.

-Tesoro, no me gusta que hables así de una compañera, en realidad, de nadie. No conoces sus circunstancias y, por lo que veo, no te has preocupado por conocerlas. No tienes que juzgar a las personas tan libremente. Pero bueno, ¿qué pasa con ella? –Dijo Mara en un tono irritado ante la insensibilidad de su pequeña.

-¡Pues no me dice hoy que debemos hacer el trabajo juntas! Sí, sí, mami, ¿te lo puedes creer? Así, con esa cara me he quedado yo cuando la profesora nos lo ha dicho. Además, me tengo que amoldar a sus horarios y tenemos que juntarnos mañana porque el fin de semana no puede. Y estarás pensando que lo hagamos por videollamada. Pues lo mismo que he pensado yo antes de tener que ir a su casa y quedarme a dormir. ¿Y mi sorpresa cuál ha sido? Que no tiene cámara en el ordenador. ¿Te lo crees? Has visto como es rara. De verdad, mami, lo que me faltaba para hundirme más en la miseria. Joooo, mami, es que todo me pasa a mí.

-Por favor, Elsa, no hables así. Además, ¿te has preocupado por conocerla un poco mejor? Igual te sorprende y congeniáis más de lo que te imaginas. Seguro que tu profesora lo ha hecho para que Ana se integre en el grupo de clase y te ha escogido para hacerlo con la excusa del trabajo. Sé que ahora se te hace un mundo, pero seguro que sacas algo bueno de esta experiencia. Ponte en su lugar, por favor, Elsa. Tanto tu padre como yo te hemos enseñado siempre a actuar desde el respeto. –Intentó Mara convencerla.

-Mami, pero ¿quedarme a dormir en su casa? Me muero. ¿Sabes que voy a ser el hazmerreír de la clase el lunes en cuanto se enteren mis amigos?

-Sé que tu vida social es muy importante para ti (o lo más importante, desgraciadamente), pero si se burlan, deberías ser tú la que defendiera la situación porque Ana se merece el respeto del resto de compañeros. Y si piensas que tus amigos se van a meter contigo por hacer un trabajo con ella, creo que no me gustan tus amigos. Y si a ti te pasa lo mismo…empiezas a gustarme un poco menos. Te quiero con locura, y lo sabes, pero no me gusta que pienses así. Todos nos merecemos una oportunidad y tú se la darás a Ana. ¿De acuerdo?

Elsa abría los ojos un poco más con cada palabra de su madre. No podía creer que el plan estuviera saliendo redondo. Con todo lo que había practicado y era su madre la que le decía que aceptara, e incluso le animaba a irse a casa de Ana. Estaba deseando llegar para poder chatear con Juan y contárselo. “Es un genio”, pensó.

-Vale, mami, le daré una oportunidad. Mañana cuando salga del cole me iré con ella a su casa a hacer el dichoso trabajo. ¿Contenta? ¿El sábado me puedes recoger en el centro comercial? Te avisaré cuando lo tengamos terminado.

-Gracias, cielo. Así me gusta. –Le sonrió a su hija por el espejo retrovisor.

 

Cuando llegaron a casa, Elsa se metió en su habitación pues tenía muchas cosas que hacer para el día siguiente.

“¿Seguro que era él quién te escribía?”, se repetía la frase del angelito que le hablaba al oído. “Claro, él me lo dijo. ¿Si no cómo sabía lo de fiesta?” Aseguró.

-Me estoy volviendo un poco paranoica. Elsa, tranquila. Vas a disfrutar de la fiesta, vas a bailar con tus amigas y vas a ver a Juan. Y, al día siguiente, tus padres te recogerán como si nada hubiera ocurrido. –Le dijo el diablillo que se instaló en su hombro.

 

Cuando Javier llegó a casa esa noche, sonrió al comprobar que el ambiente era relajado. Su hija en la habitación y su mujer preparando la cena. Respiró paz y tranquilidad. No quería hacerse ilusiones porque ese estado podía cambiar en cualquier momento.

 

-Cariño, ¿qué te parece si mañana que cocino yo, invito a cenar a mis princesas? –Le dijo Javier oliendo de cerca lo que estaba cocinándose en la olla. –Mmmm. –Se le escapó saboreando aquel momento.

-Pues tu princesa mayor estaría encantada. Elsa tiene que ir a casa de Ana, su compañera de clase, para terminar un trabajo que tienen que presentar el lunes. Su profesora se lo ha dicho hoy. Estaba bastante fastidiada, no quería hacerlo con ella porque dice que es un “poco rarita”. La he convencido para que se vaya. No puede suspender y debe relacionarse con todo tipo de compañeros. Creo que la experiencia le irá muy bien.–Le informó Mara pasando sus brazos por los hombros de su marido.

-Mmmm…¿Y ha aceptado sin rechistar? ¿No te parece extraño que acepte a la primera cuando lleva una temporada protestando por todo, hasta del aire que respira? –Sospechó Javier.

-La verdad es que me ha llamado “mami” demasiadas veces. Le mandaré un correo electrónico a su profesora para que me lo confirme. Siempre nos dice que ante cualquier sospecha que le preguntemos para cerciorarnos. Están en una edad muy complicada y no hay que fiarse del todo.

 

-Cariño, no quiero que te enfades con lo que te voy a contar. ¿Vale? –Le pidió  Mara al día siguiente cuando lo llamó por teléfono.

-Cielo, si me llamas al trabajo y me dices que no me enfade…empiezo a enfadarme desde este instante. ¿Qué ha pasado? ¿Le ha pasado algo al coche? ¿Es Elsa? Habla rápido, por favor. –Le pidió su marido.

-Bueno, pues es que esta mañana he recibido un correo de la tutora de Elsa diciéndome que no sabía nada de ese trabajo que tenía que hacer con otra compañera. Ya te puedes imaginar cómo me he puesto al leerlo y la he llamado al colegio. Le he pedido que no le dijera nada porque quiero saber hasta dónde está dispuesta a llegar. He estado cotilleando su ordenador y fue un tal Juan quien le propuso este engaño para poder ir a la fiesta de María. Sé que debería confiar en nuestra hija, pero, como dice el juez de menores ese tan famoso, mientras viva en nuestra casa tenemos derecho a saber qué pasa con ella. Me duele tener que hacerlo, pero más me dolería si le pasara algo. –Se lamentó Mara.

-¿Qué ha pasado con la pequeñaja que vivía obsesionada con los unicornios?

-Muy sencillo. Ha crecido y ya no es una niña. Creo que le gusta ese tal Juan. -Le aseguró su mujer.

-Mara, añade una nueva norma. Nuestra hija no se puede enamorar hasta los 40. ¿Sabes que voy a odiar a todas sus parejas, verdad?

-Sí, lo sé, cielo. Allí nos vemos.

 

Cuando llegó la hora de la salida del colegio, Mara y Javier habían aparcado a varias manzanas de distancia para que su hija no reconociera sus coches. Esperaron pacientemente tras la esquina para poder seguirla. Mara reconoció a Ana, la compañera que Elsa utilizó como excusa para dormir fuera de casa. Salía sola, con la cabeza agachada y con paso rápido. Para su sorpresa, pocos segundos después salió tras ella su hija. La paró, le dijo algo y se fueron juntas.

-Igual nos hemos confundido y sí se va a casa de Ana. –Le dijo Mara a su marido, sorprendida por aquella escena. Aún así las siguieron a unos metros de distancia.

 

Cuando llevaban varios minutos andando, Elsa se despidió de su compañera y ella se limitó a sonreír tímidamente y a hacer un ligero gesto con la cabeza. A partir de ese momento ambas emprendieron caminos opuestos. Los padres de Elsa se miraron y les bastó para saber que estaban pensando lo mismo. Elsa simplemente quería disimular.

Unos pocos metros más, un chico algo mayor que su hija se interpuso entre ella y Mara y Javier.

Elsa podía percibir que alguien se le acercaba por detrás y se asuntó. Aceleró el paso por instinto y siguió oyendo los pasos cada vez más cerca. Ella levantó la cabeza para mirar dónde estaba. “¿Qué calle era aquella?” Se había equivocado en el cruce. Empezó a ponerse nerviosa, ya no pensaba con claridad y empezó a correr “por si acaso”, se dijo. Tenía que encontrar la calle donde había quedado con Juan para ir juntos a la fiesta, tal como le dijo por mensaje. No había dado ni dos zancadas,  cuando alguien le cogió el brazo frenándola en seco. Se le escapó un grito y cerró los ojos por inercia. ¿Dónde se había metido? “Si cierro muy fuerte los ojos, cuando los abra estaré en casa con los papás.”, pensó esperanzada.

-Elsa, soy Juan. Mírame. –Le agarró aún más fuerte y la zarandeó para que le hiciera caso.

Finalmente ella los abrió pero no estaba en su casa sino en una de las calles peatonales que había cerca del colegio. Le costó un poco enfocar a la persona que tenía delante.

-¿Juan? Tú no eres Juan. Suéltame. Mis padres me están esperando en la esquina. –Intentó zafarse de su agarre.

-Bueno, no soy el Juan que tú esperabas pero ese es mi nombre. ¿Y tus padres? Lo siento, pero ellos están en casa, tranquilos y confiados, pensando que estás en casa de tu compañera haciendo un trabajo. Tenemos mucho tiempo ya que hasta mañana no te esperan. Además, tú pensabas ir a una fiesta, ¿no me vas a invitar? –Le pidió aquel chico intentando atraerla hacia su cuerpo y así poder besarla.

-Perdona, Juan, ha habido una confusión. Lo siento, pero me tengo que marchar. Me esperan en casa de mi amiga María. –Le dijo Elsa realmente asustada ante aquella situación.

-No te preocupes, Elsa. Ya están avisadas. Les he dicho que finalmente no podrás ir a la fiesta.

-Pero, ¿cómo es posible? ¿Cómo sabes que iba a una fiesta? Déjame marchar, por favor. –Le suplicó confundida.

En ese momento Elsa solamente podía pensar en sus padres y en la cantidad de veces que le habían advertido sobre los peligros de internet.

De repente, al mirar a su alrededor, se dio cuenta que se acercaban más chicos que no conocía. Sus piernas empezaron a temblar, empezaba a notar que le faltaba el aire y no podía respirar. ¿Dónde se había metido?

-¡Elsa! –Gritó uno de los chicos.

Ella se giró al reconocer la voz. Él era Juan. Estaba a salvo.

-Juan, por favor. Ayúdame. Este chico…

No pudo terminar de hablar al darse cuenta que todos aquellos chicos estallaban en carcajadas, incluido su amigo Juan. En ese momento cayó en la cuenta que la habían engañado para burlarse de ella. Estaba tan contrariada que no sabía si enfadarse o ponerse a llorar tras el susto. Aquellos minutos le habían parecido horas. Mientras ellos seguían con sus burlas, “Era broma, mujer.”, “No te pongas así. Menuda cara has puesto”, Elsa no pudo evitar utilizar el teléfono para llamar a las personas que más quería y a los que había traicionado su confianza.

 

 -Mamá, ¿puedes venir a por mí?

-¿Ahora? ¿Y el trabajo? No es posible que lo hayas terminado.

-Mamá, ven, por favor.

-Vamos enseguida, cariño. Gírate, tesoro.

-¿Qué? –Dijo Elsa mientras se daba la vuelta.

“Lo siento” fue lo único que salió de su boca, apenas audible por el susto. La vergüenza, la culpabilidad y el arrepentimiento le consumían.

 

¿Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

Laura nos da herramientas para que con imaginación ataquemos el día a día, y podamos encontrar soluciones, a las situaciones con las que nos podemos encontrar, e incluso, porque no? adelantarnos a las mismas.…. te apetece conocer más de Laura, te invito a que te sumes a  la inquietud de Laura por un mundo mejor en la educación, también en Facebook