No es el final

Laura Borao - No es el final

No entiendo cómo he llegado hasta esta situación. Quien me conoce sabe que siempre me mantengo al margen, huyo de los conflictos e, incluso, medio entre mis compañeros para mantener una convivencia tranquila y sin sobresaltos…

Pues aquí me encuentro, rodeado de gran parte de los que yo creía mis amigos, gritando: “¡Pelea! ¡Pelea! ¡Pelea!”.

 

Todos me observan. Chillan. Esperan que haya una interesante historia que colgar en las redes sociales y no sé por qué, por una extraña razón, piensan que esta situación es digna de comentar. Quieren carnaza. Lo que no saben es que yo no soy de ese tipo de chicos que les va la chulería, de los de presumir de ser el más fuerte o el que va atemorizando al resto para que me bailen el agua. Así que intentaré por todos los medios que este incidente no vaya a más.

Lo más gracioso de este asunto (si es que lo hay) es que yo simplemente llevaba mi bandeja de comida para sentarme junto con mi clase. Él ha parado en seco, ha girado y me he tropezado provocando un enorme estruendo de ambos platos al caer al suelo. Cuando he levantado la vista, me he dado cuenta de que iba totalmente empapado por la sopa derramada encima de mis pantalones. El comedor se ha quedado en completo silencio, expectantes por lo que podía ocurrir. Y tenían razón, porque aún no era consciente de lo que había ocurrido cuando una mano me ha cogido de la camiseta y me ha empujado contra la pared más cercana a mi espalda. Esos ojos enrojecidos, furiosos y con motas de instinto asesino me gritaban. Un “Pero si has sido tú el que ha girado sin motivo y has tirado las bandejas”, ha sido el detonante para que Eric, un iracundo compañero un par de cursos mayor, haya reaccionado queriéndome estrangular.

 

Siguen gritando. Algunos me animan para que sea yo el que le dé una lección a ese alumno abusón, otros no saben si reírse o despedirse.

¡En menudo lío me he metido!

Noto un sudor frío que me recorre la espalda, las sienes y la palma de las manos. No puedo tragar y solamente pensar en la comida que tengo derramada por encima, me entran ganas de vomitar. Ya no veo esos ojos furiosos, en realidad no veo más que manchas borrosas. Todo me da vueltas. Los gritos y las risas se alejan de mí. Me mareo, me laxo, me hundo y me… Adiós.

 

- Profe, ¿qué le ha pasado a Manu? –Pregunta uno de sus compañeros al tutor.

- Se ha cag…

- ¡José! Por favor, piensa las cosas antes de decirlas. Primero, no puedes soltar lo primero que se te pase por la cabeza y, segundo, no debes hablar sin conocer porque no sabes qué pasó o cómo está tu compañero. –Intentó su profesor que reflexionara sobre sus palabras.

- No podrá negar, profe, que es mucha casualidad que tuviera un conflicto (por no decir, una pelea que estaba claro que iba a perder) con uno de los mayores y que lleve una semana sin venir al cole. –Insistió José.

- ¿Y no puedes pensar que realmente esté enfermo? –Le preguntó una de sus compañeras.

- Yo solamente digo que es mucha casualidad. Es un poco sospechoso, ¿no? –Dijo con retintín.

A Javier no le importó invertir el tiempo de su asignatura para hablar de los prejuicios que en ocasiones sus alumnos tenían incluso de sus propios compañeros. Le gustaba crear debate en el aula y que entre ellos extrajeran argumentos para convencer al otro. Aun así, cuando sonó la sirena que marcaba el final del día, sabía que José, e incluso alguno más, no estaban muy convencidos.

 

-Hola. Buenas tardes. ¿Los papás de Manu? Soy Javier, su tutor. Llamaba para preguntar cómo estaba pues lleva unos días sin venir al cole y quería saber si se encontraba mejor.

-Sí. Hola Javier. Gracias por llamar. Queríamos habernos comunicado contigo, pero estos días están siendo muy duros. Manu sigue enfermo y… Siguen haciéndole pruebas ya que, después del desmayo en el cole que pensábamos que podía haberlo producido la misma tensión sufrida por las circunstancias, volvió a desvanecer en la ducha. Nos llevamos un gran susto al encontrarlo en el suelo de la ducha, vestido, inerte. Cuando volvió en sí, nos contó que se empezó a encontrar mal y su intención era remojarse la nuca con agua fría, pero se sintió peor y ya no recuerda nada más hasta que abrió los ojos y me miró perdido. Fueron los peores minutos de mi vida porque pensamos que no volvía en sí… Lo que vino después fue peor, pero… ¿Qué le parece si nos vemos mañana a primera hora de la mañana antes de empezar las clases? Nos gustaría poder hablarlo con usted pues es un tema delicado. –Le sugirió la madre.

Cuando colgó el teléfono, Javier tenía un mal presentimiento. Una extraña sensación se le había instalado en la boca del estómago. No quería adelantarse y pensar en lo peor, pero... Ya no pudo quitarse a Manu de la cabeza.

 

Al día siguiente, Javier fue el primero en llegar al colegio. “Total, si no he pegado ojo, ¿qué más da?”, pensó. Esperaba que sus peores sospechas no se hicieran realidad, pero tenía que reconocer que estaba especialmente nervioso.

Los padres de Manu llegaron muy puntuales. Hundidos. Tomaron asiento con el peso del mundo a sus espaldas y se disculparon de nuevo por no haberse puesto en contacto antes con Javier para explicar la situación que les había cogido por sorpresa.

El profesor no pudo más que tranquilizarlos por aquello y les instó a que le contaran cómo estaba Manuel, él era lo importante.

Javier no quería ponerse en lo peor, pero cuando oyó la palabra “cáncer”, dio gracias de estar sentado en aquel momento. Dejó que hablara la madre. Ella, enfermera de profesión, llevaba la voz cantante y cuando se trataba de términos médicos, se mostraba muy profesional. Pero, cuando el rol de enfermera desapareció, no pudo evitar derramar todas aquellas lágrimas contenidas desde que recibieron los resultados de las primeras pruebas realizadas. Javier no supo qué decirles y tampoco estaba seguro de poder decir algo. Un nudo se le paró en la garganta impidiéndole hablar. Se limitó a estirar sus brazos desde su lado de la mesa para ponerlas encima de las dos personas que tenía enfrente. Con aquello les demostraba su apoyo más sincero y los animó a continuar. Aquellos padres abatidos, redactándoles todo el proceso que llevaban y el camino que les quedaba por recorrer…

 

¿Cómo estaría Manu viviendo aquella situación? ¿Cómo podría entrar Javier en clase aquella mañana, mirar a sus niños y contarles lo que le estaba ocurriendo a uno de sus compañeros? Y todo eso sin perder la compostura y desmoronarse. ¿Cómo lo asumirían ellos? Sabía que debía ser sincero con sus alumnos, contarles aquello que los padres de Manu le habían dado permiso. El resto de padres también debían de estar al tanto de la situación para tranquilizar a sus hijos, llegado el momento. Era importante tener todos y dar la misma información. Pero ese día no era el momento oportuno. Él no se veía capaz, tenía que asimilar aquella noticia que, aunque se caracterizaba por ser muy positivo y sabía que el porcentaje de curación era muy alto, no podía creerse que uno de sus “pequeños” le había podido ocurrir. Pero no podía demorarlo demasiado pues ellos ya empezaban a inventar historias rocambolescas (algunas dotadas de gran creatividad) sobre Manu y su paradero. Incluso algunos hasta pensaban que era una excusa para no venir al colegio y huir de aquel compañero mayor que hacía una semana quiso pegarle. “Bendito intento de agresión”, se dijo Javier al darle otra vuelta más a la información que le habían dado aquellos padres. La violencia no tenía ningún tipo de justificación y, de hecho, aquel niño estaba sancionado, pero gracias a él, Manu tenía una esperanza por la premura del diagnóstico ya que su desmayo marcó el inicio de un sinfín de pruebas.

 

-Profe, ¿está bien? Ya no sonríe con los ojos. –Le dijo una de sus alumnas a la mañana siguiente.

Sabía lo que significaba aquello porque se sentía peor de lo que intentaba disimular. Había llegado el momento de hablar con la clase y esa misma tarde lo haría con los padres.

 

- ¿Cómo os gustaría ser tratados si estuvierais enfermos? –Les preguntó Javier para crear un debate y profundizar en el tema de la enfermedad haciendo que empatizaran.

Javier tenía el permiso de los padres de Manu para contar hasta lo que él considerase. Libertad absoluta. Así que, quería comprobar por dónde salían sus compañeros a través del debate dirigido.

-No se preocupe, profe. Manu se pondrá bien y vendrá pronto al cole porque me prometió que me daría el cromo de Cristiano. –Le hizo sonreír uno de sus alumnos con aquella ocurrencia.

-Se me ocurre que podríamos preparar, entre todos, una especie de periódico con, por ejemplo, las noticias de la clase, anécdotas, poesías, dibujos o chistes para poder llevárselos al hospital. ¿Os parece?

Con aquella idea, Javier provocó el revuelo en la clase. Todos aportaban sus propias ideas, querían inventarse canciones, grabarse en vídeo, escribirle cartas o mensajes para animarlo. Todos querían turnarse para ir a verlo al hospital, abrazarlo y darle ánimos.

Todos… Menos José. Él seguía negándose a creer aquello que el profesor les contaba. “Manu no está enfermo. Está exagerando para no admitir que se murió de miedo en el comedor. Seguro que es capaz de cambiarse de colegio por no volver y enfrentarse al grandullón”, les decía a sus compañeros.

Cuando Javier iba a intervenir porque percibía cómo iba subiendo el enfado general con su incrédulo alumno, sonó la sirena para salir al patio. “Salvado por la campana”, pensó.

Dejaron las cosas tal y como estaban para salir al patio a jugar. Era increíble cómo aquellos pequeños le dieron una lección a Javier. Le sorprendía gratamente cómo se tomaron la noticia de la enfermedad de Manu, cómo lo habían animado y asegurado que todo iría bien. Pero… José era un hueso duro de roer y cada alumno tenía sus propias herramientas para aceptar algo como aquello.

- Espera un momento, José. Quiero hablar contigo. –Le pidió el profesor.

A regañadientes se quedó de pie, al final de la clase sin atreverse a acercarse a su tutor para que no notase lo que realmente sentía.

- Ven, anda, por favor. Siéntate aquí conmigo.

Cuando se sentó frente a él, se dio cuenta que intentaba reprimir las lágrimas y le costaba respirar.

- ¿Qué te ocurre? ¿Por qué estás así? Hace un momento protestabas y…

- ¡No quiero que Manu se muera! –Gritó José sorprendiendo a su tutor, antes del llanto angustioso que no podía parar.

Verlo así le rompió el alma. Lo abrazó hasta que pudo tranquilizarlo, al menos serenarlo.

-A ver, José, que Manu esté enfermo no quiere decir que se vaya morir. Tenemos que pensar que todo va a ir y nuestra buena energía le ayudará y le animará.

-Pero, mi abuelito enfermó también como Manu y murió. Y yo no quiero que Manu se vaya. Le tengo que decir que yo también me hubiera desmayado de encontrarme con el grandullón aquel. –Intentó explicarse entre los hipidos que le provocaban el sofoco.

Javier levantó la cabeza y sonrió.

-Creo que se lo puedes decir. –Le dijo Javier empezando a emocionarse.

Cuando José se giró al darse cuenta hacia dónde miraba su profesor, abrió los ojos de par en par. Contento y sorprendido, pero alarmado de ver a su amigo con aquel aspecto cansado, la tez blanca y ojeras. Nunca lo había visto así y estaba asustado.

Manu se acercó, lento, agotado. Sonrió a su tutor por su cariño y se giró para dirigirse a su compañero. Puso sus manitas en sus hombros y le dijo:

 

-Oye, no me voy a morir, solamente tengo cáncer. Pero, contra esto sí que voy a luchar. 

¿Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

Laura nos da herramientas para que con imaginación ataquemos el día a día, y podamos encontrar soluciones, a las situaciones con las que nos podemos encontrar, e incluso, porque no? adelantarnos a las mismas.…. te apetece conocer más de Laura, te invito a que te sumes a  la inquietud de Laura por un mundo mejor en la educación, también en Facebook