El Profesor / La Profesora​

 

No cabe duda, y así lo he defendido en diversas ocasiones, que la formación continua es esencial para los docentes. Cursos de reciclaje, de innovación, de didáctica o de psicopedagogía, por ejemplo, deberían aparecer en nuestro plan de formación anual.

La semana pasada, algunos profesores acudimos a un congreso educativo y a un curso sobre conductas conflictivas. Tres días intensos en los que escucharíamos a diferentes ponentes, con sus particulares estilos para transmitir su conocimiento, intentando conectar con cada uno de los allí presentes.

Javier Iriondo, fantástico, fue el elegido para la ponencia inaugural del 46 congreso de CECE en Valencia y, a pesar de no ser docente, es un gran comunicador, sabe hacerse escuchar y transmite más allá del conocimiento. Más de una vez tuve que apretar la mandíbula y hacer acopio de mi resistencia para no emocionarme. Se desplazaba por el escenario en el momento justo, utilizaba una buena dicción, nos hizo movernos del asiento y activarnos, ponernos en alerta en ciertos momentos y conectó con su público a través de las historias que narraba para hacerse entender. En definitiva, cumplió con las expectativas de un buen orador.

Otro de los ponentes que intervenían dentro del programa del congreso y que siempre es un placer escucharlo, es José Navalpotro. En una palabra, Inspiración. Con él he compartido otras formaciones y, para mí, ha habido un antes y un después, tanto profesional como personalmente. Es capaz de abrirte un mundo de posibilidades ante ti y, lo mejor de todo, convencerte de que puedes hacerlo…, claro, con esfuerzo y perseverancia.

Cuando lo escuchaba hablar de Inteligencia Artificial o de Robótica, por ejemplo, y tomaba apuntes para luego así poder comentar con mis compañeros las distintas posibilidades dentro de nuestras aulas, me sorprendió ser consciente que lo había vuelto hacer. José Navalpotro había conseguido meterme de lleno en un tema que, en un principio, no me apasiona. Esto me hizo pensar en mi asignatura, en mi labor como docente; cómo llegar a mis alumnos, aunque no les guste la asignatura que imparto; la importancia de ser un buen comunicador para involucrar a los discentes y apasionarlos con lo que están escuchando o haciendo.

Como alumna (que no dejaré de serlo nunca) me he encontrado diferentes tipos de profesores e incluso yo misma he probado miles de combinaciones posibles hasta encontrar la que más se acerque a la perfección. Pero como para gustos colores, cada alumno tiene una opinión distinta.

Tipos de profesores que nos podemos encontrar:

 

Somnífero: aquel que hace que te duermas en sus clases gracias a su desmotivación y a su voz monótona.

Dori: (como el pez) o no se ha preparado las clases o, si lo ha hecho, se le ha olvidado. No recuerda por dónde se quedó la última clase o que tareas mandó para casa.

Lector: le gusta leer tanto que lo lee todo: el apartado del libro, el power point (con mucha letra), las etiquetas de los paquetes de grapas, etc.

Monologuista: se excede en las bromas que, en muchas ocasiones, solamente entiende él.

Trovador: Le encanta ir de aula en aula contando historias personales y anécdotas que hacen las clases más amenas pero que no le da tiempo a dar la materia.

Hater: (de los peores tipos) no le gusta dar clase, ni su asignatura, ni los niños…ni vivir.

Verdugo: disfruta haciendo sufrir, se excede de autoritario, pone exámenes y deberes como si fuera su asignatura la única que existiera.

Rapero: dicta los apuntes a la velocidad de la luz.

Espantamoscas: mueve tanto los brazos que no sabes si estás en clase o viendo una competición de natación sincronizada.

Influencer: el profe a la última en rrss incluso más que los propios adolescentes y utiliza las nuevas tecnologías para generar recursos y dar las clases.

Etc.

 

Pero, en realidad, ¿cómo debería ser el profesor perfecto? Si le preguntáramos a nuestros alumnos, cada uno diría algo distinto, pero tengo claro qué características no pueden faltar:

 

-Le apasiona su profesión y su asignatura, sigue formándose con la intención de mejorar.

-Predica con el ejemplo siendo responsable, justo e igualitario.

-Contagia su entusiasmo. Inspira.

-Utiliza el humor como herramienta de conexión con sus alumnos.

-Es paciente, escucha y empatiza con sus alumnos.

-Es creativo y deja serlo.

-Gran corazón.

-Está al día de los últimos avances en tecnología aplicada al aula.

-Trabaja en equipo.

-Sabe motivar para implicarlos en la tarea.

-Conoce y se preocupa por sus inquietudes.

 

En definitiva, aquel que querrías que tus hijos tuvieran como profesor.

¿Añadirías alguna característica más?

¿Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

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