CAROLINA, VE HACIA LA LUZ

Laura Borao - Carolina, ve hacia la luz

No puedo dejar de mirarme los zapatos, me asusta mirar al frente y encontrarme de nuevo con más burlas, desprecios y vacíos.

Aquí estoy en la puerta del nuevo colegio, ya con otra identidad. 

Aún así, soy incapaz de estar tranquila y segura. No puedo evitar tener mi cuerpo en tensión, los puños apretados y todo mi ser en alerta, preparándose para lo que pueda pasar. Respiro hondo, cojo aire y cuento hasta cinco;  expulso el aire y cuento hasta seis… como me enseñó mamá a relajarme.

 

Es difícil romper con todo aquello, empezar una vida nueva y pensar que nunca más va a volver a pasarte nada. He aguantado mucho y ya no podía más. He sufrido siendo Alejandro y no quiero seguir padeciendo ahora que soy Carolina.

Sé que debo estar contenta después de todo lo soportado hasta llegar a este momento, pero no puedo evitar que mi cuerpo tiemble ante la idea de que todo siga igual, que nada haya cambiado.

 

Sí, nací siendo un niño. Lo sé. Ya me explicó mi mamá que nos clasifican según los genitales con los que hayamos nacido. A mí, en la ruleta me tocaron los masculinos. Se equivocaron. Nací de forma incorrecta ya que yo me sentía (y me siento) una chica. Tengo el cuerpo de un niño, pero el cerebro de una niña. Ahora lo tengo clarísimo, pero el camino hasta llegar aquí ha sido, digamos, “complicado”.

 

-Mami, ¿puedo ponerme los vestidos de Vanesa? –Le pregunté refiriéndome a la ropa de mi hermana mayor.

-Ya sabes, cielo, que solamente te los puedes poner cuando estés en casa y no tengamos visita. –Me contestó mamá mientras lavábamos los platos. Ni siquiera me miró, supongo que cansada de la repetida pregunta. Ella lo veía como un juego para imitar a mi hermana. –Intenta que papi no te vea. Ya sabes que no le gusta verte vestido con la ropa de Vanesa.

 

En ese momento la que no se atrevió a levantar la mirada fui yo. Sabía que era difícil de entender. Yo misma pensaba que no era posible todo lo que estaba pasando en mi interior. Era una lucha continua conmigo misma. No sabía por qué me sentía así. Simplemente no me gustaba vestirme con ropa de chico, ni jugar con ellos. Era feliz haciendo las mismas cosas que mi hermana. Quería vestir como ella, pintarme las uñas o dejar que me hiciera mil peinados.

En el cole siempre me ponían con los chicos para poder jugar con ellos…lo odiaba porque no estaba a gusto y ellos tampoco. Percibía sus miradas, sus comentarios sobre mí en voz baja y opté por aislarme, irme a la oscuridad. En ella solamente sufría yo.

En casa era donde podía desplegar mi verdadero sentir. Aunque me rompía el alma pensar que papá no lo entendía. Mamá siempre fue más tolerante y comprensiva.

Aunque yo tenía mi propia habitación, me gustaba quedarme en la de Vanesa. Estaba decorada y llena de todos los elementos que a mí me gustaban. Cuando mi padre me pedía que me fuera a la mía, era como volver a esa oscuridad donde solamente podía seguir siendo Alejandro…en su mundo gris de incomprensión e indiferencia.

 

-Vamos, Álex, llegaremos tarde a clase por tu culpa.

Me había entretenido más de la cuenta en el cuarto de baño. Me vestí deprisa, como un rayo para no hacerla enfadar. No quería que se enojara conmigo y que no me permitiera coger sus cosas. Cuando subí al coche ni siquiera me miraba y solamente pude optar por pasarme los quince minutos de trayecto hasta la escuela mirando por la ventana.

Cuando llegué al colegio notaba como todo el mundo me miraba. Algunos intentaban disimular las risas, otros no tanto. Cuchicheaban a mis espaldas. Pero los más atrevidos, no había llegado aun hasta mi aula, me habían empujado, pegado y gritado “invertido, gay o monstruo” entre otras lindezas. Estaba más que acostumbrado a sus desplantes, comentarios y dudas. Pero ese día fueron mucho más notables.

Mi primer instinto fue correr al cuarto de baño. Empujé la puerta y me tropecé con una de las compañeras mayores y me di cuenta que había entrado en el de chicas, odiaba miccionar de pie y me había acostumbrado a entrar a escondidas allí…cosa que sirvió para recibir más insultos. Finalmente entré en el de chicos, necesitaba desaparecen, que nadie se diera cuenta que existía. Mojarme la cara y respirar hondo. Apoyé mis manos en una de las pilas, cerré los ojos, agaché la cabeza y respiré hondo. Un estruendo me sobresaltó y solamente pude levantar la cabeza y mirar qué pasaba a mi espalda a través del espejo. Un grupo de compañeros, los que promovían la mayoría de los conflictos que existían en mi curso, estaban allí.

-Nenaza, ¿que ayer participaste en Cabaret y no te dio tiempo a desmaquillarte? –Gritó uno de ellos.

¿Desmaquillarme? ¿Qué estaba diciendo? Debió darse cuenta de mi confusión porque hizo un gesto con los labios y añadió:

-No me digas que te has pintado los labios para darnos besitos a todos tus compañeros.

De repente dejé de dirigir mi mirada a aquel compañero y me miré en el espejo. Primero a la boca, después a mis ojos horrorizados. Estaba muerta. Había salido con tanta prisa que no me di cuenta que todavía los llevaba pintados. ¡Qué horror! Sabía que ellos no lo entenderían. Nunca se habían parado a pensar lo que me podía estar pasando…ni siquiera yo lo sabía, ¿cómo iba a explicarlo? Y si se lo decía a alguien, se reirían de mí y ya tenía bastante con superar el día a día.

-Mirad, ¡está temblando como una florecilla! –Se burló uno de ellos.

-Sé un hombre y enfréntate a nosotros.

-Él no sabe actuar como un hombre, ¿verdad, “Alejandra”?

Era cierto, mi cuerpo temblaba sin poder remediarlo. No podía enfrentarme a ellos. Mi mundo ya no era gris. Todo era blanco y negro…mientras estaba en el suelo resistiendo los golpes, también era rojo. Blanco, negro y rojo.

 

-Nadie te quiere “Alejandra”. ¿No te das cuenta? Podrías acabar con tu vida y nadie se daría cuenta. Nadie te echaría en falta. Lo sabes, ¿verdad? –Me susurraba uno de ellos en mi oreja mientras levantaba mi cabeza estirándome del pelo.

Y era cierto. Si desaparecía nadie se daría cuenta. No valía nada, ni siquiera sabía quién era en realidad y por qué me sentía así. Si dejaba de luchar, ya no me dolerían las entrañas. Y de repente…oscuridad.

 

Estuve dos días en casa, en reposo. Los golpes no me habían provocado ningún daño físico de importancia, pero sí moral. Aunque dudo que fuera por las patadas. Necesitaba explotar.

Cuando me levanté de la cama estaba decidida a hablar con mis padres. Tenía muchas dudas y ellos eran los únicos que me podían ayudar.

 

-Es una fase, Lidia. Alejandro tiene dudas, es normal a su edad. Está experimentando los primeros cambios en la pubertad y no sabe qué le ocurre. Si ni siquiera sabrá que es "gay". No le des más importancia de la que tiene, por favor. Lo que está claro es la agresión que sufrió en el colegio. Eso es lo único que me importa. Tiene que aprender a defenderse. Ya te dije que permitirle dejarle el pelo largo le traería problemas. –Le decía mi padre a mi madre.

No le podía ver la cara pues estaba de espaldas a mí, pero su voz era de decepción. Le había decepcionado y no podía soportarlo. Me dolía más por él que por mí. No sé en que momento empecé a llorar y a arrastrar mi espalda por la pared hasta quedarme sentado en el suelo. Ya no tenía fuerzas. Si hablaba con papá, sería él quien sufriría. No me querría. Sería un monstruo para él igual que para mis compañeros. Escondí mi cabeza entre mis piernas abrazadas a mí e intenté por todos los medios que mis padres no me oyeran. Temblaba tanto que me era imposible levantarme y marcharme a la habitación.

 

-Cielo, ¿qué haces en el suelo? ¿Estás bien, tesoro? –Dijo mi madre angustiada.

Levanté la cabeza y allí estaban los dos. Sus caras lo decían todo. Estaban casi más asustados que yo.

-¿Qué quiere decir exactamente “gay”?

Los dos se miraron, asintieron y un “ha llegado el momento” de mi madre en un movimiento de labios casi imperceptible, los hizo reaccionar. Papá me cogió en brazos y me llevó hasta el sofá. Respiró hondo, me dio un beso en la frente que duró varios segundos y me explicó:

-Mira, hijo, ser “gay” no es nada malo. Es aquella persona que se siente atraída por otra del mismo género. No pasa nada si a ti te gustan los chicos. Te apoyaremos en todo lo que necesites.

-¿Los chicos? No, papá, no me gustan los chicos. O eso creo. No lo sé, la verdad.

Los dos se volvieron a mirar. Estaban tan perdidos como yo.

-Papá, mamá, creo que soy una chica. Quiero decir que mi cerebro se siente así, como una niña. Odio mis genitales masculinos, me gusta todo lo que tenga que ver con chicas…mi esencia es femenina. No puedo más siendo Alejandro. No sé cómo se llamará eso, pero no soy “gay”…va más allá. No sé cómo explicarlo.

 

Dirigí cada una de mis manos a sus barbillas para que cerraran la boca. Estaban más confundidos que yo.

 

-Cielo, nosotros nunca te vamos a obligar a sentir una u otra cosa. Si tu sientes que tu esencia es ser mujer, ve hacía esa luz. Ella te proporcionará la fuerza y la libertad que necesitas para ser feliz. Nosotros siempre te apoyaremos. Lo sabes ¿verdad? Arranca todo lo que no te pertenece, lo que no sientes como tuyo. –Me dijo mamá acunándome la cara con sus suaves manos.

-Tengo que reconocer que me ha sorprendido tu confesión, no te voy a mentir. Y aunque no te lo creas, tu padre no lo sabe todo. Has hecho muy bien en explotar y por fin sacar todo lo que llevas dentro. Ojalá lo hubiera visto venir para poderte ayudar. Tendremos que consultar a un especialista que nos ayude en esta transición. –Dijo mi padre ofreciéndome una de sus sonrisas.

Ahora sé que estaba triste por no saber cómo ayudarme, no por lo que sospechaba que era lo que me pasaba.

-No te preocupes, papi. Cuando yo no sé algo  también lo consulto y le pregunto a alguien que sepa más que yo del tema. Podemos preguntar.

Todavía no sé por qué aquel comentario le hizo estallar en una carcajada que hizo que la habitación se llenara de tranquilidad, de paz y de amor.

 

-Mami, si de verdad hubiera nacido siendo niña, ¿qué nombre me hubieras puesto? –Le pregunté a la salida de la consulta del especialista.

-Pues, había una película de mi época donde una de las protagonistas era una niña preciosa, con una melena larga y rubia…más rubia y más larga que la tuya, pero con unos preciosos ojos azules muy parecidos a los tuyos. El personaje se llamaba Carol Anne, pero durante muchos años pensé que era Caroline. Me hizo mucha gracia lo confundida que estaba respecto al nombre y siempre pensé que si tenía una niña la llamaría Carolina. Con tu hermana me ganó la batalla tu padre poniéndole Vanesa, en honor a tu abuela.

-Pues, como el doctor me ha dicho que tengo que escoger un nombre en el que me sienta cómoda, con tu permiso, ya que los cromosomas se confundieron, me llamaré Carolina. ¿Te parece bien, mamá?

Ella solamente se agachó para estar a la altura de mis ojos, los suyos estaban anegados en lágrimas, sonrió, asintió y me abrazó. Creo que la luz no solamente me había llegado a mí.

 

Y aquí estoy, delante del nuevo colegio. Respirando hondo. Esperando a que mamá aparque. Quiere entrar a hablar (otra vez) con el Director. Tiene miedo, como yo. Los tres estuvimos de acuerdo con la recomendación del especialista referente al traslado de colegio. "Empezar de nuevo", dijo.

 

-Preciosa, ¿estás preparada?

-Por supuesto. Hoy empieza mi día en la luz de Carolina.

 

 

¿Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

Laura nos da herramientas para que con imaginación ataquemos el día a día, y podamos encontrar soluciones, a las situaciones con las que nos podemos encontrar, e incluso, porque no? adelantarnos a las mismas.…. te apetece conocer más de Laura, te invito a que te sumes a  la inquietud de Laura por un mundo mejor en la educación, también en Facebook