SIEMPRE HAY UN MOTIVO

Laura Borao - Siempre hay un motivo

 

Si a María le hubieran preguntado por su alumno Alejandro, hubiera puesto la mano en el fuego por él. Jamás hubiera pensado que este alumno en concreto pudiera dar un cambio de 180º.

María había sido su tutora durante el último ciclo de primaria y le sorprendió que la nueva tutora  le pidiera referencias sobre su actitud durante el curso anterior.  No podía creerse la información que le dio sobre él y los problemas de disciplina que estaba teniendo en su nueva etapa. Hablaba de líder negativo, nuevas amistades que le habían perjudicado, falta de estudio, reacciones violentas, ausencia de respeto e incluso sospechas de consumo de drogas y alcohol. Casi se desmaya del susto. A María le costaba entender que todo aquello fuera por la entrada  en la adolescencia. Tenía que haber algo más. ¿Dónde estaba el Alejandro cariñoso, buen estudiante y respetuoso que ella conoció?

 

No podía dejar de pensar en él, incluso se fue a casa con aquel alumno dentro de su cabeza. Siempre había defendido que las personas que se dedicaban a la docencia nunca dejaban de preocuparse por sus alumnos, como si fueran sus hijos. No tenían un horario donde cerrar la “persiana” a las seis de la tarde y mente vacía hasta el día siguiente. Y ella era prueba de ello, no podía evitar llevarse en su maletín todas esas preocupaciones. Estaban educando personitas y tenía su parte de responsabilidad (junto con las familias) en la educación de aquellos niños.

 

Después de darle muchas vueltas, le envió un correo a su compañera de secundaria pidiéndole permiso para hablar con Alejandro al día siguiente e intentar sonsacarle qué le estaba ocurriendo, intentar averiguar si había algo más detrás.

Al día siguiente se levantó más temprano ya que María estaba dispuesta a encontrarse con él y tener una charla que aclarara su cambio de comportamiento para buscar soluciones.

Cuando pasó con el coche por la puerta del colegio en busca de aparcamiento, lo vio con su nuevo grupo de amigos . “¡Qué mayor está!”, pensó. Pero notó en los rasgos de su cara que se habían endurecido, estaba enfadado, con rabia. “Adolescentes enfadados con el mundo que les atormenta”, pensó y no pudo más que sonreír al verse reflejada en aquel sentir cuando tenía la edad de Alejandro.

Al girar la esquina del colegio se alarmó al ver a un grupo de chicos increpando a otro que se mantenía en el centro. No pudo evitar preocuparse porque le pareció distinguir en el centro de aquel grupo a Alejandro. Estaban haciéndole daño. Eran muchos contra él y tenía que ayudarle. Antes de que pudiera decirles nada, el repiqueteo de los zapatos en el suelo les puso en aviso y acabaron dispersándose dejando el círculo abierto. Allí estaba Alejandro de espaldas a María, firme, tenso, con la mano izquierda cerrada en un puño y la derecha…¿y la derecha? Su mano derecha agarrando el cuello de otro compañero, tan fuerte que los nudillos los tenía blancos.

 

-Alejandro, suéltale, por favor. No puedes reaccionar de la misma manera que ellos. Lo solucionaremos de otro modo. Por favor, Alejandro. –Intentó convencerlo.

Cuando Alejandro se dio cuenta que alguien le hablaba y le tocaba el hombro, se dio la vuelta con tanta furia que solamente le faltó tirar fuego por la nariz. Estaba tan concentrado en amargarle la existencia a aquel compañero que no se dio cuenta de quién se trataba.

María se quedó paralizada al ver por fin la cara de su antiguo alumno y dejó abierta la visión del otro compañero, el dueño del cuello que Alejandro intentaba estrangular. Ella no pudo evitar dirigir la mirada a aquel chico. ¿Era pánico lo que veía en sus ojos? ¿Esperanza al ver a una profesora? ¿Se sentía a salvo ante su salvadora? ¿Qué estaba pasando allí? Automáticamente miró a Alejandro y era odio lo que reflejaban los suyos. María empezó a entender la situación y no era tal y como la había imaginado en un principio. Él no era el acosado sino el maltratador. Las palabras de su compañera prendían vida en aquel momento.

-Alejandro, ¿qué estás haciendo? ¡Suéltale ya! Le estás haciendo daño.

-María, no te metas en esto, no es asunto tuyo. –Le contestó Alejandro soltando al compañero que le faltaron segundos para escapar de allí.

-¿Ahora soy María? ¿Dónde quedó “Señorita”?

-¡Déjame en paz, te he dicho! –Le gritó con tal despreció que congeló todo a su alrededor.

A María le pareció ver arrepentimiento por unas décimas de segundo, pero duró tan poco que le hizo dudar si había sido su imaginación. Antes de que pudiera replicarle, Alejandro se marchó.

 

Ella no se dio cuenta de la tensión que había producido aquel episodio hasta que sacó todo el aire que había mantenido en sus pulmones. Respiró hondo un par de veces más para tranquilizarse.

No le quedó otro remedio que buscar a la tutora de Alejandro y contarle la escena que había presenciado. A ella no le sorprendió pues llevaba un tiempo comportándose de aquella manera y las sanciones no le servían de mucho. No se lo podía creer, pero lo había vivido en primera persona. Esa mirada, ese odio retenido. Debían poner medidas. Solucionar aquella situación, que Alejandro fuera consciente que en cada acción hay una reacción. Era imposible hablar con él, se había cerrado en banda con puerta acorazada y huella ocular para poder entrar.

¿Qué podía haber ocurrido en unos pocos meses de diferencia? ¿Qué fue de aquel “Señorita, la echaré de menos” con el que se despidió en su último día de curso? ¿Cómo había podido convertirse en un acosador? ¿Dónde había enterrado todos aquellos valores que le habían enseñado? ¿Y sus padres? Debían estar destrozados. Ver a un alumno que ha cambiado tanto era duro, pero…¿y para sus padres? Saber que tu hijo causa daño voluntario, le quita la sonrisa a otra persona, que se ha convertido en el antagonista de la película, debía ser horrible. Debían estar tan perdidos como ella.

María no podía dejar de darle vueltas a todo aquello, pero también estaba muy enfadada con Alejandro. Aquella falta de respeto y aquel desprecio para su persona eran irreconocibles en el que fue su alumno…pero no lo había soñado, no, fue él.

Le pidió a su compañera, tutora de Alejandro, que la mantuviera informada y se ofreció a ayudarla en todo lo que ella pudiera hacer, pero sabía que no era labor suya inmiscuirse en la tutoría de otra profesora.

 

Pasaron los días y María intentó volver a la normalidad de su clase. Se cruzó con Alejandro en varias ocasiones y en todas ellas le pareció que él iba a decir algo cuando se encontraba a su altura. Como no se atrevió, no se dijeron nada. María quería darle una lección, quería que supiera que no todo se arreglaba con una sanción, que cuando haces daño a alguien, cuando le decepcionas, se le clava una espina en el corazón que cuesta de sanar. Es muy difícil volver al mismo punto dónde te encontrabas. Ella sabía que su pasividad hacia Alejandro a él le molestaba. Si lo que él pretendía era llamar la atención comportándose de aquella manera, no lo iba a conseguir con María. Ella se mantendría en sus trece hasta que aquel muchacho se cansara de estar en “el lado oscuro de la fuerza” y volviera a la luz. Había una razón, estaba segura. Pero, ¿cuál?

 

Una tarde, María se encontraba aún en su clase corrigiendo y preparando las clases del día siguiente. Ya era tarde, no quedaría nadie en el centro y se sobresaltó al oír que alguien llamaba a su puerta.

-María, eh, digo, Srta. María, ¿puedo pasar? –Asomó Alejandro la cabeza desde la puerta.

Ella disimuló e hizo como que no lo había escuchado. Incluso tuvo que girar levemente su cabeza para esconder con mechones de su cabello su sonrisa. Sabía que reaccionaría. Sabía que quedaba algo bueno dentro de él, solamente debía esforzarse, luchar y encontrarlo.

-Ggrr, ggrr. –Tosió para hacerse oír. –Srta. María, ¿podría hablar con usted?

María levantó la cabeza lentamente y le miró directamente a los ojos. Tardó varios segundos en hablar ya que quería asegurarse que (su) Alejandro había vuelto y era el que tenía delante.

-Hola Alejandro, hace días que te espero. –Le dijo María mientras él se acercaba hacía su mesa.

-Es-to, Srta. María, quería, yo quería disculparme. Sé que no debí hablarle de aquella manera, pero…hay veces que no lo puedo evitar. Y…quería que supiera que he venido por mi propia voluntad. Aunque mis padres insistieron que lo hiciera, lo he hecho cuando he estado preparado porque quería que fuera de verdad.

María dejó su bolígrafo encima de la mesa y se levantó despacio para ponerse a su lado. Para Alejandro todos aquellos movimientos pasaron a cámara lenta. María le importaba y aquella mirada de decepción cuando lo encontró peleándose con un compañero le provocó una punzada en el corazón. “Otra más” pensó en aquel momento, pero estaba harto de que las entrañas le dejaran sin respiración. Tenía que contar todo lo que llevaba dentro todos aquellos meses. No entendía lo que le ocurría y por qué reaccionaba de aquella manera.

-A ver, acepto tus disculpas. Sé que al nuevo Alejandro le estará costando mucho esta conversación pero quiero que mi alumno vuelva y que me cuente lo que le pasa realmente. Para cualquier mortal tienes una mala adolescencia, pero a mi no me engañas, muchacho. Si has venido hasta aquí y te has disculpado, serás capaz de soltar aquello que te hace ser tan distinto a la personita que hemos educado.

Alejandro abrió la boca varias veces haciendo amago a hablar. Abría con la esperanza de que las palabras salían y la volvía a cerrar. Como costaba hacerlo. Había escondido tan adentro aquel sufrimiento que ahora costaba salir. Agachó la cabeza, respiró hondo varias veces y empezó a llorar en silencio. Ningún sollozo. Cada lágrima derramada le escocía el alma. Llevaba meses sin hacerlo y era…depurador.

Cuando tuvo fuerzas para levantar la cabeza en busca de los ojos de comprensión de María se la encontró allí, a su lado. Le puso una mano en la espalda que la notó con calor. Ella era la única que sería capaz de descongelarlo.

-Alejandro, ¿me lo vas a contar? Sé que no será fácil, estará anquilosado en lo más profundo de tu interior. Pero debe ser importante para que te haya arrastrado de aquella manera.

-Lo siento, señorita. Mi tutora insiste en hablar conmigo, en que le cuente mis cosas, pero…no sé…

-No tienes la suficiente confianza. –Le interrumpió María al darse cuenta que no encontraba las palabras. -¿Y a tus padres? Te quieren y seguro que estarán preocupados. Ellos te escucharán, no debes tener miedo.

-Exacto. Solamente la conozco unos meses y no soy capaz de abrirme con ella. Usted me dijo en una ocasión que los tutores o tutoras que tenga serán las personas que cuidarán de mí, pero, me cuesta porque no sé si confiará en mí lo suficiente. Ella ya me ha conocido siendo así y no sé si creerá que había un Alejandro distinto a este. Y ¿mis padres? No quiero hacerlos sufrir más.

-Sabes que siendo el nuevo Alejandro estás destrozándoles, ¿verdad? Para ellos no hay nadie más importante que tú y si te ven mal, ellos también lo están.

Volvió a agachar la cabeza avergonzado. María era importante para él y no quería defraudarla…ni a sus padres tampoco. Pero aquel cambio le daba una tregua a su agonía.

-Sí, es cierto. Pero quiero volver a serlo. No quiero ser la persona que esté sufriendo y tenga que hacer sufrir a los demás. Me duele tanto dentro que no puedo más que castigarme haciendo daño a los demás.

-¿Y qué te provoca ese dolor tan intenso que te hace reaccionar de esa manera con el resto de la humanidad? –Le guiñó el ojo para que fuera consciente que estaba exagerando.

-Pues la culpa…Mi tío murió este verano por mi culpa. Mis padres están destrozados y yo no soy capaz de reconocerlo delante de ellos. Están distantes, lloran a escondidas y quiero que me griten, que se desahoguen… Si yo no hubiera insistido que jugase conmigo un rato más a la consola, se hubiera ido antes a casa y no hubiera tenido el accidente. ¿Lo entiende? Es mi culpa, yo le insistí y ya no está aquí conmigo, con mis padres. Lo siento tanto. Si pudiera volver a aquella tarde… Y siento rabia, mucha rabia que necesito sacar. Esa es la que me obliga a hacer daño a la gente que me rodea. Pero no me gusta ser así. No quiero ser así. Y me di cuenta cuando intentó separarme de aquel compañero.

En ese momento se oyó a alguien sollozar detrás de ellos. Ambos se giraron asustados pues no esperaban que hubiera nadie allí. Cuando María reconoció a la madre de Alejandro e hizo un gesto para que se acercara a ellos. “Ha llegado el momento de abrirte con mamá. Ella también sufre y no se lo merece”, le dijo María al oído antes de levantarse y alejarse unos pasos de Alejandro. Él se levantó de su pupitre y con temor dio el par de pasos que le restaban para abrazarla.

-Mamá, lo siento, fue culpa mía. Lo siento tanto. Ojalá hubiera sido yo, mamá. Os vi sufrir tanto… Duele mucho, aquí dentro.

-Cariño, no digas eso ni en broma, ¿de acuerdo? El tío murió porque el hombre que conducía el otro coche iba borracho y se saltó el semáforo. No es culpa tuya, amor. Todos estos meses creyendo que fue por tu culpa…Lo siento, cariño. La muerte de uno de los nuestros te rompe el alma, te destroza y descuidé tus sentimientos. Quise pensar que eras más fuerte que yo y que podrías hacer este camino solo. Me equivoqué y lo siento, Alex. Te queremos con todo nuestro ser. Jamás se nos ha pasado por la cabeza que aquello fuera culpa tuya, de verdad. Te encuentras en una etapa de cambios físicos y, sobretodo, emocionales y no has sabido canalizar ese dolor. Es muy difícil, a mi me cuesta. Debemos pasar el duelo. Juntos. Buscaremos apoyo si es necesario. No tienes que preocuparte más, ya está aquí mamá. No podía creer que lo hubiéramos hecho tan mal contigo durante todo este tiempo que te hubieras convertido en una mala persona. Me alegra saber qué es lo que te pasa realmente. Siempre hay una razón.

María emocionada no podía apartar la mirada de aquella escena. Era tan íntima que le supo mal invadir ese espacio. Cuando madre e hijo se abrazaron, Alejandro abrió los ojos y vio como María, muy discreta, salía del aula. Sus miradas se cruzaron durante unos segundos y de la boca de su alumno, del de siempre, pudo leer un “Gracias” que le llegó hasta lo más profundo de su corazón.

 

¿Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

Laura nos da herramientas para que con imaginación ataquemos el día a día, y podamos encontrar soluciones, a las situaciones con las que nos podemos encontrar, e incluso, porque no? adelantarnos a las mismas.…. te apetece conocer más de Laura, te invito a que te sumes a  la inquietud de Laura por un mundo mejor en la educación, también en Facebook