"EL CABALLERO OSCURO QUE LLORABA PARA CALMAR SU DOLOR"

 

A la salida de la consulta y asumiendo que la felicidad absoluta no existía, por fin Juan podía considerarse una persona feliz. Por fin sonreía, por fin respiraba. Sus años de terapia le había costado. Llevaba 10 años (desde su adolescencia) acudiendo a su psicólogo una vez por semana. Era consciente que los últimos años ya no se presentaba por necesidad, más bien por costumbre. Se sentía bien, como quien va a visitar a un amigo y le cuenta sus penas. Había un lazo de unión difícil de romper entre ellos dos después de tanto tiempo juntos.

Le debía la vida.

-Juan, sabe que nuestras reuniones están llegando a su fin, ¿verdad?

-Lo sé Dr., lo sé. Pero, a no ser que Ud. se mude y no me lo comunique, seguiré viniendo cada lunes. No quiero que piense que vengo  a verlo por mis inseguridades ya prácticamente diluidas. Por cierto, en 10 años ya podemos dejar de tratarnos de usted, ¿no cree? -Y acababan riendo por el comentario recurrente.

 

A pesar de saber que ya había superado lo que allí le había llevado, le sorprendía emocionarse, por muchos años que hubieran pasado, por pensar en la tesitura que lo llevó a pedir ayuda: la pérdida de peso por la falta de apetito, la ausencia de concentración, la falta de sueño o las pesadillas recurrentes cuando conseguía dormirse, el estado de alerta continua o el cambio de carácter. “Se te ha hecho la leche agria, hijo”, le decía su padre con cierta frecuencia.

¿Cómo podía confesarle a sus padres que era frágil? ¿Cómo podía decirles que, a pesar de hacer caso a todo lo que le habían enseñado, no soportaba ser el blanco de las burlas de sus compañeros, que no sabía gestionarlo? ¿Dónde estaba la educación o el respeto de ellos? ¿Qué les enseñaban en su casa? ¿Cómo contarles que toda aquella situación le estaba consumiendo, que se escondía cada vez que sonaba la sirena para salir a almorzar y así no encontrarse con ellos?

Era miedo. Miedo por lo que vivía cada día en el centro. Miedo por hablar. Miedo por tener miedo. Miedo por defraudar a sus padres, por no ser la persona fuerte que su padre siempre le decía que tenía que ser.

No se veía capaz de plantarse frente a ellos y decirles que ya no podía más. Había llegado al límite.

Una noche cenando en familia, su madre le preguntó que si prefería puré de patatas o ensalada de guarnición con la carne que había preparado. Juan no contestó. Cuando ella levantó la mirada para saber el motivo de su silencio, se asustó. Juan temblaba descontroladamente. Lloraba. Se levantó con esos poderes que solo tienen las madres que acuden a salvar a sus hijos a la velocidad de la luz.

-Juan, cariño, no me asustes, por favor. ¿Qué te pasa? Dime, ¡¿Qué tienes?! –Gritó su madre horrorizada por ver a su pequeño en ese estado.

Su padre reaccionó con su sentido lógico, cogió las llaves del coche y se llevó a su familia al hospital. Si su hijo no se encontraba bien, un médico sería la mejor persona para saber qué le pasaba, por qué estaba así.

Juan, sin quererlo y sin palabras, demostró que algo le ocurría. “Ataque de ansiedad por estrés extremo” fue el diagnóstico de aquella noche.

-Mamá, necesito ayuda.

Esa noche fue el principio. El principio de no huir de las risas y las burlas recibidas directamente para rasgar su corazón, de no correr para volver a casa, de convivir sin más, de volver a tener amigos sin pensar que lo estaban utilizando, de no pensar que en cada acto de cobardía estaba defraudando a sus padres, en definitiva, el principio de vivir.

Ellos no dudaron en darles la vida si hubiera hecho falta. Sin saberlo, lo hicieron. Se movilizaron, preguntaron en el colegio, leyeron…, buscaron la mejor opción para que su hijo volviera a ser el mismo muchacho que hacía unos meses.

Juan, a pesar de todo lo padecido, con ayuda y mucho esfuerzo consiguió salir de aquel agujero, estudiar una profesión, ser mecánico y tener su propio negocio se había convertido en su lucha continua. Un reto diario que le llenaba de alegría el alma. Se había convertido en una persona querida y respetada en el barrio.

-¿Quién lo iba a decir? –pensó volviendo a casa. –Sí, he conseguido salir adelante, me gradué, estudié y ahora tengo mi propio negocio. Me enseñaron a luchar por mis sueños y que todo es posible si pones empeño en ello. Qué lástima no haber reaccionado antes. –Se decía con rabia, pero estaba contento por superar todo aquello que pasó.

De repente, como una luz fugaz,  recordó que en breve tenían una cena con los compañeros del colegio. Hacía 10 años que se habían graduado y la escuela organizaba cada año un encuentro con esa promoción. Juan ya había decidido no ir. No quería remover todo aquello. No había sido un buen año y no tenía compañeros a los que quisiera ver porque los echara en falta. Los pocos amigos que tenía de aquella época, los seguía manteniendo y continuaban en contacto. Así que, no se le había perdido nada allí.

 

Llegó el día de la fiesta y (casi) nadie se la quería perder. Todos querían rememorar los viejos tiempos. Los años más bonitos, más inocentes, sin mayor responsabilidad que aprender y jugar. Se saludaron, se abrazaron, se pusieron al día y se rieron contando anécdotas de aquella época. Algunos mantenían el contacto y de otros nada supieron tras el colegio. Era momento de recordar.

Algunos extrañaron la ausencia de Juan.

-¿Por qué no ha venido? Si nos lo pasábamos genial con él. ¡Qué bueno era! –Dijo alguien riendo.

-Ostras, cómo nos pasábamos con él. Pero, era tan divertido, caía en todas las bromas. ¿Os acordáis cuando le dijimos que como quedábamos en sábado para hacer el trabajo de clase tenía que venir  con el uniforme del colegio ya que la tarea era para Biología? Y se lo creyó –recordó otro mientras el resto reía al acordarse de aquella y de otras muchas “anécdotas”.

-Los últimos meses de curso algo le pasó, estuvo muy raro. Se apartó del mundo. –Apuntó alguien más.

-¿Por qué fuimos tan crueles con él? –Preguntó Toni. Todos se sorprendieron ante tal cuestión. –Tengo que reconocer que yo era de los primeros que animaba ese tipo de “bromas”, siempre le caían a él. Un insulto o siempre el mismo, una bofetada de vez en cuando, burlas, inocentadas, novatadas, mofas o payasadas. Llamadlo o justificarlo como queráis, pero…nos reíamos a su costa. Y no está bien.

-Era una nenaza. –Gritó uno de ellos. Algunos rieron, pero muchos callaron. Las palabras de Toni les había hecho pensar.

-¿Y qué si era una “nenaza”? Era inocente, frágil, pero no por ello justifica que nosotros nos portáramos mal con él. Nosotros nos aprovechábamos de aquella debilidad. Recuerdo sus ojos. Su rostro. Ahora veo el miedo reflejado en esos recuerdos y me angustia pensar que yo era parte de ese dolor.

-Pero, Toni, si tampoco era para tanto.

-Piensa si lo que hacíamos con Juan le pasara alguno de tus hijos, ¿cómo te sentirías? O mejor, ¿cómo estaría tu hijo? –Hizo razonar sobre aquello a los allí presentes.

-Toni, ¡qué aguafiestas! ¿Qué te ha pasado?

-Se llama ma-du-rar. He madurado, eso es todo. El pasado no lo puedo cambiar. Lo hecho, hecho está.

Pero no voy a disfrutar de algo que sé que hice mal. Simplemente.

El ambiente de la fiesta cambió después de esa conversación. Aunque hablaran de trabajos, proyectos de futuro y familia, las palabras de Toni hicieron hueco en los pensamientos de sus compañeros.

 

Cuando Juan llegó ese lunes a trabajar temprano para abrir el taller ya había un cliente en la puerta esperándolo. Le sorprendieron las horas, pero sería alguna urgencia, pensó.

-Buenos días, caballero. Enseguida lo atiendo. Permítame que acabe de abrir y estoy con Ud. –Le dijo Juan.

-Hola, Juan.

Toni llevaba desde el sábado por la noche ensayando el discurso. Estaba convencido, quería verlo.

Juan se extrañó pues pensaba que no lo conocía. Le sonaba su cara, pero, pasaban tantos  clientes por allí.

-Discúlpeme, no lo recuerdo. ¿Ya ha traído su coche con anterioridad?. –Se excusó Juan.

-Yo tampoco quisiera acordarme de mí. Soy Toni, tu compañero de clase.

Juan frunció el ceño. ¿Toni? ¿Toni el del colegio? Dejó de respirar actualizando todas las imágenes que tenía de aquellos últimos meses.

-Entiendo que no quieras verme ni en pintura. Pero, ¿me permites dos minutos? Luego me iré. –Prosiguió Toni sin dejar espacio a que Juan le contestara o le echara de allí -Llevo tiempo queriendo venir a verte, a disculparme. Pedirte perdón por todo lo que ocurrió en el colegio. Reconozco que disfruté haciéndotelo pasar mal, ahora lo comprendo. Aunque en aquel momento pensara que simplemente eran bromas, chorradas sin importancia, que todos nos reíamos y lo pasábamos bien. Bueno, "todos", no. Voy a ser papá, y se me estremece el alma pensar que aquello le pueda pasar a mi hijo. Ahora entiendo aquella mirada, lo que nos pedías sin palabras. Lo siento mucho, Juan, de verdad. Si pudiera volver el tiempo atrás…

A Juan le costó un poco reaccionar. No se hubiera imaginado tener a uno de sus “caballeros oscuros” allí delante, con lágrimas en los ojos y disculpándose por todo aquello. Por un momento pensó que era otra de sus bromas, que de un momento a otro saldría el resto de “caballeros” para volver a reírse de él. Pero, aquel hombre estaba temblando, lo estaba pasando mal. Hablaba de corazón.

-Toni, me sorprende verte aquí. Nunca se me hubiera pasado por la cabeza que te atreverías a presentarte aquí después de tanto tiempo y después de lo que pasó. No sabría decirte qué fue lo que me quebró. Si fue algo concreto o todo en general. –Juan hizo una pausa que a Toni le pareció interminable. Él entendía que no lo quisiera perdonar. Se resignaría y se iría. –Pero, yo hace tiempo que ya os perdoné. Necesitaba sentirme libre de aquel dolor, expulsar la angustia y el miedo que se habían instalado en mi interior. Un día me sentí preparado para perdonaros, lo necesitaba para seguir mi camino. Era un lastre pesado que solté de mi corazón. Ahora, perdónate a ti mismo porque yo ya lo hice.

Toni no pudo resistirlo más, rompió a llorar. Llevaba dos días en tensión. Se acercó a Juan con precaución ya que no sabía hasta qué punto le permitiría acercarse. Finalmente, ambos se fundieron en un abrazo y derramaron con lágrimas todo aquello pasado.

¿Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

Laura nos da herramientas para que con imaginación ataquemos el día a día, y podamos encontrar soluciones, a las situaciones con las que nos podemos encontrar, e incluso, porque no? adelantarnos a las mismas.…. te apetece conocer más de Laura, te invito a que te sumes a  la inquietud de Laura por un mundo mejor en la educación, también en Facebook