SIGAMOS BAILANDO

Emi salió de la consulta del médico como un fantasma sin rumbo, con los ojos bien abiertos pero sin ver nada. Nada más que un futuro oscuro, (casi) negro. ¿Qué haría  a partir de ese momento? Si ella simplemente había acudido a una revisión médica.

Llevaba años sin ponerse enferma. Si se paraba a pensar cuando fue la última vez, podría asegurar que fue antes de ser madre. Justo a partir de ese instante dejó de tener tiempo hasta de ponerse enferma. Su familia lo era todo, incluso por delante de ella misma.

De repente, notó la necesidad de sentarse. Debía hacerlo con urgencia, de lo contrario caería al suelo sin más. Las piernas le flojeaban, ya no sujetaban aquel cuerpo inerte, sin fuerzas, como si todo el cansancio de todos aquellos años le hubiera sobrevenido en ese momento. Como si hubieran apagado el interruptor de su cuerpo. Estaba “apagada o fuera de cobertura”.

Cuando parpadeó y empezó a ver lo que pasaba a su alrededor, se vio sentada en el borde de la acera, con las piernas cruzadas en posición indio y con su bolso entre ellas. Observó sus manos en el regazo. ¿Cuándo había cogido el móvil? ¿En qué momento llamó a su marido? Emi no había dicho (ni podía decir) ni una palabra y allí estaba él, su marido, asustado por el silencio de su mujer y la extrañeza de la llamada.

-Emi, cariño, no te muevas de dónde estés. Ahora paso a buscarte. No te preocupes, conecto el localizador. No apagues el móvil. Por favor, Emi, ¿me oyes?

No era su estilo obedecer a la primera a su marido, de hecho se divertían llevándose la contraria, pero en aquella ocasión no pudo más que quedarse allí, inmóvil, esperando.

No era consciente del tiempo que pasó sentada hasta que unos faros le hicieron volver a la realidad. Estaba totalmente helada, calada hasta los huesos. ¿En qué momento se había puesto a llover? Oyó de lejos una puerta cerrarse. ¿Quién la llamaba? Alguien cogió sus manos, guardo su teléfono y la levantó del suelo, entumecida por las horas que llevaba allí. Quién fuera, la abrazó. Aquel olor, lo reconoció de inmediato. Emi inspiró profundamente empezando a ser consciente que volvía a respirar. Él quería mirarla a los ojos, saber qué pasaba. Nunca había visto a su mujer en aquel estado. Ni cuando estuvo doce horas de parto y quería asesinarlo “por haberle metido una niña de 4kg en su interior”.

 Le cogió la cabeza, colocando sus manos en sus mejillas limpiándole con los pulgares los restos de aquellas lágrimas derramadas inconscientemente. La miró a los ojos, suplicando saber. En silencio, diciéndolo todo.

-Cáncer. -Aquella palabra fue la única que Emi pudo pronunciar. Se abrazó fuerte a su pecho pues allí quería quedarse para siempre. Allí estaba a salvo. Él no dejaría que se marchase.

 

Pasados los días, Mónica percibía que algo raro pasaba en su casa, con sus padres. Lo que más le molestaba era que ninguno de los dos le decían lo que ocurría de verdad. ¿Tal vez iban a separarse? Sí que habían más silencios entre ellos, pero, en cambio, había más contacto, más…complicidad, más miradas furtivas, pero tristes. ¿Qué no se atrevían a contarle? Entendía que Marta, su hermana pequeña, con solamente 5 años no se diera cuenta de nada. Pero ella ya tenía 13 años, ¿no le pedían compromiso, esfuerzo y confianza…? ¿Por qué sus padres no la tenían con ella? Tal vez…¿otro hermanito?

 

Emi intentaba esquivar la mirada, las palabras e incluso el contacto con sus hijas. Le daba la sensación que un simple roce de ellas la harían desmoronarse. Sabía que Mónica notaba que algo no iba bien, pero no había tenido las fuerzas suficientes para contárselo.

Pronto sería la operación y el tratamiento y ellas debían estar al corriente. No sabían cómo hacerlo, ¿cómo se empieza una conversación de ese tipo? Decidieron que primero debían acudir al colegio para informar a sus tutoras. Emi no quería que aquello les influenciara en los estudios, tampoco quería que nada cambiara a su alrededor. Era consciente de lo complicado de su deseo, pero por nada del mundo quería desestabilizar el espacio de sus pequeñas. Desde que le dieron la noticia solamente pensaba en ellas, en cómo lo llevarían y… ¿si ocurría lo peor? La única preocupación de sus hijas debía ser si por Navidad le traerían las puntas de ballet, como cuando ella tenía su edad y lo único que le importaba era que le trajeran unas nuevas. Qué fácil era mantenerse dentro de aquella burbuja de felicidad…hasta que algo la haga explotar.

 

Llegó el momento de sentar a sus hijas y contarles lo que estaba ocurriendo. Por recomendación de la orientadora del centro lo hicieron por separado pues había demasiada diferencia de edad como para que entendieran o necesitaran tener la misma información. Los dos en el sofá del salón, cogidos de la mano, mirándose a los ojos e inflándose de valor. “Empecemos con la peque, será más fácil”, pensaron.

-Marta, tesoro, ven un momento. Papá y mamá quieren contarte una cosa importante. –Le pidió Emi con voz temblorosa.

-Dime, mami. No me digas que Santa va a poder traer más de dos regalos. –Dijo Marta abriendo los ojos, entusiasmada con aquella posibilidad.

-No cariño, no es eso. Mami está malita y estará unos días en el hospital. Habrá que cuidarla mucho esos días y portarse bien para que mami no se preocupe. ¿De acuerdo? -Tomó la palabra su marido al ver que a ella le era imposible.

Por un momento Marta se quedó observando a su madre, no le parecía que estuviera enferma. De repente, la pequeña salió del salón corriendo. Emi y su marido se preocuparon hasta que la oyeron volver con la misma rapidez.

-Mami, mami, no te preocupes por nada. Yo te cuidaré con mi maletín de doctora que me trajeron las Navidades pasadas. Tienes que ser buena paciente. ¿De acuerdo?

No pudieron más que reírse de la ocurrencia de su hija pequeña. Aquello les dio fuerzas para afrontar darle la noticia a la mayor de sus hijas. Sabían que debían hacerlo diferente con ella. Tenían tanto miedo por su reacción. Era una edad tan difícil, dura y vulnerable a la vez…que les daba pánico pensar que lo que le estaba ocurriendo a su madre le cambiara.

Siguieron al pie de la letra los consejos de la orientadora y fueron francos con Mónica. Hablaron despacio, sabían que debía asimilar cada palabra recibida como una bomba en su pequeño corazón. Necesitaría tiempo para entenderlo.

-No queremos que busques información en Internet sobre el tema, tesoro. Hay verdaderas barbaridades y no queremos que te hagas una idea equivocada. Cuando estés preparada, papá te enseñará alguna página dónde podrás encontrar la información que necesites. Cada caso es un mundo y a tu madre se lo han cogido muy a tiempo. Aún así necesitará mucha ayuda por nuestra parte y aunque se acercan fechas de ilusión, compras, reuniones familiares y demás, debes entender que ella no esté para llevar ese ritmo. Debes de ser comprensiva y fuerte. Y, por favor, nunca, nunca pierdas la esperanza. La actitud positiva lo es todo. Y tu mami se recuperará. ¿De acuerdo?

Mónica miró alternadamente a ambos. Demasiada información que hacía que le nublara la vista. Las lágrimas se agolparon para salir sin avisar. No quería que su madre la viera así. Ya tenía suficiente con aferrarse a superar aquella enfermedad como para preocuparse por ella también. Solamente pudo salir de aquella habitación, coger su abrigo, a Buba, su perro, y salir a pasear, huir. Necesitaba tiempo para pensar.

-¡Mónica, cariño!

-Déjala, necesita tiempo. Recuerda el que necesitaste tú.

 

Había pasado una hora cuando volvieron a oír la puerta de la calle. Ya empezaban a estar intranquilos por las horas y les rondaba la cabeza ir a buscarla. Buba entró en el salón, solo, pero eufórico por el gran paseo regalado.  

A los pocos minutos apareció Mónica con una carta. La que por tradición y siendo Marta tan pequeña, mantenían. Se la dio directamente a su madre para que la leyera en voz alta.

 

Querido Santa Klaus,

Como ya es habitual, piensas que voy a pedirte solamente dos regalos (los que nos permiten nuestros padres), pero este año es diferente. Solamente te pediré uno por el gran valor que tiene lo que pido:

Teléfono móvil de última generación

Que salga todo bien en el proceso de curación de mi madre. Poder pasarlo con ella, cuidarla y ayudarla a recuperarse.

Siento el regalo extra: unas puntas de ballet como las que mi madre usaba cuando tenía mi edad porque quiero repetir cada paso de baile que dio ella y, ahora, bailar juntas.

 

Emi no pudo seguir leyendo, estaba tan orgullosa de su hija. Abrió sus brazos para dejar espacio a que Mónica se acercase y la abrazase. Llenarse de su amor y infundirle las fuerzas necesarias para seguir bailando juntas.