Controlando la respiración​

Laura Borao - Controlando la respiración

Apoyado en la pared del fondo del ascensor, con los ojos cerrados y controlando la respiración, Javier pensó en calmarse ya que su familia no se merecía que llegase a casa con aquella tensión. Abrió los ojos y miró el marcador de los pisos restantes, aún le quedaban cinco más. Ya podía aflojarse la corbata que le había estado oprimiendo la garganta durante todo el día. Empezaba a notar como su cuerpo iba liberándose de todo el estrés. Había sido un día duro de trabajo y estaba deseando llegar a casa, respirar hogar, echarse con su mujer en el sofá y ponerse al día de sus respectivos quehaceres. Por fin podría respirar, calmarse y descansar. 

En ese estado de ensoñación, Javier abrió sus ojos sobresaltado al oír chillar. Eran dos voces femeninas que discutían. ¿Cómo podía ser que las oyera desde dentro de aquel pequeño cubículo? ¿Eran su mujer y su hija? “Adiós tranquilidad”, pensó. 

Justo en el preciso instante que entraba en casa, una llama incandescente pasó fugaz por su lado. Murmurando en arameo entró en su habitación dando un monumental portazo. 

 

-Hola hija, ¿cómo estás? Yo bien, papi, te he echado de menos. Yo también… En fin, hoy no es el día. Me quedo con las ganas de que mi pequeña me salude ¿Qué fue de aquellos años cuando entraba en casa y Elsa venía corriendo a abrazarme? –Se dijo Javier apenado. 

 

Mientras se quitaba la chaqueta y la dejaba colgada en el perchero del recibidor pensó en la otra parte de la discusión, Mara, su mujer. ¿Qué habría pasado esta vez? Odiaba aquella situación. Últimamente su mujer y su hija discutían por todo. De carácter similar, chocaban demasiado. A pesar de eso, a Javier no le gustaba que Elsa expulsara toda su rabia adolescente contra su madre ya que Mara simplemente era la portavoz de unas normas que habían establecido entre los dos y que ella debía acatar. 

Se apenaba al pensar que Mara era la que recibía la peor parte de una Elsa hiperhormonada al pasar mucho más tiempo con ella. Pero el trabajo le obligaba a pasar mucho más tiempo en la oficina que en casa. Recordó cuando su mujer y él montaron el despacho de arquitectos justo en el momento de mayor esplendor en el sector. Fueron años  boyantes hasta que llegó la crisis y tuvieron que cerrarlo. Años duros, con una hija pequeña que era su responsabilidad. Javier encontró trabajo en otro despacho donde los horarios los ponían otros y no le quedaba otro remedio que cumplirlos. Así que últimamente, cuando llegaba a casa, se encontraba aquel panorama más veces de lo que le gustaría. Estaba muy orgulloso de su mujer. Aguantaba el tipo delante de Elsa y no le flaqueaban las fuerzas. Él conocía perfectamente lo concienzuda que podía llegar a ser su hija y admiraba la resistencia de Mara. Era ella la que iba a todas las sesiones de la “Escuela de padres” que organizaban en el centro, la que estaba en contacto con la psicopedagoga del colegio y la que se leía todos los libros que encontraba sobre cómo educar a los hijos. Precisamente todo aquel “conocimiento” era el que provocaba aquellas discusiones ya que (evidentemente) a Elsa no le gustaba las decisiones que tomaban sus padres.

 

-Cariño, ¿cómo estás? ¿Qué tal ha ido el día? Acabo de ver a la furia de nuestra hija entrar en su habitación. Por cierto, recuérdame que llame a la aseguradora para ampliar la póliza. Como siga dando esos portazos, un día de estos, se nos cae la casa a pedazos. –Le dijo Javier mientras se acercaba  y abrazaba a su mujer que estaba de pie, mirando por la ventana.

-No te preocupes, se le pasará. Ahora mismo vuelvo a ser la malvada bruja del cuento…ya estoy acostumbrada. –Dijo Mara en un hilo de voz. Odiaba sentirse la peor persona del mundo, pero era por el bien de su hija. Elsa no se daba cuenta de aquello y se lo hacía saber con mucho ímpetu.

-Hablaré con ella…cuando esté algo más calmada. Tiene que entender que lo que tú le dices es en boca de los dos. No soporto que te eche la culpa de todo. –Le dio un beso en la mejilla. -¿Qué ha sido esta vez?

 

Mientras Mara y Javier conversaban en el salón, Elsa encendió su ordenador ya que, hasta después de cenar, sus padres no le darían su teléfono móvil para tener su hora de esparcimiento en las redes sociales. Aunque con la bronca que había tenido con su madre, le extrañaba que se lo dejaran aquella noche. Necesitaba hablar con alguien, expulsar toda la rabia que llevaba dentro y tranquilizarse. Entró en la aplicación que tenía el ordenador para vídeollamada que solamente utilizaba para los trabajos en equipo y las emergencias…y aquello lo era. 

Sus amigas tardaron unos minutos en conectarse, pero allí estaban cuando las necesitaba.

-Elsi, ¡No me digas que no te dejan venir a casa! Estarán todos. Y cuando digo todos, me refiero a TO-DOS. No puedes no venir. –Le dijo María.

-Lo sé, tía. Pero ya sabes que cuando mi madre dice que no, es que no. La ODIO…bueno, no en general, pero sí en este momento. 

-Y si se lo pides a tu padre, ¿te dejará? –Habló Carmen.

-¡Qué va! Son un muro bien armado. Mi padre es más conciliador pero están de acuerdo siempre. A veces desearía que se llevaran mal…conseguiría más cosas. –Se apenó Elsa.

-Mis padres ni se hablan, así que lo soluciono diciendo “Me ha dado permiso mamá o papá” (según con quien esté hablando) –Les recordó Raquel.

-No me puedo creer que no te vengas a casa este fin de semana, Elsi. Vas a perder la oportunidad de hablar con ÉL. Me han dicho que también está interesado. 

-No me lo recuerdes, María, ya estoy bastante enfadada. Mis padres no entienden que los estudios no son mi prioridad. “Es por tu bien, por tu futuro”, “Aun no tienes edad para ir a fiestas”, “El lunes tienes exámenes y lo primero es lo primero”, “Ya tendrás otras oportunidades de ir a fiestas”, “Cuando te lo ganes”. De verdad, de mayor no quiero ser como mis padres. Matadme. –Sentenció Elsa.

Se despidieron una vez estuvo algo más calmada con la promesa de encontrar una solución y se puso a trabajar sin desconectar la aplicación por si surgía cualquier cosa. Conocía a sus amigas y sabía que algo se les ocurriría que le salvara de aquella angustia.

 

Poco después de media hora, se encendió el piloto de la aplicación. Era la opción de mensajes. Elsa se moría de curiosidad, pero le extrañaba que alguna de sus amigas utilizaran esa opción para comunicarse con ella. Después de comprobar que no era capaz de concentrarse, dejó el trabajo a medias y abrió la ventana de los mensajes. Un simple “Hola Elsa” parpadeaba en la pantalla. No tenía gravado aquel usuario pero eso no significaba que no lo conociese, simplemente era que nunca habían hablado a través de aquel medio. Dudó varias veces si contestar o no. 

-¿Mamá qué haría? –Se preguntó a sí misma. –Seguro que ella no hubiera tenido la tentación ni de abrirlo. Es tan per-fec-ta.

Después de aquello y como aun estaba enfadada con ella, contestó “Hola”. Sabía que estaba dando pie a una conversación con alguien que no sabía si conocía. ¿Cuántas veces sus padres le habían hablado de  los peligros que podían haber detrás de los perfiles en internet? Infinitas y, por un segundo, Elsa notó un escalofrío ante las mil posibilidades que le pasaban por la cabeza. “Ahora ya está hecho”, pensó.

 

-Me alegra ver que contestas. No estaba seguro que lo hicieras.

-He dudado, la verdad. ¿Quién eres? 

-Me han dicho que no vas a poder ir a la fiesta en casa de María. Soy Juan.

 

Elsa abrió los ojos como platos ante la sorpresa. Era Juan, el chico que le gustaba. Él era un par de años mayor que Elsa, pero tenían amigos en común ya que todos los chicos jugaban en el mismo equipo de futbol y de vez en cuando se juntaba con ellos. Hacía tiempo que se había fijado en él pero solamente dos de sus mejores amigas lo sabían. Juan era la razón de la importancia de acudir a la fiesta de María. Él estaría allí.

 

-Hola Juan, menuda sorpresa.

-Sí, perdona mi atrevimiento, pero, cuando me han dicho que no te vería en la fiesta, no he podido evitar escribirte e intentar convencerte para que acudas. Quiero verte.

 

Elsa no pudo evitar sonrojarse después de colocar de nuevo sus ojos dentro de sus órbitas.

 

-No sé cómo hacerlo. Mis padres no me dejan porque estamos de exámenes y tengo que presentar varios trabajos el lunes. Me ha pillado el toro y voy con mucho retraso. Va a ser imposible convencerlos. De hecho, acabo de tener una bronca monumental con mi madre. Poco más que me tiene secuestrada. No me deja hacer nada. Es muy controladora, firme y cabezota. Hay veces que pienso en escaparme y no volver jamás. 

-Pues…hazlo.

-¡¿Qué?! ¿Cómo voy a hacerlo? No puedo irme de casa, así sin más. Aunque en muchos momentos los odio, son mis padres. No puedo dejarlos. Además, conociéndoles, moverían cielo y tierra hasta encontrarme…y ahí sí que estaría castigada de por vida.

-Jajaja, no me refería a escaparte para siempre, solamente para la fiesta. 

-Ah, pero…¿Cómo lo hago?

-Dime el nombre de una compañera que no tengas mucho contacto con ella y que además tus padres no conozcan a los suyos. 

-Mmmm, podría ser Ana. No hemos coincidido nunca. Es un poco rarita y sus padres también. Nunca han querido venir a ninguna reunión. 

-Muy bien, pues perfecto. Diles mañana a tus padres, cuando vuelvas del colegio, que uno de los trabajos que tienes que entregar el lunes lo haces con esa tal Ana. Que sus padres son muy especiales (más que los tuyos, puedes añadir) y que no permiten que su hija vaya a casa de ningún compañero. Que te fastidia horrores tener que ir a su casa y quedarte a dormir, pero que no te queda otro remedio. Seguro que tú ya le has hablado de esa compañera rarita de clase y no se sorprenderá de lo que le cuentes. Si me das tu número de teléfono, yo mismo puedo llamarte haciéndome pasar por el padre de Ana para acabar de convencerla.

-Madre mía, Juan, ni en un millón de años se me hubiera ocurrido a mí esta historia. 

-Te llevo un par de años de ventaja, Elsa.

-Es buena…Podría colar.

-Les diré que a la salida del colegio acudirás con Ana a su casa y que al día siguiente comeremos en el centro comercial cerca del colegio. Pueden recogerte allí. 

 

-Mamá, ¿puedes venir a por mí?

-¿Ahora? ¿Y el trabajo? No es posible que lo hayas terminado.

-Mamá, ven, por favor.

¿Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

Laura nos da herramientas para que con imaginación ataquemos el día a día, y podamos encontrar soluciones, a las situaciones con las que nos podemos encontrar, e incluso, porque no? adelantarnos a las mismas.…. te apetece conocer más de Laura, te invito a que te sumes a  la inquietud de Laura por un mundo mejor en la educación, también en Facebook