Cuando Pedro llegó a casa después de un día duro de trabajo (clientes, reuniones y quejas) e ir directo a por su taza de café, no se imaginaba encontrarse una carta firmada por su hija, dirigida a “Papá”.
Le extrañó el gesto pues siempre había sido defensor del diálogo y la comunicación abierta con los suyos.
-Algo querrá pedirme. Está en la edad. –Se dijo con una media sonrisa por la ocurrencia de su pequeña (que ya no lo era tanto).
Ese pensamiento le alegró el día ya que ella llevaba un tiempo en una coctelera de enfado, entusiasmo, tristeza, malestar y todos los estados emocionales que puedan ser causados por una descompensación hormonal.
De pronto tuvo la necesidad de leer lo que tenía que decirle su hija. Se angustió por si algo grave le ocurría.
Hola papi,
Perdóname por no atreverme a hablarte. A hablarte de lo que llevo dentro, de lo que siento y de lo que me pasa. De todo este tiempo llevándolo dentro. Y... ya no puedo más.
(Pestañea que aún tienes que leer más).
Vosotros me habéis educado desde el respeto. El respeto hacia los demás y hacia mi misma. ¿Por qué los demás no respetan, papá? ¿Por qué hacen daño a los que tienen alrededor sin molestarse a mirar dentro de cada uno?
¿Sabes? Todo empezó por defender a un compañero. Se burlaban de él continuamente por ser diferente a ellos, porque siempre iba con nosotras. Se sentía más cómodo…más libre con nuestra compañía. Él aguantaba todo tipo de insultos y de escenas que lo hacían hundirse cada vez más. Llegó un momento que no pude evitar reaccionar, defenderlo (defenderme). ¡Todos callaban, papá! ¿Te lo puedes creer? Incluso yo. No me siento orgullosa de haberlo hecho durante tanto tiempo, pero tenía miedo de que esa rabia, ese odio que llevaban dentro, fuera dirigido hacia mí. Y no me equivoqué…
Es fácil aconsejar cuando no eres tú el centro de la burla. Todo parece más sencillo si todo aquello de “nenaza” o “mariquita” no te lo dicen a ti.
Pero me harté, papá.
Sé que siempre me decís que no me meta en líos, que haga oídos sordos a los insultos de los abusones, pero, también me enseñasteis a cuidar de mis amigos y denunciar las injusticias. Y eso hice.
Aquellos chicos se nutrían de nuestro miedo haciéndose más fuertes, como si cargaran la batería según los niveles de nuestro terror al ser su blanco, su divertimento.
Y yo me enfrenté a ellos. Con respeto…tal como he aprendido. Pero no sirvió de nada. Ahora somos dos dianas a las que disparar y humillar mientras el resto calla. Y no les culpo…
Ahora somos dos los diferentes, a los que les gustan cosas distintas de las que se consideran “normales”. Sí, papi, sí. Descubrí, ya hace un tiempo, que me gustan las chicas.
(Respira hondo, cuenta al respirar y no hiperventiles…aun queda un poco más, aguanta).
Como le he dicho a mami, estoy casi segura que en el fondo ya lo sabíais. Pero no me atreví a consultaros todas esas dudas que me surgieron cuando empecé a ser consciente de que “algo no funcionaba dentro de mí”, como dicen algunos de mis compañeros.
Estamos acostumbrados, aleccionados –diría yo-, a identificar como “normales” unos determinados comportamientos. Desde niños, incluso. Y para mí ha sido tiempo de confusión, desconcierto y caos. No entendía lo que me ocurría (si es que me pasaba algo), ¿por qué no era como las demás niñas de mi curso?
No me arrepiento de haber defendido a un compañero que estaba en apuros aun sabiendo que sería yo  la receptora de sus insultos. “Chicazo, ¿que tu madre es pastelera que fabrica bollos?”, me dicen…al menos son ocurrentes.
No te creas, las bromas las hago ahora. Durante un tiempo no quise ir al cole. No sé si recordarás mis gripes continuas o mis dolores de barriga inesperados…, no quería pasar un día más recibiendo toda la carga del mundo sobre mí. Prefería esconderme bajo la protección de las murallas que suponía quedarme en casa. Bajo vuestra ala. Todo menos volver, esconderme en el patio y llorar. Llorar por no ser como los demás.
Ayer, mi profesora me encontró llorando. Necesitaba sacarlo fuera y se lo conté todo. Ella ha sido la que me dio la idea de escribiros dos cartas para iniciar esa conversación pendiente que teníamos en casa. (Por cierto, mañana quiere hablar con vosotros).
Sus palabras fueron clave para despertar y darme cuenta que ya había llegado el momento de decir “hasta aquí” (podría añadirte el emoticono de la flamenca, pero ya sabes que dibujo fatal).
-Tú no eres diferente…marcas la diferencia. –Me dijo.
Y fueron importantes no porque las dijera ella, sino porque es exactamente lo que tú me dirías para darme el valor suficiente y reaccionar.
TE QUIERO , PAPÁ (y no es porque quiera hacerte la pelota para que me perdones. ¿Lo he conseguido?)
Pedro tuvo que cerrar los ojos, respirar profundamente y limpiarse las lágrimas que le resbalaban por las mejillas. No quería que su hija pensara que eran de tristeza o desasosiego. Fue a la habitación donde se encontraban sus dos amores, su hija y su mujer. Entró. Madre e hija estaban abrazándose. Su mujer lo miró, sin soltar todavía a su niña, le hizo un gesto para que respirase y se acercara. Los tres acabaron abrazados hasta que una vocecilla rompió el cómodo silencio.
-¿Papá? Lo siento mucho, de verdad.
-Cielo, no tienes que disculparte. Estoy muy orgulloso por este gran paso que has dado. Has sido muy valiente por aceptarte y contarlo. Te tuvimos y te educamos para ser buena persona, independientemente de tu identidad sexual.  Ésta no cambia nuestro amor por ti. Es verdad que teníamos un proyecto de vida para ti, pero, ha llegado el momento que tú te crees ese proyecto.
Pedro le cogió sus manos, por un momento se le antojaron aquellas manitas que le cogían los dedos cuando aun era un bebé. La miró a los ojos y continuó. Si no se daba prisa acabaría emocionado y sin decir una palabra más.
-No voy a negarte que mientras leía tu carta no me hayan entrado un par de micro infartos. De hecho, dentro de poco necesitaré un desfibrilador en casa. Pero, recuerda que nunca dejarás de ser mi princesa.

 

 

"La princesa que provocaba microinfartos y no sabía dibujar flamencas"

¿Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

Laura nos da herramientas para que con imaginación ataquemos el día a día, y podamos encontrar soluciones, a las situaciones con las que nos podemos encontrar, e incluso, porque no? adelantarnos a las mismas.…. te apetece conocer más de Laura, te invito a que te sumes a  la inquietud de Laura por un mundo mejor en la educación, también en Facebook