Entra en el mundo de Laura Borao y déjate llevar por su fantasía…

 

Para aprender educando. Para ver a través de los ojos de un niño... Vive sus historias y sumérgete en sus personajes...

Conoce a  Laura

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Para crecer soñando.

Su primera novela

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El Futuro depende mucho del brazo que te agarra...

El Blog donde volver a ser niño

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Huele a libro, a lápiz y cuaderno por estrenar.

El ayudante de Papa Noel​

—Mamá, ¿te has dado cuenta que desde que ha empezado el mes de diciembre, únicamente hay dos tipos de anuncios? Los que incitan a comprar… ¿Te creerás que, este mes, solamente tengo ganas de jugar con un montón de juguetes y de perfumarme continuamente? –Reflexionó Fernando mientras miraba la televisión junto a su madre.—Mmmm, ¿y qué otro tipo hay? –Preguntó sin poder evitar la risa ante las ocurrencias de su hijo.—Pues los de las ONG’s pidiendo ayuda para los niños hambrientos de África. ¿No te habías dado cuenta, mamá? –Se giró extrañado para mirar a su madre ya que, le sorprendía que no se hubiera dado cuenta y él sí.Marta abrió los ojos tanto como pudo y…—¿Por qué el mundo es tan injusto, mamá? –Le preguntó Fernando volviéndose de nuevo hacia el televisor, dejando a Marta boqueando, pero sin poder pronunciar palabra. Aquella noche Marta no pudo pegar ojo porque le dolía no haber podido contestar a su hijo, pero, sentía que no tenía respuesta. Ella pensaba lo mismo, el mundo era muy injusto, pero, no sabía cómo solucionarlo.—Fernando, respecto a lo de ayer, ¿quieres ayudar?—Mami, no nos podemos ir a África. Justo ahora empiezan los controles…Su madre lo miró sonriendo con ternura y pensó que más no lo podía querer.—Muy cierto, cielo. Pero algo se nos ocurrirá. –Le dijo guiñándole el ojo. —¿Qué vais a pedir para los regalos de Navidad? –Preguntó uno de los compañeros de Fernando mientras charlaban en el patio.—Rafa, ¡qué exagerado eres! Si aún faltan dos semanas para mandar la carta. –Le dijo otro compañero.—Este año no quiero llegar tarde que las Navidades pasadas, de los diez regalos que pedí, solamente me trajeron siete porque ni Papa Noel ni los Reyes Magos los encontraron porque se agotaron muy pronto. –Contestó Rafa aún molesto con el recuerdo de quedarse sin aquellos regalos.—¿Siete regalos? Buaj, eso no es nada. Yo ya tengo seleccionados unos veinte regalos porque en casa de mi mamá envío una carta, en casa de mi papá otra y, dos cartas más, en las de mis abuelos. –Les contó Lolo con los ojos brillantes por la emoción al imaginarse con todos los juguetes que le esperaban.Uno por uno, iban enumerando el sinfín de regalos que querían añadir en sus cartas, pero, también se daban ideas entre ellos para sumar a su listado.Fernando los miraba atentamente, desconcertado por darse cuenta que, hasta entonces, él era igual que aquellos amigos que no paraban de hablar de regalos, juguetes, comprar, pedir, pedir, pedir…—Bueno, Fernandito, ¿qué pasa que no dices nada? –Le preguntó Rafa al darse cuenta que su amigo se mantenía al margen de la conversación tan interesante que mantenían.—No, no, no me pasa nada. Creo que os pasa a vosotros.—¡¿Cómo?! –Chillaron todos a la vez pasmados ante tal comentario.—No sé cómo no os dais cuenta de la barbaridad de regalos estáis pidiendo cuando hay millones de niños que no tienen ni para comer. ¿Para qué queréis tantos juguetes si luego acabamos jugando con un par? Deberíamos de estar discutiendo de qué manera podemos ayudar…Fernando se calló al ver que sus amigos estaban sorprendidos, en silencio, escuchando todo aquello. Por fin estaban reaccionando. Él se dio cuenta solo, pero, a ellos les había hecho falta que alguien se lo dijera. No pasaba nada, lo importante es que algo les removiera por dentro. Incluso Fernando pensó que, entre todos, podían idear la mejor manera de poder ayudar a aquella gente que podía necesitar ayuda. Sonreía emocionado cuando, de repente, estallaron en carcajadas.—¡¿Estás alucinando?! No digas tonterías. –Habló Rafa entre risas.—Estás delirando si piensas que voy a renunciar a alguno de mis regalos. –Le dijo Lolo más seco al ver que su compañero hablaba muy en serio.—No digo ninguna tontería. ¿No estáis hartos de ver anuncios en la televisión de millones de niños africanos que no comen? Mi madre me explicó que aquí mismo, en nuestra ciudad, hay miles de niños que sus padres llevan mucho tiempo en el paro y no pueden permitirse el lujo de tener juguetes. ¿No os da pena que otros niños, como nosotros, no puedan disfrutar de las Navidades? –Empezaba a desesperarse.—Pues mi papá dice que esos padres que están en el paro es porque quieren. Que hay mucha gente vaga por el mundo y muy aprovechada. Eres tan tonto que te has creído que se mueren de hambre. –Le argumentó uno de sus compañeros.—¿Eres pobre, Fernando? ¿Por eso los defiendes? –Le preguntó Lolo, curioso.—Pu-es, mmm, no lo sé… –Confesó.—¡Fernando es pobre! ¡Fernando es pobre! ¡Fernando y sus padres son pobres y vagos! –Empezaron todos a gritar, burlándose de su compañero. Fernando no entendía cómo, una conversación que había empezado intentando hacerles reflexionar, había acabado con él en el suelo y sus amigos burlándose e insultándolo.Él había sido el primero en protestar otros años cuando sus padres seleccionaban un par de juguetes del listado que apuntaba para Navidades y dejaban el resto fuera de la lista. Él los quería todos, pero nunca fue así. Sus padres siempre habían intentado inculcarle el esfuerzo para conseguir las cosas que pedía, marcarse objetivos que tenía que luchar por alcanzarlos, el compartir, el respeto y el cuidado por los demás, pero también por las cosas materiales… Todo aquello empezaba a encajarle en aquella cabecita. Se sentía en la obligación de hacer algo. ¿Era eso también ser pobre? ¿Por qué sus compañeros no se daban cuenta de lo que en realidad eran? Días después, Fernando vagaba solo por el patio pues, cada vez que intentaba hablar con sus antiguos amigos, volvían a empezar los improperios y los empujones.—Mamá, ¿somos pobres? –Le preguntó cuando fue a recogerlo después de la llamada del Director.Marta había practicado el sermón que le daría a Fernando por haber empujado a otro compañero en cuanto llegase al colegio, pero la pregunta de su hijo le sorprendió antes de que pudiera empezar. Estaba claro que algo pasaba pues él nunca había tenido problemas en el colegio ni con ningún amigo.—¿Por qué dices eso?—Es lo que me dicen los compañeros de clase como insulto, como un ataque cada vez que intento explicarles que debemos ser más generosos y ayudar a la gente sin recursos. Pensaba que estaba haciendo las cosas bien, mamá, y mírame. Has tenido que venir a por mí porque he empujado a un compañero que quería cogerme el suéter y “dárselo a los pobres”, como ha dicho él.Fernando terminó de narrarle los acontecimientos de los últimos días y cómo había llegado a ese momento.—Cielo, no somos pobres…Aunque serlo no sería un insulto. Somos unos privilegiados porque tenemos una casa donde vivir, comida de sobra y juguetes para disfrutar. Todo el exceso, es un capricho. Entiendo que quisieras hacerles entender la necesidad que tienes de ayudar, pero, nunca ha de hacerse por la fuerza. Tú se lo explicaste, no lo entendieron y su mecanismo de defensa fueron los insultos. También puedo entender que lo ocurrido hoy, “ha sido sin querer” pero se había podido evitar si tú hubieras hablado conmigo o con tu tutora para ponerle en aviso de lo que te estaba pasando. Nunca debes callarte. Lo entiendes, ¿verdad?—Pero, es que eran mis amigos, mamá. No podía acusarlos. Yo solamente quería que entendieran que hay muchos niños de nuestra edad que no podrán jugar estas Navidades y, escucharlos enumerar todo lo que iban a pedir, me dio rabia que no se pudiera compartir.—Se me ha ocurrido una cosa… Ya sabes que papá y yo somos afortunados porque los dos tenemos un trabajo que además nos gusta. Hemos pensado que este año te vamos a dejar poner un juguete más en la lista…—Pero, yo no quiero más… –Le interrumpió Fernando.—No, hijo, no me refiero a eso. Puedes añadir un juguete más y ése lo llevaremos a una asociación de la ciudad donde se reparten juguetes.De repente, a Fernando se le iluminaron los ojos. Su madre había tenido la mejor idea del mundo.—¿Seremos ayudantes de Papa Noel? –Le preguntó con una radiante sonrisa. Pasaron los días y, aunque sus compañeros siguieron burlándose de Fernando, desistieron pronto al ver que a él no le afectaba de la misma manera volviendo, poco a poco, a la normalidad.El pequeño pasó los últimos días antes de Navidad, recogiendo antiguos juguetes que prácticamente no había utilizado y que ya no jugaba con ellos. Además de añadir un par de bolsas de ropa que se le había quedado pequeña.Sus padres estaban muy orgullosos de su hijo pues estaban haciendo un gran trabajo en su educación. Se había convertido en una personita responsable, respetuoso y generoso. La mañana de Navidad, Fernando despertó muy temprano a sus padres para poder abrir los regalos que Papa Noel había dejado bajo el árbol. Este año, había un regalo de más que sería el que llevarían a la asociación aquella misma mañana.Cuando llegaron cargados con bolsas de juguetes, ropa y comida, Marta se dio cuenta que su hijo se había quedado parado en la puerta cargando con una de las bolsas. Se había vestido de rojo y verde porque decía que así vestían los ayudantes de Papa Noel… Pero, allí estaba, triste y paralizado. Su madre se acercó con cautela ya que, no sabía qué le pasaba.—Hay mucha gente, mami.—Lo sé. Por eso estamos aquí, para ayudar y aportar nuestro granito de arena. Nos necesitan.—Nunca imaginé que tantos niños se quedaban sin su regalo en una fecha tan especial. Solamente pensaba en cuántos tendría yo.—No te pongas triste. No pasa nada, hoy estás aquí. –Intentó consolarlo.Marta lo abrazó, le cogió su manita y lo llevó a la sala que habían preparado para el reparto. Fernando no tardó ni dos minutos en acoplarse con el resto de niños, sonreír y jugar con ellos.—Fernandito, ¿qué le has contado a tu madre para que hable con la mía y reduzca mi lista de regalos y me obligue a venir aquí? –Le cogió Rafa del hombro obligándole a girarse.—¿Perdona? Rafa, te puedo asegurar que no le he dicho nada. Nuestras madres habrán hablado como hacen cada día. Supongo que a tu madre le habrá gustado la idea ya que nosotros somos muy afortunados de tener lo que tenemos y no nos cuesta nada hacerlo. Para ellos es muy importante.—Sí, claro ¿y qué recibimos a cambio? –Preguntó su amigo aún molesto.—Nunca hagas las cosas para recibir algo a cambio, pero, lo que recibirás hoy es más grande que cualquier juguete de Navidad. –Le explicó Fernando con una sonrisa.En ese momento se dio cuenta que una niña, algo más pequeña que ellos, estaba sola en un rincón.—Ve y dale a aquella niña este paquete. Ejerce de ayudante que es lo que has venido a hacer y deja de protestar por todo. –Animó a su amigo.Rafa cogió el paquete. Estaba blandito. Se acercó a aquella niña que estaba sola en un rincón. Sus ojos vagaban perdidos, sin luz, tristes. “¿Qué le habrá pasado a esta niña para que esté tan triste?”, se preguntó. Ella levantó su cabecita y alternó su mirada entre el regalo y los ojos de aquel niño que estaba plantado delante de ella. Éste alargó el brazo, pero la niña no lo cogió. Rafa se giró para mirar a Fernando y su amigo le insistió.Rafa seguía enfadado con aquella situación, pero, si no lo hacía, ni su madre ni Fernando pararían de insistirle. Se agachó, le cogió la manita y le dio el paquete. La niña seguía inmóvil. Rafa empezó a destapar el regalo y dejó al descubierto una oreja de peluche. Aquella pequeña reaccionó, sonrió y terminó de sacar aquel osito. Se le llenaron los ojos de lágrimas y se abrazó a aquel ayudante que le había llevado un regalo cuando no tenía nada. Marta sorprendió a su hijo cogiéndole de la mano mientras observaban aquella escena.—Ahí lo tiene, mamá.—¿El qué, cielo? –Le preguntó su mami extrañada.—Rafa iba buscando algo a cambio y acaba de encontrarlo. ​

Somos "lo más"...

 Esta semana, gracias a las RRSS, me ha llegado un artículo de la revista Educación 3.0, donde habla de los centros educativos más innovadores del mundo. Nos presentan nueve centros cuyo eje común es tener siempre presente la innovación educativa ya sea en las metodologías que aplican o en los espacios creados para mejorar resultados.Lo siento, no estamos en el listado. Ningún centro educativo español lo está.  De los nueve, seis son estadounidenses, uno sueco, otro holandés y, por último, uno brasileño. Seguramente haya muchos más centros que no han podido verse reflejados en este artículo, pero, éstos nos dan algunas ideas para sumarnos a las listas de centros más innovadores. ¿Por qué son considerados “Los más innovadores”? Pues, por ejemplo, el colegio de Educación Infantil en Estocolmo trata a sus alumnos a través del género neutro. Ponen mucha atención al lenguaje utilizado; El colegio situado en Silicon Valley aprovecha la cercanía de expertos, emprendedores e ingenieros para que los alumnos colaboren en algunos de sus proyectos; La escuela avalada por Bill Gates tiene el mismo tutor durante cuatro años y se centra en la tecnología; O, en Amsterdam que rompen con el concepto de “clase” y trabajan en equipos de trabajo de edades diferentes y que van cambiando cada día.Algunas sorprenden y tachamos de valientes, otras, puede que no sean tan “innovadoras” porque forman parte de nuestra rutina.En mi opinión, la innovación educativa debería ser aquel proceso que mueva los cimientos más tradicionales (que no todos) para introducir cambios tan poderosos que sean capaces de formar alumnos para el día de mañana. Para tal hecho, hoy en día es indiscutible la incorporación de la tecnología para llevarlo a cabo. ¿Nos preocupa no estar en ese listado? No hay que negar lo evidente: estar en el Top Ten de cualquier lista en positivo, da prestigio y satisfacción, cuanto menos, de un trabajo bien hecho y reconoce el esfuerzo realizado. ¿Qué nos lo impide? Tal vez, ¿las (diferentes) leyes de educación? ¿La inexistencia de un modelo de proyecto real, testado en colegios donde existan evidencias de éxito? ¿La falta de inversión en educación? ¿La formación necesaria para llevarla a cabo? ¿El miedo y las inseguridades que todo cambio provoca? ¿La falta de ganas de salir de la zona de confort en la que tenemos la forma de nuestro trasero en la silla del profesor? Todas ellas o ninguna en concreto.Y el objetivo no es estar en un listado de “Los más…”, eso es lo de menos (o lo de más). Nuestro objetivo debería ser educar buenas personas, que sepan desenvolverse en diferentes contextos, que se esfuercen por conseguir sus sueños, que caigan y sepan levantarse para seguir intentándolo, que (se) respeten y valoren lo que tienen, que se cuiden y cuiden de los demás y del entorno, que tengan curiosidad por aprender, que sean felices… Podría seguir añadiendo competencias que complementen a nuestros alumnos, pero, ¿qué diferencia hay con las que querían nuestros profesores hace diez, veinte o treinta años? El fin es el mismo, entonces, ¿qué cambia? El cómo.La escuela debería de estar en continua evolución, creciendo y adaptándose a las necesidades de nuestros alumnos. Ellos no aprenden de la misma manera que aprendí yo, por ejemplo. De hecho, ahora yo tampoco aprendo de la misma manera que entonces. ¿Cómo pretendo que mis alumnos lo hagan como lo hice yo? Tendré que crear clases en las que me gustaría participar como alumna y salga de ella con la intención de volver. Y aunque en Secundaria, que es donde yo imparto mis clases, los contenidos siguen teniendo mucho peso, puedo elegir cómo darlos. ¿Qué necesito? Amar mi profesión, ser consciente de los cambios que me rodean, preguntar y escuchar a mis alumnos (que tienen mucho que decir), estar al día en las nuevas metodologías que me ayuden en el proceso enseñanza-aprendizaje (ABP, Gamificación, Desing Thinking, Aprendizaje cooperativo, Flipped Classroom, etc.), la tecnología como herramienta de aprendizaje (la Realidad Aumentada, la robótica, impresoras 3D, etc.) recursos adaptados que me ayuden a ponerlas en marcha, formación, ser guía, creativa, y, sobretodo, no tener “miedo” a intentarlo porque… Somos “Lo(s) más…”​

Evolución Pokemon

Que nuestros alumnos no son los mismos de los de hace, ni siquiera, cinco años, lo sabemos. Que los cambios se producen a tal velocidad que, cuando creemos haberlos detectado, se han convertido en rutinas, también lo tenemos claro. Y que, algunos de nosotros, notamos tal movimiento bajo nuestros pies que nos sacude la columna hasta empujarnos a “HACER”, obvio.Pero, ¿cómo emprender ese camino? ¿O estamos ya en él sin ser del todo conscientes y nos dejamos llevar por la corriente? No hace mucho, alguien muy cercano a mí, me dijo que todo esto iba tan deprisa que ella se quedaba haciendo calceta. Porque conozco a esa persona sé que será la primera en “ponerse a bailar”, pero me recordó que, desgraciadamente, muchos nos quedamos parados viendo la vida pasar (y no me refiero solamente a los docentes).Como en casi todo, tenemos dos elecciones:La primera, a pesar de haber escogido la mejor profesión del mundo (a mi parecer), a pesar de saber la responsabilidad que conlleva nuestra labor para con la comunidad educativa (porque no son solo tus alumnos), eliges seguir estancado y decides hacer lo mismo que hicieron contigo cuando tú eras estudiante. Da igual lo que pase ahí fuera, no importan las habilidades que demanden mañana en tus alumnos… Tú escoges mantenerte calentito en tu burbuja, en tu zona de confort, sin levantar la cabeza y despertar.O, como segunda opción, puedes ser de los que sean conscientes del movimiento y que además quieras provocarlo. Y con esto no quiero decir que nos volvamos locos y que rompamos radicalmente con nuestras estructuras. Nos cuesta romper, pero cuando lo hacemos, tendemos a hacerlo drásticamente y nos movemos por modas educativas. Y no debería ser así, en el equilibrio está la felicidad, en todos los sentidos. Tenemos que aprender a aunar ambos mundos, lo mejor de cada uno. La innovación en educación es un menú de MasterChef y los distintos platos son las distintas metodologías que utilizamos para que nuestros alumnos sepan desenvolverse en la vida del futuro, donde se pueden combinar sistemas más tradicionales con las “últimas tendencias”. En la diversidad está el buen gusto. Los educadores debemos escuchar a los expertos en las empresas que son los que contratarán mañana a nuestros alumnos de hoy para saber qué habilidades necesitan tener.Si leo un artículo en El Confidencial donde hablan de profesiones que jamás me hubiera imaginado que pudieran existir y Anna Quintero, directora de marketing y comunicación del portal de búsqueda de empleo Infojobs, nos da pistas del tipo de personas que necesitarán: “El valor se aportará en la medida en que la persona sepa adaptarse a distintas situaciones. Todo será más interdisciplinar y las conexiones serán más importantes.” Por tanto, llegarán a alcanzar el éxito aquellos que sepan trabajar en equipos interdisciplinares y adaptarse a los posibles cambios. Tendremos que adaptarnos y amoldar nuestras clases en estos quehaceres que harán que nuestros discentes estén a la altura de las circunstancias.Cuando nos dicen que las profesiones del futuro (no muy lejano) aún no están inventadas, ya no será esencial que nuestros alumnos sean enciclopedias humanas porque podrán obtener esa información en un tick en cualquiera de los dispositivos que tengan o, incluso, en el de un pensamiento. ¿Qué papel tendremos los educadores? Y ahora, ¿cómo nos ponemos por delante de ellos? Nosotros también somos aprendices, en constante evolución. Como dirían mis adolescentes, nosotros también evolucionamos, como los Pokemons. Y, para conseguir esa “evolución Pokemon”, es fundamental, imprescindible, una formación continua de los docentes intentando estar a la (pen)última en estrategias educativas. Deben ser los equipos directivos los que marquen por dónde empezar esa "evolución" y que sean capaces de discernir qué formación es adecuada para alcanzar los objetivos propuestos en su plan estratégico, es primordial.En esta línea, cuando tu centro propone una formación de ABP (Aprendizaje Basado en Proyectos o en Problemas) para los 80 profesores (aproximadamente) que completamos las tres etapas de educación obligatoria, en un fin de semana de noviembre, como poco, da vértigo. A atrevidos no nos gana nadie. Cada profesor, con sus circunstancias personales que han tenido que cuadrar para poder pasar el fin de semana con sus compañeros y seguir aprendiendo y lo dan todo porque saben que es una inversión a corto plazo, hace que sonrías y te sientas parte de una gran familia que tiene el mismo propósito: el bienestar de nuestro alumnado.Como nos convertimos en alumnos para poder empatizar con ellos, vivir sus experiencias de aprendizaje, involucrarnos en la tarea, disfrutar del proceso, reparto de roles, seguir una investigación común, compartir trabajo con personas que de normal solamente te cruzas en la sala de profesores y hacerlo sonriendo porque el formador ha conseguido involucrarte hasta la exposición de tu proyecto.Con este tipo de formación, aprendes formas distintas de motivar a tus alumnos (la gasolina que mueve sus cerebros). Nos transformarnos en sus guías porque buscan información en multitud de portales. Ellos son los que investigan, aprenden de forma activa. Aquel “Mira pero no toques” que nos enseñaron a nosotros, ya no sirve para ellos. Necesitan hacer para aprender. Desde un caso práctico extraen la teoría. Se lo cuentan entre ellos para adquirir mejor el conocimiento. Hay una exposición final cuidada que comparte el equipo… Sin ser conscientes del duro trabajo realizado, aprenden motivados. Todas estas estrategias son las que les servirán el día de mañana en sus puestos de trabajo y podrán presumir de haber estudiado en un centro, con un profesorado, que se implicó en el cambio… E incluso, cuenta la leyenda que fueron los culpables de provocarlo.  ​

Abrazos de amor

A los quince años de vida, Celia sabía perfectamente a quién debía pedirle las cosas que necesitaba o que, simplemente, con las que se encaprichaba. Desde pequeña había aprendido a repartir sus peticiones entre los miembros de su familia y pocas veces se iba con una negativa.  Si se trataba de caprichos materiales, el encargado de complacerla era su padre. Él no podía negarle nada a su princesa. Desde pequeña le ponía aquellos ojitos que le iluminaban tan emocionados por conseguir lo que reclamaba que no podía desengañarla. Cierto es que, Ricardo intentaba siempre consultarlo con su mujer y llegar a un consenso. ¿Para qué trabajaban si no era para complacerla y hacerla feliz?En cambio, Celia se dirigía a su madre para aquellos asuntos más personales, temas de amistades o de parejas ya que su padre no llevaba nada bien que su pequeña creciera y se relacionara. Parecía que con Raquel se entendía mejor en aquellos asuntos. Podían hablar durante horas de los conflictos con sus amigas, de lo que había acontecido en el colegio o, incluso, en las redes sociales ya que ambas compartían aquella afición.Ricardo se ponía celoso por aquella complicidad que compartía su mujer y su hija, pero entendía que había cuestiones que mejor las tratase con su madre ya que a él, simplemente pensarlo, le subían los demonios.En este tipo de asuntos, Raquel racionaba o discriminaba la información que le daba a su marido ya que, si por él hubiera sido, hubiera encerrado a su tesoro en una urna de cristal y no la hubiera dejado salir de allí hasta los cuarenta. Cierto era que, aunque a ella no le gustase demasiado mucha de la información que Celia le proporcionaba, sabía que era una adolescente que buscaba su sitio en el mundo y que debía de armarse de paciencia, respirar hondo y procurar que no se notase demasiado que, en realidad, nunca sería la madre enrollada que pretendía su hija… Pero lo intentaba, aunque eso significase complacerla en casi todo.Ni Ricardo ni Raquel querían despertar a la bestia que su pequeña llevaba dentro en los últimos (y peores) años, por eso, tal vez pecaban de demasiado permisivos. Sin manual de instrucciones era difícil acertar. Una tarde, mientras su hija se duchaba, Raquel entró en el cuarto de baño para coger los pendientes que se había dejado hacía un momento. Justo cuando alargaba la mano para cogerlos, el móvil de su hija se iluminó por una notificación que le acaba de llegar. Intentó no mirar, de verdad que lo hizo, pero no pudo resistir a la tentación y leer lo que su amiga le escribía a Celia. ¿Qué le has dicho a tu madre para que te deje venir el sábado a la fiesta? “¿Fiesta el sábado?”, pensó Raquel. Su hija no le había dicho nada sobre ninguna fiesta y esperaba que no lo hiciera ya que, el lunes empezaban los exámenes de evaluación y no era tiempo de ninguna fiesta, sino de todo lo contrario. Lo que Celia necesitaba era centrarse, estudiar y descansar para llegar preparada. Confiaba en su hija y sabía que ni se lo preguntaría ya que ella sabía lo que tenía que hacer en cada momento.Pasaba la semana y Celia no habría la boca referente a la fiesta que le proponía su amiga. Raquel estaba orgullosa de ella y así se lo hizo saber a su marido. No lo habían hecho tan mal. Tocaba respirar.—¡Mami! ¡Mami! Desastre total… Justo en el peor momento. No puede ser, ¡me voy a morir! –Gritaba Celia desde su habitación.Tanto Ricardo como Celia acudieron rápidamente a la habitación de su hija, sospechando que algo muy grave le había ocurrido.—¿Qué pasa, tesoro? –Le pregunto su padre, aun recuperando el aliento por el susto.—Pues es que no puede haber nada peor. ¡Esto es horrible! Tengo que terminar un trabajo e imprimirlo para este lunes y no hay tinta en la impresora. ¿¡Os lo podéis creer?! He buscado en vuestro despacho por si teníais de repuesto y nada. Joooo, ¡todo me pasa a mí! –Se lamentó Celia con lágrimas en los ojos.Sus padres intentaron evitar sonreír al darse cuenta que no estaba en peligro de muerte realmente y que, cualquier piedra en el camino, para ella era el fin del mundo.—Estás demasiado nerviosa para encontrar nada. Compré no hace mucho un recambio de tinta. Ahora te lo traigo, cielo. –Le dijo su madre, experto en encontrar tesoros perdidos durante siglos.Mientras Ricardo intentaba consolar a su pequeña, Raquel se marchó en busca de la solución de su hija. Él estaba convencido de que su mujer sería la única en encontrar aquel cartucho perdido. Pero, al cabo de unos minutos, Raquel volvió con las manos vacías.—Mamá, papá, lo único que se me ocurre es ir a casa de Marta y terminar allí el trabajo para poder imprimirlo.—Pero, hija, ya es muy tarde. No creo que sea buena idea… –Le dijo su padre.—Pero, papá, ¿no entiendes que, si no presento este trabajo, me suspenderán y bajaré la media que necesito para entrar en bachiller?El matrimonio se miró, intentando leer en los ojos del otro lo que opinaban al respecto. Ambos asintieron.—A ver, Celia, yo te acercaré a casa de Marta y mañana por la mañana te recojo para seguir estudiando aquí, ¿de acuerdo? Ah, por cierto, quiero el teléfono fijo de la casa de Marta que ahora con los móviles podrías estar en la Conchinchina y no enterarme.—Claro, mami, no te preocupes. Si no confías en mí, cuando esté en su casa, te mando su número por whatsapp que ya nadie utiliza el fijo.Raquel no quería desconfiar de su hija. Nunca había tenido motivos para hacerlo… Que ella supiera, claro. Pero, no se le podía escapar el detalle que era sábado por la tarde y que, hace unos días, su hija recibió un mensaje haciendo referencia a una fiesta para este mismo día. Además, Celia no le había comentado nada al respecto ni ella tampoco porque no quería que su hija pensara que la estaba espiando. Cuando su madre llegó de vuelta a casa, después de dejarla con su amiga, no pudo evitar llamar al teléfono que su hija le había proporcionado. Se tranquilizó al oír a la madre de Marta y que le confirmara que sus hijas estaban trabajando para terminarlo a tiempo. Se sentía la peor madre del mundo por haber desconfiado de su hija. Aunque pensara que no lo habían hecho del todo bien, consintiendo cada capricho, se había convertido en una hija responsable y estaba agradecida por no pasar por todo aquello que, algunas de sus amigas, le contaban sobre las vivencias con sus hijos adolescentes. Volvía a respirar. A mitad de la noche, Raquel se despertó alarmada. Un sudor frío le recorría la columna vertebral provocándole un escalofrío. Algo le ocurría a su hija. Lo presentía. Había cuidado de ella cada día y sabía cuándo las cosas no iban bien… Y, a las tres de la madrugada, no iban nada bien.Raquel intentó despertar a su marido y compartir aquella angustia para calmarla.—Mmmm, no pasa nada, Raquel. Vuelve a dormirte. Celia está en casa se su amiga Marta y llevará horas descansando. Duerme, anda. Luego dices que soy yo el que está demasiado pendiente de nuestra hija. No te preocupes que en unas horas vuelve a estar en casa.Aunque intentó hacerle caso, algo dentro le impidió hacerlo. Se levantó de la cama y se dirigió al salón. Estaba intranquila y era la primera vez que le pasaba. Caminó la maratón en diez pasos repetidos hasta que no pudo resistirlo y llamó a Celia. Su móvil estaba apagado. ¡Ella nunca lo apagaba! Aquello no hizo más que incrementar su angustia. Llamó a todos los hospitales de la zona y, afortunadamente, no sabían nada de Celia… Ni de Marta.Se quedó allí, en el sofá, en la cocina, en el baño, volvía al sofá, lo intentaba de nuevo con el teléfono…Nada. “Se habrá quedado sin batería”, pensaba. Dos segundos le duraba. “Ella siempre lleva el cargador y estando en casa de Marta es…”, sofocó un grito. ¡La fiesta!—¿Marta? –Preguntó cuando marcó el teléfono de la casa de la amiga de su casa.Colgaron. Definitivamente estaban de fiesta.Raquel se sentó sin pensar dónde caía su cuerpo. Aliviada porque su hija estaba en perfectas condiciones pues su risa de fondo lo demostraba, pero, disgustada porque su hija le había engañado. Todo lo que había sembrado, regado y acondicionado, no había servido para nada. A la mínima tentación, no había sido lo suficientemente fuerte para saber qué era lo que debía hacer.Lo que quedaba de noche la pasó llorando… Prefería hacerlo en aquel momento y no explotar cuando tuviera a Celia delante la mañana siguiente. Raquel aludió que no se encontraba demasiado bien para no acudir a recoger a su hija y que se encargara de ello su marido. Cuando Raquel entró en casa y se encontró con su madre, las dos tenían mala cara por motivos muy distintos, pero ninguna de las dos dijo nada… Y así pasaron los días.Ricardo notaba una tensión extraña entre las mujeres de la casa, pero, ninguna de la dos decía una palabra. Él se había encargado de hacer las prohibiciones oportunas por la desobediencia, mientras que su mujer optó por el silencio.A Raquel se le rompía el alma no hablar con su hija, no besarla cuando se iba de casa o cuando regresaba. No abrazarla, rodearle con sus brazos y cerrar los ojos durante unos segundos mientras aspiraba el olor a inocencia de su hija… Aunque ya no, ahora olía a duda, desconfianza y desilusión. ¡Cómo le dolía! Pero, debía resistir. ¿Durante cuánto tiempo le había engañado? Raquel solamente esperaba que llegase pronto el momento de que Celia la buscara y volviera a confiar en ella, que le volviese a hablar. —¡Mami! ¡Mami! Necesito… –Gritó desesperada Celia entrando en el salón.Raquel sabía perfectamente qué era lo que necesitaba, pero se negaba a claudicar tan pronto a sus caprichos. “No, si la culpa es nuestra por haberle consentido. Para que luego diga mi madre que somos muy estrictos con la niña”.—Celia, alto ahí. Sabes de sobra que no estás en condiciones de pedir nada. Sé que te mueres de ganas de recuperar tu móvil, de tu horario en las redes sociales y de conseguir todos los regalos de tu lista para estas Navidades, pero, tu padre y yo, estamos muy…—Lo sé, mamá. ¡No puedo más! –Le interrumpió su hija, sollozando. —Mamá, de verdad, necesito que me mires con ternura, que vuelvas a hablar conmigo. No soporto verte así. Sé que te decepcioné. Me equivoqué y no se volverá a repetir. De verdad, mami, de los errores se aprende y éste no lo quiero volver a repetir. Por favor, haz que vuelvan tus abrazos de amor.—Cielo, es cierto que no me lo esperaba. Te hemos educado desde la confianza y el respeto. Engañándonos, has hecho que dudáramos de ti. Podremos darte o permitirte más o menos de lo que te gustaría y por decirte que “NO”, no dejamos de quererte… Todo lo contrario. Intentamos educarte de la mejor manera que sabemos y en esto, estamos aprendiendo todos. Anda, tesoro, ven a por tu dosis de amor. ​

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