Soldadito de plomo​

Laura Borao - Soldadito de plomo

-Todos tendríais que aprender de Mónica. No puedo más que deciros que es la alumna perfecta: es respetuosa, participativa, os ayuda cada vez que la necesitáis y además se esfuerza para mejorar sus notas cada día. Fijaos en ella y llegaréis lejos. –Sermoneaba Maite a sus alumnos tras los resultados de la 1ª evaluación.

 

En ese instante Mónica no podía más que agachar la cabeza para disimular su rubor. No le gustaban nada ese tipo de alabanzas públicas. Para ella, ya tenía suficiente con conseguir la máxima nota en cada asignatura. Era su responsabilidad esforzarse y trabajar cada día si quería que le concedieran la beca a la que aspiraba para poder estudiar en uno de los mejores colegios de la ciudad. Su objetivo final era ser doctora y para ello debía luchar hasta el final.

Aunque a ella siempre le había gustado mantenerse en segundo plano, sin demasiados reconocimientos, sí que estaba feliz por los resultados obtenidos. No podía esperar para llegar a casa y contárselo a sus padres. Estarían muy orgullosos de ella y era aquello lo que realmente quería.

Con la enfermedad de su madre y su imposibilidad de trabajar, tenía que esforzarse al máximo para que sus padres no se preocuparan por el dinero que podía costarles su educación. No quería ser una carga para ellos y a testaruda no le ganaba nadie.

 

-Mónica, ¿diles a tus compañeros qué quieres ser de mayor? ¿Mónica? –Insistió Maite al ver que no reaccionaba.

-Disculpe, seño. Eh, sí, bueno, quiero estudiar medicina e investigar sobre la fibromialgia y encontrar su cura. –Contestó en un hilo de voz, avergonzada ante la mirada de sus compañeros.

-Fibro ¿qué? –Gritó uno de los alumnos con cara de asco.

-Debe de ser una de esas enfermedades raras que le hacen ser una empollona. Ya sabemos su secreto. Por eso es tan lista, Mónica tiene “fibomalgia” –Espetó Carla con su habitual retintín, rompiendo a reír con su ocurrencia.

-Ya está bien, chicos, chicas.  Por el revuelo que oigo, supongo que será porque no sabéis de qué trata esta enfermedad, ya tenéis trabajo para el fin de semana. Quiero que investiguéis sobre la “Fibromialgia”. –Sentenció su profesora que pensó que sería un buen tema para que empatizaran con Mónica.

-Oohh, ¿en serio? El fin de semana es para descansar. –Protestó David.

“Creo que tú descansas a diario, de ahí los resultados”, pensó Mónica ante el comentario de su compañero ya que la mayoría de la clase, cuando llegaban a casa, se dedicaban horas a comentar cada segundo de sus vidas en las redes sociales o a pasar el rato en el parque del barrio o tirados en el sofá. “Todo muy productivo”, pensó.

-Gracias, Mónica. –Le dijo Mamen mirándola directamente a los ojos.

Por una fracción de segundo, Mónica se emocionó al oír las palabras de su compañera…hasta que se dio cuenta que ese “Gracias” iba cargado de veneno.

-Seño, no hace falta que… -Intentó pedirle a su profesora que quitara el trabajo pero sonó el timbre y ya no hubo posible discusión.

 

Mientras Mónica recogía su pupitre, sus compañeros ya estaban preparados para salir. “Los últimos para entrar, los primeros para salir”, dijo para sí misma. Un empujón al pasar, un “Ya te vale”, otro empujón, una mano que pasa por encima de la mesa tirando sus cosas al suelo, “Idiota. Espero que hagas tú el trabajo y nos lo pases al resto” acompañado de varios codazos, fueron mensajes suficientes para que a Mónica le quedara claro que sus compañeros la odiaban.

¿Cómo podían haberse puesto todos de acuerdo, sin hablar con anterioridad, para rodearla e increparla disimuladamente sin que la profesora se diera cuenta?

“¿Era a esto a lo que se dedicaban todas las tardes? ¿A planear estrategias de ataque sin parecer culpables?”, se dijo Mónica con rabia mientras recogía sus cosas del suelo.

-¿Estás bien, Mónica? –Le preguntó Maite desde su mesa al darse cuenta que estaba agachada.

-Sí, sí, seño, no se preocupe. Se me han caído las cosas. Soy un poco patosa. –Le contestó ella. No quería más problemas con sus compañeros y sabía que los tendría si le contaba lo ocurrido a su profesora.

“Se les pasará y todo volverá a la normalidad”, intentó convencerse.

 

Pero…pasaban las semanas y aquella situación no mejoraba. “Empollona” o “Listilla” eran algunos de los motes con los que sus compañeros se referían a ella de forma despectiva. Era como un ovillo de lana que cada vez iba haciéndose más grande y más grande y más…

¿Cómo podía Mónica salvar aquella situación? No quería preocupar a sus padres y tampoco se lo podía decir a su profesora porque empeoraría la relación con sus compañeros. “Ah, ¿pero que puede ir a peor?”, le preguntó su subconsciente.

 

-Mónica. ¡Qué bien que ya estés aquí! Quería hablar contigo a solas. –Le sorprendió Maite y cortó sus pensamientos.

Llevaba un tiempo llegando demasiado temprano a clase para no “tropezarse” (o para que ellos no se “tropezaran” con ella) con sus compañeros. Se iba a su pupitre y esperaba leyendo a que llegaran sus profesores. Al final del día salía la última entreteniéndose más de lo esperado para que, cuando saliera, todos se hubieran ido a casa.

-¿Hablar conmigo? ¿Ocurre algo? –Le preguntó un tanto alarmada.

¿Era la primera vez que uno de sus profesores quería hablar con ella? Tal vez no, pero para ella sí era la primera vez que ocultaba algo y se sentía que, de un momento a otro, la descubrirían.

-Mónica, tus profesores llevan días comentándome que no eres la misma de siempre. Incluso yo misma te veo más distraída, menos participativa y más pendiente de los comentarios que hacen tus compañeros de clase. Algo te pasa. Lo sé. ¿Es tu madre? ¿Ha empeorado? ¿Necesitáis algo? Sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras. Te sentará bien desahogarte. –Le dijo Maite mientras le cogía las manos temblorosas de Mónica.

-Es que no sé si es la mejor opción. Seguro que he tenido yo la culpa, pero, yo no quiero perder la opción a la beca. He luchado mucho. Tal vez debería cambiar y ser menos empollona. Si se enteran que he hablado con usted… -Estaba tan nerviosa que no sabía qué decir exactamente.

-Cariño, ¿qué pasa? Me estás asustando. Deja de temblar. Todo saldrá bien pero, para poder ayudarte, tienes que empezar por el principio. No he entendido nada de lo que me has dicho. ¿La culpa de qué? ¿La beca? Mónica, confía en mí. Lo que sea no puedes guardarlo por más tiempo. –Le pedía Maite mientras le acariciaba el pelo para tranquilizarla.

Mónica tenía la mirada perdida, pensativa. Estaba analizando la situación. ¿Se arriesgaba y le contaba a su profesora todo lo que le hacían algunos de sus compañeros? ¿Y si ellos se lo tomaban mal y no acababa nunca? ¿Podría vivir durante más tiempo con el miedo y la ansiedad metida en el cuerpo?

Después de meditarlo durante unos minutos ante la atenta mirada de Maite que realmente estaba preocupada, se decidió.

-¿Se acuerda cuando usted repartió las notas de la 1ª evaluación? Allí empezó todo…

Así, por orden de los acontecimientos, Mónica le contó con todo detalle lo que pasaba con sus compañeros. Sin guardarse nada pues llevaba mucho tiempo escondiéndose y guardando silencio. Ya no podía resistirlo más. Cuando terminó de hablar, despertó de aquel trance y miró a su tutora. No fue hasta ese momento que no se dio cuenta que Maite tenía los ojos encharcados y que ella estaba llorando. ¿Cuándo había empezado a hacerlo?

-Siento marearla con esto. Seguramente pensará que es una tontería. –Se disculpó Mónica.

-Solamente podría pensar que es una tontería si tú lo ves así. Y si realmente te afecta hasta el punto de cambiar tus hábitos por miedo a las reacciones de tus compañeros, es que no lo es. Has hecho bien en contármelo para poner remedio de inmediato y que no se vuelva a dar una situación así. Hay problemas que si los dejas pasar se enquistan y es difícil de gestionar…para ti y para los adultos que te ayudan a solucionarlo. Has sido muy valiente, Mónica.

Ella no se sentía así ya que si su profesora no le hubiera preguntado, ni ella misma sabía qué hubiera hecho. Pero, ahora ya había soltado la bestia que llevaba dentro y que poco a poco la estaba consumiendo.

-Ahora, Mónica, no te tienes que preocupar por nada. Solamente te voy a pedir que cualquier detalle, por muy pequeño que sea, confíes en mí y me lo cuentes. Así te podré ayudar. –Prosiguió Maite dándole un abrazo.

 

Confiaba en su profesora pero aún le quedaba un atisbo de duda. No por ella. Sabía que Maite haría todo lo posible, pero no sabía si sus compañeros le harían caso. ¿Qué pasaría cuando ella no estuviera delante? ¿Y camino a casa? ¿Se enfadarían aún más?

Durante los primeros días después de aquella conversación, Mónica aún no era la misma de siempre. Seguía el mismo protocolo de alerta que utilizaba últimamente: llegar la primera e irse la última, cambiar la ruta de regreso a casa o quedarse en clase con cualquier excusa para no ir al recreo. Pero, sorprendentemente, no sabía qué magia había utilizado su profesora que había funcionado. No eran sus amigos, ni pretendía que lo fueran. Ella ya tenía los suyos. Pero se mantuvieron alejados y eso a ella le sobraba para poder vivir en tranquilidad y volver a su propósito inicial. Se sentía aliviada.

 

Por fin llegó final de curso y, afortunadamente “aquel tropiezo” no mermó en los resultados. Solamente con ver los ojos de su madre, emocionados, ya valía la pena. El resto, era secundario.

Cuando salieron de la clase, después de la entrevista con su profesora, se encontraron con la madre de otra esperando. “Mamá, no te pares a hablar, por favor”, pensó Mónica al reconocer a aquella mujer.

-Bueno, ahora veremos cómo ha salido. Siento que su hija haya suspendido.

-¿Suspendido? Ah, no, no. Lo dice porque estamos llorando, pero es porque nos hemos emocionado al despedirnos de la tutora de Mónica. Ha sido un buen año. Su profesora le ha apoyado y ayudado mucho. Ha sido una segunda madre para ella y la echaremos de menos. Las notas han ido muy bien. La verdad es que no me puedo quejar. Mónica es una niña muy responsable y tal cómo están las cosas y todo lo que se oye por ahí, estoy muy contenta.

Mónica cogía tan fuerte la mano de su madre que pensó que acabaría haciéndole daño. Por fin se despidieron y se alejaron de allí.

-Mami, es la mamá de Carla Ruiz. –Le dijo Mónica una vez se habían alejado por el pasillo.

Su madre sabía quién era aquella niña. Cuando la tutora les llamó para una entrevista y les contó lo que ocurría, lo primero que pensó (y le dolió) fue que su hija no había confiado en ella. Pero, ella era responsable de sus decisiones y seguramente lo había hecho para no preocuparlos.

 

-Moni, tesoro, ponte al teléfono. Es tu tutora que quiere pedirte un favor. –Le dijo su madre con una cara de complicidad.

“Algo traman”, pensó Mónica cuando se acercó para coger el teléfono.

-Seño, no me puede pedir tal cosa. ¿No se acuerda lo que pasó?

-Claro que me acuerdo, Mónica. Pero creo que podéis ayudaros mutuamente. Será una buena oportunidad de conoceros realmente. Creo realmente que podéis congeniar. –Intentó Maite convencerla.

 

Al día siguiente Carla llegó diez minutos tarde a casa de Mónica. Durante aquel tiempo de espera no hacía más que pensar que había sido una mala idea. ¿Cómo se le ocurría a su tutora que ella le diera clases precisamente a Carla? Ella no fue de las que más la increparon, pero sí de las que consintió que el resto de sus amigos lo hicieran. Pero, le debía mucho a su tutora y no pudo negarse a su petición.

Cuando por fin Carla se dignó a aparecer, su cara reflejaba las ganas que tenía de estar allí. Ninguna. Seguramente su madre le había obligado a levantarse para acudir.

Los primeros minutos fueron tensos, pero para Mónica no era la primera vez que daba clases particulares a otros compañeros y sabía cómo lidiar con la falta de ganas y con la desmotivación.

Cuando llevaban más de una hora trabajando juntas, se oyó el portazo de la puerta de la calle. Alguien había entrado. Pero…a los pocos segundos, otro estruendo. Carla y Mónica se miraron. Los ojos de Mónica se abrieron y tardó un nanosegundo en levantarse y salir corriendo de la habitación.

-¡Mamá! Tranquila, ya lo recojo yo. –Le dijo su hija con toda la tranquilidad que podía demostrar. Desgraciadamente había vivido demasiadas escenas de aquel tipo.

“Soldadito de plomo, tesoro”, oyó Carla que le decía a su hija. La escena le sorprendió. La madre de Mónica estaba allí de pie, junto a la puerta, las bolsas de la compra derramadas por el suelo y su compañera recogiéndolas. Tardó un par de segundos en reaccionar hasta que se vio allí arrodillada, ayudando. Levantó la mirada y vio a aquella mujer que tendría la edad de su madre, pero le sorprendió su postura rígida, curvada hacia delante y la expresión de dolor de su rostro. Un “Vamos” de Mónica le sorprendió. Carla se quedó parada, sin saber qué hacer. ¿Cómo iba a dejarla allí? ¿Qué le estaba pasando? Su compañera le cogió de la mano y le ayudó a levantarse.

-No te preocupes. Ella prefiere estar sola en momentos como éste. Siempre me dice que se concentra mejor sola para eliminar el dolor. La primera vez, siendo yo una niña, que intentó explicarme lo que sentía, me dijo que los dolores eran tan fuertes que parecía que fuera de plomo, no podía moverse. Inocente de mí, le dije que como “Soldadito de plomo” y desde entonces lo utiliza de aviso para que no me asuste.  –Le explicó Mónica con una sonrisa tierna.

Mientras guardaban la compra, Mónica le explicó todo lo que pudo sobre la fibromialgia. Ahora Carla entendía por qué quería estudiar medicina. Entendía por qué su compañera pasaba tanto tiempo entre libros, por qué nunca se quedaba con ellos después de clase o a pasar el rato en el parque…Tenía otras prioridades.

Carla tenía tanta curiosidad por el tema que iba enlazando una pregunta con otra. De repente, sin darse cuenta, había pasado una hora más y debía volver a casa. A desgana tuvo que parar de preguntar. Le encantaba escuchar a Mónica, sus explicaciones y directamente con un “Hasta mañana” se despidió de su compañera. Justo antes de salir, giró la cabeza hacia el salón y allí estaba la madre de Mónica, con una sonrisa radiante, leyendo un libro y saludando con la mano a modo de despedida. Aquella mujer era increíble.

 

-Mamá, mamá…Ya sé cuál va a ser mi objetivo en la vida. –Entró Carla gritando y buscando a su madre.

“¿Mi objetivo en la vida? Ay, la que me espera. A ver qué ocurrencia ha tenido ahora.”, pensó su madre al oírla entrar con tal entusiasmo.

-Mami, voy a curar a la gente.

-¡¿Vas a estudiar medicina?! –Le preguntó a Carla con una pizca (mucha) incredulidad. No pudo evitar hacer un movimiento de ceja imitando a un presentador de la televisión. Tendría que haber disimulado, pero la cogió tan de sorpresa.

-No te pases, mamá. ¿Crees que me he vuelto loca? Sé dónde están mis limitaciones, pero Mónica dice que lo importante es marcarse un objetivo y perseguirlo hasta el final. Así que el primer paso es estudiar para las recuperaciones. Si apruebo, estupendo, seguiré el camino de la rama de sanidad. Puede que no sea doctora, pero, puedo ser enfermera, psicóloga o la persona que analiza la sangre en un laboratorio. Eso ya se verá. Y si repito, no pasa nada, mamá, tranquila. Así podré afianzar conceptos y podré obtener mejores resultados en la media. Pero, quiero que sepas, que voy a ir a por ello… -Seguía hablando Carla ante su atónita madre.

“¿Quién es esta personita que tengo delante y qué ha hecho con mi hija?”