Persiguiendo la manada

Laura Borao - Persiguiendo la manada

Cuando Candela aceptó la proposición de su amiga Nuria, no pensó en las consecuencias que le supondría romper la confianza de su madre. En aquel momento solamente visualizó que, tal vez así, Sonia y sus amigas por fin la aceptarían.

Estaba jugando con fuego pero la sensación de formar parte del grupo, de no ser apartada o insultada o diana de sus bromas, le hizo expulsar un “De acuerdo, vamos” con cierto entusiasmo.

Las dos niñas, ambas de 13 años e inseparables desde la infancia, describieron lo que, se suponía, un plan perfecto. No encontraban estrías que pudieran quebrar su asistencia a aquella fiesta en el parque con algunos compañeros de clase.

¿Cuántas veces se había dicho que no importaba si no la querían en el grupo? ¿Cuántas veces había pensado que Nuria y ella eran suficientes? ¿Cuántas veces había llorado por las bromas e insultos por parte de sus compañeras?

Tal y como se lo planteaba Nuria, aquel plan era su salvación. A partir de esa fiesta, ella sería una más del grupo. Estaba convencida.

Estaba decidido, Candela dormiría en casa de Nuria aquel viernes en el que sus padres no estaban en la ciudad y se quedaba su hermano mayor al cuidado de aquellas adolescentes. Era la primera vez que Candela dormía en casa de Nuria sin que estuvieran sus padres.

A Lola no le gustó la idea desde el principio, pero fue tal la insistencia de su hija primero y de ambas después, que no pudo negarse a aquella petición. Su pequeña se estaba haciendo mayor y debía de empezar a darle cierta libertad. Por mucho que Lola deseaba tenerla bajo su cobijo, protegida por sus alas o encerrada hasta los cuarenta, sabía que tenía que ir soltando ese cordón umbilical al que la tenía atada. Para ella, lo más importante era su hija, su felicidad y, en cambio,  su mayor preocupación era la inseguridad que le producía no saber si estaba educando correctamente a su hija.

Aquellas pequeñas, que no se creían serlo tanto, sabían perfectamente cómo convencer a Lola para llevar a cabo su plan. Una vez conseguido el primer obstáculo, la visita aquella noche de la novia del hermano de Nuria facilitaría su distracción. Él no se enteraría jamás de la huida de su hermana y la amiga de ésta. Aguardaron a que el hermano de Nuria estuviera “entretenido” con su novia cuando él creía que las dos pequeñas estaban estudiando en su habitación. Eran buenas niñas, ¿por qué iba a desconfiar? Salieron sin hacer ningún ruido, casi bajo un entrenamiento ninja, cogieron el autobús que les llevaría a aquel parque donde se reunirían con las compañeras de clase. Fue más fácil de lo que imaginaron.

Cuando llegaron, les sorprendió que hubiera tanta gente cargada con bolsas de plástico, repletas de alcohol y refrescos. Gente de su edad y más mayores. Adolescentes que buscaban alternativas para divertirse, reunirse y compartir aquellos momentos. Siempre formando grupos, “en manadas” pensó Candela y se sentía feliz porque, al fin, iba a pertenecer a una de esas manadas. Ella y Nuria formarían parte de un grupo de amigas, experimentarían juntas y demostrarían que dejaron atrás aquello de ser “las renacuajas” del grupo.

Lo que no sabían Candela y Nuria que, por muy mayores que se creyeran, en realidad no lo eran. Por mucho que quisieran experimentar y probar cosas nuevas, no pensaron en los posibles daños colaterales que aquello les supondría.

Al principio se divertían, se reían, bailaban, … Eran una más. Pero, alguna de aquellas compañeras se dio cuenta que no estaban bebiendo como el resto y ahí empezó la pesadilla.

-Uy, uy, uy, que la Candelita y su amiga nos quieren tomar el pelo. Aquí no se viene a mirar. O estáis por completo o fuera.

-Mira éstas, van de mayores pero siguen jugando con muñecas. –Dijo otra.

-Tened. –Les ofreció Sonia una botella con líquido naranja.

Las dos amigas se miraron aterrorizadas. Nunca habían probado el alcohol pero pensaron que si sus padres bebían alguna copa de vino en las cenas o en las celebraciones, tampoco pasaría nada si ellas también lo hacían. Al principio empezaron con algún trago de las botellas de refrescos que les ofrecían que, naturalmente, no era su único contenido. Empezaron a encontrarse mareadas, se les trababa la lengua y se reían por todo.

-Candelita, ha llegado el momento de la prueba final. Después de esto, podrás pertenecer a nuestro grupo. Sé que lo estás deseando, pero para ello deberás obedecer y hacer lo que yo te diga. –Le ordenó la cabecilla.

-No te vayas muy lejos que luego vas tú. –Le advirtió dirigiéndose a Nuria.

Candela y Nuria sabían que ya habían bebido suficiente, empezaban a encontrarse incómodas y no querían seguir. Se sentían culpables por estar allí, pero…Si se iban, perderían aquella oportunidad y empeoraría la situación en el colegio.

-Cande, Cande, Candelita se la va a beber enterita… -Empezaron a cantar, animándola a coger aquella botella.

Candela cerró los ojos y con manos temblorosas se armó de valor y cogió la botella, esta vez rellena de un líquido amarillo. Empezó a beber. Oía a sus compañeras vitorear, animarla y  a aplaudir. Quería gustar, quería que, al menos, las dejaran vivir tranquilas, sin miedo a ser agredidas y apartadas. Aquello era su oportunidad. Al tercer trago empezó a encontrarse mal, bajó la botella y su cabeza empezó a dar vueltas.

-Candelita, ¿demasiado para ti? –Le preguntó Sonia.

-No me encuentro bien. Yo… –Dijo como pudo.

-¡Dejadla en paz! –Gritó Nuria intentando defender a su amiga.

Las chicas las rodearon y empezaron a increparlas. Para ellas ya no era divertido si Candela y Nuria no aceptaban sus propósitos. Empujones, insultos, algún estirón de pelo siguieron a las burlas. Estaban viviendo la peor de sus pesadillas, la situación había empeorado.

Candela cada vez se encontraba peor. Su tez pálida contrastaba con la oscuridad de la noche, su cabeza no paraba de dar vueltas. Ya no se reía, solamente tenía ganas de cerrar los ojos y desaparecer. Intentó volver a beber de la botella que aún sujetaba, pero su cuerpo venció y cayó al suelo desmayada. Oía voces a lo lejos, risas y aplausos, Nuria llamándola, llorando. No podía abrir los ojos y a pesar de ello, solamente veía en su cabeza como sus compañeras la insultaban y se reían de ella. Dando vueltas y más vueltas. Silencio…

 

Cuando Candela despertó un sabor agrio le hizo recordar algún momento de la noche anterior. El ardor en el estómago, la acidez, el cansancio o el malestar general le hicieron prometerse que nunca más. ¿Por qué lo había hecho? Ella no quería beber, solamente integrarse, que la aceptaran… ¿Cómo respondieron ellas? Cada vez que llegaban imágenes a su mente, se desesperaba porque cayó en la cuenta que solamente las invitaron para seguir con el propósito de divertirse a costa de su amiga Nuria y de ella. ¿Cómo podían haber caído en la trampa?

Se tumbó de nuevo, miró a su alrededor. No estaba en casa de Nuria. Aquella era su cama. “Oh, no”, pensó. En ese instante recordó la mirada triste de su madre cuando la recogió del suelo de aquel parque, semiinconsciente. Se tapó los ojos con la almohada, avergonzada.

-¿Cande? –Entró en ese instante su madre.

-Mamá, yo… Lo siento mucho, mamá.

-¿Qué pasó anoche? –Le preguntó Lola haciendo acopio de todas sus fuerzas para no gritarle que había sido una inconsciente. –Ayer me asusté muchísimo cuando me llamó Nuria para decirme que no reaccionabas. En ese momento noté cómo arrancaban mi corazón del pecho. Me gustaría que me lo contaras porque me quedaría más tranquila.

Cuando Candela le contó a su madre todo lo acontecido aquella noche (o lo que recordaba de ella), no pudo evitar enlazar la historia con lo que estaba ocurriendo desde hacía semanas en el colegio. Lola estaba realmente angustiada con todo aquello que le estaba narrando su hija. ¿Por qué no le había dicho nada con anterioridad? ¿No confiaba en ella? Se levantó de la cama porque necesitaba ordenar sus pensamientos, respirar hondo y recordar todo aquello que había leído sobre cómo sobrevivir a un hijo adolescente.

-Mira, cariño, siento mucho todo lo que te hacen esas niñas y cómo te hacen sentir… Hasta tal punto que te sientas en la “obligación” de beber para poder integrarte en el grupo. Debías de haber confiado en mí o, si querías resolverlo por tu cuenta, haber acudido a tu tutora. Ella también te podría haber ayudado y me hubiera informado. Tal vez hubiéramos evitado el episodio de anoche. Por ellas ya no te tienes que preocupar. El colegio y yo buscaremos soluciones.–Paró, respiró y continuó. –Pero debes aprender que las personas que buscan que hagas algo que tú no quieres hacer, no son buenas personas y no quieren lo mejor para ti. No quieren tu amistad y, en este caso, lo has comprobado por las malas. No vale la pena esforzarte por pertenecer a su grupo de amigas. Simplemente di “NO”. Cande, hija, siempre te he enseñado que cada uno elige el camino que quiere llevar y por ello es responsable de lo que eso conlleve. Por mucho que me duela, no puedo dejar pasar que ayer me engañaste, rompiste la confianza que tenemos y decidiste beber alcohol con 13 años. ¿Sabes las consecuencias de beber a tu edad? ¿Lo que puede llegar a hacer en tu cuerpo? En casa hay unas normas y, desde pequeña te he enseñado que se tienen que respetar. Hay unos límites que no hay que traspasar y que van acorde con tu edad. Sé que te vas sintiendo mayor, ya no tienes los mismos intereses que antes, quieres experimentar, probar, … Confía en mí, Cande. Pregúntame si necesitas saber algo que has oído o visto. Puedes hablar conmigo. Investigaremos y reflexionaremos juntas. Pero, ahora debes responsabilizarte de tus acciones.

Candela la miraba con los ojos encharcados. Sabía que la había defraudado y decepcionado con su actitud. Sabía que lo había hecho mal y debía asumirlo con todas sus consecuencias. Además se encontraba fatal. Cada vez tenía más claro que Sonia y sus amigas no valían la pena. Su mejor amiga era Nuria y con eso le bastaba. Seguro que a lo largo de su vida conocería a otra gente y haría buenas amistades.

-Tesoro, ahora ve a la ducha. Concédete unos minutos para la reflexión porque vas a ser tú quien te ponga el castigo. Lo hablamos luego, en el desayuno y llegamos a un acuerdo de responsabilidades. ¿De acuerdo? –Candela afirmó con la cabeza.

-Anda, ven. –Le pidió Lola para fundirse en un abrazo que en ese momento no supo a quién le hacía más falta.

¿Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

Laura nos da herramientas para que con imaginación ataquemos el día a día, y podamos encontrar soluciones, a las situaciones con las que nos podemos encontrar, e incluso, porque no? adelantarnos a las mismas.…. te apetece conocer más de Laura, te invito a que te sumes a  la inquietud de Laura por un mundo mejor en la educación, también en Facebook