PÍDEME QUE NO TE SUELTE

Laura Borao - 16

 

Sofía nunca pensó que la cuesta de enero de este año le sería tan dura. La ausencia de Carlos les había dejado sin aire que respirar. Nunca hubiera imaginado que una criatura tímida, asustadiza y adorable les hubiera robado en tan poco tiempo el corazón.

Aunque tanto Jaime como Sofía sabían que la estancia de Carlos en casa era temporal, ahora que ya no estaba, no podían soportarlo. Debían disimular el dolor que les provocaba no haber podido retenerlo, sobretodo por Héctor que, aunque fue el más reticente a la llegada de un hermano, era el más afectado.

Era cierto que no habían empezado con buen pie. Héctor no estaba de acuerdo en compartir sus cosas con alguien nuevo que llegaría a casa y se lo llevaría todo sin más. No estaba acostumbrado a dejar sus cosas, dormir con alguien más en la habitación (que además no le dejaba hacerlo) y repartir su tiempo  y a sus padres con otra personita.

Los desprecios iniciales que Héctor le hacía cuando llegó eran el fruto del miedo a amar a alguien que sabía que acabaría yéndose y por tanto le haría sufrir. Pero, cuando Carlos habló por primera vez desde la muerte de su madre y se dirigió a Héctor, este ya no podía dar marcha atrás a la activación de su corazón.

Carlos supo ganarse el cariño de aquella familia con la bondad que desprendían sus ojos a pesar de todo lo que habían visto.

La vida de Carlos con 5 años no había sido nada fácil. Había convivido con la crueldad, la violencia y la brutalidad de un padre que odiaba su vida porque detestaba tener una alma vacía y no sabía cómo llenarla. ¡Qué fácil era pagarlo con su familia! Hasta que se le fue de las manos y dejó a Carlos sin su mamá. Ella “se durmió para siempre”, decía Carlos cuando le explicaba a Sofía las pesadillas que sufría.

 

Aquellas dos semanas convertidos en una familia de cuatro miembros, fueron las mejores Navidades que habían pasado nunca.

Para los padres, Jaime y Sofía, ver a sus pequeños felices, jugando, compartiendo, riendo…era lo que siempre habían soñado. Carlos no era hijo biológico, pero, como les gustaba decirles, eran “hermanos de corazón”. Se pasaban las horas observándolos, la complicidad, las miradas, el cariño, el juego e incluso las discusiones con sus lágrimas incluidas les daban las razones por las que podían asegurar que habían conseguido construir una familia.

Aunque las noches para Carlos no eran tan idílicas ya que las pesadillas que sufría no cesaron, poco a poco iban bajando de intensidad. Héctor era el encargado de tranquilizarlo. Había aprendido a ser el hermano mayor.

 

Hacía ya tres semanas que Carlos volvió al centro de acogida, demasiado tiempo para la familia Herrero que estaba deseando adoptarlo y no tener que despedirse nunca más de él.

Siempre había pensado que la mañana más angustiosa de su vida fue cuando, el día de Navidad, se despertó y no vio a Carlos en su cama. Y aunque su padre lo tranquilizó diciéndole que simplemente había sido un desmayo, no pudo más que llorar por la preocupación y la culpabilidad de no haberle cuidado como se merecía.

Pero estaba equivocado, hubo otra peor…la de su marcha.

 

-Mamá, ¿qué pasa? ¿Por qué lloras? –Le digo cuando entro en su habitación.

 

He tenido que subir a casa porque a papi se le ha olvidado coger bolsas para cargar con la compra. Nos habíamos ido los tres chicos de la casa mientras ella se quedaba trabajando un rato. Pero cuando he entrado en casa no la he encontrado en su despacho y me ha extrañado. Seguramente ella se escondía allí para llorar tranquila. A mí también me gusta hacerlo en la mía, solo. Como ya soy mayor no lloro tanto como antes, aunque mami dice que viene bien, que despeja la mente.

 

-Nada, Héctor, tesoro. No te preocupes.

-No me lo creo, mami. Tu eres la persona más fuerte que conozco y tú nunca lloras por nada ni por tonterías. Si nos has mandado a los tres a comprar es que necesitabas digerir algo que te preocupa demasiado como para compartirlo. –Le explico añadiendo mi mirada irresistible de angelito. Seguro que le hago sonreír.

-Si te lo cuento no debes decirle nada a Carlos. Se lo diremos papá y yo. ¿De acuerdo? –Asiento porque empiezo a preocuparme. –Queríamos contártelo a ti primero porque sabemos que, aunque te dolerá igual que a nosotros, nos ayudarás a que nuestro pequeño de la casa no sufra…ya sabes que lo ha hecho ya demasiado.

 

Oigo a mamá llamar a papi y decirle que se vayan ellos dos a comprar, que yo me quedo con ella arriba. Mami es muy lista y sabe que, después de la noticia que me acaba de dar, no podré mirar a Carlos y estar tranquilo.

-Mami, ¿me puedo quedar aquí y lloramos juntos? No quiero que ese renacuajo se vaya. No quiero.

-Lo sé, cielo, lo sé. Pero te prometo que papá y yo haremos todo lo posible para que Carlos vuelva siendo tu hermano, siendo nuestro hijo.

 

Mamá se abraza a mí con fuerza y los dos rompemos a llorar. Estamos un buen rato así, hipando, limpiándonos las lágrimas y vuelta a hipar. Somos conscientes que el tiempo que tenemos es limitado porque no tardarán en volver de la compra, pero creo que necesitaría todo la vida para curar este dolor interior. Tendré que disimular para que el último día de Carlos en casa sea lo más feliz posible. Estoy convencido que mis papás conseguirán traerlo de vuelta pronto.

 

-Tete, no llores. Volveré. Papá me lo ha dicho. –Me dice Carlos cogiéndome con esas manitas que me buscan por las noches para no tener pesadillas. ¿Quién es el hermano mayor?

 

Hemos decidido escribir nuestros deseos para el año nuevo y colgarlos en el árbol. Ha sido idea de mamá. A ella le gustan mucho hacer estas cosas y a todos nos ha parecido una idea genial. No se leerán hasta que Carlos vuelva. Lo haremos los cuatro, juntos de nuevo.

 

 

Han pasado varias semanas desde que Carlos se marchó. Creo que he pasado por todos los estadios posibles: tristeza, negación, enfado y otra vez tristeza. La aceptación no. No porque no quiere aceptarlo, resignarme. No, no quiero. Volverá.

Me paso horas mirando su cama, deseando que algún día vuelva y me busque. Le he pedido a papá que no le monte la cama en la otra habitación porque quiero que durmamos juntos. Yo sé cómo tranquilizarlo. Aunque los papás me han prometido que están haciendo todo lo posible para traerlo de vuelta, también me han dicho que es un proceso más lento de lo que suponían y que no está siendo fácil. Cada día que pasa me cuesta más conciliar el sueño. Lo echo mucho de menos.

Recuerdo cuando mami me dijo que querían traer a un niño a casa. Ayudarle y cuidarle como si fuera su hijo. Reconozco que me enfadé. Yo ya era su hijo, no entendía por qué querían otro o por qué tenía que compartir mis cosas y mi tiempo con otra persona que yo no había pedido. ¿Y ahora? Ahora estoy mirando el dibujo que Carlos me regaló en Navidad deseando volver a ser cuatro otra vez. Tiene sus ventajas ser hermano mayor.

Llaman a la puerta. Me limpio una lágrima que cae por mi mejilla. No quiero que mami me vea llorar. Sé que ella también lo está pasando mal y disimula delante de mí para que yo no la vea triste, pero disimula muy mal. Creo que disimulamos todos muy mal.

 

-Héctor, cielo, la cena ya está preparada. No has querido merendar y debes cenar. –Me dice sentándose a mi lado, poniendo su mano en mi rodilla y besándome la frente. Me encanta cuando lo hace…si no lo hace delante de mis amigos. Mejor si estamos solos.

-Voy mami. Cenaré algo. –Le digo porqué sé que no parará hasta que le diga que sí. No quiero que se disguste.

 

Cuando salgo al salón veo a papá quieto, de pie, tenso.

-¿Qué ocurre, papá? ¿Qué tienes ahí? ¿Por qué escondes las manos detrás? –Seguramente me haya traído algún regalo para que me sienta mejor. Lo que no sabe es que eso es imposible. Pero no le  voy a entristecer.

-¿Qué me has traído, papá?

Cuando saca las manos de su escondite no lleva nada en ellas. Lo miro a los ojos extrañado y sorprendido. Hubiera jurado que me había traído algún regalo.

Poco a poco da un paso a un lado y no entiendo qué pasa. Él baja la mirada hacia su lateral, cuando soy consciente de quién está a su lado caigo redondo al suelo con las manos tapándome las manos y llorando desconsolado. No puedo reaccionar, no paro de temblar. No me puedo creer que haya vuelto. Me da miedo preguntar si es para siempre o no.

Entre los dedos veo que Carlos se acerca a mami.

-Mami, ¿qué le pasa al tete? ¿Por qué llora? No se alegra de verme.

-No, tesoro, no es eso. Solamente está despejando la mente. –Le explica mami aunque por su cara no sabe qué está diciendo. Yo solamente puedo reírme al ver su expresión. No puedo ser más feliz. Mi corazón vuelve a hincharse de amor.

 

Por petición del renacuajo, estamos los cuatro mirando al árbol de Navidad que no hemos quitado para cumplir la promesa que le hicimos. Cada uno de nosotros cogemos nuestro papel para leer nuestros deseos.

Empiezan nuestros padres ya que solamente escribieron un papel.

“Sofía, Jaime, Héctor y Carlos. Siempre”

Carlos se levanta y empieza a nombrarnos y a señalarnos uno a uno. Cuando llega a él, mira hacia su ombligo, levanta la cabeza despacio y sonríe. Creo que acaba de entender qué significa aquel deseo. Acabamos todos riéndonos por su expresión de alegría.

-Yo, yo, ahora yo. –Insiste Carlos.

-Pero si no sabes leer, renacuajo.

-No me hace falta porque sé de sobra lo que le dije a mami que apuntara. “Volver”. Y aquí estoy.

Estallamos en carcajadas los cuatro. Me sorprendo al darme cuenta del tiempo que hacía que no nos reíamos de esa forma.

-Tete, te toca, te toca.

Me hago de rogar y tardo en desdoblar el papel… “Pídeme que no te suelte.”