Laura Borao - HOLIDAYS

Holidays

¡Por fin vacaciones! Ah, no, espera un poco que no, que no nos vamos todavía. Voy a confesaros algo, resulta que aquello de “¡Qué bien viven los profesores con tres meses de vacaciones!” , es mentira. Un familiar siempre me decía: “El mejor empleo del mundo es el trabajo de un cura, el sueldo de un ministro y las vacaciones de un maestro”.Para las nuevas generaciones de futuros maestros, no escojáis nunca la educación por las supuestas vacaciones que se tienen. No os compensarán si realmente no lo hacéis de corazón. Seguramente muchos de los que lean estas líneas conocerán a más de un docente que ya esté de vacaciones, haberlos haylos, pero no hay que generalizar ya que hay muchos otros que seguimos trabajando en el centro o en casa o en la playa o en el pueblo de los abuelos…Porque, quien es profesor de vocación (de los de verdad), le resulta muy complicado desconectar, dejar de preparar sus clases para el curso que viene, mejorar aspectos que no le funcionaron, innovar para sus futuras clases o se plantea (debería siempre) algunos cambios aunque el curso pasado haya funcionado…Porque ser profesor no es solamente “tener muchas vacaciones”. Están formando y colaborando estrechamente con las familias (las que se implican que, afortunadamente son muchas) para educar personas que el día de mañana serán nuestros mecánicos, ingenieros, dependientes, médicos o granjeros, que, casualmente, son los hijos de la gente que infravalora esta profesión. Aún queda un poco más. Un último esfuerzo. Un último empujón. Un último intento. Solamente quedan unas recuperaciones, unas pocas memorias más, unas cuantas programaciones, muchas reuniones, no nos olvidemos de la confección de los distintos planes de mejora de los anteriores planes de mejora o unas revisiones de todos los planes confeccionados durante el curso, que no ganamos para todas las siglas que utilizamos.Por favor, hagan llegar unos sacos de automotivaciones. Unos “Tú puedes” (o “You can” que parece que si te lo dicen en inglés lleva doble dosis), unos más de “Eres bueno” o  “Ellos no podrán contigo” no estarían nada mal en estas fechas en las que nos encontramos. Quien es padre/madre sabe lo que cuesta educar a un hijo. Lo que cuesta que adquiera unas habilidades, que sea respetuoso, amable, constante, que además estudie, etc. Todas esas labores, dependiendo de la etapa (cada una tiene su aquel, no nos confiemos), que se trabajan en casa y que la escuela colabora a seguir adelante y en muchas ocasiones esa labor no es valorada lo suficiente por tener “muchas vacaciones”. Y es curioso que cuando más se acuerdan de ellos es en la época estival, durante las vacaciones que comparten con sus hijos, cuando pasan más tiempo con ellos que dicen “¡Qué ganas tengo de que empiece el colegio!” ¿Ah, si? Otros, afortunadamente, empatizan con la labor docente sabiendo las dificultades que ellos encuentran teniendo uno, dos o tres hijos. ¿Qué pasa cuando entras en clase con 25 o 30 personitas tan diferentes entre ellos? ¿Cómo resuelves esa ecuación? Pues de la mejor manera posible, respirando hondo, sonriendo, aplicando el sentido común y recordando por qué te hiciste profesor…Para aprender de cada uno de ellos mientras intentas enseñarles algo. Quien tiene un docente cerca o convive con él (tiene un tesoro), seguro que habrá lanzado frases como: “Siempre estás trabajando”, “¿Qué haces con esas cartulinas?”, “Deja de corregir y descansa” o “Apruébales a todos”. Y ellos te habrán contestado, “Sí, acabo ya. Es que tengo que prepararme la clase de mañana para hacerla más motivadora”, “Es que tengo a Pepito que no sé qué le pasa y estoy investigando para ver cómo puedo llegar a él” o “Espera que conteste este correo de la madre de Pepita y voy a cenar”. Yo soy una privilegiada, y no por las vacaciones, sino por poder trabajar en lo que me apasiona y saber que cada uno de mis alumnos se lleva un pedacito de mí (y yo de ellos). ¡Seguimos luchando!  ​

Soldadito de plomo​

-Todos tendríais que aprender de Mónica. No puedo más que deciros que es la alumna perfecta: es respetuosa, participativa, os ayuda cada vez que la necesitáis y además se esfuerza para mejorar sus notas cada día. Fijaos en ella y llegaréis lejos. –Sermoneaba Maite a sus alumnos tras los resultados de la 1ª evaluación. En ese instante Mónica no podía más que agachar la cabeza para disimular su rubor. No le gustaban nada ese tipo de alabanzas públicas. Para ella, ya tenía suficiente con conseguir la máxima nota en cada asignatura. Era su responsabilidad esforzarse y trabajar cada día si quería que le concedieran la beca a la que aspiraba para poder estudiar en uno de los mejores colegios de la ciudad. Su objetivo final era ser doctora y para ello debía luchar hasta el final.Aunque a ella siempre le había gustado mantenerse en segundo plano, sin demasiados reconocimientos, sí que estaba feliz por los resultados obtenidos. No podía esperar para llegar a casa y contárselo a sus padres. Estarían muy orgullosos de ella y era aquello lo que realmente quería.Con la enfermedad de su madre y su imposibilidad de trabajar, tenía que esforzarse al máximo para que sus padres no se preocuparan por el dinero que podía costarles su educación. No quería ser una carga para ellos y a testaruda no le ganaba nadie. -Mónica, ¿diles a tus compañeros qué quieres ser de mayor? ¿Mónica? –Insistió Maite al ver que no reaccionaba.-Disculpe, seño. Eh, sí, bueno, quiero estudiar medicina e investigar sobre la fibromialgia y encontrar su cura. –Contestó en un hilo de voz, avergonzada ante la mirada de sus compañeros.-Fibro ¿qué? –Gritó uno de los alumnos con cara de asco.-Debe de ser una de esas enfermedades raras que le hacen ser una empollona. Ya sabemos su secreto. Por eso es tan lista, Mónica tiene “fibomalgia” –Espetó Carla con su habitual retintín, rompiendo a reír con su ocurrencia.-Ya está bien, chicos, chicas.  Por el revuelo que oigo, supongo que será porque no sabéis de qué trata esta enfermedad, ya tenéis trabajo para el fin de semana. Quiero que investiguéis sobre la “Fibromialgia”. –Sentenció su profesora que pensó que sería un buen tema para que empatizaran con Mónica.-Oohh, ¿en serio? El fin de semana es para descansar. –Protestó David.“Creo que tú descansas a diario, de ahí los resultados”, pensó Mónica ante el comentario de su compañero ya que la mayoría de la clase, cuando llegaban a casa, se dedicaban horas a comentar cada segundo de sus vidas en las redes sociales o a pasar el rato en el parque del barrio o tirados en el sofá. “Todo muy productivo”, pensó.-Gracias, Mónica. –Le dijo Mamen mirándola directamente a los ojos.Por una fracción de segundo, Mónica se emocionó al oír las palabras de su compañera…hasta que se dio cuenta que ese “Gracias” iba cargado de veneno.-Seño, no hace falta que… -Intentó pedirle a su profesora que quitara el trabajo pero sonó el timbre y ya no hubo posible discusión. Mientras Mónica recogía su pupitre, sus compañeros ya estaban preparados para salir. “Los últimos para entrar, los primeros para salir”, dijo para sí misma. Un empujón al pasar, un “Ya te vale”, otro empujón, una mano que pasa por encima de la mesa tirando sus cosas al suelo, “Idiota. Espero que hagas tú el trabajo y nos lo pases al resto” acompañado de varios codazos, fueron mensajes suficientes para que a Mónica le quedara claro que sus compañeros la odiaban.¿Cómo podían haberse puesto todos de acuerdo, sin hablar con anterioridad, para rodearla e increparla disimuladamente sin que la profesora se diera cuenta?“¿Era a esto a lo que se dedicaban todas las tardes? ¿A planear estrategias de ataque sin parecer culpables?”, se dijo Mónica con rabia mientras recogía sus cosas del suelo.-¿Estás bien, Mónica? –Le preguntó Maite desde su mesa al darse cuenta que estaba agachada.-Sí, sí, seño, no se preocupe. Se me han caído las cosas. Soy un poco patosa. –Le contestó ella. No quería más problemas con sus compañeros y sabía que los tendría si le contaba lo ocurrido a su profesora.“Se les pasará y todo volverá a la normalidad”, intentó convencerse. Pero…pasaban las semanas y aquella situación no mejoraba. “Empollona” o “Listilla” eran algunos de los motes con los que sus compañeros se referían a ella de forma despectiva. Era como un ovillo de lana que cada vez iba haciéndose más grande y más grande y más…¿Cómo podía Mónica salvar aquella situación? No quería preocupar a sus padres y tampoco se lo podía decir a su profesora porque empeoraría la relación con sus compañeros. “Ah, ¿pero que puede ir a peor?”, le preguntó su subconsciente. -Mónica. ¡Qué bien que ya estés aquí! Quería hablar contigo a solas. –Le sorprendió Maite y cortó sus pensamientos.Llevaba un tiempo llegando demasiado temprano a clase para no “tropezarse” (o para que ellos no se “tropezaran” con ella) con sus compañeros. Se iba a su pupitre y esperaba leyendo a que llegaran sus profesores. Al final del día salía la última entreteniéndose más de lo esperado para que, cuando saliera, todos se hubieran ido a casa.-¿Hablar conmigo? ¿Ocurre algo? –Le preguntó un tanto alarmada.¿Era la primera vez que uno de sus profesores quería hablar con ella? Tal vez no, pero para ella sí era la primera vez que ocultaba algo y se sentía que, de un momento a otro, la descubrirían.-Mónica, tus profesores llevan días comentándome que no eres la misma de siempre. Incluso yo misma te veo más distraída, menos participativa y más pendiente de los comentarios que hacen tus compañeros de clase. Algo te pasa. Lo sé. ¿Es tu madre? ¿Ha empeorado? ¿Necesitáis algo? Sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras. Te sentará bien desahogarte. –Le dijo Maite mientras le cogía las manos temblorosas de Mónica.-Es que no sé si es la mejor opción. Seguro que he tenido yo la culpa, pero, yo no quiero perder la opción a la beca. He luchado mucho. Tal vez debería cambiar y ser menos empollona. Si se enteran que he hablado con usted… -Estaba tan nerviosa que no sabía qué decir exactamente.-Cariño, ¿qué pasa? Me estás asustando. Deja de temblar. Todo saldrá bien pero, para poder ayudarte, tienes que empezar por el principio. No he entendido nada de lo que me has dicho. ¿La culpa de qué? ¿La beca? Mónica, confía en mí. Lo que sea no puedes guardarlo por más tiempo. –Le pedía Maite mientras le acariciaba el pelo para tranquilizarla.Mónica tenía la mirada perdida, pensativa. Estaba analizando la situación. ¿Se arriesgaba y le contaba a su profesora todo lo que le hacían algunos de sus compañeros? ¿Y si ellos se lo tomaban mal y no acababa nunca? ¿Podría vivir durante más tiempo con el miedo y la ansiedad metida en el cuerpo?Después de meditarlo durante unos minutos ante la atenta mirada de Maite que realmente estaba preocupada, se decidió.-¿Se acuerda cuando usted repartió las notas de la 1ª evaluación? Allí empezó todo…Así, por orden de los acontecimientos, Mónica le contó con todo detalle lo que pasaba con sus compañeros. Sin guardarse nada pues llevaba mucho tiempo escondiéndose y guardando silencio. Ya no podía resistirlo más. Cuando terminó de hablar, despertó de aquel trance y miró a su tutora. No fue hasta ese momento que no se dio cuenta que Maite tenía los ojos encharcados y que ella estaba llorando. ¿Cuándo había empezado a hacerlo?-Siento marearla con esto. Seguramente pensará que es una tontería. –Se disculpó Mónica.-Solamente podría pensar que es una tontería si tú lo ves así. Y si realmente te afecta hasta el punto de cambiar tus hábitos por miedo a las reacciones de tus compañeros, es que no lo es. Has hecho bien en contármelo para poner remedio de inmediato y que no se vuelva a dar una situación así. Hay problemas que si los dejas pasar se enquistan y es difícil de gestionar…para ti y para los adultos que te ayudan a solucionarlo. Has sido muy valiente, Mónica.Ella no se sentía así ya que si su profesora no le hubiera preguntado, ni ella misma sabía qué hubiera hecho. Pero, ahora ya había soltado la bestia que llevaba dentro y que poco a poco la estaba consumiendo.-Ahora, Mónica, no te tienes que preocupar por nada. Solamente te voy a pedir que cualquier detalle, por muy pequeño que sea, confíes en mí y me lo cuentes. Así te podré ayudar. –Prosiguió Maite dándole un abrazo. Confiaba en su profesora pero aún le quedaba un atisbo de duda. No por ella. Sabía que Maite haría todo lo posible, pero no sabía si sus compañeros le harían caso. ¿Qué pasaría cuando ella no estuviera delante? ¿Y camino a casa? ¿Se enfadarían aún más?Durante los primeros días después de aquella conversación, Mónica aún no era la misma de siempre. Seguía el mismo protocolo de alerta que utilizaba últimamente: llegar la primera e irse la última, cambiar la ruta de regreso a casa o quedarse en clase con cualquier excusa para no ir al recreo. Pero, sorprendentemente, no sabía qué magia había utilizado su profesora que había funcionado. No eran sus amigos, ni pretendía que lo fueran. Ella ya tenía los suyos. Pero se mantuvieron alejados y eso a ella le sobraba para poder vivir en tranquilidad y volver a su propósito inicial. Se sentía aliviada. Por fin llegó final de curso y, afortunadamente “aquel tropiezo” no mermó en los resultados. Solamente con ver los ojos de su madre, emocionados, ya valía la pena. El resto, era secundario.Cuando salieron de la clase, después de la entrevista con su profesora, se encontraron con la madre de otra esperando. “Mamá, no te pares a hablar, por favor”, pensó Mónica al reconocer a aquella mujer.-Bueno, ahora veremos cómo ha salido. Siento que su hija haya suspendido.-¿Suspendido? Ah, no, no. Lo dice porque estamos llorando, pero es porque nos hemos emocionado al despedirnos de la tutora de Mónica. Ha sido un buen año. Su profesora le ha apoyado y ayudado mucho. Ha sido una segunda madre para ella y la echaremos de menos. Las notas han ido muy bien. La verdad es que no me puedo quejar. Mónica es una niña muy responsable y tal cómo están las cosas y todo lo que se oye por ahí, estoy muy contenta.Mónica cogía tan fuerte la mano de su madre que pensó que acabaría haciéndole daño. Por fin se despidieron y se alejaron de allí.-Mami, es la mamá de Carla Ruiz. –Le dijo Mónica una vez se habían alejado por el pasillo.Su madre sabía quién era aquella niña. Cuando la tutora les llamó para una entrevista y les contó lo que ocurría, lo primero que pensó (y le dolió) fue que su hija no había confiado en ella. Pero, ella era responsable de sus decisiones y seguramente lo había hecho para no preocuparlos. -Moni, tesoro, ponte al teléfono. Es tu tutora que quiere pedirte un favor. –Le dijo su madre con una cara de complicidad.“Algo traman”, pensó Mónica cuando se acercó para coger el teléfono.-Seño, no me puede pedir tal cosa. ¿No se acuerda lo que pasó?-Claro que me acuerdo, Mónica. Pero creo que podéis ayudaros mutuamente. Será una buena oportunidad de conoceros realmente. Creo realmente que podéis congeniar. –Intentó Maite convencerla. Al día siguiente Carla llegó diez minutos tarde a casa de Mónica. Durante aquel tiempo de espera no hacía más que pensar que había sido una mala idea. ¿Cómo se le ocurría a su tutora que ella le diera clases precisamente a Carla? Ella no fue de las que más la increparon, pero sí de las que consintió que el resto de sus amigos lo hicieran. Pero, le debía mucho a su tutora y no pudo negarse a su petición.Cuando por fin Carla se dignó a aparecer, su cara reflejaba las ganas que tenía de estar allí. Ninguna. Seguramente su madre le había obligado a levantarse para acudir.Los primeros minutos fueron tensos, pero para Mónica no era la primera vez que daba clases particulares a otros compañeros y sabía cómo lidiar con la falta de ganas y con la desmotivación.Cuando llevaban más de una hora trabajando juntas, se oyó el portazo de la puerta de la calle. Alguien había entrado. Pero…a los pocos segundos, otro estruendo. Carla y Mónica se miraron. Los ojos de Mónica se abrieron y tardó un nanosegundo en levantarse y salir corriendo de la habitación.-¡Mamá! Tranquila, ya lo recojo yo. –Le dijo su hija con toda la tranquilidad que podía demostrar. Desgraciadamente había vivido demasiadas escenas de aquel tipo.“Soldadito de plomo, tesoro”, oyó Carla que le decía a su hija. La escena le sorprendió. La madre de Mónica estaba allí de pie, junto a la puerta, las bolsas de la compra derramadas por el suelo y su compañera recogiéndolas. Tardó un par de segundos en reaccionar hasta que se vio allí arrodillada, ayudando. Levantó la mirada y vio a aquella mujer que tendría la edad de su madre, pero le sorprendió su postura rígida, curvada hacia delante y la expresión de dolor de su rostro. Un “Vamos” de Mónica le sorprendió. Carla se quedó parada, sin saber qué hacer. ¿Cómo iba a dejarla allí? ¿Qué le estaba pasando? Su compañera le cogió de la mano y le ayudó a levantarse.-No te preocupes. Ella prefiere estar sola en momentos como éste. Siempre me dice que se concentra mejor sola para eliminar el dolor. La primera vez, siendo yo una niña, que intentó explicarme lo que sentía, me dijo que los dolores eran tan fuertes que parecía que fuera de plomo, no podía moverse. Inocente de mí, le dije que como “Soldadito de plomo” y desde entonces lo utiliza de aviso para que no me asuste.  –Le explicó Mónica con una sonrisa tierna.Mientras guardaban la compra, Mónica le explicó todo lo que pudo sobre la fibromialgia. Ahora Carla entendía por qué quería estudiar medicina. Entendía por qué su compañera pasaba tanto tiempo entre libros, por qué nunca se quedaba con ellos después de clase o a pasar el rato en el parque…Tenía otras prioridades.Carla tenía tanta curiosidad por el tema que iba enlazando una pregunta con otra. De repente, sin darse cuenta, había pasado una hora más y debía volver a casa. A desgana tuvo que parar de preguntar. Le encantaba escuchar a Mónica, sus explicaciones y directamente con un “Hasta mañana” se despidió de su compañera. Justo antes de salir, giró la cabeza hacia el salón y allí estaba la madre de Mónica, con una sonrisa radiante, leyendo un libro y saludando con la mano a modo de despedida. Aquella mujer era increíble. -Mamá, mamá…Ya sé cuál va a ser mi objetivo en la vida. –Entró Carla gritando y buscando a su madre.“¿Mi objetivo en la vida? Ay, la que me espera. A ver qué ocurrencia ha tenido ahora.”, pensó su madre al oírla entrar con tal entusiasmo.-Mami, voy a curar a la gente.-¡¿Vas a estudiar medicina?! –Le preguntó a Carla con una pizca (mucha) incredulidad. No pudo evitar hacer un movimiento de ceja imitando a un presentador de la televisión. Tendría que haber disimulado, pero la cogió tan de sorpresa.-No te pases, mamá. ¿Crees que me he vuelto loca? Sé dónde están mis limitaciones, pero Mónica dice que lo importante es marcarse un objetivo y perseguirlo hasta el final. Así que el primer paso es estudiar para las recuperaciones. Si apruebo, estupendo, seguiré el camino de la rama de sanidad. Puede que no sea doctora, pero, puedo ser enfermera, psicóloga o la persona que analiza la sangre en un laboratorio. Eso ya se verá. Y si repito, no pasa nada, mamá, tranquila. Así podré afianzar conceptos y podré obtener mejores resultados en la media. Pero, quiero que sepas, que voy a ir a por ello… -Seguía hablando Carla ante su atónita madre.“¿Quién es esta personita que tengo delante y qué ha hecho con mi hija?”​

Mi muñeca vudú​

Mañana le dan las notas a Carla y, visto lo visto, estoy más nerviosa yo que ella. Es increíble el curso que hemos llevado, lo que hemos sufrido, estudiado y discutido. Bueno, en realidad, he llevado, he sufrido, he estudiado y, eso sí, hemos discutido (y mucho). Mientras ella lleva un par de días que se siente completamente de vacaciones (aunque su estado actual no se diferencia mucho a lo que ha hecho durante el curso), yo estoy sin dormir pensando en las diferentes posibilidades que viviré mañana. Las sorpresas (nada agradables) que me llevaré. ¿Con qué cara me presento ante su tutora? Me estoy adelantando, pero me espero lo peor. Supongo que Carla lo tendrá muy claro. No sé cómo le ha ido porque lleva unos días enfadada conmigo y me da donde más me duele…el silencio.Con 15 años sabe perfectamente cómo hacerme daño y lo lleva a cabo más de lo que me gustaría. Sé que la culpa es mía porque si, la primera vez que lo hizo, no se hubiera salido con la suya, tal vez no lo hubiera repetido cada vez que no conseguía lo que quería. Pero, ¿en qué momento cambió? ¿En qué instante dejó de ser mi pequeña princesa para convertirse en la “muñeca diabólica”? Los cambios han sido tan sutiles que no he sido consciente de que los había hasta que me he dado de frente con ellos. Seguramente he sido la última en verlos (mi subconsciente me vendó los ojos) por aquello de querer confiar en ella. Se me olvidó por completo que a esta edad no debía creer que ya era adulta y que la confianza no estaba reñida con poner normas y cumplirlas. ¿He llegado tarde? ¿Cómo puede preocuparme más a mí que a Carla una repetición de curso? Es incapaz de ver que está tirando por la borda su futuro, que sus compañeros pasarán de curso y ella se quedará en el camino.No quiero adelantarme pero creo que, las dos semanas de vacaciones que pedí para poder estar en casa con Carla para estudiar con ella, no van a servir de mucho. Han sido los peores días que hemos pasado juntas. Se han convertido en un infierno y prácticamente me odia. Seguramente tendrá una muñeca vudú mía escondida en el armario y en la que clava agujas cada noche o cada minuto que le digo que haga algo.¿Existe un mundo donde los hijos hagan las cosas que se supone que tienen que hacer sin necesidad de pedírselas cien veces y que finalmente no tengas que hacérselas tú si quieres que estén hechas? Ahora que lo pienso, igual sea ese el problema…Haberlas hecho yo. Ya no puedo hacer nada y toca asumir las consecuencias. Todo esto es culpa mía. -Carla, mañana es día de entrega de notas. Vamos juntas, ¿no?-Mamá, yo paso de madrugar. Estoy de vacaciones. Paso de ir.-Hija, es importante, te juegas el curso. Creo que sería mejor que vinieras y habláramos las dos con tu tutora. Ha sido un curso duro y agradecerle todo lo que ha hecho (o ha intentado) por nosotras, sería lo de menos que podríamos hacer.-Ya te he dicho que paso, ve tú. Luego me cuentas lo que te ha dicho y ya está. O mejor, me haces un resumen y me lo mandas por mail. … Y aquí estoy, esperando en la puerta de su clase. Sola. Carla durmiendo plácidamente. “Ggrrrr, déjame dormir” es lo único que me ha dicho cuando lo he intentado por última vez y yo con unas ojeras que me llegan hasta los pómulos esperando a su tutora para enfrentarme a aquello que me tenga que contar.No puedo mantenerme quieta, ni siquiera dos minutos sentada. Se me va a hacer muy larga la espera. Se abre la puerta. Empiezo a temblar, un sudor frío me recorre la espalda a pesar del calor típico de esta época y una sonrisa forzada en mi cara esperando que sirva de disculpa. Sale la tutora con una compañera de Carla y su madre. “Ella sí que ha venido. No como mi querida hija”, digo para mí misma. El sentido abrazo que la profesora le da a su alumna y a su madre me despiertan de mi ensoñación.-Disculpe, ¿le importa esperar un par de minutos? Necesito ir a por agua. Es un día de muchas emociones y tengo que hidratarme. –Me dice la tutora y asiento. Podré soportar dos minutos más.-No se preocupe. Seguro que todo va bien y son buenas noticias. –Me dice la otra madre con lágrimas en los ojos.-Bueno, ahora veremos cómo ha salido. Siento que su hija haya suspendido.-¿Suspendido? Ah, no, no. Lo dice porque estamos llorando, pero es porque nos hemos emocionado al despedirnos de la tutora de Mónica. Ha sido un buen año. Su profesora le ha apoyado y ayudado mucho. Ha sido una segunda madre para ella y la echaremos de menos. Las notas han ido muy bien. La verdad es que no me puedo quejar. Mónica es una niña muy responsable y tal cómo están las cosas y todo lo que se oye por ahí, estoy muy contenta. Después de oír sus palabras y muriéndome de la envidia, solamente puedo agachar la cabeza y decir “Enhorabuena” en un mínimo susurro.-Mami, es la mamá de Carla Ruiz. –Oigo que le dice la tal Mónica a su madre cuando se marchan después de desearme suerte y despedirse. Los ojos de su madre me dicen que sabe quién es Carla Ruiz.Seguramente, la tal Mónica sea una de las compañeras que el grupo de amigas de Carla (ella incluida) incordiaban este invierno. Precisamente por ser diferente al grupo, por no seguirlas y bailarles el agua. Por ser valientes e independientes pero que a mi hija y a las demás les molestaba y se lo hacían saber de la peor de las maneras. Afortunadamente aquello paró y pasó. Se sancionó a todas las niñas implicadas y pidieron perdón.-Como diría @lavecinarubia, “Pedir perdón es de guapas” –Le dije a Carla como colofón al sermón que le di después de la reunión que tuvimos con su profesora para informarme de lo sucedido con aquellas compañeras.Afortunadamente, sin saber bien quién era aquel personaje de las redes sociales al que sigo, entendió que aquello no había estado nada bien y confesó que ella no estaba de acuerdo en molestar a otros compañeros y que simplemente se dejó llevar por el resto del grupo.Menudo disgusto me llevé cuando me enteré. Ahí empecé a darme cuenta del giro de 180º que había dado mi hija. Pero que se arrepintiera no hizo que de un día para otro dejara de ser adolescente. Aún quedaba mucho por hacer…Y lo que queda. Mamá, ¿ya has terminado? Ven pronto porque me tienes que llevar a casa de Laura. Me están esperando para ir a la playa. Me quedaré con ella todo el día. Vente directa y date prisa. -Pase, por favor. ¿No ha venido Carla con usted? –Me dice su tutora interrumpiéndome la lectura del último mensaje que me ha mandado mi hija.-No, no ha querido venir. Lo siento.-No se disculpe. Pase y le comento. –Me dice con una tierna sonrisa.La verdad es que he tenido mucha suerte con la tutora de Carla. Tiene la dosis perfecta de comprensión y autoridad que necesitan sus alumnos. Está claro que ellos no se comportan igual en el colegio que en casa, pero parece que la respetan más a ella que a los propios padres. ¿Podría adoptarla y que se viniera a casa con nosotras una temporada? Estaría genial.-Ha sido imposible convencerla para que se viniera. Yo quería que asumiera su responsabilidad y que se enfrentara ella a sus resultados. Sabe que he estado con ella estas últimas semanas y lo mal que lo hemos llevado. Últimamente se vive mucha tensión en casa y, al final, la he dejado durmiendo.-Es una lástima que Carla se comporte así. Es una buena niña aunque en ocasiones parezca la “niña del exorcista”…es parte del proceso y cada alumno lo vive de una manera diferente. Hay que entenderlos, lo están pasando mal y, en muchas ocasiones, los estudios no son su prioridad. Pero entenderlos no significa que les debamos dejar hacer lo que ellos quieren. Se tienen que acostumbrar desde pequeños que hay unas normas en casa, igual que las hay fuera de ella. En todos los contextos.-A Carla nunca le había hecho falta que pusiera normas en casa. Ha ido sola siempre y ha hecho lo que debía de hacer sin necesidad que yo se lo dijera.-En muchas ocasiones así lo creemos, pero en realidad los pequeños detalles son los que han hecho que ahora Carla se comporte de esta manera. Y no le estoy diciendo que lo haya hecho mal con ella. De hecho pienso que ha hecho un buen trabajo con Carla. Solamente recordando el episodio con Mónica y la buena disposición que tuvo para arreglar las cosas, sé cómo es realmente bajo esa capa de hormonas que le recubre. Pero, aquí viene el “pero”, que sepamos que tiene buen corazón y que es una época que debe pasar, no significa que le dejemos hacer lo que quiera o que le consintamos el sinfín de caprichos que debe pedirle a lo largo del día. Ella debe de asumir sus responsabilidades y si ha suspendido, lo que tiene que hacer es aprovechar la oportunidad que le brindan las recuperaciones dentro de dos semanas. Aún está a tiempo.-Sabe que es una pelea continua. Si incluso le he prometido que le compraría el último modelo de teléfono móvil si pasaba de curso y ni así. No hay manera.-¿Cuándo ha sido la última vez que le ha dicho que no a algo que le pidiera?-Mmmm…pues…-Ya me lo imaginaba. Carla sabe que apruebe o suspenda, usted acabará comprándole el teléfono o cualquier otra cosa que se le ocurra en ese momento pedirle. Ser madre es un aprendizaje, pero, ser madre de una adolescente es una carrera de obstáculos. Ella, por inercia, lo va a intentar todo y, si está acostumbrada a tenerlo sin esforzarse, aún con más razón. Querrá su independencia y solamente le pedirá que esté cerca cuando a ella le interese. Podrá quejarse hasta llegar a la desesperación, ya que es una de las tácticas que emplean para conseguir sus propósitos. Pero también tiene unas obligaciones, igual que nosotras las tenemos con ella (como cuidarla, alimentarla, quererla y educarla). Carla debe responsabilizarse de sus actos. Si ella no ha trabajado ni ha estudiado lo suficiente, es Carla la responsable de la posible repetición de curso. No usted. Porque sé que usted ha hecho todo lo que ha podido. Sé lo que se ha involucrado. El no estudiar, no ayudar en casa, no mantener su habitación ordenada, etc., es responsabilidad de Carla. Tiene que asumir, ella, las consecuencias de las decisiones que va tomando a lo largo del día. Todas esas responsabilidades que adquiera ahora, le ayudarán y le prepararán para la vida adulta. No es nada fácil, claro está. Pero empiece por decirle “no”.-Esa es la parte más difícil para mí. Ambas estamos acostumbradas a los roles que hemos adquirido a lo largo de la convivencia. –Le digo con los ojos encharcados. Me siento responsable.-Lo sé. Y como le digo, no es nada fácil. Pero es una “inversión” que debe hacer ahora para ayudar a Carla a adquirir unas habilidades que le reforzarán para ser una buena persona en un futuro. Mire, ha suspendido tres asignaturas. Y tengo que decirle que le ha ido mejor de lo que el profesorado esperaba ya que en muchas de las asignaturas estaba “involucionando”. En este momento repetiría curso…y no pasaría nada si lo hiciera. Como le he dicho antes, Carla es la responsable de sus decisiones. Pero, viendo los resultados obtenidos, pensamos que puede pasar de curso con un último empujón. En dos semanas tiene las recuperaciones. Tiempo de sobra para que se esfuerce y apruebe las asignaturas. Mi recomendación es que sea otra persona la que le ayude a estudiar, que usted se mantenga en un segundo plano pero sin alejarse. Así podrá notar una mejoría en la convivencia. Y estoy pensando que…su compañera Mónica sería una buena opción. Además, creo que ayudaría para acabar de solucionar sus problemas personales. Hable con Carla. Hágale entender todo lo que aquí estamos hablando.-¿Y cómo lo hago? Carla no escucha. Mejor dicho, no me escucha. Da igual lo que le diga, ella siempre se sale con la suya.-Bueno, cambie de táctica. Afortunadamente a Carla le gusta leer. Pues aprovechémonos de ello. Escriba todo lo que hemos hablado, cómo se siente usted cuando ella se comporta de una determinada manera, lo que espera de Carla con cada decisión o norma que se establezca. Que lea todo lo que tenga que decirle. Esto le ayudará a romper la barrera que Carla se ha construido. Aunque no lo parezca, su hija la tiene como referente. Sus palabras me emocionan y me animan a intentarlo. Si Carla se tiene que esforzar, yo también lo haré.Cuando me he despedido de su tutora, cojo el móvil porque no he parado de notar la continua vibración dentro del bolso durante el tiempo que ha durado la entrevista. Como no, veinte mensajes de Carla. Todos sobre lo mismo…Que si voy a tardar, que me dé prisa, que llega tarde por mi culpa, que si voy ya a recogerla…Esto me duele más a mí que a ella. No, no voy a ir. Y tú tampoco.Lee el mail. Te he hecho “el resumen” que me pediste.Te quiero.(Enviar. Por algo se empieza. Leído.) Acabo de notar el pinchazo en el costado de la aguja de mi muñeca vudú. ​

Laura Borao - Carta a mi alumno

Carta a mi alumno

  Querido alumno,Querida alumna, Desde aquí arriba, en el escenario, observando, contemplando, fijándome en ti. En tus familiares. En sus sonrisas. En lo orgullosos que están (y estoy) de ti. Pensando y recorriendo por mi memoria todo lo que has vivido en esta etapa. Tu carita llena de nervios, de emociones que han ido generándose durante el curso e incluso durante toda la vida. Ya se acaba y por eso lloras. Seguro que has estado deseando millones de veces que llegara este momento. Pidiendo la liberación que se supone que te dará acabar esta etapa y ahora que estamos todos aquí, no querrías que fuera así. Pero el tiempo pasa y “todo llega”, como decía aquél. Ha llegado el momento de despedirnos, de decirnos “hasta luego” porque no soportamos decirnos “adiós”. Quiero que vuelvas. Tantas veces como te pida el corazón. Yo estaré aquí. Es una noche para repasar nuestras acciones. Las tuyas y las mías. Las que han sido acertadas como las que no. Las que se han hecho desde la rabia y las que llegan desde el corazón. Te has equivocado en alguna ocasión. Lo sabes. Pero es de sabios rectificar, aceptar el error y aprender de él. Todos lo hacemos. La vida es un aprendizaje y hay que avanzar. Te voy a ir adelantando algo por si aún no lo has captado: el camino te dará más de algún golpe, más de una piedra (algunas enormes) que te complicará el andar, que deberás saltar o bordear, y algún agujero que deberás saltar y si caes, sabrás salir de él. Lo importante es que serás tú quien elija cómo caminar por él. ¿Demasiado metafórico? Te lo explico. Me refiero a que eres tú quien elige estudiar (o no), quien escoge escuchar (o no), quien opta por enfadar a tus padres o a tus profesores (o no). Es tan sencillo (y tan complicado a la vez) como una cuestión de elección. Es una cuestión de actitud. Hoy has elegido estar aquí. Miras a tu alrededor y ves a tus compañeros, aquellos a los que en este instante son tus almas gemelas y a los que, en algún momento, lo fueron. Repasas mentalmente las anécdotas vividas con ellos y no puedes evitar agachar la cabeza, sonreír y emocionarte por cada segundo vivido con cada uno de ellos y que, tal vez, ya no los vuelvas a vivir. Y de nuevo te preguntas, “¿Podré hacerlo? ¿Podré caminar sin cogerme de la mano?” Claro que sí. Que esta etapa acabe no quiere decir que, lo que está por llegar, lo hagas en soledad (a no ser que tú lo elijas así). Muchos de tus compañeros seguirán tu camino, muchos de ellos junto a ti. Mira al otro lado. Ahí están tus padres, tu familia. Mira lo emocionados que están y es por ti. Seguramente también están reviviendo todo lo vivido desde que eras un bebé. Todas las risas, los llantos, los enfados y los buenos momentos pasan por sus mentes en estos instantes. Todos esos recuerdos anegan sus ojos. “¡Qué rápido pasa el tiempo!”, están pensando. Ellos te acompañarán siempre. Están muy orgullosos y confían en ti. Mientras tú miras a tu alrededor yo hago lo mismo con mis compañeros y me doy cuenta que estamos todos igual de emocionados. Nuestra labor ha acabado, hemos hecho un buen trabajo. Un año más llega el momento de las despedidas, de los abrazos, los “enhorabuena” y los “le echaré de menos, Seño”. Eso espero. Ahora es el momento de poner en práctica todo lo que te hemos enseñado, tanto tus padres como nosotros, tus profesores, en cada una de las etapas que hemos vivido juntos y que hoy te acompañamos aquí.Ahora tienes que demostrar que elegiste escucharnos, que algo de lo que dijimos e hicimos lo llevas tatuado en las entrañas. Te ayudarán en el viaje.Me quedo con que eres un poco de la esencia de cada uno de tus profesores, de los que vivimos nuestra profesión desde la pasión y el sentimiento. Mi último consejo, y tengo que reconocer que no es mío sino de una muy buena amiga que lo repite continuamente. Ahí va: persigue las tres “C”. Creer-Crear-Crecer. Cree en ti, en tus posibilidades, en lo que llevas dentro, en lo que llevas (llevamos) años instalando en tu interior. Cree para Crear. Crea todo aquello que te llene y que te complete. Eso te hará Crecer. Crecer como persona, emocionalmente. Esto te llevará al éxito. Sé que eres capaz de esto y de más. Hasta el infinito y más allá.Buen viaje. (A per totes! Sempre)     

Laura Borao - La caída de las plumas

La caída de las plumas

Si una tarde lluviosa de junio me descubro perdiéndome entre las lágrimas que se deslizan por la ventana, es que mi subconsciente me está pidiendo que pare, respire y oxigene mi mente. Son técnicas de distracción que utiliza para aliviar el excesivo trabajo de corrección que los docentes tenemos cada poco tiempo (y más en estas fechas). La verdad es que lo tiene fácil conmigo ya que no opongo demasiada resistencia. Seguro que bien oxigenada rindo más y mejor. Esto me recuerda una ilustración (que seguro que han visto en alguna de las redes sociales o en algún grupo de whatsapp) de un búho profesor en dos momentos diferentes del curso, en septiembre y en junio. Cómo empieza el curso con su birrete, sus gafitas y bien peinado; y cómo lo termina, sin birrete ni gafitas, con las pocas plumas  que le quedan y la mirada de psicópata. Graciosa por lo acertada.Muchos de nosotros, lamentablemente, nos sentimos identificados con este dibujo ya que empezamos cada curso con la ilusión de un año más, llenos de propósitos, proyectos, ganas de conocer a tus alumnos, llenos (ellos y nosotros) de aspiraciones y motivaciones. Incluso yo soy de las que, unos días antes, visito la papelería y huelo sus estanterías con los mil y un cachivaches,  me compro material de escritorio nuevo, mis bolígrafos de colores, rotuladores, libreta y agenda para estar preparada; la noche anterior duermo inquieta, nerviosa y emocionada por empezar. Ver sus caritas al día siguiente, algunas asustadas, otras dormidas y otras desafiantes. Un reto más, comienza el curso. “Empezamos en 3, 2, 1,…”. ¿Qué ocurre durante esos meses para que acabemos el curso “sin plumas” como el búho?Cada uno de nosotros vivimos unas circunstancias en las aulas pero, con vuestro permiso, voy a generalizar. El ritmo acelerado del día a día, acabar el temario (porque si no se da hasta la última página del libro se abre un agujero en el suelo indicando el fin del mundo), formarse y buscar nuevos métodos para llegar y apasionar a nuestros alumnos, la frustración que supone no conseguirlo, la indisciplina del alumnado, la diversidad que encontramos en el aula y los pocos recursos para poder atender a todos nuestros alumnos, la adquisición de responsabilidades que le corresponden más a las familias, la cantidad de burocracia que la administración nos demanda, el escaso reconocimiento de nuestra profesión, el cambio de valores y el robo de energía son algunas de las causas de nuestra “caída de plumas”. Hablemos de junio. ¿Ya? ¡Si hace dos días estábamos en marzo! Así sin más nos hemos plantado en el último mes de clases. Tercera evaluación, correcciones, Evaluación Final, correcciones, Festival, Graduación, preparar la convocatoria extraordinaria, últimas excursiones, viaje de fin de curso, juntas de evaluación, entrega de notas, etc. ¿Os suena? Además de lidiar con las circunstancias personales de cada uno, porque, aunque en ocasiones no lo parezca, somos personas, y todo esto se concentra solamente en un mes.Por esta y otras razones siempre digo que la profesión del docente hay que vivirla desde la pasión…o como les gusta llamarlo a otros, desde la vocación. De otra manera sería imposible sobrellevarlo cada día.Y es cuando piensas que ya no puedes resistirlo más, que no vas a sobrevivir al final de curso, que se te acerca uno de tus adolescentes (de los guerreros, de los que has invertido muchas más horas que con el resto para salvarlo de la nube de hormonas que le han acechado durante todo el curso) y te dice “Seño, ¿puedo darle un abrazo?”. Tardas unos segundos en reaccionar y entrecierras los ojos sospechando alguna maldad, confías en él y acabas dando el abrazo. Te sorprende porque lo mantiene, además es de los buenos, de los de oso. Y, justo cuando ha derribado la barrera de seguridad, acaba diciéndote “Gracias”. Una simple palabra que te da las fuerzas necesarias para seguir adelante y terminar.Acaba junio (y para algunos julio) sin plumas pero satisfecho por involucrarte, arriesgarte y dedicarte a la profesión más bonita del mundo.  ​

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