-¡Mami, mami! Venga, despierta que no quiero llegar tarde al colegio. Solamente faltaba que, en mi primer día, me pusieran la etiqueta de “tardón o “dormilón”. Que ya tengo bastante con lo que llevo de serie.

 

Cuando su madre abrió los ojos alarmada por las palabras que su cerebro, en estado de inconsciencia, había tardado algo más de lo considerado normal en asimilar, allí no había nadie. Agudizó el oído, silencio absoluto. El olfato, nada, Miguel no había visitado el baño aún. Se hubiera notado.

 

Lo habría soñado en un nanosegundo que era el tiempo que había podido dormir aquella noche. Estaba preocupada por él. Pero que muy preocupada. Era el primer día de su hijo en un colegio nuevo con la circunstancia añadida que el curso ya había empezado. ¿Cómo lo acogerían en el centro? ¿Y sus compañeros? ¿Cómo le iría el curso? ¿Habría hecho bien con el cambio? ¿Aprobaría las asignaturas? Llegado a ese punto, lo de menos era superar el curso. Solamente quería que Miguel estuviera bien, feliz, alegre, motivado, risueño, soñador, contento…, tampoco pedía demasiado. Igual sí. Feliz. Sí. Si tuviera que elegir, elegiría la felicidad como estado perenne.

 

Cuando fue a la cocina se lo encontró allí, plantado, con una sonrisa enorme, repeinado (pues sí que había ido al baño),  tomándose su bol de leche con cereales y con la mochila puesta a la espalda. La de verdad, la que se llenaban de libros, libretas, estuches y almuerzo. María esperaba que la otra, la que había estado soportando y llenando de piedras de silencio hasta ese momento, hubiera desaparecido, enterrado o lanzado desde un octavo piso. Bueno, lanzado no, no fuera que le cayera a alguien encima.

 

-¿Qué tal estás, tesoro?

-Bien, mamá, no te preocupes más. Estoy bien. El cambio nos sentará bien a los dos. Ya verás. Deja de darle vueltas. Y rápido que al final llegaré tarde por tu culpa.

Como una exhalación, Miguel desapareció. Parecía que estaba decidido y eso la animaba a ella ya que tenía la sensación que había tomado la decisión de escapar (en cierta manera así era), de tomar el camino fácil, huir…, pero ante todo estaba en juego la seguridad de su hijo. Y no se lo pensó dos veces cuando, a un mes de haber empezado el curso, le llamaron del colegio para decirle que su hijo se había vuelto a meter en problemas.

 

Otra vez la misma canción. Estaba cansada. Se metían con él, lo provocaban, le llamaban “pelochorizo, panocha, naranjito, zanahorio, oxidado o hijo del demonio” a escondidas de los profesores. Miguel aguantaba hasta que la olla a presión se disparaba. Y él no era nada discreto.

 

Ni María ni Miguel pudieron demostrar que todo aquello ocurría y que estaba ahogando a su hijo. Tenía que evitarlo.

-María, ¿no te has planteado cambiar a Miguel de centro? Como dice aquel “Huir por vileza es vergüenza, evitar un peligro es prudencia”.  –Le dijo una de sus amigas en una tarde de confesiones.

-¿Ahora? ¿Cuándo ya ha empezado el curso? –Dudó María.

-Pregunta en el colegio de mis hijos. Nosotros estamos muy contentos y Rebeca puede hacer de anfitriona. No te preocupes.

Y allí estaban, madre e hijo, yendo en coche a 20 minutos de su casa de camino a la esperanza.

Cuando llegaron a la puerta, Rebeca ya los esperaba. Era una niña linda y resuelta. Ella se encargaría de todo. María sabía que estaría bien con la hija de su amiga, pero, aun así, se fue con un nudo en el estómago a trabajar. Su pequeño adolescente que, aunque casi le sacaba una cabeza, siempre sería su chiquitín. Se le iba a hacer eterno el día hasta que llegara por la tarde y que Miguel le contara.

Rebeca le cayó bien a la primera. Era muy simpática, no paraba de darle información sobre el colegio, quién era uno y el otro y el del más allá; dónde estaban los despachos, las clases, recepción o los baños. Le presentó a su grupo de amigas y él se sonrojó.

-Lo que me faltaba, piel y pelo del mismo color. –pensó avergonzado, aunque las niñas no pensaron igual que él ya que simplemente sonrieron y siguieron conversando.

Cuando llegaron a clase y ocuparon sus asientos solo quedaba libre el de la primera fila. Otra prueba a superar pues tendría que pasar por delante de todos sus nuevos compañeros. Su objetivo del día por pasar desapercibido  no iba a cumplirlo en ese momento.

-Debí ser muy malo en mi otra vida… -Dijo en apenas un susurro.

Respiró hondo, cerró los ojos y se repitió que podía hacerlo. Aunque no debió de repetírselo las veces suficientes porque a la segunda mochila que tuvo que sortear, se tropezó y dio bandazos, esquivando para no caer encima de nadie hasta que cayó de rodillas delante de todos. A pesar de tardar tres segundos en levantarse, oyó como la clase estalló en carcajadas.

-Además de panocha, también patoso. –Dijo uno de los alumnos para provocar aun más las burlas hacia Miguel.

-No, estoy practicando para las Olimpiadas. –Se pronunció en un acto de valentía. De perdidos al río.

Sus compañeros no paraban de reír, encogiéndose en el asiento, con las manos enrolladas a la cintura y llorando de la risa que les había provocado, primero la acción y, luego, aún más, el comentario del “nuevo”.

El que parecía el líder del grupo se levantó aun con las manos en los costados. Hacía tiempo que no se lo pasaba tan bien en clase.

-Panocho, patoso y gracioso. Me caes bien. ¿Cómo te llamas? –Le preguntó Roberto.

-Soy Miguel.

-Muy bien, clase, os presento a Miki. Ya tenemos chico nuevo. –Exclamó al resto de compañeros que vitorearon la llegada de Miguel.

Miguel sonreía. Por fin su espontaneidad no le había llevado a recibir las burlas de sus compañeros.

A partir de ese momento Roberto lo acogió bajo su ala protectora. Nadie le chistaba ni le protestaba. Estaba muy contento. Al fin había conseguido entrar en el grupo ganador.

A la salida de clase, Rebeca lo esperaba. Se sorprendió al verlo con Roberto y sus secuaces. Algo estaban tramando y no iba a consentir que se metieran con Miguel pues se veía de lejos que era un buen muchacho.

Cuando Rebeca se acercó a Roberto y empezó a recriminarlo, Miguel abrió los ojos nivel 10. No se lo podía creer, alguien estaba defendiéndolo.

Tuvo que agitar la cabeza porque aunque le gustó la escena tubo que aclarar a Rebeca que Roberto era su amigo.

-Eso no te lo crees ni tú ni él. Roberto no se ata con nadie. Y si le has caído en gracia, ten cuidado porque le durará poco. –Le explicaba Rebeca apretando los dientes por la rabia contenida. Ella lo conocía bien pues se conocían desde niños y no era trigo limpio. Algo pretendía. No le gustaría que Miguel cayera en sus garras. Conocía poco de su historia, pero, por lo que le había contado su madre, no lo había pasado nada bien. Y huía precisamente de tipos como Roberto, aunque ahora llevara el disfraz de cordero, era un lobo de los feroces de verdad.

María se alegró al llegar por fin a casa, aunque asustada por ver la cara de Miguel que sería la que le mostrara realmente cómo le había ido en el colegio. Aun no había atravesado el umbral, Miguel fue a abrazar a su madre. Se lo contó todo, con sus comas, sus paréntesis y sus puntos suspensivos. Alucinada, María volvió a respirar. Por fin lo veía iluminarse.

Después de una semana, Miguel era uno más de la pandilla de Roberto. Lo buscaban, lo defendían y se reían de sus ocurrencias. Se lo pasaban muy bien, aunque, en ocasiones tenía la impresión que no se reían con él sino de él, estaba muy contento por haberse encontrado con ellos. Pero, había alguien más feliz que Miguel. Su madre. No se podía creer el cambio de actitud de su hijo. Su sonrisa, sus ganas de ir al colegio y su brillo en los ojos. La felicidad  de su hijo era directamente proporcional a la suya.

-Miki, tú eres bueno imitando, ¿verdad? Vamos a ver qué sabes hacer. Empieza.

Roberto no dejó ni que contestara. Animó al público allí presente para que acudieran al espectáculo que estaba protagonizando Miguel. Empezó con algo sencillo, algún presidente, alguna cantante venida a menos. Todo eran risas. Se dio cuenta que Roberto lo grababa y, aunque no le gustó, siguió. Aceptaba propuestas de sus compañeros pues era el alma de la fiesta.

-Miki, eres genial. Ahora toca que imites a la “empollona de la clase”. Seguro que la clavas. –Le gritó Roberto con una sonrisa de medio lado mientras seguía grabándolo. -No seas nenaza, anda. –Le soltó su supuesto amigo ante las reticencias de Miguel a meterse con alguien de clase. No le gustaba el rumbo que estaba tomando su petición. Aun así, siguió aunque su mirada iba perdiendo esa chispa de entusiasmo que tenía al principio del juego. Sonó el timbre, empezaba la clase. Miguel se sintió afortunado por poder librarse de seguir burlándose de alguno de sus compañeros.

Antes de que entrara la profesora, a Roberto le dio tiempo a enseñarle la grabación con su última imitación. Todos reían, su burla a una de sus compañera era un éxito y lo vitoreaban como un héroe. De repente, Miguel empezó a encontrarse mal y tubo que salir corriendo porque estaba a punto de vomitar. Se tropezó con Rebeca, le pidió disculpas con la mirada ya que si abría la boca, saldría más que palabras. Ella no entendía nada pero tardó un par de segundos en visualizar el vídeo ya colgado en las redes sociales.

-Miguel, sal, por favor. –Le pidió ella apoyando la frente en la puerta del baño. Solamente se oían sollozos.

-No puedo, Rebeca. He hecho algo horrible. Justo lo que no quería que hicieran conmigo, lo he hecho yo con otros. Solo quería encajar. En-ca-jar, ser uno más. Y ahora me he convertido en uno de ellos. –Logró decir Miguel antes de hipar por el disgusto contenido.

-Nunca podrías convertirte en uno de ellos. La diferencia es que tú te arrepientes, tienes conciencia y lo estás pasando fatal. Deja de ser el payaso de todos y sé el Mickey Mouse de quien tú quieras ser. No tienes que ser uno de ellos. Simplemente sé. –Le dijo Rebeca a través de la puerta.

De pronto, ella notó como la puerta presionaba hacia ella. Miguel la estaba abriendo. La miró a los ojos y le dijo:

-Si yo soy Mickey, ¿tú serás mi Mouse?

"El hijo del demonio que quería encajar y se convirtió en ratón"