Laura Borao - Cambio

"el adolescente que cambió por no sentirse amado"

 

Laura Borao - Cambio portada

África, la mamá de Arturo, nunca se imaginó que la llamaran del colegio para tener una entrevista con su tutor. En todos estos años, incluso había sido ella la que forzaba la reunión para verse con los profesores ya que Arturo siempre sacaba buenas notas, no se metía en líos ni le daba ningún disgusto. Era un niño muy responsable.

-Arturo, ¿sabes por qué quieren verme en tu colegio? –Le preguntó a su hijo extrañada por la notificación.

-No lo sé. El tutor está hablando con todos los padres. Es un poco “plasta”. –Le contestó levantando los hombros y salió de aquella habitación antes de que África le pudiera llamar la atención por hablar así de su profesor.

“Paciencia, África, paciencia”, se decía expulsando el aire de sus pulmones, resignada ante la etapa adolescente que le esperaba padecer. Por eso, ella siempre estaba en tensión, en alerta máxima. Era el poder sobrenatural que solamente los padres adquieren cuando no duermen las horas suficientes al estar pendientes de sus hijos.

Hacía unos meses que había vuelto a ser mamá y tenían que dividirse para atenderlos. Aunque la pequeña necesitaba más cuidados, Arturo ya era mayor y sensato para entenderlo…o eso creía ella.

 

África llevaba unos días nerviosa pensando en esa reunión, su sexto sentido le decía que algo iba mal. Su hijo llevaba un tiempo distante y contestón. Sabía que las hormonas tenían la culpa pero para ella siempre sería su pequeño tesoro. Siempre, a pesar de los desprecios y las malas contestaciones.

“Era cuestión de tiempo”, se decía. Pasado ese mar embravecido de cambios, su hijo amable, respetuoso y cariñoso volvería. Tanto ella como su marido se habían preocupado por sembrar los cimientos de una buena educación, lo querían y lo habían criado desde el respeto y el amor…pero, no siempre salía como uno quería. Oía tantas historias que tenía miedo de perderlo, de no haberlo hecho como tocaba. Ser padres no viene con manual de instrucciones y siempre habían pensado que habían hecho un buen trabajo.

En esos momentos era cuando era más consciente de lo rápido que había crecido. El tiempo le había gastado una mala jugada. Había pasado sin avisar y tenía la sensación de que se le escapaba entre los dedos y jamás lo podría recuperar.

Esperaría a la reunión en el colegio para saber si desheredaba y desterraba a su hijo o simplemente era un encuentro para conocer a los padres, tal como decía su pequeño.

 

Llegó el día. Allí esperando, fuera del despacho, como si fuera ella la alumna que había desobedecido al profesor y estaba esperando hablar con el Director para conocer su sanción. Aquel pasillo que hacía de sala de espera era aterrador y le oprimía el corazón pensar en lo que le diría el tutor. No quería adelantar acontecimientos. Confiaba en su hijo.

-¿Sra. Hernández? Por favor, pase por aquí. Y tome asiento.

-Tengo que confesarle que estoy un poco nerviosa pues nunca me han llamado para tener una reunión con el tutor de mi hijo. Me sorprende, la verdad. –Le dijo África con voz temblorosa pues llevaba varios días acumulando aquella tensión.

-Siento no haberle podido adelantar nada en la nota. Urgía citarme con usted puesto que hemos notado unos cambios desafortunados en la actitud de su hijo. Aunque el curso no está muy avanzado, el resto de profesores me han comunicado su preocupación por Arturo. –El tutor hizo una pausa para que África pudiera asimilar lo que le estaba exponiendo. No era fácil escuchar por primera vez todo aquello. Como ella no habló, prosiguió. –Además ya se han realizado las primeras pruebas y las notas de su hijo no son muy alentadoras.

-¿Ha suspendido? D. Fernando, yo no he recibido ninguna comunicación al respecto. Arturo siempre ha sacado muy buenas notas. No me lo puedo creer. Él, todas las tardes, se encierra en su habitación a estudiar y no sale de allí hasta que lo llamo para cenar. Me cuesta aceptar lo que usted me está diciendo. –Le interrumpió África sin poder admitir lo allí expuesto.

-¿Arturo no le ha dado las notas para que las firme? Yo tengo el resguardo firmado por usted. Eso o me temo que Arturo tiene doble personalidad. Me inquietaba que fuera así, por eso le estoy transmitiendo unos hechos que nos alarman y queremos poner remedio lo antes posible. De todas formas, quiero que entienda que lo que más nos intranquiliza no es el hecho de no haber superado las primeras notas. He hablado con los profesores del curso anterior y todos coinciden en que ya hubo un pequeño cambio al final del curso pasado. Nada destacable o preocupante en aquel momento, pero, ahora sí. –África estaba sin palabras y cada vez su cara se parecía más a aquel emoticono con los ojos saliéndose de las órbitas.

-¿Ha pasado algo reciente en casa que pueda ser la causa de esta metamorfosis? Es delicado, pero se lo tengo que preguntar. ¿Algún cambio destacable? ¿Ustedes están bien? –Dijo Fernando un poco apurado. No quería que pensara que estaba entrometiéndose, pero quería llegar al epicentro de todo aquello.

-No, no, todo bien. –Afortunadamente, su marido y ella estaban muy unidos y siempre habían tenido la misma opinión respecto a la educación de sus hijos. Ambos lo consideraban fundamental.

-Mire, no quiero extralimitarme en mis funciones pero quiero descartar posibles causas de este cambio en Arturo. Este curso se ha juntado con un grupo de compañeros que, digamos, no son muy recomendables. De ahí nuestra preocupación. Por eso mi insistencia en saber si usted o su marido han notado, han visto o ha pasado algo en casa que tuviéramos que saber.

-Lo único…déjeme pensar. Lo único es que he tenido una hija, pronto hará el año. Tal vez no le he dedicado el tiempo suficiente a Arturo y por eso está así. Es culpa mía, es culpa mía. –Sollozó al pensar que esa era la razón.

-Discúlpeme, Sra. Hernández, no quería dar a entender que era por su culpa. Ni mucho menos. Arturo se encuentra en una época muy complicada, ha entrado en la adolescencia y lo hace saber a todo el que se pone por delante. Aunque se creen fuertes, es cuando más vulnerables son. Puede ser que todo lo que está haciendo es una llamada de atención, que lo único que quiera es que estén más pendientes de él. Para ello ha escogido el peor de los caminos, claro está. Como le explicaba anteriormente, el nombre de Arturo ha salido en la investigación que llevamos a cabo en el colegio referente a una agresión. Lo que empezó siendo una broma recurrente, acabó en pelea y, aunque su hijo no intervino físicamente, sí que la consintió. Estaba allí y no dijo nada. Hemos intentado hablar con él en varias ocasiones, pero se cierra en banda. Por eso necesitamos su ayuda. Necesitamos trabajar conjuntamente. Arturo tiene muy buen fondo. Es responsable y cariñoso. Siempre ha sido así. Ahora se ha construido una capa dura de atravesar pero, el niño que ustedes criaron, está allí abajo. Intenten hablar con él. Es un buen muchacho, de verdad que así lo pensamos.

A África le costó no caerse al suelo cuando se levantó de aquella silla y se despidió de D. Fernando, agradeciéndole toda la información que le había proporcionado. Estaba enfadada con Arturo, le había mentido, había suplantado su identidad y, lo peor de todo, había consentido que pegaran a un compañero. Por más vueltas que le diera a la conversación con el tutor de su hijo, no lo reconocía. Quería pensar que había sido un sueño, que en un momento dado despertaría y volvería a casa con su adorado ángel. Pero no era así, esperaría a su pequeño monstruito adolescente y hablaría con él. Muy seriamente, o no. ¿Cuál era la mejor opción? ¿Ir de mamá estricta, cabreada niña del exorcista o tipo Michelle Pfeiffer en Mentes peligrosas? No tenía la solución, pero le hablaría desde el corazón. Era el único lenguaje que entendía.

 

Arturo sabía que su madre estaría enfadada. Había tenido la reunión con su profesor y seguro que no se había callado nada. Temía llegar a casa y ver los ojos de su madre. Todo lo que podrían decirle sin abrir la boca. Sabía que lo había hecho mal, muy mal, pero retrasó todo lo que pudo la llegada a su casa. “Con un poco de suerte, mamá estará ocupada con la pequeña de la casa, alias “recibo todas las atenciones”, dándole de comer, cambiándola, durmiéndola o jugando con ella…y no conmigo”, por primera vez, más que pensar, rogó que fuera así.

 

-Arturo, deja la mochila en tu habitación y ven aquí, por favor. –Le dijo África desde el salón cuando oyó la puerta.

Ni un “Hola, tesoro” o “Cielo, ¿por qué has llegado tarde?” le avisaba del grado de enfado de su madre.

-Hijo, siéntate. Tengo que hablar contigo. Ya sabes que hoy he ido a hablar con tu profesor. Solamente te voy a pedir que te mantengas sentado y que me escuches todo lo que te tengo que decir. ¿De acuerdo? –Arturo solamente pudo asentir. Nunca había visto a su madre así y recibía una punzada de dolor en el corazón ver reflejado en sus ojos la decepción.

África esperaba que no le notara lo nerviosa que estaba, que no se le quebrara la voz y rompiera a llorar.

-No hace falta que te diga que estoy muy disgustada. No esperaba recibir esas noticias sobre ti. Siempre has sido un niño responsable, bueno, cariñoso y respetuoso. No podía creerme todo aquello que me estaba contando D. Fernando. Por un momento pensé que se había confundido de madre y me estaba hablando de otra persona. Tienes que entender que te quiero con todo mi ser y la llegada de tu hermana no lo cambia en absoluto, lo engrandece. Puedes creerme, tesoro. Pero, aun así, no es escusa para engañar, mentir o consentir que le hagan daño a un compañero. Tú no eres así. Te conozco. ¿Debe haber algo más?

Arturo no era capaz de mantenerle la mirada, pero se armó de valor y empezó a hablar.

-Mamá, lo siento mucho. Pero, ahora ya no pasáis tanto tiempo conmigo como antes. Pasé a un segundo plano y desde que he cambiado mi comportamiento parece que estéis más pendientes y no sé como sentirme porque, por un lado, vuelvo a estar en vuestros pensamientos, pero por otro, sé que es desde el sufrimiento. Os preocupáis por mi que era lo que yo quería, pero... No sé cómo explicarlo. Es como una lucha interior: el bien y el mal…aunque el mal se apodera de mí con más frecuencia. Mis nuevos compañeros hacen cosas que a mi no me gustan, en absoluto. Pero, si les sigo, formo parte de ellos. Pertenezco a un grupo. No te puedes imaginar lo que pueden llegar a decir (o a hacer) con aquellos que estudian y sacan buenas notas. Mamá, yo no le pegué. Te lo prometo. Nunca lo haría, pero si lo defendía hubiera acabado en el suelo, con él. –Consiguió expulsar de un tirón.

África necesito un par de segundos más para poder continuar sin romperse al ver a su hijo sufrir de esa manera.

-Tesoro, esas contradicciones interiores de las que hablas son normales a tu edad. Además de estar padeciendo cambios físicos, que son evidentes, también lo haces emocionalmente. Pero, eso no justifica la mentira o el ocultar una agresión. No quiero aceptar que el cambio en ti haya sido tan grande, tan grave. El camino de la vida está lleno de elecciones que nadie puede tomar por ti, podemos aconsejarte, pero deber ser tú quién tome esa decisión. Tomarla será acertar o errar, pero, lo importante es que si te has equivocado, seas consecuente, rectifiques y continúes adelante más fuerte de cuando empezaste. Nosotros estaremos siempre a tu lado.  Recuérdalo siempre, cielo.

 

Arturo no pudo más que llorar, avergonzado por lo que había ocurrido, pero, a la vez liberado al ser consciente de lo mucho que quería a su familia. Pertenecer a este grupo era mucho mejor.