DONDE EMPIEZA TODO...

Laura Borao - Donde empieza todo...

Cuando la Directora de mi antigua escuela me llamó para pedirme que formara parte del acto de Graduación de este año, no me lo podía creer. Yo, que ni acabé graduándome en el colegio y, digamos de manera educada, “les hice la vida imposible” hasta que mis padres me sacaron de allí.

 

Esa llamada hizo que volviera a meditar sobre aquella época, pensar en los compañeros y profesores que tuve, reflexionar sobre mis acciones…y las reacciones de éstas.

 

Yo era buen estudiante, al menos los primeros cursos, pero algo cambió. Llegaron los años de adolescencia, de rebeldía e incomprensión; las nuevas amistades, el creerme mayor y capaz de cualquier cosa; el dejar de estudiar porque ya no me interesaba; la inconformidad y la rebelión a las normas; la necesidad de demostrar no sé qué a no sé quién…

Solamente pensarlo me da escalofríos ver a la Directora sentarse a mi lado cada vez que me mandaban a su despacho. Aún recuerdo lo que me dijo el día que me iba del colegio.

 

-Luis, hijo, hace tiempo que no eres tú. A mí no me engañas. Me duele que te vayas sin ver realmente la persona que eres y, por el motivo que sea, no quieres dejar salir. Yo confío que lo conseguirás. Espero que cuando lo logres, vengas a verme.

 

Realmente lo sentía y yo me limité a hacer un ruido con la lengua en mi boca y poner aquella mirada de desprecio que tanto desquiciaba a los adultos. Me sentía poderoso…y en realidad fui un estúpido. Pero eso lo supe un tiempo después.

 

¿Qué pasó? Cuando cumplí los 13 años mis padres pensaron que sería una buena idea preparar una fiesta en casa para celebrarlo. Ellos prometieron pasar inadvertidos así que era perfecto. Yo invité a mis compañeros (y a mis compañeras) de clase. Estaba emocionado y nervioso pues era la primera vez que vendrían chicas a casa. Todos estarían allí conmigo.

Pero no fue así. Eran compañeros, no amigos y me di cuenta en aquel instante. Yo era el bicho raro, el que no salía, el que siempre estudiaba, el que se quedaba en casa… Se supone que así debía actuar, era lo correcto y estaba harto de no encajar. El encontrarme allí en la fiesta de mi propio cumpleaños, rodeado de gente pero solo, cantando el “Cumpleaños feliz” rodeado de la familia pero sin ningún compañero de clase hizo que me cabreara. Lloré, de pena y de rabia por sentirme de aquella manera. Yo quería ser como los demás, quería pertenecer a un grupo. Sentirme parte de ellos. Y no era así.

 

Ese momento marcó el inicio de mi nuevo estado. El inicio de mi destrucción.

Fue más fácil de lo que imaginé pues sin pensarlo, y con toda la rabia que llevaba dentro, me enfrenté a un compañero que simplemente me pidió no sé qué (ahora no lo recuerdo exactamente) y yo centralicé todo ese enfado acumulado durante un par de días en él. Él lo pagó. Quería arrancarle la cabeza  y concentré todo mi ser en hacerlo. Cuando alguien reaccionó y fue en busca de alguna profesora yo no me amilané en mi empeño. Me daba igual quien fuera la persona que me estaba cogiendo y pidiendo que parara.

 

-¡Déjame en paz! No es asunto tuyo, vete a … -No pude decir nada más cuando vi aparecer a la Directora y se me encogieron las tripas ante su mirada.

A partir de ese momento empezó nuestra relación amor-odio, es decir, yo la odié con toda mi alma y ella intentaba “amarme”. Y no sé por qué, porque realmente se lo puse muy difícil. Me esforcé porque así fuera.

 

Mi pobre compañero no tenía la culpa pero aquel episodio me sirvió para ser el “héroe” del momento. Ya no estaba solo. Algunos compañeros empezaron a contar conmigo. Pertenecía a un grupo. No era el “más recomendable”, decía mi profesora, pero yo estaba contento.

Ya no me interesaba pasar tanto tiempo con la familia, quería disponer de mi espacio, pasar tiempo al teléfono, salir con mis amigos (aunque mis padres eran bastante reticentes a esas peticiones y eso era la causa de muchas de las discusiones). Ya no quería jugar con mis hermanos pequeños, ni a baloncesto …no, perdón, el baloncesto siempre me ha interesado.

 

De repente, me veía rodeado de gente. Seguían sin ser mis amigos, pero me había convertido en el rey. Me respetaban y buscaban. Ahora era yo el que me metía con todo aquel que no seguía “mis propias normas”, las que yo había escrito. No me importaba lo que pudieran pensar mis padres, mis profesores o la “abeja reina”, como yo la llamaba. Incluso lo hacía de un modo cariñoso porque, en el fondo (muy en el fondo) de mi corazón, sabía que se preocupaba por mí. Mis padres y la Directora debieron ir a los mismos cursos ya que se repetían en sus discursos. Ahora ya sé que se titulaban “Respeto, preocupación y maduración” y se aprenden con el paso del tiempo. A unos les cuesta más que a otros…a mí me costó demasiado hacerlo.

 

Me convertí justo en el tipo de persona que había odiado y en el que juré no  convertirme jamás. Pero era demasiada la tentación de la “fama” entre mis compañeros. ¿A qué precio? Algunos de ellos no se atrevían ni a mirarme a los ojos por miedo a las repercusiones que pudieran tener contra ellos; otros sabían que su mejor opción era unirse a nosotros; y, los pocos que quedaban eran los que se “rebelaban”  y a los que tenía que dejar las “cosas claras”. Pero, durante mucho tiempo no fui capaz de mirar a los ojos a mis padres. ¿En qué me había convertido?

 

Cuando cumplí los 14 años ya no quise fiesta de cumpleaños en casa. No por miedo a que no viniera nadie. Todo lo contrario. Sabía que todos no cabríamos allí y, para lo que me tenían preparado, mejor hacerlo en el parque. Ese día fue el día de mi primera borrachera (la primera de muchas). Mi madre pensó durante mucho tiempo que fueron las compañías las que me obligaron a beber. Cuesta darse cuenta que es tu propio hijo el que se está castigando.

Llegó un momento que pasaba más tiempo bebido y metido en peleas que lúcido. Y se me quedaba corto, muy corto. Siempre quería algo más. Sabía que estaba haciendo daño a todo el que me quería, pero, en ese punto en el que me encontraba, ya no podía evitarlo. Estaba totalmente desquiciado. Dejaron de importarme los estudios, la familia y los pocos amigos verdaderos que tenía desde pequeño.

 

Algunos estaréis pensando que no pasa nada por elegir el camino que yo escogí si la “abeja reina”, digo “vuestra Directora” optó por traerme a mí como exalumno célebre para vuestra Graduación. De verdad, durante unos días yo tampoco lo entendí, pero, mientras tomaba notas de lo que quería deciros, supe el por qué. Fui el ejemplo de alumno en el que no tendríais que convertiros nunca. No hay nada que pueda justificar mi comportamiento durante aquellos años. Me arrepiento. Me arrepiento de los desplantes, de haber sido un cobarde, débil, de que me importara más la fama que yo mismo. Me engañé durante mucho tiempo pensando que aquello era lo que realmente quería, pero no era así.

Hoy doy gracias porque después de todo el mal que repartí a mi alrededor, después de las lágrimas que hice que derramara mi familia y mis compañeros de clase, a los que pido perdón cada día, conseguí algo que no muchos logran: fui consciente, tuve un momento de lucidez y fui capaz de pedir ayuda y me tendieron una mano.

Tuve la suerte de tener una familia que nunca dejó de luchar por mí a pesar de haber desperdiciado el tiempo que debía pasar con ellos en otros “menesteres”. Y el tiempo pasa y no se recupera, se te escapa entre los dedos y jamás volverá a ti. Y miro a mis padres que ya son mayores. Muchas de sus canas se las puse yo allí. Y no sé el tiempo que me queda con ellos, eso nunca se sabe, y he desperdiciado parte de ese tiempo. Mis abuelos que ya no están conmigo y no pude disfrutarlos como me hubiera gustado. Se me va la vida pensando en la visión de mí que se llevaron con ellos. Espero que, donde estén, puedan ver que reaccioné a tiempo.

Algunos de los que me acompañaban no fueron lo suficientemente valientes para reaccionar y siguieron destruyéndose. Llegaron muy tarde y jamás salieron de allí. Pensad en eso.

 

Mi humilde consejo en este día tan importante es que confiéis en vosotros, haced realmente lo que os guste, sed honestos y respetuosos con vuestro corazón. Sed felices realmente con la gente que os importa y que daría la vida por vosotros.

 

A parte de mi familia, hubo una persona que confió en mí y supo ver lo que había dentro de aquella coraza que me construí para autoengañarme y pensar que la vida que llevaba era la felicidad. Ella me miraba a los ojos y podía ver en mi corazón todo aquello que yo me negaba a ver. Esa persona no lo sabe, pero volví. Cuando tuve la fuerza necesaria para admitir cuánto me había equivocado, vine a verla como me pidió…no me atreví a entrar y mirarla a los ojos. Estaba decepcionado conmigo mismo, arrepentido por todo lo que provoqué a mi alrededor.

Luchad por no sentiros nunca así. Pensad en las reacciones que provocan vuestras acciones, no solamente en vosotros, también en las personas que os rodean. No estáis solos. Mirad a vuestro alrededor. Coged la mano de aquellas personas que os quieren y dejad que os acompañen.

 

-Sabía que volverías…