LA NOTA QUE MERECÍAS COMO MADRE

Justo dos minutos antes de oír su nombre, Paula empezó a ponerse nerviosa. Hasta ese momento no lo había hecho y daba gracias por haber podido descansar toda la noche antes del gran día. Había sido un camino duro durante cuatro años, pero empezaba a acariciar los frutos. Tenía tantos proyectos, tantas ilusiones, objetivos fijados y entrevistas programadas que tuvo que respirar hondo, cerrar los ojos y cogerse a la barandilla antes de salir al escenario y dar el discurso final de carrera de su promoción. Estaba muy emocionada por haber sido elegida por sus compañeros como su representante. A partir de ese momento todos los presentes con birrete se convertían en abogados, sueño cumplido para muchos de ellos.

 

Luis y Paula habían decidido aplazar para septiembre su andadura profesional ya que querían disfrutar de un par de meses sabáticos viajando por Europa, con la mochila a cuestas para llenarla de experiencias, culturas, comida y gente nueva. Siempre habían pensado que viajar hace más inteligente a la gente pues ayuda a abrir la mente. Les haría madurar como personas y como pareja. A la vuelta de aquel viaje ya se preocuparían por su labor profesional, por aprender y crecer haciendo lo que más les gustaba.

Cuando oyó aplaudir  al terminar su discurso, despertó del trance en el que le había sumido tal concentración. No quería dejarse nada en el tintero pues había pasado 4 años compartiendo, aprendiendo y soñando por un futuro mejor y debía agradecerlo. Fue uno de los días más importantes de su vida…aunque otros estaban por llegar.

 

-Luis, no me encuentro bien. Me iré a la cama a descansar. Mañana es nuestro primer día en el bufete y no quiero meter la pata. –Le dijo Paula el mismo día que volvieron de aquel viaje que les apartó dos meses de su nueva vida.

-Paula, cariño, seguro que es el cansancio de estos meses viajando sin parar, junto con los nervios de empezar mañana. Acuéstate, descansa y ahora te llevo un tazón de sopa calentita para que se te pase. Ya verás, mañana como nueva. –Intentó animarla. Él también estaba nervioso, sería un día importante pues los dos empezaban a trabajar en el mismo despacho y debían dar el máximo. Sabían que les esperaba unos años duros, de mucho esfuerzo, sacrificio y trabajo, pero les “valdría la pena”, pensaba Luis.

 

Después de un par de semanas trabajando, Paula era incapaz de llevar el ritmo de sus compañeros y mucho menos del de Luis, que se había propuesto ser ascendido antes del año. Llegaba a casa agotada, lo justo para abrir la puerta e irse directa a la cama. Y al día siguiente se despertaba igual o más cansada que el día anterior. Algo le ocurría, pero ¿el qué? Solamente quería dormir, comer y vomitar.

 

-¿!Embarazada?¡ No es posible, tengo demasiados planes de vida como para introducir en ella a otro ser. Es imposible que yo pueda ocuparme de él. No puedo, no puedo, de verdad. –Soltó sin pensar que hablaba con el médico que le había atendido después de desmayarse en la oficina.

“¿Y cómo se lo diré a Luis?”, pensó. Sabía que él no se lo tomaría bien pues estaba muy preocupado por su profesión. Los dos tenían otros planes. No habían llegado hasta allí para tirarlo por la borda por la llegada de un bebé a sus vidas. Pero, por otra parte, ella siempre había pensado en tener hijos, no tan pronto, pero no era mala opción ser padres siendo más jóvenes.

 

Cuando Paula miró por la ventana de aquel tren de regreso a la ciudad donde vivían sus padres, se vio reflejada en el cristal. No se había dado cuenta de las lágrimas que le caían por sus mejillas al abandonar la vida que había programado. No quería pensar en fracaso, simplemente era un cambio de prioridades y…Luis no quiso acompañarla en ese nuevo viaje. Siempre supo que él no estaría contento con la noticia, pero nunca imaginó que la tratara de aquella forma y no quisiera saber nada ni de ella ni del pequeño que estaba por llegar. Aunque en el fondo sabía que anteponía su futuro profesional a todo. Aquellas lágrimas eran la seguridad derramada de saber que lo hacía incluso por encima de ella.

 

La decisión de volver a su ciudad natal junto a sus padres fue dura, pero sabía que si no era con su ayuda, no lo podría hacer sola. No esperaba que la vida diera aquel giro inesperado en aquel momento, pero no iba a acobardarse por aquel maravilloso imprevisto. Nunca había dejado nada a medias y no lo iba a hacer en aquel momento. Lucharía por ella y por el bebé que venía. Si no querían acompañarla, no sería el elegido para aquel viaje.

 

Pasados los años, cuando Paula regresaba a casa de la academia después de dar sus clases, observaba a su hijo cómo dormía, tranquilo, sereno. Se preguntaba si había sido y si estaba siendo una buena madre. Aquella idea le rondaba por la cabeza prácticamente desde el mismo día que se enteró que estaba embarazada. Tenía miedo de no hacerlo correctamente, pánico a equivocarse, de no hacer lo que se suponía que las buenas madres hacían. “¿Y dónde estaba el manual?”. “¿Dónde puedo consultar o seguir las instrucciones para llevarme el premio a la mejor madre del mundo?”, se preguntaba.

Se odiaba por todas aquellas dudas, de las inseguridades, las preocupaciones y las decisiones (mal) tomadas. Lloraba cada vez que no podía acudir a recoger al pequeño, no podía ir a los festivales o no conocer a sus profesores por estar siempre ocupada como para acudir a las reuniones. Se detestaba cada vez que su hijo la miraba con aquellos ojitos de decepción, de ira o de desilusión. ¿Cómo le hacía entender que lo quería más que a nada en el mundo? Crecía muy deprisa y la mataba perderse todos aquellos momentos… Los fines de semana eran sagrados para pasar en familia. Jugar, reír, pasear, correr, hablar, ordenar, aprender o discutir… Y aún así, nadie le garantizaba que le fuera a salir bien.

 

Hacía unos días que su madre le había comentado que lo había notado cabizbajo. Sin ganas de jugar a la vuelta del colegio, desobediente y siempre negándose a hablar. “Siempre se puede estar más preocupada. Esto no tiene fin”, pensó al oír la preocupación en la voz de su madre. Tenía tanto que agradecerles. Ellos sí eran los mejores abuelos del mundo para su hijo.

-Tesoro, la abuela me ha contado que llevas unos días que no le haces mucho caso y le contestas mal. Ya sabes que siempre te he enseñado que, ante todo, el respeto es fundamental. Los abuelos te quieren demasiado y con tus desprecios les haces daño. –Intentó explicarle Paula.

-¿Y a ti qué más te da si nunca estás en casa? –Le dijo su hijo con toda la ira que llevaba dentro. Aunque se había arrepentido en el mismo instante de decirlo, su ego no le permitía rectificar. Miró a su madre a los ojos y se encerró en su habitación. No quería hablar con nadie, ellos no lo entendían.

Paula se quedó petrificada, no podía reaccionar ni respirar. Había visto aquella mirada en su hijo y le había atravesado como si fueran mil cuchillos clavándose en el corazón. Nunca se había comportado de aquella manera y le destrozaba el alma. Solamente pudo apoyarse en la pared del pasillo y dejarse caer ya que las piernas no le sujetaban. Notar aquella pared fría no le alivió aquel profundo dolor ¿Cómo una personita de poco más de un metro de estatura era capaz de provocar tanto mal con solo una mirada? Su hijo había dado en el clavo. Paula se sentía culpable por no pasar más tiempo con él. Su única intención era que él se convirtiera en una buena persona, educado, responsable y respetuoso.

Al día siguiente, mientras revisaba la agenda de su hijo, vio que aquel mismo día tenía una cita con su tutor en el colegio. Paula no se lo pensó dos veces y llamó al trabajo para pedir el día libre. Siempre se había regido por las prioridades y, en aquel momento, él lo era. No podía evitar que su cabeza no parara de pensar, de imaginarse mil incidentes por los que el profesor la hubiera citado. Y la actitud de los días pasados no ayudaba demasiado. Anteriormente había tenido incidentes en el colegio, “Cosas de niños”, “riñas sin importancia” le dijeron, pero nada que les tuviera que preocupar. Nunca les habían llamado la atención por una falta de respeto o una pelea entre niños. Él se hacía mayor y sería cuando realmente se vería si estaba haciendo un buen trabajo en la educación de su hijo. Pero no podía evitar ser un poco pesimista después de la noche en vela.

“Lo siento”, oyó decirle cuando salió del coche corriendo camino a su clase. No pudo evitar sonreír al pensar que aún había esperanza.

Cuando entró en el despacho para la reunión con el tutor aún le temblaban las piernas. No sabía lo que aquel hombre iba a decirle pero estaba asustada más por su parte de culpa, que lo que hubiera hecho en sí.

-Se preguntará por qué la he citado. Sé que está muy ocupada con los dos trabajos, pero ayer hubo un incidente de acoso en el que estaba implicado su hijo. –Le empezó a contar el tutor.

-Discúlpeme, ya sé que debería pasar más tiempo con mi hijo. Pero necesitamos el sueldo en casa. Sé que no lo estoy haciendo bien con él, dejaré uno de los trabajos. Ya nos apañaremos. Lo castigaré. Yo siempre he intentado inculcarle respeto…

-No, no, discúlpeme a mí. Creo que no me he explicado bien. –Le interrumpió.

Paula no entendía nada. Cerró la boca y dejó que continuara.

-Hace unos días su hijo defendió a uno de sus compañeros. Se puso delante para proteger al niño al que querían agredir. Lo más sorprendente es que los agresores eran sus propios amigos, pero antepuso la seguridad, la convivencia y el respeto a la posible amistad que tenía con ellos.

-Pero…, él lleva días enfadado y desobediente, creí que... Ayer discutimos y me reprochó el tiempo que no pasaba con él. Yo pensaba que…

-Eso debe ser porque sus amigos, los agresores, al ver a uno de los suyos defendiendo al otro compañero utilizaron sus “ausencias” para atacarlo a él. Estaba dolido y se creyó que usted no está en casa porque no lo quiere. Sé que no es cierto. Sé que se siente culpable por ello, se preocupa y duda de estar haciéndolo bien. Pero, si yo tuviera que ponerle nota como madre, he de decirle que sería de las mejores. Su hijo es educado, respetuoso y trabajador. Por eso no tiene que preocuparse. Criar a un hijo sola no es fácil. Y aunque es afortunada por tener a sus padres que le ayudan, quien lleva el peso de su educación es usted. Hable con su hijo. Coméntele las preocupaciones y las dudas que usted tiene. Él ya es capaz de entenderlo. Lo que le hace dudar de su amor a no encontrarla en casa es el silencio. Hable con él, les hará bien…a los dos.

Paula estaba tan emocionada por escuchar aquellas palabras que no pudo decir nada.

-Yo no puedo asegurarle cómo será su hijo cuando se haga mayor. Lamentablemente no hay una ciencia exacta para la educación de nuestros hijos, pero le puedo asegurar que usted está haciendo un buen trabajo porque lo hace desde el corazón.

 

¿Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

Laura nos da herramientas para que con imaginación ataquemos el día a día, y podamos encontrar soluciones, a las situaciones con las que nos podemos encontrar, e incluso, porque no? adelantarnos a las mismas.…. te apetece conocer más de Laura, te invito a que te sumes a  la inquietud de Laura por un mundo mejor en la educación, también en Facebook