Ponle fin​

Laura Borao - Ponle fin

No hay día que me guste más que el del cumpleaños de la pequeña de la casa. Estamos todos entusiasmados y no es para menos ya que, además de los regalos, hay una gran sorpresa preparada. Aunque casi salgo ganando yo.

Acabo de dejar dormida a Valeria en su cuarto. Normalmente se duerme tras el primer cuento, pero hoy ha necesitado que le leyera tres y que me inventara otro sobre ella siendo “adulta y jefa”, palabras textuales. No he podido evitar reírme por sus ocurrencias, lo tiene muy claro.

Ahora a ver quién me cuenta a mí un cuento para que consiga conciliar el sueño pues no todos los días tu hija cumple seis años y en un par de semanas entrará en “la escuela de mayores”.  Ella está emocionada, exultante, eufórica por pasar a primaria. Dice que así jugará en el patio grande del colegio. Y yo atacada de los nervios por el cambio que va a suponer. ¡Qué penita da que se hagan mayores!

 

Aunque me costó dormirme, Toni y yo hemos podido descansar toda la noche y ha tenido que venir Valeria a despertarnos, dando saltos encima de la cama y decirnos cientos de veces que hoy era su cumpleaños. ¡Cómo si no lo supiéramos!

Nos vamos a pasar el día al pueblo de los abuelos, de excursión. Ellos tienen una casa enorme con un patio espectacular donde cabremos papás y niños cómodamente. Está muy cerca de donde vivimos y todos los amigos de Valeria estarán allí. La familia hemos decidido regalarle la fiesta con los castillos hinchables, el mago y los disfraces. Nunca hemos sido de regalar muchas cosas que se acumulan en casa y no da tiempo a disfrutar de cada una de ellas. Incluso los padres de los amigos normalmente nos unimos para hacer un par de buenos regalos solamente.

 

La fiesta está yendo de maravilla. No puedo apartar la vista de Valeria, no por sobreprotección si no porqué quiero guardar en mi retina esa cara de felicidad. No para de dar abrazos, reírse, saltar y bailar con su disfraz de wonderwoman. No podía ser de otra manera…

Ya han terminado de comer y han repartido los regalos. Los niños juegan por el jardín y la casa. Es el momento de que los adultos nos podamos sentar y disfrutar de nuestro momento. Yo sigo un poco inquieta porque la sorpresa se retrasa, pero de un momento a otro llamarán a la puerta.

Por fin…

—Valeria, abre, por favor.

—Mami, ¿no puede ir otro? Que vaya el tío Félix…

—Valeria, es tu cumpleaños. Hoy eres tú la anfitriona. Te toca –le digo con una sonrisa resistiendo la tentación de ir yo misma.

Acepta a regañadientes porque está con sus amigos en la habitación de juegos y la he interrumpido. Seguro que piensa que es alguno de los vecinos de mis padres que nos quieren como si fuéramos de la familia y vienen a felicitarla.

 

Por unos instantes se queda petrificada al ver a su hermano allí. Julio no hace ningún movimiento pues se hace el interesante y espera que su “peque”, como cariñosamente la llama, reaccione.

Se funden en un abrazo cuando Julio se arrodilla para ponerse a su altura. Llevamos dos meses sin verlo porque antes de ir a la universidad quería “perderse por el mundo y experimentar” … Se fue a “experimentar” y ver a su padre a Noruega.

Su padre y yo nos enamoramos demasiado jóvenes, nació Julio y con la edad de Valeria nos separamos y volvió a su país. Viene mucho a vernos, pero esta vez, mi hijo decidió irse él y pasar una temporada allí.

Aunque los hermanos se llevan doce años de diferencia, se adoran. Tienen una complicidad especial que envidio. Hablamos todas las noches por Skype pero Valeria lo echaba mucho de menos. De hecho, que no pudiera estar su hermano en su cumpleaños era un asunto que le disgustaba. Ahora ya era feliz por completo.

 

Valeria lo coge de la mano una vez deja que salude a todos nuestros familiares y se lo lleva a la habitación de juegos junto con sus amigos. Supongo que para presumir de hermano mayor, alto, guapo, rubio e inteligente. ¿Qué va a decir su madre?

Cuando ya está atardeciendo, algunos de los invitados ya se han marchado y los adultos empezamos a recoger, oigo voces en el cuarto de juegos. Entre niños es normal que se discuta, pero se les pasa rápido y vuelven a jugar como si nada.

Llego a la habitación y oigo a Julio:

—He venido a estar con mi hermana. Ya tendré tiempo de salir con mis amigos o no, eso no le incumbe. Y si su hija no respeta las reglas del juego y no quiere jugar cuando se le lleva la contraria, demuestra ser una consentida mimada y no soy yo el que tiene el problema sino usted dentro de cinco años cuando ya no pueda con ella por no educarla como debe desde pequeña.

—Julio, ¿qué ocurre aquí? –pregunto al entrar y ver a mi hijo tenso, cogiendo la mano de su hermana y cerrando en un puño la otra.

Miro a mi alrededor. Valeria disgustada, Paula, la mejor amiga de mi hija y su madre a la que he visto en dos ocasiones.

—Nada, tu hijo que es un impertinente, pero no me extraña con padres separados que…

—Julio, dejemos a las niñas que jueguen juntas y ayúdame a recoger. –interrumpo a la madre de Paula que en este momento no recuerdo cómo se llama pero que tendré que hablar con ella para intentar que no haga comentarios de ese tipo delante de las niñas. Es cuestión de adultos.

Julio continua tenso pero entiende mi cara de no querer fastidiar el cumpleaños de su hermana y obedece sin rechistar.

 

—Valeria, te voy a llevar al médico. No es normal que lleves tres días sin ir al colegio porque te duele la tripa. La mamá empieza a estar preocupada. Esto ya no debe ser por un empacho de golosinas.

—Mami, no hace falta, seguro que mañana se me pasa. –me dice quitándome el teléfono de las manos.

—¿Quieres que le diga a la mamá de Paula que la traiga esta tarde un rato y juegas con ella? Seguro que con tu mejor amiga aquí te pones buena rápidamente. Además, hace tiempo que no…

—¡No! –me interrumpe– ¡No quiero que venga!

Me quedo sorprendida, analizando los gestos y las palabras. No sabría decir si son de miedo o de enfado.

—A ver Valeria, llevas unos días muy rara. No quieres ir al colegio, me dices que estás enferma, que te duele mucho la barriga porque la abuela te dio muchas golosinas. No quieres ver a Paula cuando sois las mejores amigas y estabais deseando empezar juntas “el colegio de mayores”. Cuéntamelo, por favor, seguro que tiene solución. ¿Qué ha pasado para que estés así?

—No, nada, mamá. Ya no somos amigas y ya está.

—Pero, algo habrá pasado para que tomes esa decisión. Hoy mismo hablo con su mami para que vengan a merendar y así lo habláis.

—¡No! ¡No quiero hablar con ella ni con su madre! Por favor, mamá, por favor, que no vengan.

Ahora sí que empiezo a asustarme de verdad con la actitud de Valeria. Aquella súplica iba cargada de miedo y angustia. Pero, por más que insisto en que me cuente lo ocurrido, está cerrada en banda.

—Cielo, la mamá no podrá ayudarte si no le cuentas primero lo que ha pasado entre vosotras. Estoy preocupada, pero… De acuerdo, no las llamaré, pero quiero que reflexiones mientras preparo el desayuno y, cuando estés preparada, vengas y me cuentes qué pasa.

Salgo de la habitación con la esperanza de que Valeria entre en razón y hable. Como has cambiado las cosas, hace un mes era insoportable la ilusión que tenía por empezar el colegio con Paula y sus amigos, en cambio, ahora, está pálida, finge estar enferma para no ir al colegio y tiene ¿miedo?

Mientras estoy dándole vueltas al café con leche al ritmo de mis pensamientos, aparece Valeria y se sienta junto a mí. Coge su tazón, remueve pero no bebé. Debe de estar estructurando sus pensamientos y pensando cómo sacarlos fuera.

—¿Mamá?

—Sí, dime.

—Yo no quiero que papi y tú os separéis como pasó con Lius.

—¿Por qué dices eso?

—Porque la mamá de Paula me dijo que no le extrañaría que te acabaras divorciando de papá como ya hiciste una vez. Que yo era una caprichosa que no quería jugar con Paula.

—¿Cuándo te dijo eso? Seguro que lo entendiste mal… Y, tranquila, papá y yo no nos vamos a separar.

—Sí, mamá, sí lo dijo. Pregúntale a Julio. Fue el día de mi cumpleaños. Estábamos en la habitación de juegos de casa de los abuelos, ¿lo recuerdas?

—Sí, cielo. Claro. Fue un día muy especial. –reprimo otros comentarios que me gustaría hacer al respecto porque quiero oír el resto de la historia antes de juzgar.

—Pues, empezaron a irse mis amigos y nos quedamos Paula, Julio y yo en la habitación. Él me dijo que faltaba su regalo, que luego me lo daría, pero yo insistí que me lo diera en ese momento porque no quería esperar más. Estaba impaciente por saber qué me había regalado. Paula se unió a las insistencias y no pudo negarse. Me lo trajo y lo cogió Paula. Empezó a abrirlo ella y Julio le riñó diciéndole que era mi cumpleaños y que yo tenía ese honor por ser mi día, que luego, una vez abierto, jugaríamos los tres. Ella hizo una mueca de enfado, pero se conformó. Cuando él nos explicó cómo se jugaba, a Paula no le gustó y empezó a hacer trampas y a cambiar las reglas del juego. Julio intentó explicarle varias veces cómo se jugaba, que tenía que respetar el turno y asumir cuando perdía. Era un juego y no pasaba nada. De repente, se levantó, pisó el tablero y las fichas y se fue. Julio quería hablar con ella para hacer las paces, pero le dije que esperara que seguro que volvería. Siempre lo hace cuando ve que no se hace lo que ella quiere, se enfada, se va y cuando se da cuenta que lo ha hecho mal, vuelve. Pero aquella vez volvió con su madre. Siempre había sido muy simpática conmigo, pero empezó a gritarme que era una cría mimada y que qué me costaba haberle dejado abrir los regalos a Paula y jugar como ella quería. Pero, eso no se puede hacer. Las reglas son las reglas, ¿verdad, mamá?

—Es verdad, hija.

Creo que tengo el poder de doblar las cucharillas de café con la mente. Tengo que morderme la lengua para evitar soltar sapos y culebras por la boca delante de Valeria.

—Julio se lo intentó explicar, pero también se metió con él diciéndole que debía de tener algo raro que prefería quedarse con unas niñas antes que irse con sus amigos. Le dijo que desconfiaba de sus verdaderas intenciones… No sé qué quiso decir con eso, pero enfadó mucho a Julio y fue cuando contestó y tú apareciste. La mamá de Paula se acercó a nosotras y me obligó a jugar con las nuevas reglas. Me dijo que si no quería jugar volvería y ya no estaría ni Julio ni tú para defenderme.

Madre mía, lo que tiene que oír una y el esfuerzo que tiene que hacer para sonreír como si no me afectara y así infundir a tu hija despreocupación… Cuando en realidad quieres coger el teléfono y decir cuatro cosas. Pero, yo soy la adulta. Tengo que respirar y tranquilizarme.

—No pasa nada, cielo. Seguro que la mami de Paula no quiso decir eso. ¿Lo has hablado con Paula? ¿Habéis podido hacer las paces?

—Es que cuando volvimos a vernos fue el primer día de cole y no me dieron tantas ganas de verla y abrazarla como otras veces. Me he dado cuenta que no me gusta como es, ni ella ni su mamá. Además, cuando no consentimos en lo que ella quiere, va diciendo que me voy a quedar sola y que mis papás se van a separar. Lo peor es que algunos de mis amigos, por miedo a que les diga esas cosas, prefieren irse con ella y consentir. Mamá, no me gusta Paula. Hace daño a las personas y no quiero ir con alguien así.

—Entiendo que estés disgustada, yo también lo estaría si alguien me decepcionara de tal manera. Era tu mejor amiga y las mejores amigas no se comportan así. ¿Has hablado con ella? ¿Para hacerle entender que está haciendo daño? –sigo preguntando ante los movimientos negativos de su cabeza– ¿Se lo has contado a tu señorita? ¿A papi? ¿No? Cielo, tienes que hablar con ella, explicarle cómo te sientes cuando te hace o te dice esas cosas feas, que además no son verdad. Puedes hablar con tu señorita y contárselo. Y, por supuesto, con nosotros. No te podemos ayudar si no nos lo cuentas. Yo me había creído que estabas malita.

—Es que, mami, sí que me duele la barriga y no tengo hambre.

—Lo sé, pero no es de un empacho sino del disgusto, la impotencia y los nervios.  Si después de hablar con Paula, no cambia de actitud, como bien dices, no es bueno estar con personas que hacen daño a otras. Seguro que encontrarás otras que te aporten cosas buenas. Ponle fin a esta situación. Papá y yo, te ayudaremos.

 

¿Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

Laura nos da herramientas para que con imaginación ataquemos el día a día, y podamos encontrar soluciones, a las situaciones con las que nos podemos encontrar, e incluso, porque no? adelantarnos a las mismas.…. te apetece conocer más de Laura, te invito a que te sumes a  la inquietud de Laura por un mundo mejor en la educación, también en Facebook

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