Nuestro código

No hay nada como compartir conocimiento y, cuando una muy buena amiga comparte contigo un documento que le han pasado en la asignatura de «Desarrollo profesional docente y su deontología» de la carrera de Graduado en Magisterio, te das cuenta que ha valido la pena invertir el tiempo en la lectura cuando te ha hecho parar a reflexionar sobre el tema.

Todo centro educativo sigue, o debería de seguir, un código deontológico que no significa tener una dentadura perfecta sino, según define la RAE, «conjunto de deberes relacionados con el ejercicio de una determinada profesión», en este caso, de la docencia. ¿Qué quiero decir con esto? Que un profesor, por el hecho de serlo, ya debe de tener unas cualidades innatas para ejercer lo mejor posible su profesión. De igual manera que los comerciales, los mecánicos, los médicos o los bailarines tienen que tener unas habilidades específicas para desempeñar su labor. Otras, las podrá ir adquiriendo con formación, experiencia y voluntad.

Ser docente es un gran desafío, una gran responsabilidad para con los alumnos, las familias, los propios compañeros e incluso para uno mismo. Dedicarse a la educación es totalmente vocacional. Según el filósofo José Antonio Marina, los profesores están desprestigiados, viven aislados y han perdido la pasión por su trabajo, mientras que falla la selección del profesorado, la formación y la falta de liderazgo. Pero, la satisfacción al ver los progresos de los discentes, percibir en su mirada el interés por aquello que intentas enseñarles, disfrutar de la interacción con otras personas, trabajar en lo que te gusta, convertir cada clase o cada tema en una experiencia innovadora te hace huir de la rutina y tener la posibilidad de seguir aprendiendo, son algunas de las razones por las que ser docente se convierte en la mejor profesión del mundo.

En las últimas décadas, la evolución de los códigos deontológicos ha marcado el modo de entender la profesión y cómo la percibe la sociedad. Aunque el interés sobre ellos ha sido escaso y gran parte del profesorado los desconocen, como marcan Jover y Ruiz (2013).

El objetivo de este tipo de códigos es, desde ya el implícito saber y el saber hacer de un profesional, la preocupación ética que consolida y justifica su actuación ante la comunidad.

Llegado a este punto, toma sentido la frase “Cómo un profesor puede cambiar la vida a un alumno”, por supuesto, siempre en positivo. Un docente debe de ser inspirador, promover el desarrollo de sus alumnos, servirles de guía, ser ecuánime y equitativo para evitar la discriminación, creativo, innovador, flexible, con buen humor y que atienda la diversidad del aula desde una corriente de confianza y autoridad, comprometido con la educación de sus alumnos y con la línea educativa del centro. También debe de proporcionar a las familias la orientación necesaria para hacerles partícipes y compartir la educación de sus hijos. Tienen que favorecer la cooperación, ofrecer información clara y precisa y, por supuesto, guardar el secreto profesional. El docente también debe de respetar y comprometerse con el proyecto educativo de su centro, favorecer la convivencia y colaborar en las actividades propuestas por el equipo directivo. Sin poder olvidarnos del buen ambiente de trabajo que se debe de crear entre compañeros ya que se considera fundamental que se potencie la colaboración, el respeto al ejercicio profesional y la formación continua.

El código se debería de actualizar al mismo ritmo que nuestros alumnos cambian sus necesidades y su proceso de aprendizaje. Por esta sencilla razón (o no tanto) es esencial el poder de adaptación del docente y actuar con sentido común.

Futuro docente, si eliges esta profesión por las razones equivocadas, te amargarás y lo contagiarás a tus alumnos. En cambio, si ejerces desde el amor, el respeto, el ejemplo y la motivación, convertirás a tus alumnos en personitas que respeten, amen y sean ejemplo para otros.

 

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