Porque te quiero​

Hoy, a la vuelta del patio, he encontrado otra notita de amor en mi pupitre. Llevo días haciéndolo, me sorprende este sistema tradicional y que no utilice, sea quien sea, las nuevas tecnologías. Con todos los modernos recursos existentes y elige dejarme un simple escrito sin firmar… ¡Es tan romántico!Aunque dudo y le pregunto a mi mejor amiga, Nieves, por si ella sabe algo al respecto.-Tía, Montse, ten cuidado porque puede ser un asesino. ¿Quién usa el papel hoy en día? Si fuera alguien normal utilizaría el móvil para decirte lo que fuera… Como hacemos todos. –Me dice chasqueando la lengua, con esa cara de hermana mayor con más experiencia.Miro a mi alrededor, busco con la mirada a los chicos (y a las chicas también) de la clase  por si, su comportamiento, me diera alguna pista de la autoría de las notitas que recibo. Nada. Todos van a la suya, como siempre. Como si yo no existiera. Pero el detalle es tan bonito que no puedo dejar de sonreír… Incluso durante semanas. Nieves me convence para ir a una de las fiestas que, cada semana, organiza la gente de clase y que las encuentro una pérdida de tiempo. Con todo lo que hay que hacer, ¿juntarme en el parque del barrio y dejar pasar las horas, mientras los “gallitos” de la clase no paran de hacer bravuconadas y las chicas les ríen sus ridículas ocurrencias? No, gracias. Pero, mi mejor amiga puede ser tan insistente que le he prometido que estaré al menos una hora y me iré. Así, todos contentos.Cuando llegamos, ya están todos allí y me siento un poco incómoda, fuera de lugar, por sentir que no tengo mucho en común con ellos. No entiendo cómo Nieves puede encontrarse en su salsa. Algunas de las chicas, sentadas en uno de los bancos, nos invitan a sentarnos con ellas. Me llama la atención que estemos separadas de los chicos. Ania se da cuenta y me explica que así “las chicas podemos hablar de nuestras cosas”. Abro los ojos sorprendida ante tal afirmación y prefiero guardarme mi opinión para no enemistarme con nadie y sentirme más apartada de lo que estoy.Cuando me canso de estar allí, miro el reloj y aún no ha pasado una hora. Sé que a Nieves no le gustará que me marche ya, pero insisto con la excusa de que al día siguiente tengo que madrugar. Me levando y me voy. Cuando no he dado más de diez pasos, vibra mi teléfono. Un mensaje. De Ania.Luis es todo tuyo.Frunzo el ceño, incómoda. ¿Tuyo? ¿Desde cuándo las personas somos posesión de otras? ¿Luis? El único Luis que conozco es el compañero de clase. Muy popular, es decir, todo lo contrario a mí.Me giro para localizar a Ania pues creo que se ha equivocado de receptor. Ella va a la suya. Sigue hablando y riendo con las chicas. Cuando me dispongo a darme la vuelta y seguir mi camino, mi mirada se cruza con la de…, con la de Luis. Me quedo paralizada. Me está mirando. No me muevo y le mantengo la mirada. Me sonríe y, sin saber por qué, yo también lo hago. Un escalofrío me recorre la columna vertebral y hace que me encoja. Me froto los brazos para intentar suavizar los pelos de punta que me ha provocado, por primera vez, un chico. Cuando levanto la cabeza de nuevo, está a escasos dos pasos y me ofrece su chaqueta manteniendo su (preciosa) sonrisa.-Vamos, te acompaño. –Me dice sin posible replica.Sonrío durante todo el trayecto. No puedo parar de hacerlo. Además, me sorprende su entretenida conversación a la que yo solamente contesto con sonidos que él parece descifrar.-¿Te gustaron las notas que te he ido dejando en tu pupitre?Abro los ojos hasta tal punto que creo que se me van a salir de las órbitas. ¿Él? ¿Luis, el chico más popular de la clase, más guapo e inteligente, es el autor de las notas tan bonitas? Madre mía, madre mía. Hiperventilando.-Espero que sí. Quería acercarme y sorprenderte. Sé que no eres como el resto de chicas. Eres especial.No puedo evitar girar la cabeza a ambos lados porque siento que, de un momento a otro, saldrán los compañeros de detrás de algún coche gritando “¡Boba! ¡Has picado!”. Pero no. No aparece nadie. Luis me coge de la barbilla, me sujeta para que pare de dar vueltas como la niña de El exorcista y se acerca. Se sigue acercando. Frunzo el ceño. ¿Qué va a hacer? Espera, espera… ¡¿Me va a besar?! Desde aquel día que me acompañó a casa, nos hemos vuelto inseparables. Nos sentamos juntos en clase. Me recoge todas las mañanas en la esquina de mi casa. Me acompaña de vuelta a la salida del colegio. Estudiamos juntos. Se sienta conmigo en clase y no le importa gritar a los cuatro vientos que soy su novia. Están siendo unas semanas perfectas y yo solamente puedo más que sonreír como una tonta. -¡Hombre, la Desaparecida! –Me grita Nieves cuando salgo del baño y se da cuenta que soy yo.-Ups, Nieves. ¿Cómo estás? ¿Por qué dices eso? –Le pregunto por su tono al saludarme.-Si me tienes que preguntar por cómo estoy, es que tengo razón. Luis te tiene absorbida y desde que sales con él, no se te ve el pelo.-Sí, bueno, igual tienes algo de razón. Pero es que, siempre tiene algo planeado que hacer. –Me disculpo con mi mejor amiga.-No pasa nada, Montse. Es normal. Es tu primer novio y estáis empezando. Pero no significa que dejes de lado a tus amistades de siempre. ¿Quedamos esta tarde y nos ponemos al día?-Lo siento, Nieves, Luis me va a llevar al cine. Le pregunto si puedo quedar contigo mañana viernes y te aviso.Mi amiga frunce el ceño al oír mis palabras, pero no hace ningún tipo de comentario al respecto. Me pide que le confirme más tarde nuestra cita y se marcha. Yo no me muevo. No me puedo creer lo que le he dicho. ¿Desde cuándo le tengo que pedir a un chico permiso para quedar con Nieves? -¿Dónde vas así vestida? ¿Qué quieres que todos te miren y piensen que eres una provocadora? –Me susurra al oído chirriando los dientes y cogiéndome fuerte del brazo.-¡Si es el mismo vestido que llevaba cuando me besaste por primera vez! Pensé que te gustaría. –Le grito sin importarme si algún vecino nos oye.Me hace daño y protesto, pero me mira de esa manera tan “eres lo más importante para mí” que subo de nuevo a casa y me cambio. No quiero que nada cambie el ambiente entre nosotros y, aunque es una de mis prendas favoritas, no me cuesta nada ponerme otra más “recatada”. Tiene razón y a mí tampoco me gusta que me miren y que piensen cosas que no son. Mientras estamos en la sala del cine, esperando a que empiece la película que Luis ha elegido, aprovecho para escribir a Nieves y confirmarle nuestra cita de mañana.-¡¿Con quién hablas?! –Grita un Luis iracundo.Me asusta, me sobresalto y todos los allí presentes se giran hacia nosotros. ¡Qué vergüenza! Le pido que, por favor, baje la voz y que no es nada. Pero él no me cree y cada vez está más enfadado. Acabamos saliendo del cine sin ni siquiera haber empezado la película.-¿Te puedes calmar, por favor? Solamente estaba diciéndole a Nieves que mañana nos veríamos sin falta. Me ha dicho que hace mucho que no hablamos, es verdad y la echo de menos. Es mi amiga. –Le explico una vez estamos fuera.Él no para de andar en círculos y pasarse una y otra vez las manos por la cabeza. Nunca le había visto así. Ahora que lo conozco más, obvio, sé que es un poco celoso. Pero los “celos son prueba del amor que te tengo”, me dice siempre.-¡Es mentira! ¿Con quién estabas quedando en realidad? ¿Es con Fernando? Sí, claro, es con él. Ya he visto cómo te mira y lo que querría hacer contigo.-No digas tonterías, Luis… Si Fernando es tu amigo. No me mira de ninguna manera, de verdad.-Si de verdad estabas hablando con tu amiguita, dame tus contraseñas del móvil y de las redes sociales. –Me reta.-No, Luis, no te voy a dar mis contraseñas. Es mi teléfono, mis redes y mi espacio. Deberías confiar más en tu pareja, digo yo. –Le digo y estoy empezando a enfadarme.-Claro que confío en ti, por eso mismo. El amor es compartirlo todo, cada momento, cada segundo. Yo tengo que cuidar de ti. Si confiaras más en mí, lo harías. Como todos los días, Luis viene a recogerme para ir al colegio y empezar la semana de estudio. No me apetece mucho encontrarme con Nieves, aún estoy un poco enfadada con ella porque que me dejó tirada el viernes y no apareció. Después de la bronca que tuve con Luis por su culpa y luego no se digna ni a contestar. -Oye, bonita. Lo que tengas que decirme dímelo a la cara y si no quieres quedar conmigo, pues ten la deferencia por todos estos años de amistad, de decírmelo y contestarme los whatsapps.¡¿Cómo?! ¿Yo? Abro la boca escandalizada por las palabras de Nieves. Si fue ella la que me dejó plantada y no he sabido nada desde la semana pasada aquí en clase.-¡¿Cómo eres capaz de decir algo así si fuiste tú la que me dejaste plantada?! –Gritamos las dos. Así, sin escucharnos, cada una a lo suyo, nos pasamos varios minutos. Cada una convencida de tener la razón. -¡Nieves, te he dicho mil veces que no tengo ningún mensaje tuyo y yo no te escribí para cancelar nuestra cita! Mira. –Le digo metiendo la mano en mi mochila para enseñarle los mensajes que yo le envié el viernes.¿Dónde está mi móvil? Con los nervios que me produce esta situación, no lo encuentro.La que era mi amiga alarga la mano y me da el suyo. Entra en mi whatsapp y me enseña mis últimos mensajes escritos el viernes a las 14h. ¿Y el resto? Si llevo todo el fin de semana escribiéndole, incluso preocupada por si le había ocurrido algo. Mueve su mano. Me insta a que lea los mensajes. Nieves, tía, finalmente no podre quedar contigo.Me ha surgido algo mejor.Ahora quiero pasar tiempo con mi novio. Lo quiero y prefiero estar con él.No me molestes más. Me llevo la mano a la boca. No me lo puedo creer. Yo jamás escribiría algo así.Luis…​

La dura vida del estudiante…​

Una vez superado el inicio de curso, la siguiente vaya que debemos saltar los alumnos (y los docentes), son los primeros controles realizados con el fin de comprobar qué nivel de asimilación han adquirido durante estas semanas. Una reacción, la risa por el pesar con el que entona tal afirmación y me da por pensar en todo aquello que perderá cuando empiece su vida de “adulto”. Una mirada furibunda me hace entender que lo cree realmente así y que lo está pasando mal, que lleva un gran peso a sus espaldas. Es su peso y lo siento. Casualmente, días después, hablando de los hijos (en general) con una muy buena amiga, saca este tema. Me sorprende oírla hablar así de la estresante vida que llevan sus hijos (y, en consecuencia, ellos) aun siendo mucho más pequeños que mis alumnos. No puedo evitar remontarme a mi época estudiantil de primaria, sonrío pues solamente pasan imágenes de auténtica felicidad: juegos, compañeros, anécdotas de clase, profesores, … Intrigada le pregunto por ello ya que pienso que debí estudiar en otra dimensión paralela donde mis recuerdos no emanan aquel “tétrico mundo” que se supone que viven hoy en día los estudiantes.Escucho atentamente la descripción que hace de un día cualquiera de sus hijos: clases, a la salida, extraescolares, algo de deporte para luego llegar a casa y hacer los deberes y trabajos para el día siguiente, resistiendo a la fuerza sobrehumana que tiene el cansancio y que intenta apoderarse de sus almas.Me explica, anteponiéndose a mi siguiente pregunta, que no pueden prescindir de ninguna de las actividades que realizan después de las clases ya que las extraescolares de idiomas las considera esenciales para su (competitivo) futuro y que, el deporte, ha sido por petición de los propios niños, además de ser saludable y trabajar valores que, su marido y ella, consideran esenciales.Ante tal argumentación no puedo más que asentir y contarle el episodio con aquel alumno que se lamentaba de su vida estudiantil. “Tal vez la vida de estudiante universitario sea la buena… “, me dice.  “¿Qué tendrían que decir a esto los universitarios?”, pienso.Nos fundimos entre nuestros pensamientos y el ronroneo del mar. Visualizo a mis alumnos (sí, en día festivo también están en mi mente), a los responsables, a los que trabajan, se preocupan y se esfuerzan. A los que compiten por conseguir el máximo, ¿cómo les afecta todo ese estrés? ¿Y a los que no hacen nada y les da igual cuatro que cuarenta? ¿No se merecen que nos preocupemos? ¿Y si bajáramos el ritmo de trabajos para casa? ¿Y si les hiciéramos más divertido todo ese tiempo que pasan en el aula? ¿Se “engancharían” y les motivaría para seguir investigando en casa? ¿Cambiarían de opinión?Flashes de mi época de estudiante, noches durmiendo un par de horas, pasar los apuntes a limpio, estudiar, sudores fríos, lágrimas, dolor de barriga, hacer el resumen del resumen del resumen para comprobar una y mil veces que lo he entendido. Qué selectiva es la memoria que nos hace acordarnos solamente de lo bueno.Creo firmemente en el trabajo duro y en el esfuerzo para conseguir nuestros objetivos. Está claro que no podemos tener a nuestros alumnos (hijos) en una urna de cristal, protegidos de lo que les vendrá.  ¿Podemos facilitarles las formas? ¿Podemos entender esa angustia? Si queremos que aprendan a empatizar,  ¿no deberíamos hacerlo nosotros con ellos?Si yo he tenido la suerte de trabajar en una profesión que me apasiona y aun así acabo agotada. Aquellas personas que tienen trabajos que odian y que a duras penas resisten el día, ¿cómo se sienten aquellos alumnos que no les gusta estudiar, que no se sienten motivados o valorados por sus profesores o por sus padres?Parte de mi responsabilidad, como docente, es hacer que mis alumnos disfruten, no solamente de mis clases, sino también de la vida del estudiante. Les hará trabajar más y mejor. ​

Espejito, espejito

Cada vez tengo más claro que no es nada fácil ser padres y, por tanto, tampoco lo es ser docentes. (Perdonad que equipare los dos “personajes del cuento” en el que el protagonista, siempre, es el niño). Seguramente esta afirmación no os sorprenderá en absoluto. No es nada nuevo e incluso es muy recurrente, pero, aun así, la desarrollo. Siempre partiendo de la idea de que, padres y profesores, lo hacemos (o lo intentamos hacer) lo mejor posible en la ardua labor de educar a nuestros hijos/alumnos… A pesar de eso, fallamos. ¿Por qué? Porque no hay ningún manual que cuadre con cada uno de ellos y nos solucione la existencia. Porque somos diferentes. Porque equivocarse es de humanos y no pasa nada por reconocerlo. Porque lo que te funcionó con el mayor de tus hijos, no funciona con el pequeño. Porque tus alumnos cambian de un curso para otro. Porque yo no soy la misma que la que fui hace una semana. Porque el mundo gira demasiado deprisa o porque hay distintas tonalidades de atardeceres.Os voy a contar un secreto: No lo sé, no tengo la solución. Hay tantos elementos que interfieren, que es imposible ser un gurú de la educación.¿Os cuento otro secreto? Os puedo contar lo que a mí me funciona: “el sentido común”. Y eso no significa que ése sirva para todos. Cada uno debe de ir descubriendo el que mejor le funcione. Adaptarse a las circunstancias, aprender, equivocarse y levantarse. Porque desde que nacen, estamos educando. Somos responsables de su educación, en el sentido amplio de la palabra.No me conformo con transmitirles conocimientos. Quiero que respeten, valoren lo que tienen, que se esfuercen y luchen por lo que quieren sin hundir al compañero. Que sonrían, jueguen y se abracen. Así me enseñaron a mí, en casa y en el colegio. Por eso quise estudiar Filología, para ser la profesora que muchos fueron conmigo… Y esto me recuerda algo:Desde pequeños, aprendemos imitando lo que vemos y escuchamos de “nuestros héroes”.¿Cuántas veces nos hemos quedado embelesados mirando a alguien que admiramos? ¿Cuántas de ellas hemos querido imitar sus movimientos, sus palabras e, incluso, sus pensamientos? Por tanto, nuestros hijos/alumnos son espejos donde reflejarán en ellos todas las acciones que muevan su mundo. Por eso hay que ser muy cuidadosos con lo que hacemos y decimos delante de ellos. Si queremos que sean respetuosos, nosotros debemos serlo. Si pensáis que en ese momento no escuchan porque están entretenidos con alguna tarea, es error de principiante pues tienen el superpoder de la escucha selectiva. Si quieres que ayuden en casa, que recojan sus cosas, o que cuiden su material de la clase, etc., que te vean hacerlo.Si no nos gusta que digan palabras malsonantes, no las digamos nosotros. Si llegas a casa o al aula con una sonrisa, él la imitará porque, igual que copian las acciones, lo hacen con los estados de ánimo. Somos su modelo… No solamente cuando son más pequeños. Seguimos siéndolo en todas sus etapas, hasta cuando son adolescentes y nos “odian” porque entorpecemos su camino. No hace mucho llegó a mi whatsapp una ilustración dónde aparecían dos mamás en un banco y dos niñas en el de al lado. Una de las adultas estaba leyendo un libro, la otra tenía entre sus manos un móvil y no hacía falta saber quién era la madre de cada una de las niñas, ya que las pequeñas estaban haciendo lo mismo que sus madres. La madre que sostenía el teléfono le decía a su compañera de asiento que no entendía cómo conseguía que su hija leyera libros. Seguramente sabréis de qué viñeta os hablo porque en pocos días se hizo muy popular en las redes sociales. Incluso yo que soy defensora de las nuevas tecnologías y que sé que se puede leer en los dispositivos móviles sin necesidad de tener el papel delante, entendía esta como el mal uso que se hacía de ellas. Es decir, y lo enlazo con lo que comentaba anteriormente, si yo no quiero que mi hija o mi alumna consulte el teléfono continuamente, que esté todo el día conectada, chateando o perdiendo el tiempo, no lo debo de hacer yo…O, sin ir más lejos, hace un par de días iba con mi compañero a la salida del colegio y nos giramos al escuchar a un padre gritar insultando a otra madre y a la hija de ésta sin estar ellas presentes. Pero quien sí lo estaba era su hija que no tendría más de cinco años. El padre estaba realmente enfadado por alguna situación vivida dentro del centro, pero, su hija lo observaba entre curiosa y asustada. ¿Qué le diría esa niña al día siguiente a su compañera?La ira no es una excusa para comportarte, precisamente, como no quieres que lo hagan tus hijos o tus alumnos. Debemos reflexionar ante cómo queremos que sean nuestros hijos o alumnos, así seremos más conscientes de los comportamientos que debemos adoptar ante ellos.  ​

No es el final

No entiendo cómo he llegado hasta esta situación. Quien me conoce sabe que siempre me mantengo al margen, huyo de los conflictos e, incluso, medio entre mis compañeros para mantener una convivencia tranquila y sin sobresaltos…Pues aquí me encuentro, rodeado de gran parte de los que yo creía mis amigos, gritando: “¡Pelea! ¡Pelea! ¡Pelea!”. Todos me observan. Chillan. Esperan que haya una interesante historia que colgar en las redes sociales y no sé por qué, por una extraña razón, piensan que esta situación es digna de comentar. Quieren carnaza. Lo que no saben es que yo no soy de ese tipo de chicos que les va la chulería, de los de presumir de ser el más fuerte o el que va atemorizando al resto para que me bailen el agua. Así que intentaré por todos los medios que este incidente no vaya a más.Lo más gracioso de este asunto (si es que lo hay) es que yo simplemente llevaba mi bandeja de comida para sentarme junto con mi clase. Él ha parado en seco, ha girado y me he tropezado provocando un enorme estruendo de ambos platos al caer al suelo. Cuando he levantado la vista, me he dado cuenta de que iba totalmente empapado por la sopa derramada encima de mis pantalones. El comedor se ha quedado en completo silencio, expectantes por lo que podía ocurrir. Y tenían razón, porque aún no era consciente de lo que había ocurrido cuando una mano me ha cogido de la camiseta y me ha empujado contra la pared más cercana a mi espalda. Esos ojos enrojecidos, furiosos y con motas de instinto asesino me gritaban. Un “Pero si has sido tú el que ha girado sin motivo y has tirado las bandejas”, ha sido el detonante para que Eric, un iracundo compañero un par de cursos mayor, haya reaccionado queriéndome estrangular. Siguen gritando. Algunos me animan para que sea yo el que le dé una lección a ese alumno abusón, otros no saben si reírse o despedirse.¡En menudo lío me he metido!Noto un sudor frío que me recorre la espalda, las sienes y la palma de las manos. No puedo tragar y solamente pensar en la comida que tengo derramada por encima, me entran ganas de vomitar. Ya no veo esos ojos furiosos, en realidad no veo más que manchas borrosas. Todo me da vueltas. Los gritos y las risas se alejan de mí. Me mareo, me laxo, me hundo y me… Adiós. - Profe, ¿qué le ha pasado a Manu? –Pregunta uno de sus compañeros al tutor.- Se ha cag…- ¡José! Por favor, piensa las cosas antes de decirlas. Primero, no puedes soltar lo primero que se te pase por la cabeza y, segundo, no debes hablar sin conocer porque no sabes qué pasó o cómo está tu compañero. –Intentó su profesor que reflexionara sobre sus palabras.- No podrá negar, profe, que es mucha casualidad que tuviera un conflicto (por no decir, una pelea que estaba claro que iba a perder) con uno de los mayores y que lleve una semana sin venir al cole. –Insistió José.- ¿Y no puedes pensar que realmente esté enfermo? –Le preguntó una de sus compañeras.- Yo solamente digo que es mucha casualidad. Es un poco sospechoso, ¿no? –Dijo con retintín.A Javier no le importó invertir el tiempo de su asignatura para hablar de los prejuicios que en ocasiones sus alumnos tenían incluso de sus propios compañeros. Le gustaba crear debate en el aula y que entre ellos extrajeran argumentos para convencer al otro. Aun así, cuando sonó la sirena que marcaba el final del día, sabía que José, e incluso alguno más, no estaban muy convencidos. -Hola. Buenas tardes. ¿Los papás de Manu? Soy Javier, su tutor. Llamaba para preguntar cómo estaba pues lleva unos días sin venir al cole y quería saber si se encontraba mejor.-Sí. Hola Javier. Gracias por llamar. Queríamos habernos comunicado contigo, pero estos días están siendo muy duros. Manu sigue enfermo y… Siguen haciéndole pruebas ya que, después del desmayo en el cole que pensábamos que podía haberlo producido la misma tensión sufrida por las circunstancias, volvió a desvanecer en la ducha. Nos llevamos un gran susto al encontrarlo en el suelo de la ducha, vestido, inerte. Cuando volvió en sí, nos contó que se empezó a encontrar mal y su intención era remojarse la nuca con agua fría, pero se sintió peor y ya no recuerda nada más hasta que abrió los ojos y me miró perdido. Fueron los peores minutos de mi vida porque pensamos que no volvía en sí… Lo que vino después fue peor, pero… ¿Qué le parece si nos vemos mañana a primera hora de la mañana antes de empezar las clases? Nos gustaría poder hablarlo con usted pues es un tema delicado. –Le sugirió la madre.Cuando colgó el teléfono, Javier tenía un mal presentimiento. Una extraña sensación se le había instalado en la boca del estómago. No quería adelantarse y pensar en lo peor, pero... Ya no pudo quitarse a Manu de la cabeza. Al día siguiente, Javier fue el primero en llegar al colegio. “Total, si no he pegado ojo, ¿qué más da?”, pensó. Esperaba que sus peores sospechas no se hicieran realidad, pero tenía que reconocer que estaba especialmente nervioso.Los padres de Manu llegaron muy puntuales. Hundidos. Tomaron asiento con el peso del mundo a sus espaldas y se disculparon de nuevo por no haberse puesto en contacto antes con Javier para explicar la situación que les había cogido por sorpresa.El profesor no pudo más que tranquilizarlos por aquello y les instó a que le contaran cómo estaba Manuel, él era lo importante.Javier no quería ponerse en lo peor, pero cuando oyó la palabra “cáncer”, dio gracias de estar sentado en aquel momento. Dejó que hablara la madre. Ella, enfermera de profesión, llevaba la voz cantante y cuando se trataba de términos médicos, se mostraba muy profesional. Pero, cuando el rol de enfermera desapareció, no pudo evitar derramar todas aquellas lágrimas contenidas desde que recibieron los resultados de las primeras pruebas realizadas. Javier no supo qué decirles y tampoco estaba seguro de poder decir algo. Un nudo se le paró en la garganta impidiéndole hablar. Se limitó a estirar sus brazos desde su lado de la mesa para ponerlas encima de las dos personas que tenía enfrente. Con aquello les demostraba su apoyo más sincero y los animó a continuar. Aquellos padres abatidos, redactándoles todo el proceso que llevaban y el camino que les quedaba por recorrer… ¿Cómo estaría Manu viviendo aquella situación? ¿Cómo podría entrar Javier en clase aquella mañana, mirar a sus niños y contarles lo que le estaba ocurriendo a uno de sus compañeros? Y todo eso sin perder la compostura y desmoronarse. ¿Cómo lo asumirían ellos? Sabía que debía ser sincero con sus alumnos, contarles aquello que los padres de Manu le habían dado permiso. El resto de padres también debían de estar al tanto de la situación para tranquilizar a sus hijos, llegado el momento. Era importante tener todos y dar la misma información. Pero ese día no era el momento oportuno. Él no se veía capaz, tenía que asimilar aquella noticia que, aunque se caracterizaba por ser muy positivo y sabía que el porcentaje de curación era muy alto, no podía creerse que uno de sus “pequeños” le había podido ocurrir. Pero no podía demorarlo demasiado pues ellos ya empezaban a inventar historias rocambolescas (algunas dotadas de gran creatividad) sobre Manu y su paradero. Incluso algunos hasta pensaban que era una excusa para no venir al colegio y huir de aquel compañero mayor que hacía una semana quiso pegarle. “Bendito intento de agresión”, se dijo Javier al darle otra vuelta más a la información que le habían dado aquellos padres. La violencia no tenía ningún tipo de justificación y, de hecho, aquel niño estaba sancionado, pero gracias a él, Manu tenía una esperanza por la premura del diagnóstico ya que su desmayo marcó el inicio de un sinfín de pruebas. -Profe, ¿está bien? Ya no sonríe con los ojos. –Le dijo una de sus alumnas a la mañana siguiente.Sabía lo que significaba aquello porque se sentía peor de lo que intentaba disimular. Había llegado el momento de hablar con la clase y esa misma tarde lo haría con los padres. - ¿Cómo os gustaría ser tratados si estuvierais enfermos? –Les preguntó Javier para crear un debate y profundizar en el tema de la enfermedad haciendo que empatizaran.Javier tenía el permiso de los padres de Manu para contar hasta lo que él considerase. Libertad absoluta. Así que, quería comprobar por dónde salían sus compañeros a través del debate dirigido.-No se preocupe, profe. Manu se pondrá bien y vendrá pronto al cole porque me prometió que me daría el cromo de Cristiano. –Le hizo sonreír uno de sus alumnos con aquella ocurrencia.-Se me ocurre que podríamos preparar, entre todos, una especie de periódico con, por ejemplo, las noticias de la clase, anécdotas, poesías, dibujos o chistes para poder llevárselos al hospital. ¿Os parece?Con aquella idea, Javier provocó el revuelo en la clase. Todos aportaban sus propias ideas, querían inventarse canciones, grabarse en vídeo, escribirle cartas o mensajes para animarlo. Todos querían turnarse para ir a verlo al hospital, abrazarlo y darle ánimos.Todos… Menos José. Él seguía negándose a creer aquello que el profesor les contaba. “Manu no está enfermo. Está exagerando para no admitir que se murió de miedo en el comedor. Seguro que es capaz de cambiarse de colegio por no volver y enfrentarse al grandullón”, les decía a sus compañeros.Cuando Javier iba a intervenir porque percibía cómo iba subiendo el enfado general con su incrédulo alumno, sonó la sirena para salir al patio. “Salvado por la campana”, pensó.Dejaron las cosas tal y como estaban para salir al patio a jugar. Era increíble cómo aquellos pequeños le dieron una lección a Javier. Le sorprendía gratamente cómo se tomaron la noticia de la enfermedad de Manu, cómo lo habían animado y asegurado que todo iría bien. Pero… José era un hueso duro de roer y cada alumno tenía sus propias herramientas para aceptar algo como aquello.- Espera un momento, José. Quiero hablar contigo. –Le pidió el profesor.A regañadientes se quedó de pie, al final de la clase sin atreverse a acercarse a su tutor para que no notase lo que realmente sentía.- Ven, anda, por favor. Siéntate aquí conmigo.Cuando se sentó frente a él, se dio cuenta que intentaba reprimir las lágrimas y le costaba respirar.- ¿Qué te ocurre? ¿Por qué estás así? Hace un momento protestabas y…- ¡No quiero que Manu se muera! –Gritó José sorprendiendo a su tutor, antes del llanto angustioso que no podía parar.Verlo así le rompió el alma. Lo abrazó hasta que pudo tranquilizarlo, al menos serenarlo.-A ver, José, que Manu esté enfermo no quiere decir que se vaya morir. Tenemos que pensar que todo va a ir y nuestra buena energía le ayudará y le animará.-Pero, mi abuelito enfermó también como Manu y murió. Y yo no quiero que Manu se vaya. Le tengo que decir que yo también me hubiera desmayado de encontrarme con el grandullón aquel. –Intentó explicarse entre los hipidos que le provocaban el sofoco.Javier levantó la cabeza y sonrió.-Creo que se lo puedes decir. –Le dijo Javier empezando a emocionarse.Cuando José se giró al darse cuenta hacia dónde miraba su profesor, abrió los ojos de par en par. Contento y sorprendido, pero alarmado de ver a su amigo con aquel aspecto cansado, la tez blanca y ojeras. Nunca lo había visto así y estaba asustado.Manu se acercó, lento, agotado. Sonrió a su tutor por su cariño y se giró para dirigirse a su compañero. Puso sus manitas en sus hombros y le dijo: -Oye, no me voy a morir, solamente tengo cáncer. Pero, contra esto sí que voy a luchar. ​

Un lugar que te haga respirar

Cierra los ojos. Recuerda tu escuela, donde estudiaste cuando eras pequeño. Ahora, ábrelos y mira a tu alrededor. Observa los detalles, los espacios. Mira las paredes. Respira, huele. Compara ambas ¿Cuánto ha cambiado la estructura arquitectónica de los colegios? O mejor, ¿Cómo han cambiado sus aulas, la biblioteca, los pasillos, el comedor, la recepción o los talleres?Miedo me dan las respuestas a estas sencillas cuestiones ya que soy consciente de que no hemos sabido adecuar los espacios educativos a las nuevas metodologías. Si llevamos años (décadas) intentado innovar en educación, ¿porqué seguimos manteniendo las clases rectangulares, estrechas, con los pupitres dobles y situados en fila mirando hacia la pizarra? ¿Por qué hay tanta diferencia entre un aula de infantil a una de primaria? ¿Qué pasaría si utilizamos un proyector móvil que pueda hacer cambiar la distribución del aula cada vez que lo consideremos? ¿Y si damos clase en el patio? ¿Y si no hubiera pasillos?En esta revolución que intentamos provocar en educación, nos hemos quedado cojos al no dotar de la importancia que se merece el diseño de los lugares en los que enseñamos (y aprendemos). ¿Qué nos hace sentir los espacios cerrados, con poca luz natural, sin ventilación, con mesas inamovibles y con una idea estática de cómo utilizarlas? A mí, estrés, claustrofobia, tensión, desilusión, tristeza, insatisfacción o nerviosismo. ¿Cómo influye en nuestras emociones? ¿Y en la de nuestros alumnos? ¿Quién no ha pensado, en alguna ocasión, que una determinada aula estaba maldita, tenía malas vibraciones o estaba construida sobre un cementerio indio que provocaba que, quien entrara allí, como poco, saliera con sarpullidos? Cada vez estoy más convencida que el entorno influye en el aprendizaje. Deberían ser espacios que despierten la curiosidad, la atención, la creatividad, los juegos, las emociones, el respeto, la colaboración, la comunicación, etc. Lugares hechos para niños… ¿Por qué la mayoría de los alumnos no llegan al mostrador de recepción? ¿O a la mesa de profesor? Por cierto, ¿qué función tiene la mesa de profesor? Actualmente, ¿qué sentido tiene? Solamente pienso en el espacio libre que dejaría para (des)montar el aula y hacer estructuras diferentes. Según la European Schoolnet, en la descripción de su proyecto sobre las aulas del futuro (Future Classroom Lab) nos dan las directrices que favorecen el desarrollo integral de las competencias en sus discentes, diferenciando las zonas necesarias en el aula: Zona para “investigar” (Investigate): Espacio para trabajar en grupo, explorar e investigar. Resolución de problemas o programación de robots.Zona para “Interactuar” (Interact): Con pizarra interactiva. Fomento de la interacción y la participación.Zona para “Desarrollar” (Develop): Realizan manualidades, ver vídeos, escuchar podcasts o experimentar con app.Zona para “Crear” (Create): Creación de vídeos y presentaciones.Zona para “Intercambiar” (Exchange): Trabajo en pequeños grupos, ABP y habilidades para la dirección de proyectos.Zona para “Presentar” (Present): Área para presentar sus trabajos que favorece la participación y el debate. ¿Cuándo es futuro? La escuela debe ser un lugar que transmita la esencia y los valores de la institución y no ser contradictorios. Espacios que transmitan paz, calidez, ilusión, y serenidad harán centrar nuestra atención y la de nuestros alumnos.¿Cómo nos sentimos cuando estamos en un lugar que nos recuerda algún momento feliz, un espacio abierto, con luz natural, en el que puedas respirar? ¿Cómo afecta a nuestro cerebro? Referente a esto, ha nacido un nuevo concepto, “Neuroarquitectura” donde se pretende adecuar el entorno arquitectónico a una mejora en el proceso de enseñanza/aprendizaje. Mejores espacios, mejor rendimiento. Es una asignatura pendiente igual de importante que el resto de innovaciones educativas. “La arquitectura es la voluntad de la época traducida a espacio.” Mies van der Rohe (1886 – 1969).​

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¿Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

Laura nos da herramientas para que con imaginación ataquemos el día a día, y podamos encontrar soluciones, a las situaciones con las que nos podemos encontrar, e incluso, porque no? adelantarnos a las mismas.…. te apetece conocer más de Laura, te invito a que te sumes a  la inquietud de Laura por un mundo mejor en la educación, también en Facebook

Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

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