NO ME FALTES NUNCA

Laura Borao - NO ME FALTES NUNCA

Rafael debía tomar una decisión importante y no sabía cómo comunicárselo a su familia. Llevaba tiempo rondándole la idea por la cabeza, pero no sabía cómo se lo iban a tomar ellos y eso le preocupaba y le frenaba.

Llevaba catorce años jubilado pero desde que murió Amelia, su mujer, él no había sido el mismo.

Siempre pensó que cuando se jubilara definitivamente, después de toda la vida trabajando anteponiendo su vida laboral a la familiar, la vida le dispensaría tiempo libre para pasar en familia y para descansar junto a ellos. Pero no fue exactamente así.

 

Rafael tenía tres hijos mayores. Amelia había hecho un buen trabajo en la educación de sus tres varones. Ella fue la encargada de cuidarles ya que él estaba prácticamente siempre en el trabajo, viajando.

Cuando era joven sentía que era su obligación sacar adelante a su esposa y a sus hijos. Y para que no les faltara de nada necesitaba trabajar duro aunque aquello suponía no estar presente en sus vidas. No podía decir que se arrepentía de aquello ya que gracias a aquel esfuerzo sus hijos habían recibido una buena educación que les dio la oportunidad de elegir su futuro.

 

Ahora, siendo mayor, sin su esposa y creyéndose más cerca de la muerte, se arrepentía de no haber pasado más tiempo con ellos. Y ahora que sí disponía de tiempo para su familia, eran ellos los que les faltaba para estar con él.

 

Cada vez con más frecuencia recordaba detalles como el nacimiento de su hijo pequeño (el único que vivió) estando de vacaciones en el pueblo de sus abuelos. Sonrió con la idea de que el parto se adelantara tres semanas y Amelia lo había hecho a propósito para que él pudiera estar ya que ella había renunciado a ir a por la chica después de tres embarazos prácticamente sola. Aunque casi fue peor que Rafael lo presenciara ya que tuvieron que tumbarle en una camilla por la impresión de ver cómo su pequeño salía al mundo. Pero en cambio, nunca cambiaría las sensaciones que recorrieron su cuerpo al cogerlo en brazos y dárselo a su mujer. Estaba lleno de amor en aquel momento y pensó en sus otros dos hijos mayores y las emociones que se había perdido. Había conseguido unas y había perdido otras. Ahora no podía cambiarlo y siempre había pensado que cada uno es responsable y consecuente con las decisiones que toma en su camino de vida…y él lo tenía que aceptar.

Cuando su hijo pequeño decidió vivir con su mujer cerca de su casa, les encantó la idea de poder verlos más a menudo, comer juntos, pasear por el barrio, en definitiva, pasar tiempo en familia. Por lo visto ellos tenían otros planes, siempre. A Rafael y a Amelia les entristecía no verlos con más asiduidad pero al menos a Manuel lo tenían cerca ya que sus hijos mayores habían decidido trasladarse a la capital y se veían dos o tres veces al año.

 

-Papá, mamá, ¡estamos embarazados¡ -Les dijo Manuel en una comida familiar en la que se habían reunido todos sus hijos y nietos.

“El primer nieto de Manuel. A este le veremos crecer”, pensó mientras veía corretear por la casa a sus nietos mayores que crecían demasiado deprisa sin sus abuelos cerca. 

Miró a su mujer y ésta, como si pudiera leerle el pensamiento, le sonrío, le cogió la mano y se le iluminaron los ojos con la ilusión de vivir aquello juntos.

 

Ahora, mientras observaba a su nieto ya adolescente y recordaba como siendo un bebé, le cogía las mejillas a su abuela y se las estrujaba hasta hacerle daño en muestra de amor, le daba besos que en realidad eran lametones, seguramente porque le dolería las encías y todo lo chupaba, pero que ellos interpretaban que era su manera de demostrarles cuánto les quería. O cuando les hacía llorar de alegría cuando se enganchaba con la más dulce y contagiosa de las risas de un bebé.

Recordaba como si fuera hoy, la primera vez que su nieto le cogió su dedo índice el primer día que fueron a verlo al hospital.

-Mira, Manuel, no me suelta.

-Papá, tiene unas horas de vida. Seguro que podrás zafarte de su agarre.

-Ya no.

Y así había sido. Nunca pudieron soltarse. Abuelo y nieto siempre tuvieron una conexión especial. Se buscaban, se retaban, se amaban.

Cuando murió su mujer, su nieto era el único que le sacaba una sonrisa. Un día, paseando por el parque cogidos de la mano, el abuelo le compró un globo con forma de un famoso ratoncillo. Era una tradición, siempre que iban al parque, su nieto le miraba con aquellos ojillos llenos de ternura y sacaban de él lo que quería. Le encantaba pasar horas en el parque, paseando, jugando y hablando. Rafael le escuchaba con tanto cariño que incluso se podía percibir observándolos a distancia.

-Abu, ¿dónde está la abuela Ame? –Le sorprendió. Estaba en aquella fase de preguntarlo todo pero jamás le había hablado de su “abuela Ame” después de morir. Era como si de repente hubiera caído en la cuenta que su abuela ya no estaba.

-Tesoro, la abuela Ame está en el cielo. Cuando es de noche y está despejado, si te fijas, siempre verás una estrella que brilla con más intensidad. Ella es tu abuela que nos observa y nos protege desde allí.

Rafael miró a su nieto. Estaba pensativo, reflexionando aquellas palabras. No sabía si aquella versión le había convencido y esperaba la siguiente pregunta.

De repente su nieto miró al cielo y soltó el globo.

-Pero, ¿qué haces? Siempre te digo que lo cojas fuerte, tesoro. –Le pidió Rafael mientras se le escapaba de entre los dedos la cuerda que bailaba bajo el ratón.

Los dos se quedaron observando como el globo se impulsaba hacia las nubes. Rafael se agachó para consolar a su nieto por la perdida.

-Tesoro, sabes que el abuelo no te va a comprar otro, ¿verdad?

-No quiero otro. Lo he soltado para la abuela Ame. Quiero que tenga algo mío.

Rafael tuvo que toser para disimular un quejido de pena. Lo abrazó y continuaron con su rutina.

 

¿Dónde quedaron aquellos tiempos de afecto y complicidad? ¿Cuándo los había cambiado por el desprecio y la obligación?

Rafael no podía recordar en qué momento su nieto dejó de quererlo. Al principio pensó que eran cosas de críos que se creen que ya son mayores y ya no les haces falta. Empieza siendo una queja, un reproche, un “déjame en paz”, “eres muy pesado”, “¿cómo que no te acuerdas? Eres tonto”, “¿para qué vienes a casa? ¿a molestar?”…hasta que llega el silencio. Él sabía que cuando iba a verlo era porque sus padres le obligaban a ir a su casa de su abuelo y pasar un rato. Un rato que se reducía a Rafael sentado en el sofá y él en la butaca con el teléfono móvil adherido a sus manos. Cuando consideraba que había cumplido, se levantaba y se marchaba. Daba igual lo que su abuelo tuviera que contarle, la indiferencia y la falta de respeto eran sus únicas respuestas.

Rafael estaba tan cansado de aquella situación que la mejor solución era quitarse de en medio. Así evitaría enfados con su hijo Manuel y dejaría de dolerle el alma con cada desprecio de su nieto.

-No hagas caso, papá. Está en esa fase en la que nos odia a todos.

-Tú no te has comportado de esa manera tan irrespetuosa y ni tu madre ni yo lo hubiéramos consentido.

-¿Y tú qué sabes, papá, si nunca estabas en casa para saberlo? –Le dijo su hijo Manuel enfadado por la insinuación de su padre.

Aquel comentario le rompió el corazón en dos. Siempre pensó que sus hijos entendían el sacrificio que hizo para que ellos pudieran tener todo lo que querían. Aquel reproche fue la señal para saber que había llegado el momento de irse. Ya no le necesitaban. Ya se podía ir.

 

-Papá, mamá, me voy a ver al abuelo. Volveré en un rato.

-Cielo, ¿dónde vas? –Le dijo su madre extrañada.

-Mamá, de verdad, te acabo de decir que me voy a casa del abu. –Le contestó irritado.

-Anda, ven. Siéntate aquí conmigo. –Le pidió su padre.

-No seas pesado, papá. Hoy no ha venido a casa y quiero comprobar que esté bien.

Hasta su padre se sorprendió de aquellas palabras. Respiró hondo y le hizo un gesto con la mano, dando palmadas en el espacio que quedaba libre. Su hijo se sentó a regañadientes. Lo miró y le instó para que fuera rápido, tenía prisa por irse. Su abuelo nunca cambiaba sus rutinas y empezaba a preocuparse.

-Mira hijo, el abu se ha ido.

-¿Para siempre? Papá, ¿para siempre? ¡Contesta!

-Lamentablemente, sí. Quería estar cerca de la abu Ame, dijo.  –Le contestó reprimiendo una lágrima al ser consciente que no tendría a su padre cerca.

Aún no había pestañeado Manuel cuando él estaba saliendo por la puerta, corriendo, desesperado. Corrió como un loco, sin mirar atrás. Solamente quería llegar a casa de su abu querido. No podía haberse marchado. No. No podía haber…muerto. Eso era imposible. Él no lo soportaría. Mientras corría notaba como las lágrimas se desprendían de sus ojos y recorrían sus mejillas hasta desaparecer. Por fin llegó a su destino. Le costó tanto llegar que pensó que alguien había construido un par de edificios más entre su casa y la de su abuelo. Tenía que recuperarse un poco, calmarse, conseguir que la respiración volviera a la normalidad antes de subir y comprobar aquello que su padre le había dicho. Era horrible. “Por favor, no, por favor”, pensó mientras se encontraba aun agachado con las manos en sus rodillas temblorosas, no sabía si por el esfuerzo o por el miedo.

Cuando se armó de valor y se levantó para subir a casa de su abuelo el corazón se le paralizó. Allí estaba él, su abu. Corrió una vez más hasta él y lo abrazó tan fuerte que pensó que le acababa de partir algún brazo…o los dos.

-Abu, estás aquí. Abu, estás vivo. –Le dijo aun abrazado a él.

-Tesoro, ¿qué pasa? ¿Qué te pasa? Claro que estoy vivo…por lo menos hasta que no me falte el aire con tu agarre.

-Perdona, abuelo, es que papá me dijo que te habías ido para siempre. Que te habías ido para estar más cerca de la abuela y…y…y… Yo pensé que habías muerto. Y entonces no lo pude soportar. Me dolían las entrañas y no pude controlar la idea de venir hasta aquí. –Le explicó con la voz entrecortada por la emoción, el susto y la alegría.

-Tesoro, tu padre te ha dicho la verdad. Me voy para siempre, pero no ese siempre. Ya me llegará el día…esperemos que aún tarde, claro está. Me voy al pueblo. Creo que ha llegado el momento de marcharme, se me ha quedado demasiado grande la ciudad. Ya no me necesitáis. Ya no me necesitas. Te has vuelto un niño desobediente, irrespetuoso y egoísta. Prefiero no verlo. Llevo luchando contra esto muchos meses y tú, ni siquiera me escuchas. Prefiero alejarme y vivir el tiempo que me queda aquí, en la tranquilidad de la vida en el pueblo…cerca de la abu Ame.

-Abu, ¿cómo puedes pensar algo así? No sabes la angustia que he sentido al pensar que ya no te iba a volver a ver. Te quiero tanto, abu, que no quiero que me faltes nunca. De verdad, perdóname. Por favor, abuelo, quédate. Solamente queda un mes para vacaciones. Te prometo ir contigo al pueblo, mirar al cielo y estar otra vez todos juntos.