¡GRITA!

Laura Borao- ¡Grita!

No me queda otro remedio que resguardarme detrás de este árbol en la esquina que da al colegio. He parado en seco al darme cuenta que las “chupiguays”  (como las llamamos el resto de mortales insignificantes) se han vuelto a reunir. Por los abrazos que veo, la separación del verano no ha mermado su amistad, ¿lo habrá hecho su maldad?

Pilar, Olga, Sara, Lidia y Andrea llevan juntas desde los seis años y cada vez más fuertes. Son las “brujas” del centro.

 

Hoy es el primer día de clase después de vacaciones, empezamos ilusionados otra etapa…bueno, yo estaba ilusionada hasta que las he visto a ellas. Desde su trono, altivas y poderosas tienen engañados a todos en el colegio, menos a sus propios compañeros que somos los que sufrimos su presencia. Son inteligentes y responsables con los estudios. Todo lo que tienen de listas, lo son de malvadas. ¿No se supone que los adultos son más listos que nosotros? ¿Cómo no ven lo que hacen con todo aquel que no les baila el agua?

 

-Hija, ¿qué haces ahí quieta? Con lo que has corrido para llegar al colegio, pensaba que ya estarías sentada en primera fila esperando al profesor. Bea, Beatriz, ¿no me oyes? –Me pregunta papá al llegar a mi altura sacándome de mi ensoñación.

-¿Eehh? Ah, sí, perdona, sí te oigo, sí. Es que he corrido tanto que me ha dado una rampa en el gemelo y he tenido que parar a estirar. –Le digo haciendo alarde de todos los estiramientos que conozco.

-Deja de estirar y vamos dentro. Aún llegarás tarde como no te des prisa. –Me regaña por la posibilidad.

Odio mentir a mis padres. Pero intento autoconvencerme que es por su bien, ya que se preocuparían más de la cuenta y no quiero darle más importancia al asunto. Aunque me siento mal por hacerlo ya que es tal la confianza que depositan en mí, que se creerían cualquier cosa. Incluso la posibilidad de la abducción.

Si lo analizáramos detenidamente no le he engañado (mucho). Me ha dado un tirón, no de correr, pero sí un tirón de pánico al verlas.

Ando detrás de papá y de Celia, protegiéndome de sus miradas. Mi hermana pequeña se gira extrañada ante mi comportamiento, pero es que no quiero que tengan ninguna excusa para atacarme, “es que me has mirado con dos ojos” o “es que estabas respirando mi mismo aire”…bueno, igual no es exactamente así, pero sí igual de ridículas que éstas.

En cursos anteriores no han perdido ninguna oportunidad de burlarse o agredir y humillar a todo aquel ente que no perteneciera a su clan. Muchos de mis compañeros optaron por unirse a su séquito para no ser saco de boxeo de las arpías. Prefirieron callar y ser partícipes de sus fechorías antes que enfrentarse a ellas o ser blanco de su diana. Quedamos pocos valientes (¿valientes?) que estamos en la resistencia.

 

Otros años, siendo más pequeña, les confesaba a mis profesores cómo me sentía con las burlas de alguna de ellas, pero me cansé. Me cansé porque no acababan de ver malicia en aquellos comportamientos e incluso en alguna ocasión se insinuó que había sido yo  la causante de aquella situación. Aprendí a aguantar y a guardar silencio.

-Lidia y Pilar, ¿es verdad lo que me cuenta Bea?

-Era broma, profe. No queríamos que le sentara mal, simplemente era un juego y nosotras pensábamos que ella también estaba jugando con nosotras. –Le dijo Lidia al profesor, con aquella carita tan ensayada de niña buena que cambiaba a la del muñeco diabólico en cuanto nuestro profesor se giraba.

-Oohh, Bea, ¿podrás perdonarnos? Ha sido un malentendido. Era de broma. –Me djjo Pilar pestañeando muy rápido.

“Será falsa”, pensé. Tardé más de la cuenta en contestar, cosa que hizo que me ganara una mirada de reprimenda por parte del profesor. No lo culpé, simplemente ellas eran muy buenas actuando. A partir de ese momento entendí lo que significaba “Lobos en la piel de corderitos”. Ellas eran los lobos, claro está.

 

Ahora que lo pienso, en la nueva etapa seguro que aprovechan para mezclarnos. Espero no caer en la misma clase que algunas de ellas. Sería horrible. Por favor, por favor, por favor, que se alineen todos los astros para que eso no pase. Creo que estoy hiperventilando. “No podrán contigo, Bea”, “Eres fuerte”…¿si me lo repito muchas veces, acabaré creyéndomelo?

 

Después de creer desfallecer, no ha ido tan mal como yo pensaba. De las cinco, solamente tengo de compañera a Andrea. Con ella nunca he tenido problemas. Siempre han sido Pilar y Lidia las cabecillas. Pero, aun así, pertenece al grupo y eso me hace desconfiar, ponerme en alerta.

Creo que no esperaba que la separaran. Se ha quedado blanca cuando ha ido oyendo los nombres de sus amigas que completaban otras clases. Solamente le ha faltado llorar y seguramente no lo habrá hecho por vergüenza. De todas formas al resto de su grupo parece que le ha dado un poco igual que ella no estuviera en sus clases. No han ido ni siquiera a consolarla. Si cuando digo que no tienen sangre en las venas…

 

Andrea lleva un par de días intentando relacionarse con la clase. La mayoría somos “víctimas” de sus amigas y no nos hace ninguna gracia tener que entablar conversación con el enemigo. Incluso algún compañero ha comentado que es una espía de las brujas. Aún así, me da un poco de lástima. Parece que sea sincera y se ha quedado sola. No soy yo quién tenga que juzgar si se lo merece o no, pero si me diera igual significaría que me habría convertido en una de ellas y eso es lo último que quiero.

 

-Hola, ¿estás bien? –Me decido a preguntarle en un intercambio al verla en su pupitre con la mirada fija (y  perdida) en sus apuntes.

-¿Ehh? ¿Disculpa? Ah, sí, bueno, no. Es que, es que nadie quiere sentarse conmigo, nadie me habla…y, y, no lo entiendo.

¿¡Qué no lo entiende?! Esta sí que es buena… Espera, ¿lo dice en serio? Sí, lo dice en serio porqué así lo cree.

-Tienes que darnos un poco de tiempo, Andrea. Nos lo habéis hecho pasar muy mal. Sobretodo tus amigas. –Me atrevo a confesarle.

-¿Cómo? Yo no he hecho nada a nadie. No era mi intención si se (o te) lo hecho pasar mal. Lo siento, de verdad. –Me dice con aquella cara de “no entiendo nada, es como si hubiera vivido en una realidad paralela a la que me estás contando”.

Pues sí, reina, debe ser y a nosotros nos tocó vivir la peor de las dos realidades. Si me dice que “era broma”, no respondo. No, no lo hace (afortunadamente) y, además me mira con los ojos anegados, aprieta los labios para que no se le escape el sollozo y a mí se me rompe el corazón. Realmente lo siente.

 

A partir de ese momento intenté por todos los medios que Andrea encajara dentro del grupo de clase. Estuvo dos días enteros pidiendo perdón, incluso intentó conciliar entre los “dos grupos” del curso para que simplemente se convirtiera en uno. “La unión hace la fuerza”, nos decía…Pero aquella idea no gustó a Pilar, Olga, Sara y Lidia. Claro, ceder a la unión significaba renunciar a su puesto de reinas y con personas como ellas, no iba a resultar. Andrea se empeñaba y me confesó que le habían puesto en el aprieto de “o con ellas o sin ellas”, sin término medio. No hizo falta que me dijera qué había elegido, simplemente me cogió la mano y sonrió.

 

-¿Qué haces aquí, niña? –Me dice Pilar cuando entra en el baño y me encuentra allí lavándome las manos después de miccionar.

-No creo que te tenga que explicar lo que hacemos en un servicio, ¿no?

-Mira, Lidia, la niña nos ha salido listilla. Me huele a mí que te está vacilando. A mi amiga nadie le vacila, ¿lo entiendes? –Me dice dándome un empujón.

-Sí, la listilla ha puesto a Andi en nuestra contra.

Otro, golpe y otro hasta que me meten dentro del baño a empujones.

-¿Por qué no haces como el resto de tus compañeros y te mantienes al margen? Métete en tus asuntos y deja las cosas como estaban. Todos vivíamos mejor.

“Ese ‘todos’ se referirá a ellas”, pienso mientras me quedo acurrucada, llorando, lamiéndome las heridas (las físicas y las emocionales). Otra vez han ganado. Oigo voces en la puerta de los servicios, no me atrevo a mirar.

-Si hablas, serás tú la siguiente. –Le dice Lidia a…no sé a quién, una más del resto de la humanidad a la que tienen atemorizada.

Alguien se acerca y me muero de vergüenza que me vean así, derrotada. Alguien me acaricia el pelo, intentando reconfortarme. No puedo evitar levantar la mirada aunque me cuesta enfocar a causa de las lágrimas que barren mis ojos. Es ella, es Andrea. Hace escasas semanas hubiera pensado que vendría a pegarme, reírse y humillarme como el resto del clan. Pero, ahora sé que ya no. Odia a la Andrea que era, a la que consentía y no se daba cuenta de lo que realmente pasaba, y no quiere volver a serlo. No para de mirarme primero a los labios y después a los ojos.

-Bea, habla. No podemos dejar esto así.

Estoy tan nerviosa, aterrada que no puedo abrir la boca, ni siquiera para contestarle, como si la tuviera cosida.

-No puedo, Bea. Ya lo intenté muchas veces y no resultó. Hasta tú las creíste pensando que eran cosas de críos, bromas y juegos que no hacían con maldad.

-Habla, Bea. Rompe esos hilos que cosen tu boca y te impiden confesar lo que ocurre. “GRITA, GRITEMOS” para hacernos oír. –Dice Andrea en una mueca de dolor. –No más “vergonzosos silencios”.