¿Quién dijo que fuera fácil?

Cada año, por aquellas fechas, Becca siempre recordaba la historia de Anabel en la última reunión general con los padres de sus alumnos. Igual que en ella, podría pensar en Abel, en Maria, en Raquel, en Luis o en un sinfín de nombres de alumnos que durante todos aquellos años en sus tutorías le habían demostrado que, con un poco de confianza y esfuerzo, podrían cumplir lo que se propusieran.

Pero, aquella niña siempre fue especial para Becca por ser su primer reto, su primera oportunidad. Lo recordaba como si hubiera sido el curso anterior y ya habían transcurrido casi quince más.

 

Cuando la directora del colegio la llamó para ofrecerle empezar a trabajar haciendo una sustitución, jamás se imaginó que aquello le cambiaría la vida. Podía llegar a pensar lo que supondría cuidar de los que fueran sus alumnos, pero lo que les enseñaban en la universidad a los futuros profesores, poco tenía que ver con lo que podía abarcar la realidad. Y, para llegar a aquella conclusión, solamente cinco minutos le hicieron falta para comprobarlo.

Becca tuvo que respirar profundamente antes de abrir la puerta de aquella ruidosa clase y serenarse. «Ten cuidado, huelen el miedo», «Empieza pegando cuatro gritos y así sabrán quién manda» o «Uf, ¿eres la sustituta? Pues prepárate porque menuda clase te ha tocado», fueron algunas de las indicaciones que le dieron algunos de sus compañeros cuando entró en la sala de profesores e informó de su llegada a aquel centro. «¿Cómo no estar nerviosa?», pensó antes de dar un paso y abrir el aula. Sabía que ellos lo habían dicho de buena fe, para prepararla, pero siempre pensó que si entre el profesorado pensaba así, los alumnos acabarían creyéndolo también.

Una vez dentro, tardaron unos segundos en darse cuenta que había llegado una extraña. Cuando uno de ellos se dio cuenta de su presencia, solamente le bastó un movimiento de cabeza en su dirección para que todos supieran que ya no estaban solos. Nadie paró de hablar, seguían a lo suyo. Aquellos adolescentes ni se inmutaron. Por un momento Becca sonrió pensando que la veían tan joven que la habían confundido con uno de ellos. Carraspeó, tosió y pidió disculpas, pero aun así le costó hacerse oír. Una de las niñas le dio un codazo a otra y así fue en cadena. Se miraron, la observaron y fueron ellos quiénes decidieron que la tortura de la indiferencia a la profesora había llegado a su fin. Ellos tenían el poder y aquella profesora novata sabía que tenía que recuperarlo. Pero, ¿cómo?

Se presentó, se rieron pues les llamaba la atención su nombre. Contó algún chascarrillo nada improvisado que no entendieron e hizo que la clase se quedara en total silencio, mirándose unos a otros. Los había vuelto a perder hasta que la misma niña que había iniciado la cadena de codazos se presentó e hizo que el resto de sus compañeros hicieran lo mismo. Por supuesto, Becca estaba tan nerviosa que no recordó ninguno de los nombres de aquellos niños e hizo que lo escribieran en forma de rótulo en un papel doblado de forma que lo pusieran en la parte delantera de su mesa, como si fueran un cargo importante de alguna empresa.

—Quién sabe, algún día, muchos de vosotros podréis ocupar ese cargo si es vuestra intención porque cada uno de vosotros tenéis el poder de luchar por vuestros sueños… Nadie os puede privar de soñar, pero es que, con trabajo y esfuerzo, los sueños pueden llegar a cumplirse. Por vuestros rótulos, algunos podréis ser artistas conocidos en el mundo entero; o, en cambio, aquellos directores que tienen su placa encima de su mesa para que todos sepan qué cargo ocupa; o, por supuesto, mecánicos, agricultores, enfermeros o bomberos si es eso lo que queréis… —Por fin había conseguido estar conectada a sus nuevos alumnos. Cada uno de ellos la miraban interesados por lo que tenía que contar aquella profesora nueva que había llegado a falta de dos meses para final de curso. Lo tenía difícil y ellos lo sabían pues no era la primera profesora sustituta que habían tenido.

—Por supuesto, nada es regalado —continuó Becca. —Hay que esforzarse. Luchar con todas tus fuerzas hasta conseguirlo. Marcarse pequeños objetivos para ir avanzando en el camino y así, piedra a piedra, construir tu futuro…

—Yo no podré, Señorita —la interrumpió una de aquellas niñas sin saber quién era en concreto ya que no era capaz de reconocer su voz y…ahora, pasado los años, era como si volviera a escucharla.

—Siempre se puede. Habrá caminos más encrespados, pero, con unas buenas zapatillas de escalada, se podrá llegar a la cima. Y vuestro primer objetivo que debéis marcaros, quien no lo haya hecho ya, es superar el curso —continuó Becca hablando a todos sus alumnos aprovechando el debate que uno de ellos había iniciado. Notaba que ya formaba parte de la clase y que, aunque solamente quedaban dos meses para finalizar el curso, podía hacer grandes cosas con aquellos niños. Estaba en el camino.

—De verdad, es que no soy lo suficientemente lista y unas zapatillas no serán suficientes.

—¿Por qué dices eso, Anabel? —leyó rápidamente en el rótulo.

—Bueno, mis padres siempre me lo dicen porque, aunque me esfuerce, no valgo para nada y siempre suspendo. Entonces… ¿para qué voy a esforzarme?

Becca se quedó petrificada ya que no pensó que, con aquel comentario, la clase se torcería de aquella manera. «Y es verdad, eres tonta» o «No te enteras de nada», fueron algunas de las lindezas que soltaron sus compañeros y que a ella no le gustaron nada.

Cuando la profesora iba a proseguir para acallar aquellos comentarios, sonó el timbre que indicaba el final de la clase y no tuvo oportunidad ya que, raudos y veloces, se levantaron todos a una y se fueron como tal cosa.

Becca se sobresaltó al percibir que alguien la observa a su espalda, cuando se giró, Anabel estaba allí.

—Señorita, no se preocupe, estoy acostumbrada. Ya no me molestan sus insultos.

—Pero, ¿has hablado de esto con tus otros profesores? ¿O con tus padres?

—A mis padres los oí decir una vez que parte de razón tenían mis compañeros. Así que, ¿para qué esforzarse e intentarlo? Ahora, incluso hago bromas sobre mí y nos reímos todos, me aceptan y soy una más del grupo. Así parece que ellos lo hacen menos porque ya no es tan divertido meterse con alguien que lo tiene asumido.

—Tengo que hablar con tus padres…

 

Con este ejemplo, Becca empezaba la reunión con los padres de su tutoría. Sabía que, aunque deseaba que cada año fuera distinto, la época del curso en la que se encontraban, era necesario citarlos a todos y hablarles de lo que les esperaba el último mes del curso. Empezó su práctica docente hablando con los padres de Anabel hacía quince años y los vio tan perdidos que se dio cuenta que tenía que hacer aquel tipo de reuniones de forma general. Muchos no eran conscientes de lo que podían llegar a sufrir sus hijos en esa época del curso. La presión que ejercían unos o el pasotismo de otros. En todo caso, eran bombas de relojería que, con solo respirar, podían estallar. Sus alumnos estaban pasando por la peor época del año, los exámenes finales, la entrega de trabajos, ser los mejores o simplemente llegar al aprobado, las recuperaciones, el calor, las relaciones con sus compañeros e incluso con sus padres, eran causa de mucha presión y estrés para ellos.

Becca olía la tensión, tenía un don y por ello sabía cuándo avisar a los padres de sus percepciones para poder aconsejarlos, compartir su experiencia y así hacer más llevadero la vida de sus hijos y la de ellos.

También sabía que habría un número de adultos allí presentes que se tomarían sus palabras como vacías y lo peor de todo era que, desgraciadamente su experiencia se lo demostraba, precisamente ellos eran los que más receptivos debían estar si querían ayudar a sus hijos. Aún así tenía que intentarlo porque, en realidad, no lo hacía ni por ella ni por los padres de sus alumnos. La pieza clave en aquella ecuación eran sus alumnos. Hasta los que durante el curso no se habían esforzado lo suficiente (o nada) y pretendían superar el curso, hasta ellos se merecían una oportunidad.

—Tenemos más en común de lo que piensan. Sus hijos, mis alumnos, son lo más importante y por tanto no hay que desfallecer porque a la primera no hagan caso, se enfaden o se encierren en sí mismos. Ellos están en construcción y muchas veces no saben cómo gestionarlo. Son nuestra responsabilidad. Por eso estamos aquí —les dijo.

Durante dos segundos, silencio. A continuación, cuchicheos de todo tipo y Becca sabía que era el momento de continuar:

—Les he contado la historia de Anabel porque podría coincidir con la de cualquiera de sus hijos. Anabel sufrió durante un tiempo pensando que sus padres creían que no valía para nada. Aquellos padres cometieron el error de no pedir ayuda, se conformaron cuando empezaron a ver que no había resultados y se creyeron la etiqueta que le pusieron a su hija. Si ellos no confiaban en ella, ¿cómo iba a hacerlo Anabel? —Becca respiró hondo y continuó —De igual modo, puede ocurrir que haya padres que les pidan demasiado a sus hijos. Que les exijan ser médicos, arquitectos o ingenieros a la vez que pretenden que sean los mejores atletas o los mejores músicos, pero, cada personita tiene su sitio y hay que escucharlos más… Sin que nos engañen, claro, porque una de las premisas que se repiten en la adolescencia es hacer el mínimo esfuerzo. Pero, no pasa nada si acaban siendo mecánicos, enfermeros o artistas. Lo importante es que crean en ellos y se lo hagan saber. Son más inseguros de lo que imaginamos y necesitan de su ayuda, siempre. Marquen pequeños objetivos también desde casa, trabajen con ellos, pregúntenles cómo van o qué necesitan. Y si, durante el curso sus hijos no han hecho lo suficiente, ahora dar el gran empujón. No hay que tirar la toalla incluso pueden mantenerse en un segundo plano, pero siempre vigilantes. Si piden ayuda, por muy enfadados que estén con ellos, denla. Si no la piden, ayúdenlos de igual manera… Seguro que andan más perdidos que ustedes. Pero, sobretodo, cuidado con sus palabras, pueden hacer más daño que cualquier castigo. Nadie dijo que fuera fácil, ni para ustedes ni para ellos.

 

 

 

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