CRISTALES ROTOS

Laura Borao - Cinco

Mami me vuelve a pedir que me vaya a la habitación y que me esconda en el armario. He oído las llaves en la cerradura. Debe ser papá que llega de buscar trabajo (“o del bar” como dice mamá). Él lleva mucho tiempo sin trabajar, por eso siempre está enfadado y nos chilla, a mamá y a mí.

 

Ella piensa que no me doy cuenta pero sé que papá le ha pegado y le ha hecho daño  en varias ocasiones. Y eso está muy feo, no se debe pegar a las chicas. Bueno, en realidad, a nadie. Tampoco a mí.

Los he oído muchas veces discutir, cuando pensaban que ya dormía. Luego mami siempre viene a mi habitación, se acuesta a mi ladito hasta que se queda dormida de tanto llorar. Yo solamente sé abrazarla y decirle que todo irá bien.

-Todo irá bien, mamá. Yo estoy aquí. –Le susurro siempre cuando su pecho sube y baja muy lentamente y sé que se ha dormido.

La primera vez que los oí, me asusté mucho y llamé a mami muy fuerte pero no me oyó. Cuando me asomé al salón ella estaba en el suelo. Nunca había visto tantas lágrimas en sus ojos y me asusté. Fui corriendo hacia ella.

-¡Mami! ¡Mami!

En ese momento se dio cuenta de mi presencia y reaccionó. Intentó disimular.

-Carlos, cielo, no te preocupes. Mami se ha caído y se ha hecho daño. No pasa nada, estoy bien.

-Sí, Carlos. Tu madre se ha hecho daño al tropezarse. ¿Verdad, Júlia? ¿También tú te vas a poner a llorar? –Me sobresaltó papá pues no me había dado cuenta que también estaba allí.

Mamá me cogió en brazos y me llevó de vuelta a la habitación y me dijo que si volvían a despertarme los gritos de papá, que me escondiera en el armario. Los dos sabíamos cómo se las gastaba cuando estaba enfadado, cualquier cosa le molestaba y nos lo hacía saber. En esos momentos no debíamos molestarlo, ni hacer ruido, ni hablarle, ni tocar nada. Eran sus normas y él me las hizo aprender de memoria para que no se me olvidaran. Cada vez que me saltaba alguna de ellas, me encerraba en un cuarto que mami utilizaba de despensa. “Si se olvidan de mí, por lo menos no pasaré hambre”, pensaba cada vez que papá me metía allí y cerraba con llave. Hacía frío, estaba oscuro porque papá quitaba la bombilla cada vez que decidía meterme allí. Y era tan estrecho que solamente podía quedarme de pie hasta que mami me sacaba. No quería volver. No me gustaba estar allí.

 

Estando en el armario me sobresalto al escuchar el portazo que papá ha dado al cerrar la puerta de la calle. Ha retumbado las paredes y mi cuerpo se ha contagiado y ha temblado llevando el ritmo. Menos mal que pronto mami y yo nos iremos de viaje. Me lo ha dicho ella antes de que llegara papá. “Está todo preparado. Solamente puedes coger lo imprescindible. Hoy se lo diré a papá. Él debe quedarse, ¿lo entiendes, verdad? Carlos, cielo, no te preocupes, todo saldrá bien.”

“Todo saldrá bien”. “Todo saldrá bien”. Es lo único que repito en mi cabeza. Mamá siempre tiene razón, todo lo sabe y todo lo encuentra. Estaremos bien los dos solos. Quiero a papá porque es mi papá, pero no me gusta que se porte así con nosotros. Nos hace llorar. Sigo oyendo a mami pidiéndole a papá que pare. No les oigo bien, esta vez no gritan. Oigo otro golpe y, de repente, cristales rotos. “Todo saldrá bien”. Debo quedarme aquí hasta que mami venga a buscarme, se lo prometí. Por fin silencio. Ya no oigo nada más, pronto nos iremos.

Abro los ojos. Me he quedado dormido dentro del armario. Intento estirarme, pero me duelen las piernas por la postura. No sé cuánto tiempo he estado aquí dentro pero no escucho nada. No oigo gritos, ni la televisión a volumen alto, ni mamá limpiando o cocinando. Debe ser de noche aún. Tendré que salir y buscar a mami que me estará esperando para irnos de viaje.

Abro la puerta muy despacio, me quito los zapatos para no hacer ruido y que papá no se enfade. Salgo al pasillo pero sigo sin oír nada. Me asomo a la habitación de los papás. Solamente está papá, durmiendo. La habitación huele como a esas botellas que tiene papá en uno de los armarios del comedor y que tengo prohibido tocar. Si mami no está aquí debe estar en el salón recogiendo el vaso que se rompió antes. No sé por qué tengo prisa por encontrarla. Necesito abrazarla y que me quite este frío que me ha entrado de repente. Me asomo al salón y mami está tumbada en el suelo. Está durmiendo junto a la mesa auxiliar. Está rota y los cristales rotos esparcidos por todos lados. La llamo pero no me contesta. Me fijo en su pecho, pero no sube ni baja, ni rápido ni lento. Me tumbo junto a ella. Noto como se me clavan los cristales en el cuerpo. Me hacen daño pero no me importa. Solamente quiero llegar junto a ella. Me tumbo a su lado, me abrazo, ya no me duele nada.

 

No sé cuánto tiempo estamos así, uno junto al otro, cuando abro los ojos porque alguien me coge por detrás. No quiero irme. “¡Mamá!”. No me sale la voz. Por un momento pienso que es papá quien me agarra para encerrarme en el cuarto oscuro, pero las manos que me sujetan son más suaves y delicadas.

-Sshh, Carlos. ¿Estás bien? Ahora te curarán, tranquilo. –Me dice una señora que no he visto nunca. "No hablas con extraños", me dice siempre mami.

Los cristales clavados no me duelen, pero siento un dolor más profundo. Un dolor que viene de dentro.

Estoy en sus brazos. Me giro en busca de mami. Sigue tumbada. Hay gente rara a su alrededor. Oigo sirenas de fondo. ¿Qué está pasando? “Mami, despierta”. Unos hombres se llevan a papá. Lleva esposas en las manos, como en las películas. “Los hombres malos van a la cárcel”, me decía siempre mami. “¡Mami!”. No me oye nadie.

 

Han pasado unos días desde que mami se quedó dormida para siempre. Yo también quiero dormir. Dormir junto a ella y decirle que todo irá bien. Han sido días de mucha angustia, de ir de un sitio a otro, de entrevistas con policías y con psicólogas. Les he dicho la verdad. Mami siempre me enseñó a decir la verdad…aunque ella luego no lo hiciera.

Ahora duermo en una especie de colegio con otros niños. Es como ir de excursión. Todos los adultos me cuidan y me hablan pero yo no tengo fuerzas. Solamente quiero estar en mi rincón, en mi cuarto oscuro por no cumplir las normas, por no cuidar de mami.

 

Cuando desperté esta mañana no sabía que vendría una pareja a buscarme, Jaime y Sofía. Ellos serán mis “papás de acogida”. No sé exactamente qué quiere decir eso, pero es lo que me dijo la psicóloga que ha estado estos días conmigo. Sofía se parece a mami. Me abraza y me mira como ella. Se me escapan las lágrimas, rápidamente miro a Jaime y doy un paso atrás. No sé si reaccionará igual que papá cuando me vea llorar. “Ahora llorarás con razón”, me decía siempre después de pegarme.  Jaime se agacha hasta estar a mi altura. Instintivamente mi cuerpo empieza a temblar. Él saca un pañuelo de su bolsillo y me seca las mejillas. No puedo evitar ir con Sofía. Ella me protegerá como hacía mami.

Cuando llego a su casa (que será la mía a partir de este momento) lo primero que me viene a la cabeza es el calorcito que hace y lo bien que huele. Huele a Sofía, a limpio, a familia, a amor. Pero sigo sin decir nada. Lo intento, de verdad, pero no sale sonido alguno. Creo que mi voz se rompió en el momento que oí romperse el cristal de la mesa auxiliar.

Sofía me mira con ternura, me acaricia la mano y me enseña su (mi) casa. Jaime se queda en la cocina para preparar la cena.

-Héctor, cielo, este es Carlos, tu nuevo hermano. Hasta que papá pueda arreglar la otra habitación, se quedará contigo. ¿De acuerdo? –Le dice a su hijo.

No puedo estar más contento. Voy a tener un hermano mayor. Él me cuidará y protegerá cuando no esté Sofía (ni Jaime).

-Carlos, por favor, ven a ayudarme con la cena. Así sabré lo que te gusta. –Me dice Jaime desde la cocina.

Sofía me mira y asiente. “Ve”, me dice. Cuando salgo de la habitación me quedo dudando dónde está la cocina. El tiempo justo para oír a Héctor.

-Yo aceptaré que queráis tener a alguien a quien ayudar, también si tengo que compartir mis cosas con él, pero…no es mi hermano.

No importa que él no quiera ser mi hermano. Repartiré mi amor entre todos ellos. Mami siempre decía que debíamos ser generosos, compartir y dar amor a todos aquellos que nos rodean…como hacía ella con papá aunque nos hiciera daño.

 

Mañana es Navidad y Sofía me pidió que escribiera la carta para pedir mis regalos. No quiero regalos. Únicamente he pedido que Héctor me quiera. No creo que me odie pero nunca tiene tiempo para mí. Dormimos en la misma habitación pero no me habla, no juega conmigo, no comparte sus cosas. Yo no puedo compartir las mías porqué yo no tengo nada.

Sofía me ha ayudado a preparar el regalo para Héctor. He hecho un dibujo con mi nueva familia donde estamos los cuatro. Ella me ayudó a elegir el marco. Espero que le guste.

Por las noches, cuando papá vuelve a mis sueños y me despierto alterado, cojo su mano y me tranquiliza. Él no lo sabe porque ni se inmuta pero es mi hermano mayor y eso ya le da súper poderes.

 

Me he despertado en el hospital. Me he asustado muchísimo al no ver a nadie a mi lado. Afortunadamente ha durado unos segundos ya que Sofía se ha acercado a la cama en cuanto se ha dado cuenta que despertaba. Creo que ella estaba más asustada que yo. Por lo visto me he desmayado después de tener otra de mis pesadillas. ¿Dónde estaba la mano de Héctor?

Volviendo a casa me doy cuenta que ya es Navidad y que no hemos podido acudir al árbol al despertar. Espero que Héctor no esté enfadado por haberle fastidiado el momento de abrir los regalos.

Cuando entramos en casa veo a Jaime que me sonríe. Definitivamente no es como papá. Le sonrío. Héctor se levanta del sofá en ese instante como si le escociera el pompis al estar sentado. Seguro que está enfadado conmigo por haberle jorobado la mañana de Navidad.

Me da miedo mirarle a los ojos, no quiero ver la rabia y el desprecio en los ojos de Héctor. No lo soportaría. Cuando me atrevo a hacerlo me sorprende. Es miedo, preocupación…es, AMOR.

-Tete, esto es para ti.