"LA MAESTRA QUE PREFERÍA SER UN MONSTRUO FELIZ que NO SER NADA"

Laura Borao - Superación

Hacía poco tiempo que Noe vivía sola. Su apartamento era pequeño, pero gozaba de lo necesario para disfrutar de su autonomía.  ¿Quién lo hubiera dicho?

Miraba a su alrededor y se sorprendía de estar allí. Ni siquiera se creía que su madre le hubiera permitido independizarse. Siempre creyó que si conseguía salir de su casa, ella se iría con ella. El vínculo que las unía era especial pues habían estado siempre juntas ya que su padre se desentendió al descubrir lo que le esperaba después del nacimiento de Noe.

-Mami, ¿por qué papá se fue? ¿No me quería? –Le preguntaba con cierta amargura.

-Claro que te quería, mi amor. Fuiste un bebé muy deseado, pero se dio cuenta que no podía con el peso de ese cromosoma 21 de más que tienes. Lo que no supo es que ese cromosoma repetido es el que te da más fuerza y te hace más bella de corazón. – Ángela siempre guardaba la misma respuesta para su hija.

-El papá era un blandengue, ¿verdad?. -Las dos se sonreían y seguían con sus quehaceres.

 

Cuando era una niña oía con tanta asiduidad que iba a ser incapaz de lograr sus sueños, que hasta se lo creyó…durante dos segundos. Dos segundos que le semejaban dos toneladas de negatividad e inseguridad que mermaban en su alma. Por suerte, esos segundos pasaban rápido y se repetía una y otra vez que, lo que le dijeran los demás, no le afectaría. Una labor complicada cuando diariamente te están importunando con lo mismo.

No hacía falta que le dijeran lo que era, ella ya lo sabía. Lo descubrió la primera vez que fue consciente de que, al mirarse al espejo, no veía lo mismo en los demás niños: el pliegue de sus ojos redondeados, nariz achatada, boca pequeña y lengua muy grande que le impedía hablar con claridad todo lo que quería decir… Todas aquellas diferencias eran las que precisamente algunos de sus compañeros utilizaban para insultarla.

Desde que podía recordar ya sabía que era una niña con síndrome de Down. Su mamá ya se lo había explicado la primera vez que salió del colegio llorando porque nadie quería jugar con ella. Rápidamente se convirtió en el blanco de las burlas, “retrasada” o “monito” eran algunas de las lindezas con las que sus compañeros la obsequiaban.

-Noe, cielo, recuérdalo siempre, tú no eres “diferente”, eres “única”. Y es eso precisamente lo que les molesta a los demás. –Le dijo en una ocasión su querida abuela. ¡Qué sabias son las abuelas!

Aquella apreciación le sirvió para entender que los insultos recibidos eran por miedo. Miedo a descubrir lo que realmente hay dentro de las personas. Miedo convertido en crueldad cuando lo utilizaban de escudo protector. Era injusto porque no le daban la oportunidad de conocerla.

Optó por no caer en su juego. Noe no quería perderse ni un detalle de todo lo que le rodeaba, todo lo que podía aprender y si les hacía caso, desperdiciaba la oportunidad. No fue tarea fácil desvincularse de los comentarios negativos que caían sobre ella. Pronto dejaron de ser generalizados al entender que no reaccionaba a los insultos, ya no era divertido meterse con la “subnormal”.

Lo que sus bravucones no supieron nunca es que, en más de una ocasión, se derrumbaba al llegar a casa. Se esforzaba en comprender que no intentaran conocerla y así comprobar que era igual que ellos, que también tenía un corazón, sentimientos. Ella no había hecho mal a nadie, ¿por qué se lo hacían a ella?

 

A pesar de todo aquello, a Noe siempre le gustó ir al colegio y, aun con sus dificultades para entender y aprender algunas de las enseñanzas del profesor, nunca flaqueó. Se había fijado un objetivo muy concreto, enseñar a leer a los niños. Trasmitirles y contagiarles su amor por la lectura. “Leer es vivir”, decía. Para conseguirlo tenía que luchar a diario, no desfallecer y, por supuesto, estar cerca de las personas que sí que le apreciaban. Aquellas serían las que realmente valdrían la pena, las que le cargaban de energía positiva.

 

-¿Qué quieres ser de mayor, Noe? –Le preguntó en una ocasión una maestra sustituta.

-Srta., yo quiero ser maestra, como usted. Enseñar a los niños a leer, a superarse y a que sepan que, con mucho esfuerzo, pueden dedicarse a lo que les llene el corazón. –Le contestó con brillo en los ojos porque se veía reflejada en sus palabras. Ella conseguiría su sueño.

-¿Cómo vas a ser maestra? Si tú eres… ¿Estás segura que podrás? ¿No te gustaría más ser costurera, por ejemplo? O, no sé, no creo que puedas conseguir eso que dices. Tú tienes… -La profesora no pudo terminar la frase ya que Noe salió corriendo de clase. –Espera.

Pero ella ya se había ido con una punzada de dolor que le atravesaba el alma. Siempre había hecho frente a ese tipo de comentarios recibidos de sus compañeros. Con ellos podía, pero nunca pensó que alguien que se dedicaba a educar personitas pudiera dudar de su capacidad, de su esfuerzo y de su tenacidad.

Pasado el disgusto, entendió que solamente necesitaba el apoyo de sus seres queridos y el de ella misma. Aquel episodio le serviría para demostrar con mayor perseverancia que sería capaz de conseguir lo que se propusiera. Ya había llegado muy lejos y no era el momento de abandonar el tren. Como decía su mamá “Si es tu sueño, hazlo. O no lo hagas. Tú decides. Pero no lo intentes. Tú tienes la fuerza.” Y con aquella fuerza es con la que se levantó de nuevo. Lo haría.

 

Noe se levantó aquella mañana, como cualquier otro día, con una sonrisa en su cara. Contenta y agradecida por todo lo que atesoraba a pesar de lo que había tenido que luchar para conseguirlo. Solamente ella sabía lo que le había costado llegar hasta allí.

Lo que no se imaginó que pasaría cuando abrió la puerta para ir a trabajar es que un periódico local quería entrevistarla. ¿A ella? Le entró la risa pues pensó que era una broma. ¿Qué había hecho ella para que fuera noticia?

-Es la primera maestra con síndrome de Down del país. Además de ser de las pocas que hay en el mundo. –Le dijo el reportero ante la perplejidad que demostraba el rostro de aquella joven.

-¿No tuvo detractores en el camino? –Le preguntó después de que Noe le contara cómo había llegado a cumplir su sueño.

-Claro que los tuve. Cuando era niña, mis compañeros no entendían que a pesar de no ser como ellos, no era diferente. Tenía las mismas inquietudes, preocupaciones o sentimientos que cualquier persona. Incluso hubo una maestra que no creyó en mí. También los papás de mis alumnos, al principio, cuando me conocían después de que sus hijos le hablasen de lo divertida que era su maestra de lectura y lo mucho que les gustaba aprender a leer, se sorprendían al verme. Al principio hubieron algunas quejas, pero cuando, tanto mi Directora, el resto de maestros, como algunos papás, defendieron mi labor, no les quedó más remedio que darme la oportunidad.

-¿Y qué fue de aquella maestra?  ¿Qué le diría ahora?

-Si le hubiera hecho caso, ahora no sería nada. O, peor aún, sería como aquella mujer y prefiero mil veces ser un monstruo feliz. Feliz por haber luchado y conseguido mis sueños. Feliz por poder compartirlo con la gente que me quiere. Y feliz por sonreír y disfrutar de lo que he alcanzado. No cambio por nada del mundo la mirada inocente de mis niños cuando les leo o cuando lo hacen ellos solos porque yo les he enseñado. Es una sensación maravillosa.