"La última hoja de un diario que iluminaba la confianza"

 

Cada Navidad, Ana solamente tenía un deseo y era quedarse, donde fuese, pero quedarse, parar y establecerse. De momento, y ella ya lo sabía, no iba a poder ser.

Odiaba mudarse cada cierto tiempo de casa, de colegio, de país, de continente e “incluso de piel como las serpientes”, le decía a su madre.

Por desgracia, cuando se acomodaba y se relajaba en un lugar, entonces, era el momento del traslado. Otra vez empaquetar, hacer maletas y despedirse de la gente que había conocido. Esto era lo más duro. Despedirse.

Le gustaba recordar que cuando era más pequeña y llegó a sus primeros colegios, contaba a sus compañeros que su padre era agente secreto y que lo destinaban en diferentes misiones. Contar que su padre era comercial de una multinacional no era tan atractivo.

Aunque ya hacía algún tiempo que se había cansado de esforzarse por hacer amistades, una buena solución, pensó, sería poner un candado en su pequeño corazón para, cuando llegase el momento de su marcha, que no se rompiera una vez más.

Había aprendido a estar mucho tiempo sola. Prefería hacerlo así, mantenerse alejada y no encariñarse demasiado cuando iba a ser una estancia temporal. Esa estrategia, que había decidido tomar en sus últimos destinos, le hacía  parecer la rara, la chica nueva que no se relacionaba e, incluso, tachada de antipática y empollona por  decidir dedicar todo su tiempo a los estudios.

No sabía si era mejor sufrir por la despedida o llorar por los insultos y los desprecios de sus compañeros. ¿Cuál sería la mejor opción para no saborear el dolor? ¿Por qué sucedía lo mismo en todos los centros a los que acudía? O encajabas a la primera siguiendo sus normas o te apartaban como un mueble viejo al que había de nutrir de mofas.

Últimamente, el cambio de colegio, era un alivio. Siempre le quedaba la esperanza que el siguiente sería mejor.

Intentaba disimular delante de sus padres porque entendía que para ellos también era duro cambiar cada poco tiempo de lugar. No quería que sumaran una preocupación más a las ya adquiridas cuando creces y eres mayor.

Ellos eran conscientes del pequeño cambio de actitud de su hija, el que no trajera a nadie a casa o que nadie llamase preguntando por ella, les hizo sospechar. Aunque no dieron demasiada importancia al asunto porque pensaron que lo que quería era centrarse en sus estudios. Se fiaron de Ana. “Nada, no me pasa nada. Simplemente quiero sacar mejores notas. Nada más”. Siempre habían confiado en su hija, ¿por qué esa vez iba a ser diferente?

 

Había llegado el momento de una nueva mudanza. Aquella nueva casa, algo antigua comparado con las anteriores, sin muchas pretensiones, sería su nuevo hogar…¿por cuánto tiempo?

Cuando llegó a su habitación quería quitarse de encima lo antes posible la costosa labor de vaciar maletas y guardar la ropa en el armario. Había aprendido a no atesorar demasiadas cosas de los sitios en los que había vivido. Con dos maletas tenía suficiente. “Llévate lo que puedas cargar”, le decía su padre y así hacía.

Cuando terminó de recoger la ropa en el armario de su nueva habitación y quiso guardar las maletas en un rincón, algo le impedía encajar una de ellas. Algo hacía tope. Empujó, ladeó la maleta, forzó la posición y, nada, no había manera, no cabían. A cabezota no le ganaba nadie. Volvió a subir, bajar, forzar, apretar y nada. Las sacó y se metió ella para comprobar qué era lo que le impedía su labor. Tuvo que coger la regla de su escritorio para poder hacer palanca hasta que consiguió levantar la trampilla que suponía los dos centímetros que impedían  el paso de su maleta. La sorpresa que se llevó con lo que allí encontró fue mayor cuando comprobó que no era un tesoro o un cadáver de cucaracha. Era un libro, mejor dicho, un diario.

Nunca se había considerado una persona entrometida. Entendía que un diario era muy personal, un lugar donde plasmar tus más íntimos secretos. Eso se lo habían enseñado sus padres, pero la curiosidad la mataba. Finalmente se apoyó en el respaldo de su cama, cogió el diario, respiró y empezó a leer.

Su madre, extrañada por la quietud de la casa, subió en diversas ocasiones a su habitación, pero conocía a su hija y, cada vez que se enfrascaba en una buena lectura, no existía nada más a su alrededor. Cada vez que le preguntaba cómo iba, su contestación siempre era mono-consonántica.

De repente, Ana bajó las escaleras corriendo en su busca. La abrazó y rompió a llorar.

-Hay que encontrarlo, mamá. Tenemos que buscarlo. Por favor. -Le dijo entre sollozos.

Su madre no entendía a quién tenían que encontrar. Su hija se debía calmar para continuar. La intentó tranquilizar  acariciándole la espalda y susurrándole palabras concentradas de amor en su oído. Aunque tardó unos minutos más de lo que ella consideraría normal, reaccionó.

-Mamá, he leído el diario del antiguo inquilino de la casa. No lo he podido evitar. Y cuenta cosas tremendas. Hay que encontrarlo.

-Pero, hija, es privado. No deberías…

-Lo sé, mamá, pero me pudo más la curiosidad. Ya tendremos después esa charla. Ahora lo importante es buscarlo, saber que está bien y que no ha hecho nada de lo que  pone y se deduce del texto porque justo la última hoja está arrancada.

Se sentía tan identificada con lo que contaba ese diario que necesitaba comprobar que estaba todo bien. No quería pensar que ella acabaría igual de desesperada que él. No tenía mayor información del autor más que su nombre, pero debía esforzarse en localizarlo. Seguro que había heredado las dotes de agente secreto de su padre (aunque fueran inventadas) y podría localizarlo.

Su madre la miró a los ojos, aún húmedos, y no pudo negarse. Al menos lo intentarían.  Aquella aventura era la oportunidad de hacer algo juntas ya que le daba la impresión de que Ana se alejaba un pasito cada día de ellos.

Con la ayuda de las redes sociales no fue demasiado difícil encontrarlo a una hora de camino de aquella casa. Cuando su madre se giró hacia ella volvía a tener brillo en sus ojos. Realmente quería encontrarlo, le ilusionaba hacerlo y con eso le bastaba para dejar de hacer lo que tenía planeado para aquella tarde y emprender camino. Ana no daba más información de lo encontrado en el diario, simplemente un “lo estaba pasando mal e iba a hacer una locura”.

Cuando llegaron a la dirección marcada y apagó el motor del coche, miró a su hija. Aún estaba a tiempo de arrepentirse pero el movimiento afirmativo de la cabeza de Ana le dio la seguridad suficiente para bajar del coche y averiguar qué pasaba con aquel muchacho.

Llamaron a la puerta. Ana cogió a su madre de la mano, fuerte, necesitaba su seguridad. No tardaron demasiado en abrir sorprendiéndoles una mujer que les preguntaba qué querían. Ella le contó como pudo la aventura de aquella mañana, el hallazgo del diario, la posterior lectura y la necesidad de encontrar a su hijo. La mujer sonrió con ternura y Ana se esperó escuchar lo peor.

-Un momento, iré a avisarle. Está en su habitación preparándose para ir a clase pues hoy empieza la Universidad.

Ana no se dio cuenta que llevaba unos segundos manteniendo el aire dentro de sus pulmones hasta que lo expulsó. Sería de mala educación quedarse inconsciente delante de aquella mujer, pensó. Le sonrió y confirmó que ellas esperarían allí.

-¿Estás bien? –le preguntó su madre agachándose para ponerse a su altura y mirarle a los ojos.

-Sí, mamá. Simplemente necesitaba saber que estaba bien y devolverle el diario.

Ella intuía que algo más le pasaba a su hija, algo que no se atrevía a contarle. El interés por saber de ese chico era desmedido.

En un par de minutos vieron como bajaba un joven, recién salido de la pubertad, con gafas de pasta, pálido y algo gordito. Se acercó a ellas y se presentó. Las hizo entrar en el salón y esperó a que ellas hablaran ya que no entendía muy bien por qué estaban allí.

-Me alegro mucho de saber que estás bien –se adelantó Ana. –Sé que no debí leer tu diario y te pido disculpas por ello. Pero, el error ya está hecho. Me sentí tan identificada contigo. Ese sufrimiento, no ser aceptado a pesar de tus esfuerzos, las burlas que recibías, el que te gustara una chica y no poder estar con ella porque los “raritos” de la clase no tienen derecho a enamorarse.

Su madre estaba alucinada con las palabras de Ana. Jamás le había contado que se sentía de aquella manera. Nunca pensó que su estancia en los colegios le suponía esa angustia que estaba describiendo en aquel momento. Era consciente que cambiar de centro cada cierto tiempo no resultaría fácil para nadie, pero no llegó a imaginar que aquello lo estaba escuchando de la boca de su hija.

-¿Qué pasó, Manuel? ¿Qué pasó en esa última hoja arrancada del diario? Necesito saber el final de la historia.

-Es verdad que escribí yo el diario. Lo escondí tanto, que cuando llegó el momento del traslado, ni me acordé de cogerlo.  Era una manera de desahogarme, de sacar toda esa angustia que llevaba dentro. Como no tenía amigos a los que contarle mis penas, aquellas páginas en blanco se convirtieron en mi mayor confidente. No quería preocupar a mis padres y me callé. No quería que supieran lo que estaba sufriendo. Y veo, por la cara de tu madre, que ella tampoco sabe nada de tus sentimientos y preocupaciones. Se está enterando ahora, ¿verdad? 

Ana nada más que pudo asentir y agachar la cabeza. No quería mirar a su madre y ver su mirada de decepción. Manuel esperó unos segundos por si quería decir algo, como no fue así, prosiguió.

-Tengo que decirte, Ana, que de lo que más me arrepiento es de no haberles contado todo esto a mis padres en su momento. Ellos son nuestro apoyo. Seguro que te quieren con todo su ser y te protegerán hasta su último día a tu lado. Tienes que confiar en ellos. Cuando escribí en el diario el último día, llegué a casa derrumbado pues había sido víctima, una vez más, de una de sus bromas. Siempre era la diana (con dardo envenenado) de sus burlas y me utilizaban cuando les interesaba que les ayudara con algún trabajo. Me ilusionaba pensar que formaba parte del grupo, pero esa magia terminaba con la entrega de la tarea. Me hundía. Estaba enfadado conmigo mismo por ser tan ingenuo. Hasta pensé que era culpa mía, algo estaría haciendo mal para que me tratasen así.

-Es que yo tengo la culpa. Nuestra familia se traslada cada poco tiempo de ciudad y para no sufrir por separarme de mis amigos, opté por alejarme de la gente nueva a la que conocía. Mi intención era no sufrir y por el contrario, padezco más cuando me apartan, se burlan y me miran con desprecio –confesó Ana.

Su madre estaba al límite. Si pestañeaba, derramaría todas aquellas lágrimas que mantenía en sus ojos al pensar en todo aquello que estaba contando a un desconocido y que nunca se atrevió a contárselas a ella.

-Tú no tienes la culpa de nada. A mí me costó mucho tiempo darme cuenta de aquello. No cometas tú el mismo error. Ese tipo de gente, le da igual qué excusa utilizar para tener siempre a alguien en el blanco de mira. Por lo que me cuentas, eres una presa fácil: nueva en el colegio, que no se relaciona, reservada, que no le baila el agua a los malos…combinación perfecta.

-¿Y qué pasó? –se sorprendió Ana a escuchar a su madre preguntarle a Manuel.

-Pues…aquel día, cuando llegué a casa abatido y enfadado (aunque después entendí que estaba enojado conmigo mismo por aguantar que esa situación me superase). Volqué toda mi ira contra ellos. Tengo que confesarte que fue como si me poseyera el peor de los demonios, solamente tenía ganas de romper cosas, hacer daño a quien se pusiera delante o, incluso, a mi mismo. Cogí el diario, escribí cosas tan alarmantes, duras, perturbadoras…que me asusté. Me acobardé de mi propia reacción, de aquellos pensamientos. Yo no era así. Arranqué la hoja, la quemé y bajé corriendo, desesperado a abrazar a mis padres. Por supuesto ellos no entendían nada de lo que me pasaba, les faltaba información. Cuando pude serenarme se lo conté todo. Ellos fueron los que me ayudaron a verlo todo desde otra perspectiva. Y entre todos, mis padres, los profesores y otros compañeros, resolvimos la situación.

Manuel tuvo que parar unos segundos. Aunque el pasado ya estaba superado, le revolvía el estómago pensar en todo aquello.

-De verdad, Ana. Lo importante es que confíes en tus padres, que les cuentes todo lo que te pasa. No tengas miedo a abrir tu corazón. Cuando creas que todo está oscuro, que es tal la oscuridad que crees que vives en una noche continua...piensa que es en ese momento cuando salen las estrellas y te iluminan. Siempre hay una luz que te guía. Y la tienes delante. Confía en ella.