ME LLAMAN CAPRICHOSA

Laura Borao - Me llaman caprichosa

Cuando Cata entraba en casa dando un portazo indicaba el grado de enfado que traía con ella. Su abuelo podía medirlo dependiendo de los cuadros que caían al suelo por los temblores que provocaba el golpe en las paredes. El de ese día debía ser monumental ya que no se conformó solamente con una puerta.  

 

Andrés sabía que debía dejarla unos minutos en su habitación. Sola, para que se tranquilizase y poder hablar con ella después.

 

 

 

Andrés se alegró cuando su hija le pidió volver a casa. Estar con ella y con su nieta Cata le hacía feliz. Llevaba tiempo solo pero se acostumbrarían a los cambios.

Habían sido un par de años difíciles para ellas. Su hija Catalina se había divorciado después de quince años con su pareja, un padre cada vez más ausente, la pérdida del negocio y una pequeña de 12 años. Una decisión difícil pero necesaria si querían seguir respetándose y mantener la buena convivencia por el bien de la niña.

 

Catalina y su marido eran arquitectos y montaron un despacho en el momento idóneo. No les faltó trabajo en años e incluso tuvieron que rechazar algunos por falta de tiempo. Ella se quedó embarazada justo en el momento en el que el negocio despegaba, pero eso no le impidió seguir trabajando hasta el último momento. Le apasionaba su profesión. Le llenaba.

Con el nacimiento de su pequeña cambiaron sus prioridades pero no dejó de lado el negocio. Al poco tiempo se convirtieron en una pareja de arquitectos reputados con proyectos internacionales. Los viajes se convirtieron en frecuentes pero Catalina tenía por norma no faltar más de dos noches a su casa. Aún así, la culpabilidad les sobrepasaba y  suplían sus ausencias con darle a Cata todo lo que les pedía… e incluso un poco más.

Ella sabía que no debía consentirle todos sus caprichos pero sus remordimientos eran cada vez mayores y debía compensarla de alguna manera. Además, cada vez que sus padres le traían cualquier regalo de sus viajes se le iluminaba la cara y verla tan contenta calmaba su preocupación.

 

-Hola mami, ¿cuándo has llegado? –Le preguntó Cata adormilada una madrugada al notar un beso de su mamá en la frente.

-Acabo de llegar, princesa. No quería irme a la cama sin verte antes y darte un beso. Aunque no quería despertarte, me conformaba con observarte. Sigue durmiendo que aún es de noche.

-¿Y mi regalo, mami? Quiero mi regalo. Dámelo ahora o no podré dormirme de nuevo. –Le exigió Cata saltando en la cama extrañada por ver las manos vacías de su madre.

-Princesa, no he podido traerte nada. Hemos tenido tanto trabajo que no he tenido ni un minuto para ir a comprarte nada. He preferido coger el primer vuelo para poder llegar a casa y verte. –Se excusó su madre.

¿Por qué le estaba dando explicaciones?

-Pues, si no me has traído nada…¿para qué has venido? –Le espetó la pequeña acostándose de nuevo y dándole la espalda a su madre.

 

¿Cómo una niña de tan solo 6 años de edad podía hacer tanto daño con una simple pregunta?

Catalina no pudo contestarle pues se atragantó con el nudo que se le había formado en la garganta. Ella que se moría de ganas por llegar a su casa y abrazar a su pequeña, sin importar la hora que fuese, y a ella solamente le importaba lo que le traía… Una punzada de dolor se le instaló en el corazón.

Aquella noche (o lo que quedaba de ella) no pudo pegar ojo a pesar del cansancio acumulado por el ritmo frenético de aquellos dos días de reuniones.

 

Aquel fue el primero de los muchos desprecios que recibieron. Pero ya era tarde, no supieron cómo pararla y siguieron consintiendo los caprichos de su hija. ¿Para qué estaba el dinero?

Hasta que se terminó.

La pareja nunca pensó que, debido a la crisis económica que sufría el país, tuvieran que cerrar el despacho. Creado desde cero y se les escapaba de entre los dedos. Aquello incrementó la mala relación de la pareja. Él se fue a vivir fuera “donde aún habían posibilidades de vivir de nuestra profesión”, le dijo antes de marcharse, dejándola sin nada y con su pequeña que empezaba a no serlo tanto.

Catalina y Cata tuvieron que trasladarse a vivir a casa de Andrés ya que ella sola no podía cargar con todos los gastos ni pagar a nadie que se quedara con su hija mientras ella buscaba trabajo y aceptaba lo que fuera que le proporcionase un sueldo a final de mes. Era una buena solución. Saldrían de esta. Juntos.

 

Después de unos meses viviendo en casa del abuelo Andrés, este se sorprendió de cómo era su nieta, en qué se había convertido, cómo trataba a su madre…No podía creerlo, con lo que ella estaba sufriendo y… ¿no le importaba?

Al principio, con los pocos ahorros de su madre, Cata estaba más “relajada”. Poco a poco aceptaba los pequeños cambios que iban aconteciendo en su vida…mientras ella no perdiera el nivel al que estaba acostumbrada: ropa nueva, dispositivos móviles último modelo, viajes con sus amigas, salidas sin preguntas, etc.

Catalina sabía que iba a ser complicado que Cata aceptara tener menos caprichos, por eso se obligaba a trabajar todas las horas extras que le ofrecían en la oficina. Aunque eso supusiese no verla lo que a ella le gustaría. Prefería no discutir y proporcionarle todo lo que le pidiese a tenerla irascible, malhumorada y rabiosa.

Catalina se esforzaba por no sentirse culpable. Hacía todo lo posible por cuidar de su hija y educarla de la mejor manera que sabía.  Pero no podía evitar que le dolieran los desprecios, los silencios o las faltas de respeto de Cata.

Hacía unos días que había tomado la decisión de un cambio de colegio. Le rompía el alma no poder darle la mejor educación a su hija, pero no podía hacer frente a los gastos y los ahorros se acababan. Aún no se lo había dicho a Cata y le alarmaba su reacción. Estaba en una edad complicada y no sabía cómo gestionar aquellos arranques. Durante mucho tiempo lo había tapado con cosas materiales pensando que era la mejor manera, pero siempre iba a peor.

 

-Papá, ¿qué mal lo he hecho? –Le dijo a Andrés cuando entró a su habitación y la vio llorar tapándose con la almohada para que no la oyera.

No era la única noche que oía esas lágrimas ahogadas y se le rompía el corazón ver así a su hija. Tenía que parar y reconducir su vida. Aquella situación la estaba matando.

-¿El qué, cielo?

-Educar a tu nieta. –Le dijo incorporándose en la cama, incapaz de mirarle a los ojos. –Desde pequeña, su padre y yo hemos claudicado a sus continuas exigencias, no hemos estado en casa y le hemos permitido todo cuanto pedía sin ponerle límites. Y, ahora, sigo haciéndolo porque no sé pararlo.  No sé si te has dado cuenta pero Cata se ha convertido en una jovencita cabezota, caprichosa, insatisfecha y egocéntrica.

-¿Si? Hija, no me había dado cuenta. –Le dijo Andrés sin poder evitar sonar sarcástico.

Durante unos segundos Catalina creyó las palabras de su padre. ¿Cómo no la veía así? ¿Solamente se daba cuenta ella? Pronto se disiparon sus dudas al oír a Andrés soltar una carcajada. Era imposible no darse cuenta.

Cuando sus ojos se encontraron no pudieron evitar sonreír y Andrés le cogió de la mano y se la apretó con ternura. Intentaba reconfortarla.

-Cielo, Cata siempre ha sido una niña inteligente y os tiene tomada la medida prácticamente desde que nació. Empezaron siendo rabietas y formas de llamar la atención…ahora todo gira en torno a sus caprichos pero se cansa pronto y vuelve a reclamar uno nuevo. No es capaz de apreciar las necesidades de los demás porque se cree el centro del mundo. Es descuidada con las cosas que tiene porque no es consciente del esfuerzo que supone conseguirlas y, por tanto, piensa que con ella no va la disciplina o los buenos modales.

 

-Papá, sí que la has calado, sí. Nunca me había parado a estudiarlo con detenimiento, solamente quería que fuera feliz y mira lo que he conseguido. Se ha convertido en una tirana. No olvidemos que la adolescencia no ayuda demasiado en lo que a mejorar el carácter se refiere. Siento que tengas que vivir esta experiencia, papá.

-No te preocupes, cielo. Yo estaré siempre que me necesites. Pero tienes que poner remedio a esta situación. No pienses en los posibles errores que cometiste en el pasado, pon remedio. Cuanto más tiempo pase, más difícil te será. Deberás empezar por contarle a Cata vuestra nueva situación económica, debe saber la verdad y empezar a empatizar con tu sufrimiento. También ponerle normas y límites trabajando con recompensas. Que aprecie el esfuerzo y el valor de ganarse las cosas. Y por supuesto, y esto también es por ti, estar más tiempo en casa. Deja de hacer horas extra para ganar más dinero. Pasa más tiempo con Cata, busca aficiones que os gusten a ambas y compartirlas. Eso os unirá más.

 

Hacía una semana de aquella conversación y empezaban a notar los primeros cambios. También las rabietas de su nieta eran constantes pero Catalina se mantenía fuerte y segura de lo que estaba haciendo. Andrés y Catalina sabían que iba a ser un camino duro pues tenían que cambiar el comportamiento de una adolescente que estaba acostumbrada a tener lo que quería y cuando lo quería.

 

Andrés respiró hondo antes de entrar a la habitación de su nieta. No paraba de dar vueltas, a caminar sin dirección con ambas manos a los lados con los puños apretados. La mandíbula tensa. “Tal vez debí esperar un poco más antes de entrar”, pensó al darse cuenta del estado de Cata.

Ella tardó unos segundos en darse cuenta de la presencia de Andrés.

-Abuelo, no me lo puedo creer. Mi madre ha sido abducida por los extraterrestres y la han reemplazado por otra mujer más exasperante. Tú te crees que hace una semana que ha salido el nuevo modelo de mi móvil y aún no me lo ha comprado. Mira lo que me ha obligado a hacer.

Andrés abrió los ojos de par en par cuando vio el móvil de su nieta tirado en el suelo con la pantalla machacada.

-Mi madre está obligada a comprarme lo que yo le pido, para eso soy su hija. No sé lo que le ha dado con eso de negármelo todo. Espera. Ya está, llamaré a papá y él me lo comprará. –Le miró de nuevo con una sonrisa triunfal.

-No te molestes, tesoro. Puedes llamar a tu padre, si quieres. Seguro que se alegrará de que preguntes por él, pero tampoco te comprará un móvil nuevo cuando el que tenías no llegaba al año. Tus padres han hablado y están juntos en esto. Lo hacen por ti, por tu educación, por tu futuro. Tienes que acabar de comportarte como una niña malcriada y ser consciente del sufrimiento de las personas que te quieren con tu actitud déspota. Sé que esto mismo lo has hablado con tu madre, pero parece ser que si te lo dice Catalina, simplemente por el hecho de ser ella, piensas que lo hace por amargarte y…es todo lo contrario. Tus padres la única “obligación” que tienen contigo es darte una buena educación, comida y un techo donde dormir. Lo demás, te lo tienes que ganar, cielo. La vida no es fácil y ya tienes edad para aprenderlo. Que en un momento dado pudieron darte todo lo que les pedías y ahora no, no mide lo que te quieren.

 

Andrés paró de hablar unos segundos ya que a Cata se le empezaron a encharcar los ojos. Había dejado la rabia a un lado. Empezaba a entender lo que su madre, y ahora su abuelo, estaban intentando hacer.

 

-Tu mayor tesoro no es todo lo que te han comprado o te han consentido tus padres. Sí que lo es tu corazón que se llena con el amor de los que te rodean y te aprecian. Ese es el verdadero premio.

 

Cata levantó las manos para limpiarse las lágrimas que caían por sus mejillas.

 

-Abuelo, ¿me dejarías tu teléfono para llamar a mamá? Necesito disculparme.

-Claro, cielo, es un buen comienzo.

¿Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

Laura nos da herramientas para que con imaginación ataquemos el día a día, y podamos encontrar soluciones, a las situaciones con las que nos podemos encontrar, e incluso, porque no? adelantarnos a las mismas.…. te apetece conocer más de Laura, te invito a que te sumes a  la inquietud de Laura por un mundo mejor en la educación, también en Facebook