HERMANOS DE CORAZÓN

Jaime y Sofía sabían que habían tomado la decisión correcta. Aunque les pesara, debían sacrificar sus deseos de volver a ser padres y pensar en otras alternativas.

Llevaban varios años intentando tener otro bebé, pero, a pesar del sinfín de intentos y tratamientos, no había sido posible. Era hora de desistir de aquella idea, renunciar a tener otro pequeño en casa. Sofía era la que más sufría las consecuencias de cada intento. Los efectos secundarios de los medicamentos para propiciar una “gestación segura” (decían los médicos) iban mermando en la salud de Sofía, la física y la emocional: el verse con un cuerpo más hinchado, los cambios de humor, las náuseas continuas y (la peor) la decepción por cada resultado fallido.

Hacía ya 11 años que habían tenido a Héctor, su pequeño (que ya no lo era tanto), su tesoro, su cielo…su todo. Tal vez la naturaleza no tenía previsto regalarles otro pequeñín y debían aceptarlo con la mayor madurez posible. De hecho, Héctor, a diferencia de otros niños, no quería tener hermanos. Desde bien pequeño su respuesta a que sus padres trajeran al mundo un hermanito era “NO”. Al principio le reían la gracia, hasta que se dieron cuenta que él lo decía muy en serio. No quería compartir con otra persona ni sus cosas ni las atenciones que habían sido todas para él.

Sabían que la decisión que habían tomado no le iba a gustar nada a Héctor, pero seguían pensando que si su mejor triunfo había sido formar aquella pequeña familia, ¿por qué no compartirla? Si no podía ser con hijos biológicos, los adoptarían. Habían tantos niños huérfanos a los que poder ayudar…Se les llenaba el corazón solamente con pensar en aquella posibilidad.

Por desgracia no era tan fácil ni tan rápido como Jaime y Sofía habían imaginado. Con el tiempo que llevaban intentando quedarse embarazados de nuevo y lo que les habían dicho desde la agencia que debían esperar, se les estaba haciendo eterno. A ese paso Héctor estaría en la Universidad y ya no se preocuparía por lo que debería compartir.

En más de una conversación había salido la preocupación por el comportamiento egoísta de su hijo.  Desde un principio tenían claro que no les gustaba la idea de que Héctor fuera hijo único. Sabían de los posibles peligros de convertirse en un niño malcriado y con dificultades para socializarse. Por eso, habían intentado por todos los medios educar a su hijo desde el respeto, la solidaridad y el amor. El que él fuera tan receloso con sus cosas, incluso con ellos, les asustaba. Aunque también tenía sus cosas positivas. Teniendo solamente a Héctor podían ocuparse en exclusiva a él y a su educación, “desarrollaría su imaginación y creatividad al estar solo”, se decían. 

Adoraban a su hijo por encima de todo, pero querían dar oportunidad a otros niños que por diferentes circunstancias no podían disfrutar de una familia.

 

Un par de meses antes de Navidad, Sofía confesaba a una compañera de trabajo su impaciencia por la espera exasperante que suponía poder adoptar a un niño, la cantidad de burocracia y de dinero que suponía aquella intención. Se culpaba por no poder superar aquella espera. Tenía miedo de querer abandonar la idea. Tan desesperada la vio su colega que le habló de la opción de la acogida. ¿Acoger a un niño? Algo había oído en alguna ocasión pero no sabía exactamente cómo funcionaba el proceso y si ellos podían optar a tener a un niño en acogida.

Sofía no pudo resistirse a llamar a su marido para comentarle aquella posibilidad. Jaime se alegraba de oír a su mujer de nuevo ilusionada, contenta y feliz por aquella alternativa. Ambos estaban de acuerdo, buscarían información y se convertirían en padres de acogida. Podrían repartir su amor con niños que estaban falto de él.

Cuando Jaime llegó a casa miró a los ojos de su mujer. Volvían a brillar por el anhelo que suponía aquella aventura. Por un momento se nublaron y él empezó a preocuparse.

-¿Qué ocurre, Sofía?

-Héctor.

Su marido sabía perfectamente a qué se refería. No se lo iba a tomar bien, pero era una decisión que debían tomar los adultos y, por supuesto, Héctor debía participar de aquella experiencia pero no decidir sobre ella. El matrimonio estaba convencido de que le haría bien en su formación como persona.

 

-¿No tenéis suficiente conmigo? –Les preguntó Héctor cuando sus padres le contaron sus intenciones.

-No es eso y lo sabes. De hecho pensamos que eres tú el que debe aprender a repartir ese amor que llevas dentro. Eres generoso pero no has tenido la oportunidad de demostrarlo. Este es el momento. Necesitaremos tu ayuda. Ya eres mayor para ser responsable, compartir y entender lo que pretendemos con nuestra decisión.

Héctor vio tan convencidos a sus padres que no pudo más que asentir y aceptar su decisión. Entendía perfectamente lo que sus padres le habían explicado sobre la situación de aquellos niños. Sabía que él era un privilegiado. Podría soportar compartir sus cosas durante un tiempo determinado y más en los días que se acercaban.

 

En vísperas de las festividades más emotivas, la agencia les dio la oportunidad de acoger temporalmente a un pequeño de 5 años. Tal fue la alegría, que Jaime y Sofía acabaron abrazados en un mar de lágrimas imposibles de detener después de tanto tiempo esperando la oportunidad de tener otra personita en casa a la que cuidar. Los cuatro formarían una buena familia, llena de amor e ilusión compartida.

Carlos, así se llamaba el nuevo miembro de la familia (aunque fuera de forma temporal, querían que se sintiera parte de ellos desde el principio), lo observaba todo desde una distancia prudencial. No quería tocar nada para que no le chillaran o le pegaran como hacía su papá. Se mantendría quieto y así no tendrían motivos para encerrarle en el cuarto oscuro. Aunque Sofía y Jaime parecían buenas personas no quería confiarse ya que la decepción sería peor.

“Qué calorcito hace aquí y qué bien huele”, pensó Carlos. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan bien.

Sofía se agachó hasta estar a su misma altura, le cogió la manita y se lo llevó a la habitación de Héctor. Aún  no habían tenido tiempo de acomodarle su nueva habitación, así que la compartiría con su nuevo hermano mayor.

-Héctor, cielo, este es Carlos, tu nuevo hermano. Hasta que papá pueda arreglar la otra habitación, se quedará contigo. ¿De acuerdo? –Le informó su madre con mucha atención porque sabía que aquello no era de su agrado.

Él simplemente separó unos segundos su mirada del ordenador para observar primero a su madre y luego a ese pequeñajo. Le sorprendió que estuviera tan delgado y ojeroso pero no se permitió el lujo de expresar su preocupación por él.

-Yo aceptaré que queráis tener a alguien a quien ayudar, también si tengo que compartir mis cosas con él, pero…no es mi hermano. –Héctor pronunció con los dientes apretados y lleno de rabia aquellas palabras.

-No es tu hermano de sangre, pero lo será de corazón…Daros tiempo para entenderlo.

No estaba segura de que su hijo hubiera oído esas últimas palabras pues este se había puesto los auriculares, aislándose de todo y de todos.

 

Pasadas las horas, Carlos no había pronunciado ni una palabra. Era muy expresivo y curioso pero no decía nada. Siempre cogía la mano de Sofía para que le acompañara a algún rincón de la casa o para que le diera algún objeto que quería tocar. Ya les avisaron que eso podía ocurrir con niños que habían sufrido algún tipo de maltrato y que debían tener mucha paciencia con él. Podía tardar horas o incluso días en hablar, pero no podrían forzar que lo hiciera.

-Le saldrá de forma natural. Solamente Carlos puede romper esa barrera. -Les informó el médico después de varios días sin pronunciar ninguna palabra.

 

A Héctor le venía bien aquel silencio. Resultó ser mejor de lo que pensaba: no hablaba, no tocaba nada, no le cogía sus cosas, …, lo único es que siempre estaba con su madre y eso le molestaba un poco, pero podía soportarlo ya que ella intentaba colmarlo de atenciones por partes iguales.

Las noches eran peor. Carlos no paraba de moverse y chillaba hasta que llegaba Sofía y lo calmaba. Hacía unos días que Héctor había decidido ponerse los auriculares con música ya que se le hacía complicado dormir con las pesadillas que sufría Carlos.

En Nochebuena se acostaron todos más temprano. Tenían ganas de que llegara la mañana siguiente y recibir los regalos bajo el árbol.

En la oscuridad de la noche, Héctor oyó un grito. Se giró hacia la cama de Carlos y lo vio levantarse hacia el armario. Le pareció extraño pero es que el pequeño lo era. Se dio la vuelta y siguió durmiendo.

A la mañana siguiente, abrió los ojos y, por la claridad que entraba por la ventana, fue consciente que ya era entrada la mañana. “Qué raro que los papás no nos hayan despertado”, pensó girándose hacia la cama de Carlos. No estaba. ¿Dónde se había metido?

Cuando se levantó, fue directo hacia el salón. Allí solamente se encontraba su padre, claramente nervioso, moviéndose de un extremo a otro.

-¿Qué pasa, papá? ¿Dónde está mamá? ¿Y Carlos?

-Están en el hospital. Anoche el pequeño sufrió un ataque de ansiedad mientras dormía y se desmayó. Se lo ha llevado tu madre para que lo vieran de urgencia. Parece que ya está estable y en breve estarán de vuelta. No te preocupes. Puedes abrir tus regalos, si es lo que quieres. –Le dijo Jaime al darse cuenta cómo observaba su hijo los paquetes que habían debajo del árbol.

Sin decir nada , Héctor se sentó en el sofá a esperar. Notaba un nudo en la garganta que no pudo identificar. Nunca le había ocurrido y no entendía por qué estaba así.

Cuando oyó las llaves girar y abrirse la puerta de entrada, como con un resorte se levantó del sofá y se quedó esperando a que su madre y su hermano entraran. Necesitaba saber que todo iba bien.

Su madre sonrió al verlo tan preocupado. Sabía que le despertaría de su mundo solitario. El pequeño entró en la estancia seguido por su madre, cogió uno de los paquetes y se lo entregó a Héctor.

-Tete, esto es para ti.

Por un momento todos se quedaron paralizados pues no sabían si se lo habían imaginado. Carlos había hablado por primera vez desde que llegó a sus vidas. Héctor se quedó quieto, no pudo reaccionar. Abrió tanto los ojos que le escocían. No entendía por qué había sido el elegido por Carlos, si él no le había hecho caso, no jugaba con él, ni le hablaba, ni le dejaba jugar con sus cosas. De repente empezó a notar un dolor punzante en el pecho, los ojos se le empañaron hasta derramar las lágrimas que intentaba contener. Miró cómo le sonreía y sujetaba el paquete a la espera que lo cogiera. Pero no fue capaz, se fue corriendo a su habitación y se lanzó en su cama , intentando ahogar los sollozos en la almohada.

Al poco tiempo su madre entró y le preguntó qué ocurría.

-Mamá, yo lo vi anoche. Se levantó de la cama pero no le hice caso. Solamente pensaba en que yo estaba cansado y quería dormir. Incluso me enfadé un poco porque no me dejaba hacerlo. Y hoy me he levantado y no estabais. Me he preocupado por él, mamá, me he preocupado. Y llega y habla por primera vez y es para dirigirse a mí. A mí, mamá. Yo que no lo quería aquí con nosotros, me ha mirado con esta ternura, demostrando mucho más amor de lo que yo le he demostrado a él. Me siento tan mal…

-Pero, no tienes que sentirte así. Estás empezando a abrir tu corazón y eso es precioso. –Intentó consolarle su madre acariciándole la espalda para que se calmara.

-Pero, mamá, tengo miedo de quererle y que luego se marche. No quiero sufrir.

 

¿Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

Laura nos da herramientas para que con imaginación ataquemos el día a día, y podamos encontrar soluciones, a las situaciones con las que nos podemos encontrar, e incluso, porque no? adelantarnos a las mismas.…. te apetece conocer más de Laura, te invito a que te sumes a  la inquietud de Laura por un mundo mejor en la educación, también en Facebook