Fueron felices y comieron perdices

Laura Borao - Fueron felices y comieron perdices

 

Megan no esperaba que la reunión general de padres de principio de curso le pudiera traer problemas con sus compañeros.

Habían empezado el “cole de mayores” hacía unos días, los suficientes para construir ilusiones, compartir risas y, a los padres, crear un grupo de whatsapp de la clase. Todo parecía… ¿Normal?

Al día siguiente Megan acudió a clase igual de entusiasmada que siempre. Tenía que reconocer que le gustaba el colegio y estaba muy orgullosa de estar en primaria, de tener maestros nuevos, asignaturas… Si hasta estaba contenta por tener que estudiar para sus primeros controles.

Podría decirse que era una niña feliz, todo lo feliz que podía ser una niña a los 6 años. Tenía una familia que le quería, un abuelito que le cuidaba en forma de estrella y, Jerry, su mascota a la que sacaba a pasear a diario porque se comprometió con su mami que así lo haría. Le gustaba su vida.

Entró en clase con su peculiar sonrisa, saludó a su maestra y le dio un abrazo “mañanero”, igual que había hecho con su mamá minutos antes para despedirse hasta la tarde que viniera a recogerla. Colgó su mochila y su chaqueta en la percha que le correspondía y se sentó preparada para empezar.

Sus compañeros tardaban más de lo habitual pues siempre tenían tiempo de hablar unos minutos antes de que Mercedes, su maestra, diera el aviso del comienzo del día. Pero aquel día, no.  Cuando entraron todos juntos, “se habrán encontrado en la puerta”, pensó Megan, se quedaron parados frente a la mesa dispuesta en equipo. La miraban y cuchicheaban entre ellos. Cuando ella quiso preguntarles qué pasaba, Mercedes se giró y les llamó la atención para que tomaran asiento y así poder empezar.

El día fue raro. Sus compañeros eran los que se estaban comportando de una manera extraña y a Megan se le escapaba el por qué.

 

-¿Qué te pasa, tesoro?

-Nada mamá. Estoy muy cansada. La vida en el colegio es muy dura. Nos hacen trabajar mucho. –Contestó a su madre cuando fue a recogerla a la salida del colegio.

Carmen se quedó tan extrañada con la contestación de su hija que no supo qué contestarle y lo dejó pasar. Sí que podía haber notado el cambio de infantil a primaria y se tenía que acostumbrar al nuevo ritmo que le suponía haber cambiado de etapa. Su pequeña se estaba haciendo mayor.

Al día siguiente fue un poco más raro. Sus compañeros ya no solamente no le hablaban, sino que  no querían juntarse con ella, no la elegían para trabajar en los equipos, no jugaban con ella en los descansos… ¿Por qué? Eso precisamente le hubiera gustado saber a ella.

De la noche a la mañana, todo había cambiado. Incluso su carácter se enrareció, ya no existían sonrisas, ni abrazos, ni palabras. ¿Por qué la apartaban si ella no había hecho nada para provocar aquellos vacíos?

 

-No te juntes con Megan que te puede contagiar. –Oyó decir a uno de sus compañeros.

-Es una apestada. Mis padres dicen que es fruto del descaro y la perversión. –Dijo otra.

-¿Qué es “perversión”? ¿Des qué? –Le preguntó Javier.

-No lo sé, pero debe ser de las cosas más terribles que hay porque me lo dijeron mis padres. Mi mamá y mi papá. No como a Megan, que tiene dos monstruos como madres.

“Ahí está el motivo”, pensó. Por fin salía a la luz el problema que ellos veían en ella. Se tuvo que reír porque le pareció lo más cómico que había vivido. ¿Cómo podían pensar que tener una mamá y una mami podía ser malo? ¿O contagioso?

Aquellas risas provocaron la furia de sus compañeros y se lanzaron contra ella. Eran demasiados contra Megan. Se aprovecharon de la flaqueza de la individualidad ya que nadie le ayudó. Los que no se sintieron ofendidos por su risa, no actuaron de mejor manera pues se quedaron mirando a aquella niña que tenía dos mamás, tendida en el suelo, recibiendo los golpes y los insultos de unos cuantos y la mirada paralizada de otros.

 

-¿Hoy no le das un abrazo a tu mami? –Le dijo Leonor cuando la recibió a la salida del colegio y la niña pasaba de largo.

-Ah, sí, perdona mami. Es que… Mmmm… Es que me he caído  y me he hecho daño en el costado. Pero no  pasa nada. Siempre estoy bien para un abrazo.

Megan reprimió un grito de dolor al abrazarla. Se mordió el labio donde quedó escondida la punzada que le atravesó su cuerpecito dañado. No quería preocuparla más. Ellas, Carmen y Leonor, su mamá y su mami, no se lo merecían y no quería que la culparan de llevar más dolor a casa. Si Megan no existiera, ellas vivirían en paz. No podía evitar sentirse culpable.

 

Esa noche Megan no cenó, ni se levantó al día siguiente, ni al otro. Le pesaba demasiado su cuerpecito dañado. No quiso desayunar, ni comer… Solamente quería dormir, soñar que todo estaba bien, donde no le dolía ni los moratones, ni el alma.

A mitad tarde, Megan oyó de fondo un teléfono ¿o lo soñó?

-¿Sí? … Entiendo… Sí, muchas gracias por llamar. –Oía a su mamá Carmen muy lejos y se volvió a dormir.

 

-Megan, tesoro, tenemos que hablar. Creo que nos tienes que contar lo que pasó en el colegio y por qué estás así. Sabes que te cuidaremos siempre, pero para ello debemos saber qué te pasa. –Le dijo Leonor cogiéndole la manita y acariciándosela con el pulgar.

-¿Ya lo sabéis, verdad? No sé cómo lo hacéis, pero os enteráis de todo. No os lo conté antes porque no quería preocuparos. Yo… Es que ellos me apartaban y yo no entendía por qué. Llegué a pensar que era realmente una apestada, que me pasaba algo. Algo tan grave que mis compañeros no querían compartir ni tiempo ni espacio conmigo. Cuando me dijeron que era contagioso el tener dos mamás, me eché a reír porque lo decían como algo horrible y nunca lo he sentido así. Pero, si ellos me apartan…

-Tú ya conoces la historia, cielo. Nunca te hemos querido engañar. Ya sabes que cuando naciste, tu padre se desentendió totalmente. Repudió de nosotras. No te quería… Y a mí, tampoco.  Encontrar a Leonor fue nuestra salvación. Empezamos a querernos como se quieren los protagonistas de tus cuentos y se convirtió en tu mami. Ella y yo te cuidamos cuando estás enferma, te protegemos, leemos contigo por las noches, te obligamos a comerte todas las verduras y te damos doble ración de besos y abrazos. –Le guiñó el ojo su mamá Carmen.

-Megan, tesoro, ¿crees realmente que recibes menos cariño que tus compañeros? ¿Piensas que por tener un papá y una mamá son más felices? Las familias se forman porque sus miembros se quieren, se cuidan y se protegen… Y   nosotras lo hacemos, ¿no? –Intentó su mami Leonor hacerla reflexionar.

-Ummm,… ¿Si tuviera un papá y una mamá, me dejarían comer menos verdura o jugar más tiempo antes de ir a la cama?

Tanto Leonor como Carmen se echaron a reír ante la ocurrencia de su hija. Ellas tan preocupadas por la conversación con la pequeña y les salía con aquello.

-Mamá, mami, … ¿Mañana podríais venir al colegio conmigo? –Les pidió Megan.

-Claro, cariño. No tienes que tener miedo de tus compañeros.

-No lo tengo, mamá. Solamente quiero presentaros a mis compañeros y que sepan la suerte que tengo de formar esta familia donde vivimos felices y comemos perdices.

 

 

 

 

¿Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

Laura nos da herramientas para que con imaginación ataquemos el día a día, y podamos encontrar soluciones, a las situaciones con las que nos podemos encontrar, e incluso, porque no? adelantarnos a las mismas.…. te apetece conocer más de Laura, te invito a que te sumes a  la inquietud de Laura por un mundo mejor en la educación, también en Facebook