Hacía un mes que Nadîm había llegado a aquel lugar huyendo de los conflictos existentes en su ciudad natal.

Su madre, Aaminah, ya hacía un par de años que logró escapar de aquella crueldad y prometió que, algún día, volverían a estar juntos. 

Ella consiguió trabajo cuidando de otros niños que le recordaban a Nadîm. Tenía que ahorrar mucho dinero para poder traerse a su hijo y a su suegra ya que no era nada fácil sacarlos de aquel agujero negro.

Él sabía que si su madre se lo había jurado, se había comprometido, lo haría…aunque fuera dos años más tarde. A perseverante no le ganaba nadie. Por eso, cuando llegó el momento, a Nadîm no le importó viajar en la oscuridad, dormir en la intemperie junto a su abuela y otra gente ,desconocida al inicio del trayecto, familia a la llegada a su destino por todo aquello compartido.

Ya estaban juntos de nuevo, pero cuando la vio solo pudo llorar. No tenía consuelo. ¿Por qué él lo había conseguido y otros se quedaron, se resignaron y se condenaron a morir?

Aaminah no sabía como tranquilizarlo,  por mucho que le dijera, que le cantara aquella canción para dormir o le susurrara lo contenta y feliz que le hacía tenerlo allí, no paró de llorar hasta que se durmió.

Pero los planes no salieron tal y como aquellas dos mujeres, que compartían el amor por Nadîm, habían calculado. Después de un mes seguía encerrado en su habitación, sin apenas salir, triste, cabizbajo, rodeado de pesadillas, sin regalar ninguna sonrisa y apresado en sí mismo.

Una nueva preocupación se instaló en Aaminah con la llegada de la entrada a la escuela. Nadîm ya hacía demasiado tiempo que no iba al colegio, las bombas lo destruyeron todo...y por lo que se temía, a él también.

Su madre quería que volviera a ser su pequeño (aunque ya no lo era tanto), el niño feliz de antes. El que sonreía cada vez que miraba al cielo y jugaban a ponerle nombres a las nubes. Iba a costar más trabajo de lo que supuso en un principio. Se equivocó al pensar que simplemente por el hecho de estar allí, con ella, sería suficiente. No lo era.

Aquel día empezaba el colegio. Sabía que el idioma era un impedimento por las grandes diferencias entre el árabe y el castellano. Pero Nadîm se había pasado aquellos dos años sin su madre aprendiendo el que iba a ser la nueva lengua de mamá. Un médico español en servicio humanitario en aquella zona devastada le enseñó lo básico de su país y de su idioma ya que la única obsesión de Nadîm era poder mostrarle a su madre los avances en la que iba a ser su lengua de acogida.

Ansiosas por la llegada de Nadîm a casa, cuando sonó el timbre se mostraron despreocupadas, ocupadas en sus quehaceres para no darle demasiada importancia a aquel día.

-¿Cómo ha ido, hijo? –preguntó su madre al verlo entrar con la misma cara con la que se fue.

No recibió respuesta. Ni aquella tarde ni las siguientes en una semana. Aaminah se esforzaba cada noche en entablar conversación. Pero, nada. Silencio.

Desesperada, decidió concertar una cita con su tutora sin que Nadîm lo supiese.  Algo no iba bien. Aaminah necesitaba ayuda y la iba a pedir.

Cuando llegó a su cita con la profesora cuidó mucho que su hijo no la viera, no quería que se molestase por verla allí. Si ni siquiera quiso que lo acompañara el primer día de clase.

-Mamá, déjame hacer las cosas a mi manera. Si he atravesado siete países para llegar hasta aquí, creo que podré llegar al colegio a dos manzanas de casa. –Le pidió su hijo ese primer día. No le quedó otro remedio que aceptarlo. Desearle un buen día e irse a trabajar.

Cuando tuvo delante a la tutora de Nadîm, Teresa, se sorprendió por su juventud y por su enorme sonrisa con la que le recibía. Después de las presentaciones formales, Aaminah no sabía por dónde empezar. Le costaba hablar y se adelantó ella.

-Sra. tiene un hijo encantador, respetuoso y muy inteligente.

-¿Ha hablado usted con él? –Le preguntó con cierto recelo.

-Naturalmente. Le ha costado un poco soltarse conmigo, pero es un niño estupendo. El inicio ha sido duro, pero ya estamos poniendo medidas para solucionarlo.

-¿Cómo? –Se extrañó Aaminah por el comentario de Teresa.

-¿No ha venido por la pelea de ayer? –Preguntó sorprendida, aunque por la cara que puso, supo que no sabía nada del incidente y continuó. –Mire, ayer unos compañeros insultaron a Nadîm diciéndole “moro de mierda”, “terrorista”, “vuélvete a tu país” y cosas así. Él no les siguió el juego y se escondió. Tardamos un rato en encontrarlo aunque yo no sabía qué había ocurrido para que se ausentase sin permiso hasta poco después  cuando me lo contó él mismo. ¿Sabe qué me dijo respecto a los insultos? Pues, dejándome con la boca abierta, me dijo que si él creyera que España solo fuera toros y flamenco, tendría un gran problema cuando sintiera por primera vez una “mascletà” pensando que fueran bombardeos. –Teresa tuvo que hacer una pausa ya que, incluso recordar su comentario, la emocionaba. No fue consciente de lo que había podido sufrir Nadîm hasta que se imaginó a ese niño, asustado, siendo uno más de los que aparecían en las noticias. Se culpaba por no saberlo. Respiró hondo y siguió.

-En el colegio siempre hemos apostado  por una educación basada en el respeto, la igualdad, creando espacios libres de discriminación, partiendo siempre desde la pluriculturalidad. Aunque siempre hay alumnos que se mantienen fuera de este ideario. Por ello, y sospechando que aquellos comentarios desafortunados surgían más por la ignorancia que por la creencia, les propuse una actividad para hoy. No le diga nada a Nadîm cuando llegue a casa, espere a que él se la cuente. ¿De acuerdo?

Siguieron hablando unos minutos más. Aaminah se despidió algo más tranquila y esperó paciente a que su hijo llegara a casa.

Cuando Nadîm entró en casa lo hizo cabizbajo, iba directo a su habitación pero su madre lo interrumpió.

-¿Cómo ha ido, hijo? –Le preguntó como cada día algo más esperanzada. Aunque no contestó, levantó la cabeza para mirarla. Tenía los ojos empañados y su madre se asustó. No sabía qué había ocurrido pero al día siguiente volvería al colegio para exigir una mayor sanción.

-Mamá, no te lo vas a creer, pero ha pasado algo… -respiró, estaba tan emocionado que le costaba hablar.

Por el contrario, a su madre le iba a dar un infarto si su hijo no le contaba de una vez qué había ocurrido.

-Estos días un par de niños de clase no paraban de insultarme y meterse conmigo. Yo nunca hice caso. Te lo prometo, mamá. ¿Qué era aquello comparado con todo lo que habíamos pasado en casa? Pero, me harté. No me gustaba que se rieran por tener otra cultura, por tacharme de algo muy grave simplemente por el hecho de creer en un Dios diferente. Y me escondí, me escondí igual que hacía cuando sonaba la sirena previa a los bombardeos. –Aaminah le cogió las manos para reconfortarlo y él continuó. –La profesora me encontró, habló con los compañeros y propuso hacer una actividad: yo tendría que buscar costumbres españolas, imágenes de lugares simbólicos y peculiaridades. Los compañeros que me insultaron tendrían que hacer lo mismo con el mundo árabe y exponerlo en clase.

-Pero, ¿por qué no me pediste ayuda? ¿Por qué no me lo contaste? –preguntó su madre angustiada por no haberlo ayudado.

-Mamá, no quería preocuparte. Tanto la abuela como tú habéis sufrido suficiente como para que yo os dé más motivos.

-Nadîm, escúchame bien, tú eres lo más importante para mí. Yo siempre me preocuparé por ti. –Le dijo entre lágrimas su madre.

-Pues tienes que dejar de preocuparte por este incidente. Está ya solucionado. Mis compañeros me pidieron perdón. Hicieron un gran trabajo sobre la vida musulmana, no pude poner ningún pero. Incluso se sentaron descalzos evitando dar la planta de los pies hacia ninguno de nosotros. ¿Y sabes lo mejor de todo? –Aaminah negó con la cabeza ya que ahora la emocionada era ella al ver reflejado en los ojos de su hijo la ilusión. –Cuando ha terminado la clase se ha acercado una compañera y me ha dicho que a partir de ese momento iba a ser su “nadîm”. Sí, mamá, con esa misma cara me he quedado yo y ella se ha dado cuenta porque me ha explicado que había buscado el significado de mi nombre. Nadîm significa “amigo” y a partir de ese momento iba a ser su amigo. Se había molestado en buscar qué significaba mi nombre.  –Incluso se sonrojó cuando se lo explicaba a su madre.

Aaminah volvía a ver alegre a su hijo…hacía tanto tiempo.

-Nadîm, sonríe, siempre. Las sonrisas tienen el mismo significado en cualquier parte del mundo. 

"La infancia que se escondía de las bombas mientras ponía nombre a las nubes"

¿Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

Laura nos da herramientas para que con imaginación ataquemos el día a día, y podamos encontrar soluciones, a las situaciones con las que nos podemos encontrar, e incluso, porque no? adelantarnos a las mismas.…. te apetece conocer más de Laura, te invito a que te sumes a  la inquietud de Laura por un mundo mejor en la educación, también en Facebook