CÓDIGO DE INMUNIDAD ENTRE HERMANAS

Laura Borao - Código de inmunidad entre hermanas

 

Ha llegado el último día de vacaciones. Las primeras a orillas del mar. Para una pareja de ciudad de interior y veranos en el pueblo de los abuelos (aún más interior que la ciudad en la que residimos si cabe), el pasar más de dos días en la playa con las niñas iba a ser toda una aventura.

 

Natalia y Yolanda no podían ser más diferentes, en todos los sentidos. No es que sea una mejor que la otra, simplemente son distintas. Perfectas en sus diferencias. Se llevan poco más de un año entre ellas, siendo Natalia la mayor aunque no lo parezca por su tamaño. Me paso el día observándolas. Me gustaría que no crecieran más, que se quedaran así para siempre. Que el tiempo se paralizara con ocho y nueve años…aunque, desde que cumplieron los cuatro y cinco años pido el mismo deseo y nunca ha sido concedido. Mis pequeñas crecen. Se hacen mayores. Cada vez necesitan menos mimos de su padre, es decir, yo. Tendrán pareja (o no), se irán de casa, viajarán (no sé si por ese orden o sí). Alarma, entro en barrena. Raúl, tranquilízate. Respira. Para ese momento aún quedan algunos años, décadas…¿tal vez un decasiglo?

 

-Natalia, Yolanda, terminad vuestras maletas, por favor. En diez minutos nos vamos. Nos esperan unas cuántas horas de viaje en coche y ya se nos ha hecho tarde. –Les apremio ya que, con un poco de suerte, espero salir a la hora programada.

Cuando entro en la que ha sido su habitación durante las vacaciones, me extraño al ver a Natalia cerrando su maleta ya que lo normal hubiera sido encontrar a Yolanda. Intentamos no hacer comparaciones entre ellas, pero cada día me sorprenden más.

-¿Dónde está tu hermana, Nat? Ya debería tenerlo todo recogido. Por lo que veo te has dado mucha prisa.

Si las miradas matasen, ésta sería una de ellas. Me da a mí que no le ha gustado nada la semana en la playa. Sé que no nos hará tranquilo el viaje de vuelta con sus quejas.

 

-Yolanda, ¿qué haces aquí? –Le digo apresurado por los dos minutos interminables al no encontrar a mi hija pequeña en su habitación.

-Estoy observando, papi. –Me dice sin girarse.

-¿Y que observas, Yol?

Mi pequeña se gira rápidamente sorprendida con la pregunta.

-¿Pues qué va a ser? Es obvio. Pues el mar.

No puedo evitar sonreír cuando pone los ojos en blanco y da un chasquido con la lengua. Cierto, es obvio. Sobretodo cuando llevamos una semana frente al mar y ella no ha pasado de querer mojarse en la orilla. Y ahora, cuando nos vamos, se queda observándolo maravillada. Las mujeres de mi preciosa familia me van a volver loco. Loco de amor.

 

-¿Papi? ¿Mami? ¿Puedo pediros algo? –Interrumpe las quejas de su hermana.

-Claro, cielo. Puedes pídenos lo que quieras. Ya sabes que tu madre y yo consideraremos si es posible. –Le digo mirando por el retrovisor a punto de llegar a nuestra casa.

-Me gustaría aprender a nadar. Era la primera vez que pasábamos tanto tiempo en la playa y no he sido capaz de vencer el miedo que me imponía toda esa agua. No sé si volveremos a pasar las vacaciones junto al mar, pero no quiero sentirme incapaz de poder hacer algo que estoy deseando. No me gusta el miedo. El mar es precioso, la brisa, el tacto de la arena caliente, jugar, correr por la orilla, salpicarnos…pero me voy con el resquemor de no haber podido acariciarlo desde dentro.

-Yol, no digas tonterías. No volveremos nunca, ha sido odioso: el sol quemándote, el calor, la arena siempre pegada al cuerpo. No sé cómo te ha podido gustar.

 

-Iremos toda la familia a clases de natación. –Me sorprende mi mujer. –No es bueno dejar de hacer las cosas por tener miedo. Seguro que la próxima vez disfrutamos más. Todos. Algo que no sabemos hacer no debe de ser motivo de no intentarlo. Así que, con mucha paciencia y esfuerzo, lo conseguiremos. ¿Verdad, ca-ri-ño?

Ese tono en su voz es para mí. Busca mi apoyo. “Verdad, cielo”.

La última media hora en el coche la pasamos oyendo los bufidos de Natalia. No le ha gustado nada la idea. Cuando miro por el retrovisor, veo una mirada en ella hacia su hermana que no me gusta nada. Nota mental: conversación pendiente.

Desde pequeñas han tenido sus rencillas. Son hermanas, es normal. Siempre les hemos dejado que lo resolvieran entre ellas, aunque nosotros estuviéramos atentos por si necesitaban nuestra ayuda para mediar. Pasan todo el tiempo juntas y los roces por la convivencia se notan. Me preocupa que esas peleas, ahora que son más mayores, lleven un trasfondo distinto y no puedan solucionarlo. Sé que se quieren con locura pero se hacen daño.

 

Ha llegado el momento de empezar las clases de natación. Yolanda está entusiasmada, pero muy nerviosa y asustada. Está luchando con sus miedos y teme no vencerlos. Al contrario que Natalia que está tan tensa por tener que claudicar a una petición de su hermana y, por supuesto, en la que no está conforme, que no es consciente que va a meterse en el agua y va a aprender algo nuevo que le va a beneficiar. Incluso coinciden con algunas compañeras de clase.

Natalia es la primera en meterse en el agua. Quiere demostrar que es la mayor y que no tiene miedo…eso lo deja para las “pequeñajas”, adjetivo que utiliza con su hermana para chincharla.

La primera piscina donde la monitora las lleva no cubre (afortunadamente porque ya estaba pensando en ponerme en bañador y coger a mis pequeñas). Aún así, Yolanda está asustada y se coge a la barandilla con fuerza, inmóvil hasta que la profesora le coge la mano y la lleva junto a ella. Ya se siente a salvo. Ya puedo relajarme y volver a respirar con normalidad.

La clase transcurre sin sobresaltos visto desde las gradas. Puedo  incluso leer el periódico y ponerme al día con el correo mientras mis dos princesas aprenden a nadar juntas. Levanto la cabeza de vez en cuando al oír risas, veo a Yolanda de espaldas riendo junto a su hermana y sus amigas delante de ella. Sonrío. Todo fluye.

 

-Papi, no quiero volver a la piscina…ni a la playa nunca más. Podemos pasar las vacaciones siempre en el pueblo con los abuelos. Pasear por el monte, respirar el aire puro de las montañas, correr libremente por sus calles, ir en pantalón largo y camiseta de manga larga porque, aunque sea verano, refresca.

Me sorprende el comentario que me hace mi hija pequeña. Nunca pensé que se rindiera tan fácilmente. No entiendo su cambio de opinión si la semana pasado le fue genial.

-Yol, tesoro, no puedes rendirte ahora que estás rompiendo tus barreras. Esos miedos a los que quisiste hacerles frente, demostraste que fuiste muy valiente haciéndolo. Ahora no puedes dejar que  puedan contigo, cielo.

-No es por eso, papá. –Me dice con los ojos tristes.

Se queda mirando por encima de mi hombro. Giro lentamente la cabeza y veo a Natalia que ha llegado a nuestra altura con su grupo de amigas a las que despide con un gesto de mano. Ella se acerca a nosotros pero sigo hablando con Yolanda porque creo que es importante que entienda que no tiene que rendirse.

-Papá, espera. No es lo que tú piensas. –Me susurra acercándose al oído. –No puedo seguir con las clases y ya está. No pasa nada.

Se separa justo en el momento que llega su hermana para montarnos en el coche. Las observo. Algo ha pasado entre ellas. Natalia le da conversación, intenta hablar con ella pero Yolanda no le responde. Pero no es enfado lo que veo en sus ojos.

 

Cuando terminamos de cenar aún no he conseguido averiguar qué está pasando y creo que a Natalia le pasa igual.

-Me voy a la cama. Me duele un poco la cabeza. Ya he hecho todos los deberes, así que ya me puedo acostar. –Nos informa cuando vuelve de la cocina de haber recogido su parte de la mesa.

Se me rompe el corazón verla así. No sé si estará decepcionada consigo misma. Para ella es una derrota.

-No te acuestes sin preparar la bolsa para la clase de natación de mañana. –Le dice su hermana con intención de animarla, sin saber lo que realmente le pasaba.

Ella se gira al escucharla. Abre la boca para decir algo, pero la vuelve a cerrar cerrando los ojos y volviéndose para salir del comedor.

-¿Qué le pasa a la pequeñaja? Está más rara de lo normal. –Nos pregunta Natalia.

-No la llames así, por favor, Nat. Es más pequeña que tú, cierto, pero empleas el término de una forma peyorativa y no me gusta que lo utilices con tu hermana. No sé cómo te lo tengo que decir. Puedes hacer más daño con las palabras que con un puñetazo. Tu hermana está muy triste y susceptible. Ponte en su lugar. Se propuso un objetivo, un reto y no lo ha conseguido. Intentó vencer el miedo al agua y no lo ha superado. Ha tirado la toalla y no quiere volver a las clases de natación. –Le explica su madre abatida al saber del sufrimiento de su pequeña.

 

Mi mujer y yo nos miramos al ver cómo Natalia palidece tras saber qué le pasa realmente a Yolanda.

Nos quedamos los tres en silencio. No entiendo qué pasa entre ellas pero es hora de que Natalia nos lo cuente.

-Es culpa mía, sí, es culpa mía. Lo siento. No debí decir nada. Lo siento.

-¿Qué es lo que sientes, Nat? –La interrumpo.

-Papá, lo siento, pero es que no pude contener la rabia de que me obligarais a tomar clases de natación simplemente por el hecho de que a la pequeñaaajjj, digo, a Yol le diera el capricho. Pero, le tengo que dar las gracias porque me gusta mucho. Me veo más segura ahora que poco a poco voy a aprender a nadar. Lo siento, de verdad, no era mi intención. Le hice un comentario que no se merecía y, entonces…mis amigas, mis amigas, entonces…No sé qué me pasó. No quiero que se rinda. Ella es fuerte…aunque sea más pequeña que yo. Yo soy la mayor y debo cuidarla.  No lo hice. Soy un desastre.

En ese momento, Yolanda entra en el comedor. Está llorando. Un llanto silencioso, del que te rompe el alma. Ha escuchado lo que su hermana estaba diciendo. Mi intención es levantarme y abrazarla. Está sufriendo y se me rompe el corazón. Afortunadamente mi mujer está mucho más serena que yo, me coge del brazo y me impide levantarme hacía ella.

-Papá y yo nos vamos a la cocina, creo que debéis solucionar vosotras lo que ha ocurrido. –La miro sorprendido. No quiero dejarlas aquí. Quiero quedarme y lamerles las heridas. –Si necesitáis algo, estaremos aquí al lado. ¿De acuerdo?

Natalia asiente y se dirige a su hermana.

-Nat, me hiciste mucho daño. Me llamaste “gorda” delante de tus amigas.

-No fue exactamente así. Solamente te dije que no te metieras de golpe en la piscina por si la vaciabas…, bueno, sí, puede ser que quisiera llamártelo. Lo siento, Yol.

-Lo peor no fue que me dijeras todo aquello. Aunque me dolió porque sabías dónde clavar el cuchillo. Somos hermanas, tenemos un código de inmunidad. Lo peor fue que tus amigas me llamaran “ballena” después de tu comentario y no hiciste nada al respecto. Además te reíste  con ellas. Me abandonaste, Nat. Rompiste el cordón que nos une como hermanas. Se supone que tú tienes que cuidar de mí. Yo solamente quería ser tan valiente como tú, quería vencer mis miedos para parecerme a ti. Quería verme esbelta y ágil…parecerme a mi hermana mayor y me decepcionaste.

 

Mi mujer me coge de la mano, no sé si para reconfortarme o para autoreconfortarse ella. Estamos con el corazón en un puño al escucharlas.

 

-Es cierto, Yol. En el momento que vi como llorabas en la piscina noté una punzada en mi interior, como si me lo hubieran dicho a mí. Pero no me atreví a enfrentarme a ellas. No soy tan valiente como tú, Yol. Reconozco que estaba un poco enfadada contigo. Rabiosa, incluso. Yo soy tu hermana mayor, yo debo ser la valiente, la que te proteja…y ¿qué he hecho?  Te he hecho daño, mucho daño y a mí también me lo he hecho al verte así. Te prometo que a partir de ahora solamente yo podré meterme contigo y solamente tú conmigo. –Le dice Nat a su hermana pequeña con esa sonrisa tan tierna y esos ojos de corderito que nos pone a nosotros cuando quiere conseguir algo.

-Espero que me puedas perdonar, pequeñaaajjj, digo, pequeña.

Yol al oírla no puede más que sonreír. Están haciendo las paces.

-Con una condición…Al año que viene, de vacaciones a la playa. –Le dice guiñándole un ojo y a mí...se me derrite el corazón.

 

 

¿Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

Laura nos da herramientas para que con imaginación ataquemos el día a día, y podamos encontrar soluciones, a las situaciones con las que nos podemos encontrar, e incluso, porque no? adelantarnos a las mismas.…. te apetece conocer más de Laura, te invito a que te sumes a  la inquietud de Laura por un mundo mejor en la educación, también en Facebook