El ayudante de Papa Noel

Laura Borao - El ayudante de Papá Noel

—Mamá, ¿te has dado cuenta que desde que ha empezado el mes de diciembre, únicamente hay dos tipos de anuncios? Los que incitan a comprar… ¿Te creerás que, este mes, solamente tengo ganas de jugar con un montón de juguetes y de perfumarme continuamente? –Reflexionó Fernando mientras miraba la televisión junto a su madre.

—Mmmm, ¿y qué otro tipo hay? –Preguntó sin poder evitar la risa ante las ocurrencias de su hijo.

—Pues los de las ONG’s pidiendo ayuda para los niños hambrientos de África. ¿No te habías dado cuenta, mamá? –Se giró extrañado para mirar a su madre ya que, le sorprendía que no se hubiera dado cuenta y él sí.

Marta abrió los ojos tanto como pudo y…

—¿Por qué el mundo es tan injusto, mamá? –Le preguntó Fernando volviéndose de nuevo hacia el televisor, dejando a Marta boqueando, pero sin poder pronunciar palabra.

 

Aquella noche Marta no pudo pegar ojo porque le dolía no haber podido contestar a su hijo, pero, sentía que no tenía respuesta. Ella pensaba lo mismo, el mundo era muy injusto, pero, no sabía cómo solucionarlo.

—Fernando, respecto a lo de ayer, ¿quieres ayudar?

—Mami, no nos podemos ir a África. Justo ahora empiezan los controles…

Su madre lo miró sonriendo con ternura y pensó que más no lo podía querer.

—Muy cierto, cielo. Pero algo se nos ocurrirá. –Le dijo guiñándole el ojo.

 

—¿Qué vais a pedir para los regalos de Navidad? –Preguntó uno de los compañeros de Fernando mientras charlaban en el patio.

—Rafa, ¡qué exagerado eres! Si aún faltan dos semanas para mandar la carta. –Le dijo otro compañero.

—Este año no quiero llegar tarde que las Navidades pasadas, de los diez regalos que pedí, solamente me trajeron siete porque ni Papa Noel ni los Reyes Magos los encontraron porque se agotaron muy pronto. –Contestó Rafa aún molesto con el recuerdo de quedarse sin aquellos regalos.

—¿Siete regalos? Buaj, eso no es nada. Yo ya tengo seleccionados unos veinte regalos porque en casa de mi mamá envío una carta, en casa de mi papá otra y, dos cartas más, en las de mis abuelos. –Les contó Lolo con los ojos brillantes por la emoción al imaginarse con todos los juguetes que le esperaban.

Uno por uno, iban enumerando el sinfín de regalos que querían añadir en sus cartas, pero, también se daban ideas entre ellos para sumar a su listado.

Fernando los miraba atentamente, desconcertado por darse cuenta que, hasta entonces, él era igual que aquellos amigos que no paraban de hablar de regalos, juguetes, comprar, pedir, pedir, pedir…

—Bueno, Fernandito, ¿qué pasa que no dices nada? –Le preguntó Rafa al darse cuenta que su amigo se mantenía al margen de la conversación tan interesante que mantenían.

—No, no, no me pasa nada. Creo que os pasa a vosotros.

—¡¿Cómo?! –Chillaron todos a la vez pasmados ante tal comentario.

—No sé cómo no os dais cuenta de la barbaridad de regalos estáis pidiendo cuando hay millones de niños que no tienen ni para comer. ¿Para qué queréis tantos juguetes si luego acabamos jugando con un par? Deberíamos de estar discutiendo de qué manera podemos ayudar…

Fernando se calló al ver que sus amigos estaban sorprendidos, en silencio, escuchando todo aquello. Por fin estaban reaccionando. Él se dio cuenta solo, pero, a ellos les había hecho falta que alguien se lo dijera. No pasaba nada, lo importante es que algo les removiera por dentro. Incluso Fernando pensó que, entre todos, podían idear la mejor manera de poder ayudar a aquella gente que podía necesitar ayuda. Sonreía emocionado cuando, de repente, estallaron en carcajadas.

—¡¿Estás alucinando?! No digas tonterías. –Habló Rafa entre risas.

—Estás delirando si piensas que voy a renunciar a alguno de mis regalos. –Le dijo Lolo más seco al ver que su compañero hablaba muy en serio.

—No digo ninguna tontería. ¿No estáis hartos de ver anuncios en la televisión de millones de niños africanos que no comen? Mi madre me explicó que aquí mismo, en nuestra ciudad, hay miles de niños que sus padres llevan mucho tiempo en el paro y no pueden permitirse el lujo de tener juguetes. ¿No os da pena que otros niños, como nosotros, no puedan disfrutar de las Navidades? –Empezaba a desesperarse.

—Pues mi papá dice que esos padres que están en el paro es porque quieren. Que hay mucha gente vaga por el mundo y muy aprovechada. Eres tan tonto que te has creído que se mueren de hambre. –Le argumentó uno de sus compañeros.

—¿Eres pobre, Fernando? ¿Por eso los defiendes? –Le preguntó Lolo, curioso.

—Pu-es, mmm, no lo sé… –Confesó.

—¡Fernando es pobre! ¡Fernando es pobre! ¡Fernando y sus padres son pobres y vagos! –Empezaron todos a gritar, burlándose de su compañero.

 

Fernando no entendía cómo, una conversación que había empezado intentando hacerles reflexionar, había acabado con él en el suelo y sus amigos burlándose e insultándolo.

Él había sido el primero en protestar otros años cuando sus padres seleccionaban un par de juguetes del listado que apuntaba para Navidades y dejaban el resto fuera de la lista. Él los quería todos, pero nunca fue así. Sus padres siempre habían intentado inculcarle el esfuerzo para conseguir las cosas que pedía, marcarse objetivos que tenía que luchar por alcanzarlos, el compartir, el respeto y el cuidado por los demás, pero también por las cosas materiales… Todo aquello empezaba a encajarle en aquella cabecita. Se sentía en la obligación de hacer algo. ¿Era eso también ser pobre? ¿Por qué sus compañeros no se daban cuenta de lo que en realidad eran?

 

Días después, Fernando vagaba solo por el patio pues, cada vez que intentaba hablar con sus antiguos amigos, volvían a empezar los improperios y los empujones.

—Mamá, ¿somos pobres? –Le preguntó cuando fue a recogerlo después de la llamada del Director.

Marta había practicado el sermón que le daría a Fernando por haber empujado a otro compañero en cuanto llegase al colegio, pero la pregunta de su hijo le sorprendió antes de que pudiera empezar. Estaba claro que algo pasaba pues él nunca había tenido problemas en el colegio ni con ningún amigo.

—¿Por qué dices eso?

—Es lo que me dicen los compañeros de clase como insulto, como un ataque cada vez que intento explicarles que debemos ser más generosos y ayudar a la gente sin recursos. Pensaba que estaba haciendo las cosas bien, mamá, y mírame. Has tenido que venir a por mí porque he empujado a un compañero que quería cogerme el suéter y “dárselo a los pobres”, como ha dicho él.

Fernando terminó de narrarle los acontecimientos de los últimos días y cómo había llegado a ese momento.

—Cielo, no somos pobres…Aunque serlo no sería un insulto. Somos unos privilegiados porque tenemos una casa donde vivir, comida de sobra y juguetes para disfrutar. Todo el exceso, es un capricho. Entiendo que quisieras hacerles entender la necesidad que tienes de ayudar, pero, nunca ha de hacerse por la fuerza. Tú se lo explicaste, no lo entendieron y su mecanismo de defensa fueron los insultos. También puedo entender que lo ocurrido hoy, “ha sido sin querer” pero se había podido evitar si tú hubieras hablado conmigo o con tu tutora para ponerle en aviso de lo que te estaba pasando. Nunca debes callarte. Lo entiendes, ¿verdad?

—Pero, es que eran mis amigos, mamá. No podía acusarlos. Yo solamente quería que entendieran que hay muchos niños de nuestra edad que no podrán jugar estas Navidades y, escucharlos enumerar todo lo que iban a pedir, me dio rabia que no se pudiera compartir.

—Se me ha ocurrido una cosa… Ya sabes que papá y yo somos afortunados porque los dos tenemos un trabajo que además nos gusta. Hemos pensado que este año te vamos a dejar poner un juguete más en la lista…

—Pero, yo no quiero más… –Le interrumpió Fernando.

—No, hijo, no me refiero a eso. Puedes añadir un juguete más y ése lo llevaremos a una asociación de la ciudad donde se reparten juguetes.

De repente, a Fernando se le iluminaron los ojos. Su madre había tenido la mejor idea del mundo.

—¿Seremos ayudantes de Papa Noel? –Le preguntó con una radiante sonrisa.

 

Pasaron los días y, aunque sus compañeros siguieron burlándose de Fernando, desistieron pronto al ver que a él no le afectaba de la misma manera volviendo, poco a poco, a la normalidad.

El pequeño pasó los últimos días antes de Navidad, recogiendo antiguos juguetes que prácticamente no había utilizado y que ya no jugaba con ellos. Además de añadir un par de bolsas de ropa que se le había quedado pequeña.

Sus padres estaban muy orgullosos de su hijo pues estaban haciendo un gran trabajo en su educación. Se había convertido en una personita responsable, respetuoso y generoso.

 

La mañana de Navidad, Fernando despertó muy temprano a sus padres para poder abrir los regalos que Papa Noel había dejado bajo el árbol. Este año, había un regalo de más que sería el que llevarían a la asociación aquella misma mañana.

Cuando llegaron cargados con bolsas de juguetes, ropa y comida, Marta se dio cuenta que su hijo se había quedado parado en la puerta cargando con una de las bolsas. Se había vestido de rojo y verde porque decía que así vestían los ayudantes de Papa Noel… Pero, allí estaba, triste y paralizado. Su madre se acercó con cautela ya que, no sabía qué le pasaba.

—Hay mucha gente, mami.

—Lo sé. Por eso estamos aquí, para ayudar y aportar nuestro granito de arena. Nos necesitan.

—Nunca imaginé que tantos niños se quedaban sin su regalo en una fecha tan especial. Solamente pensaba en cuántos tendría yo.

—No te pongas triste. No pasa nada, hoy estás aquí. –Intentó consolarlo.

Marta lo abrazó, le cogió su manita y lo llevó a la sala que habían preparado para el reparto. Fernando no tardó ni dos minutos en acoplarse con el resto de niños, sonreír y jugar con ellos.

—Fernandito, ¿qué le has contado a tu madre para que hable con la mía y reduzca mi lista de regalos y me obligue a venir aquí? –Le cogió Rafa del hombro obligándole a girarse.

—¿Perdona? Rafa, te puedo asegurar que no le he dicho nada. Nuestras madres habrán hablado como hacen cada día. Supongo que a tu madre le habrá gustado la idea ya que nosotros somos muy afortunados de tener lo que tenemos y no nos cuesta nada hacerlo. Para ellos es muy importante.

—Sí, claro ¿y qué recibimos a cambio? –Preguntó su amigo aún molesto.

—Nunca hagas las cosas para recibir algo a cambio, pero, lo que recibirás hoy es más grande que cualquier juguete de Navidad. –Le explicó Fernando con una sonrisa.

En ese momento se dio cuenta que una niña, algo más pequeña que ellos, estaba sola en un rincón.

—Ve y dale a aquella niña este paquete. Ejerce de ayudante que es lo que has venido a hacer y deja de protestar por todo. –Animó a su amigo.

Rafa cogió el paquete. Estaba blandito. Se acercó a aquella niña que estaba sola en un rincón. Sus ojos vagaban perdidos, sin luz, tristes. “¿Qué le habrá pasado a esta niña para que esté tan triste?”, se preguntó. Ella levantó su cabecita y alternó su mirada entre el regalo y los ojos de aquel niño que estaba plantado delante de ella. Éste alargó el brazo, pero la niña no lo cogió. Rafa se giró para mirar a Fernando y su amigo le insistió.

Rafa seguía enfadado con aquella situación, pero, si no lo hacía, ni su madre ni Fernando pararían de insistirle. Se agachó, le cogió la manita y le dio el paquete. La niña seguía inmóvil. Rafa empezó a destapar el regalo y dejó al descubierto una oreja de peluche. Aquella pequeña reaccionó, sonrió y terminó de sacar aquel osito. Se le llenaron los ojos de lágrimas y se abrazó a aquel ayudante que le había llevado un regalo cuando no tenía nada.

 

Marta sorprendió a su hijo cogiéndole de la mano mientras observaban aquella escena.

—Ahí lo tiene, mamá.

—¿El qué, cielo? –Le preguntó su mami extrañada.

—Rafa iba buscando algo a cambio y acaba de encontrarlo.

 

¿Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

Laura nos da herramientas para que con imaginación ataquemos el día a día, y podamos encontrar soluciones, a las situaciones con las que nos podemos encontrar, e incluso, porque no? adelantarnos a las mismas.…. te apetece conocer más de Laura, te invito a que te sumes a  la inquietud de Laura por un mundo mejor en la educación, también en Facebook