Persiguiendo la manada​

Cuando Candela aceptó la proposición de su amiga Nuria, no pensó en las consecuencias que le supondría romper la confianza de su madre. En aquel momento solamente visualizó que, tal vez así, Sonia y sus amigas por fin la aceptarían.Estaba jugando con fuego pero la sensación de formar parte del grupo, de no ser apartada o insultada o diana de sus bromas, le hizo expulsar un “De acuerdo, vamos” con cierto entusiasmo.Las dos niñas, ambas de 13 años e inseparables desde la infancia, describieron lo que, se suponía, un plan perfecto. No encontraban estrías que pudieran quebrar su asistencia a aquella fiesta en el parque con algunos compañeros de clase.¿Cuántas veces se había dicho que no importaba si no la querían en el grupo? ¿Cuántas veces había pensado que Nuria y ella eran suficientes? ¿Cuántas veces había llorado por las bromas e insultos por parte de sus compañeras?Tal y como se lo planteaba Nuria, aquel plan era su salvación. A partir de esa fiesta, ella sería una más del grupo. Estaba convencida.Estaba decidido, Candela dormiría en casa de Nuria aquel viernes en el que sus padres no estaban en la ciudad y se quedaba su hermano mayor al cuidado de aquellas adolescentes. Era la primera vez que Candela dormía en casa de Nuria sin que estuvieran sus padres.A Lola no le gustó la idea desde el principio, pero fue tal la insistencia de su hija primero y de ambas después, que no pudo negarse a aquella petición. Su pequeña se estaba haciendo mayor y debía de empezar a darle cierta libertad. Por mucho que Lola deseaba tenerla bajo su cobijo, protegida por sus alas o encerrada hasta los cuarenta, sabía que tenía que ir soltando ese cordón umbilical al que la tenía atada. Para ella, lo más importante era su hija, su felicidad y, en cambio,  su mayor preocupación era la inseguridad que le producía no saber si estaba educando correctamente a su hija.Aquellas pequeñas, que no se creían serlo tanto, sabían perfectamente cómo convencer a Lola para llevar a cabo su plan. Una vez conseguido el primer obstáculo, la visita aquella noche de la novia del hermano de Nuria facilitaría su distracción. Él no se enteraría jamás de la huida de su hermana y la amiga de ésta. Aguardaron a que el hermano de Nuria estuviera “entretenido” con su novia cuando él creía que las dos pequeñas estaban estudiando en su habitación. Eran buenas niñas, ¿por qué iba a desconfiar? Salieron sin hacer ningún ruido, casi bajo un entrenamiento ninja, cogieron el autobús que les llevaría a aquel parque donde se reunirían con las compañeras de clase. Fue más fácil de lo que imaginaron.Cuando llegaron, les sorprendió que hubiera tanta gente cargada con bolsas de plástico, repletas de alcohol y refrescos. Gente de su edad y más mayores. Adolescentes que buscaban alternativas para divertirse, reunirse y compartir aquellos momentos. Siempre formando grupos, “en manadas” pensó Candela y se sentía feliz porque, al fin, iba a pertenecer a una de esas manadas. Ella y Nuria formarían parte de un grupo de amigas, experimentarían juntas y demostrarían que dejaron atrás aquello de ser “las renacuajas” del grupo.Lo que no sabían Candela y Nuria que, por muy mayores que se creyeran, en realidad no lo eran. Por mucho que quisieran experimentar y probar cosas nuevas, no pensaron en los posibles daños colaterales que aquello les supondría.Al principio se divertían, se reían, bailaban, … Eran una más. Pero, alguna de aquellas compañeras se dio cuenta que no estaban bebiendo como el resto y ahí empezó la pesadilla.-Uy, uy, uy, que la Candelita y su amiga nos quieren tomar el pelo. Aquí no se viene a mirar. O estáis por completo o fuera.-Mira éstas, van de mayores pero siguen jugando con muñecas. –Dijo otra.-Tened. –Les ofreció Sonia una botella con líquido naranja.Las dos amigas se miraron aterrorizadas. Nunca habían probado el alcohol pero pensaron que si sus padres bebían alguna copa de vino en las cenas o en las celebraciones, tampoco pasaría nada si ellas también lo hacían. Al principio empezaron con algún trago de las botellas de refrescos que les ofrecían que, naturalmente, no era su único contenido. Empezaron a encontrarse mareadas, se les trababa la lengua y se reían por todo.-Candelita, ha llegado el momento de la prueba final. Después de esto, podrás pertenecer a nuestro grupo. Sé que lo estás deseando, pero para ello deberás obedecer y hacer lo que yo te diga. –Le ordenó la cabecilla.-No te vayas muy lejos que luego vas tú. –Le advirtió dirigiéndose a Nuria.Candela y Nuria sabían que ya habían bebido suficiente, empezaban a encontrarse incómodas y no querían seguir. Se sentían culpables por estar allí, pero…Si se iban, perderían aquella oportunidad y empeoraría la situación en el colegio.-Cande, Cande, Candelita se la va a beber enterita… -Empezaron a cantar, animándola a coger aquella botella.Candela cerró los ojos y con manos temblorosas se armó de valor y cogió la botella, esta vez rellena de un líquido amarillo. Empezó a beber. Oía a sus compañeras vitorear, animarla y  a aplaudir. Quería gustar, quería que, al menos, las dejaran vivir tranquilas, sin miedo a ser agredidas y apartadas. Aquello era su oportunidad. Al tercer trago empezó a encontrarse mal, bajó la botella y su cabeza empezó a dar vueltas.-Candelita, ¿demasiado para ti? –Le preguntó Sonia.-No me encuentro bien. Yo… –Dijo como pudo.-¡Dejadla en paz! –Gritó Nuria intentando defender a su amiga.Las chicas las rodearon y empezaron a increparlas. Para ellas ya no era divertido si Candela y Nuria no aceptaban sus propósitos. Empujones, insultos, algún estirón de pelo siguieron a las burlas. Estaban viviendo la peor de sus pesadillas, la situación había empeorado.Candela cada vez se encontraba peor. Su tez pálida contrastaba con la oscuridad de la noche, su cabeza no paraba de dar vueltas. Ya no se reía, solamente tenía ganas de cerrar los ojos y desaparecer. Intentó volver a beber de la botella que aún sujetaba, pero su cuerpo venció y cayó al suelo desmayada. Oía voces a lo lejos, risas y aplausos, Nuria llamándola, llorando. No podía abrir los ojos y a pesar de ello, solamente veía en su cabeza como sus compañeras la insultaban y se reían de ella. Dando vueltas y más vueltas. Silencio… Cuando Candela despertó un sabor agrio le hizo recordar algún momento de la noche anterior. El ardor en el estómago, la acidez, el cansancio o el malestar general le hicieron prometerse que nunca más. ¿Por qué lo había hecho? Ella no quería beber, solamente integrarse, que la aceptaran… ¿Cómo respondieron ellas? Cada vez que llegaban imágenes a su mente, se desesperaba porque cayó en la cuenta que solamente las invitaron para seguir con el propósito de divertirse a costa de su amiga Nuria y de ella. ¿Cómo podían haber caído en la trampa?Se tumbó de nuevo, miró a su alrededor. No estaba en casa de Nuria. Aquella era su cama. “Oh, no”, pensó. En ese instante recordó la mirada triste de su madre cuando la recogió del suelo de aquel parque, semiinconsciente. Se tapó los ojos con la almohada, avergonzada.-¿Cande? –Entró en ese instante su madre.-Mamá, yo… Lo siento mucho, mamá.-¿Qué pasó anoche? –Le preguntó Lola haciendo acopio de todas sus fuerzas para no gritarle que había sido una inconsciente. –Ayer me asusté muchísimo cuando me llamó Nuria para decirme que no reaccionabas. En ese momento noté cómo arrancaban mi corazón del pecho. Me gustaría que me lo contaras porque me quedaría más tranquila.Cuando Candela le contó a su madre todo lo acontecido aquella noche (o lo que recordaba de ella), no pudo evitar enlazar la historia con lo que estaba ocurriendo desde hacía semanas en el colegio. Lola estaba realmente angustiada con todo aquello que le estaba narrando su hija. ¿Por qué no le había dicho nada con anterioridad? ¿No confiaba en ella? Se levantó de la cama porque necesitaba ordenar sus pensamientos, respirar hondo y recordar todo aquello que había leído sobre como sobrevivir a un hijo adolescente.-Mira, cariño, siento mucho todo lo que te hacen esas niñas y cómo te hacen sentir… Hasta tal punto que te sientas en la “obligación” de beber para poder integrarte en el grupo. Debías de haber confiado en mí o, si querías resolverlo por tu cuenta, haber acudido a tu tutora. Ella también te podría haber ayudado y me hubiera informado. Tal vez hubiéramos evitado el episodio de anoche. Por ellas ya no te tienes que preocupar. El colegio y yo buscaremos soluciones.–Paró, respiró y continuó. –Pero debes aprender que las personas que buscan que hagas algo que tú no quieres hacer, no son buenas personas y no quieren lo mejor para ti. No quieren tu amistad y, en este caso, lo has comprobado por las malas. No vale la pena esforzarte por pertenecer a su grupo de amigas. Simplemente di “NO”. Cande, hija, siempre te he enseñado que cada uno elige el camino que quiere llevar y por ello es responsable de lo que eso conlleve. Por mucho que me duela, no puedo dejar pasar que ayer me engañaste, rompiste la confianza que tenemos y decidiste beber alcohol con 13 años. ¿Sabes las consecuencias de beber a tu edad? ¿Lo que puede llegar a hacer en tu cuerpo? En casa hay unas normas y, desde pequeña te he enseñado que se tienen que respetar. Hay unos límites que no hay que traspasar y que van acorde con tu edad. Sé que te vas sintiendo mayor, ya no tienes los mismos intereses que antes, quieres experimentar, probar, … Confía en mí, Cande. Pregúntame si necesitas saber algo que has oído o visto. Puedes hablar conmigo. Investigaremos y reflexionaremos juntas. Pero, ahora debes responsabilizarte de tus acciones.Candela la miraba con los ojos encharcados. Sabía que la había defraudado y decepcionado con su actitud. Sabía que lo había hecho mal y debía asumirlo con todas sus consecuencias. Además se encontraba fatal. Cada vez tenía más claro que Sonia y sus amigas no valían la pena. Su mejor amiga era Nuria y con eso le bastaba. Seguro que a lo largo de su vida conocería a otra gente y haría buenas amistades.-Tesoro, ahora ve a la ducha. Concédete unos minutos para la reflexión porque vas a ser tú quien te ponga el castigo. Lo hablamos luego, en el desayuno y llegamos a un acuerdo de responsabilidades. ¿De acuerdo? –Candela afirmó con la cabeza.-Anda, ven. –Le pidió Lola para fundirse en un abrazo que en ese momento no supo a quién le hacía más falta.​

Mi primera vez​

-…¡Lo-la! ¡Lola, tu hija, no reacciona! Por favor, ven.Las peores palabras que puedes oír a las dos de la madrugada la primera noche que tu hija duerme fuera de casa. El corazón se paraliza y a tu alrededor todo se tambalea.- ¡¿Cómo?! – Respondo al teléfono sin saber si estoy soñando. Por favor que sea un sueño, una pesadilla cruel que elige la peor de tus preocupaciones.-¡¿Candela?! Pero, ¿está bien? ¿Qué ha pasado? Nuria, ahora voy a tu casa.-Bueno, hemos bebido un poco. Es que… Creo que ella un poco más. No sé. Lola, ven ya. Pero no estamos en mi casa. Nos vinimos al parque de…Cuelgo el teléfono antes de que la mejor amiga de mi hija pueda decirme exactamente dónde se encuentran. Ahora la llamaré desde el coche, pero me imagino a qué parque se refiere…Ese al que no le dejo ir.No puedo pensar con claridad. Respiro de manera incontrolada, mi pequeña, ¿qué ha ocurrido? Todo mi cuerpo tiembla. No debería haberle dejado dormir en casa de Nuria sin estar sus padres en casa. No fue buena idea, lo sé, pero insistió tanto, tanto, tanto… Y me miró con aquella carita de inocencia perenne, con mirada de cachorro abandonado un día de lluvia que me pudo y me convenció.¿Dónde está el hermano de Núria? Era él el responsable de su cuidado. Él se quedaba en casa con las niñas y les ayudaría a estudiar.No puede ser, ¿en qué estaba pensando? Soy la peor madre del mundo. Si le ha pasado algo… Yo… Yo… Tendría que haberle dicho que no. Es sencillo, primero la N y luego la O, NO. Pero, con 13 años tiene un poder hipnotizador que borra la palabra de mi vocabulario. Yo confiaba en ella y, ahora, ¿Candela bebiendo alcohol? No me lo puedo creer, si es solamente una niña. Sí, una niña que encontraré ahogada entre botellas haciendo “botellón”. Todo por mi culpa. Lola, deja de darle tantas vueltas y muévete.Creo que nunca me he vestido tan rápido en mi vida, ni siquiera compruebo si los zapatos que he cogido son del mismo modelo. Lo importante es ella. Tengo que verla y asegurarme que está bien. Mi pequeña…Cuando llego al parque, mi primera vez, -la (mala) fama le hace justicia- aparco en segunda fila porque no quiero entretenerme en buscar un espacio libre. Me sorprendo al ver a la cantidad de gente, adolescentes, concentrada en aquel lugar y una tira de coches aparcados en doble fila con los cuatro intermitentes puestos. Seguramente de padres que vienen a recoger a sus hijos y se quedan en un segundo plano a esperar a que ellos se decidan a marcharse. Tienen taxi asegurado. Me quedo pensando en ello más de lo que me hubiera gustado ya que tengo que encontrar a Nuria y a Candela, pero, pronto seré una de esos padres que esperan para asegurarse que llegan bien a casa.Voy hacia la jauría de gente y me voy tropezando con botellas de todo tipo, niños tirados por el suelo, otros bailando música cuyas letras admiten hechos denigrantes, fumando cigarrillos que no huelen a cigarrillos, miradas de enfado por haber traspasado su santuario, … Pero todo aquello me da igual, yo solamente quiero comprobar que Candela se encuentra bien. Ya hablaremos después de todo lo que estoy viendo.Cuando llego hasta ellas, Nuria me mira con ojos culpables llenos de preocupación.-Es que no sabía qué hacer. Y yo no quería molestarte, pero, no sé, Candela no reaccionaba y me asusté. –Me dice su amiga y parece sincera.-¿Qué ha pasado? ¿Cande? ¡¿Cande?!Nuria intenta contarme todo lo que ha ocurrido, pero no puedo llegar a escucharla, me preocupo por mi hija, tirada en el suelo. Dormida.-…Justo antes de que llegaras, ha vomitado varias veces y parecía que se encontraba mejor. Pero sigue sin reaccionar. Yo… Yo, lo siento de verdad. No quería que esto pasara pero pensé que sería buena idea venir con unos amigos del colegio. Pero, es que…, Candela no supo frenar y yo no quise dejarla sola…-¿Dónde están esos amigos del colegio? –Le pregunto al darme cuenta que aquí, a nuestro alrededor, no hay nadie más. Estamos apartadas del bullicio.-Verás, es que…, se han ido. –Me dice con los ojos anegados en lágrimas. Realmente está asustada. La han dejado sola con mi hija, seguro que cuando vieron que la situación les vino grande. Le miro comprensiva y le estrecho la mano agradeciendo que se quedara con Cande.Cojo una botellita de agua de mi bolso y, llenándome la palma de la mano varias veces, le remojo la cara y la nuca. Le pellizco los mofletes e intento no zarandearla con demasiada potencia. Parece que reacciona, abre los ojos entornándolos, fija la mirada en los míos y sonríe, tranquila. Está a salvo y yo, también de darme un paro cardíaco.-Nuria, cariño, nos vamos a casa ¿vale? Avisa a tu hermano que duermes con nosotras y que mañana te acercaré yo misma. Que no se preocupe que estáis bien.-No puedo hacerlo, Lola. Me matará si se entera. Es que… Él… Él no sabe que nos hemos ido sin que se enterara.-¿Y no crees que será peor si te llevo a casa y te ve en estas condiciones? –Le digo aunque estoy convencida que el susto le ha bajado parte del alcohol a los pies.Asiente y escribe en su teléfono.Entre las dos levantamos a Cande del suelo, le sacudimos la ropa llena de polvo y restos de… Mejor no pensarlo. Cada una la coge de un brazo y disimuladamente, intentando no llamar demasiado la atención, atravesamos el parque para llegar hasta el coche y poder salir de allí. En el recorrido, oímos cuchicheos, vítores y aplausos, e incluso, algún “Bien hecho” o “La has pillado gorda. Así se hace.” Estoy a nada de parar en seco y ponerlos a todos firmes, darles bolsas de basura y que recojan toda aquella porquería antes de marcharse. De repente me doy cuenta que estoy hablando como lo haría mi madre. Dejo pasar los comentarios y nos vamos hacia el coche. Tenemos que salir lo antes posible de aquí porque acabaré vomitando yo.En el camino a casa, Nuria acaba durmiéndose también. Las observo y no puedo dejar de pensar en qué momento dejaron de ser unas niñas, mis niñas. Calcomanías, las llamábamos porque siempre querían hacer lo mismo que la otra, o ponerse la misma ropa e incluso peinarse igual. Y aunque cada una tiene su propia personalidad, son inseparables. Mira, incluso su primera borrachera ha sido juntas. Niego sola ante mi ocurrencia.Cuando llegamos a casa, entre Nuria y yo la llevamos a la habitación. Le presto un pijama y se acuesta.-Mi hermano me va a matar, Lola. ¿Me adoptarías?-No te va a matar, Cielo. Tranquila. Te adopte o no, tenemos una conversación pendiente que la dejo para mañana. Tu hermano te adora…-No, no, de verdad. Me acaba de contestar y me dice literalmente “Mañana te mato” y con muchos emoticonos de calaveras y cuchillos.No puedo evitar reírme ante la cara de pánico de Nuria. En las consecuencias deberían haber pensado antes de escaparse. Otra vez aparece la voz de mi madre. ¡Qué sabia era y yo no me daba cuenta!Cuando desvisto a Cande, su ropa y su piel huelen tan mal que decido darle un baño. Creo que quemaré la ropa en la hoguera en una ceremonia ancestral para pedir a todos los dioses que mi pequeña no vuelva a pensar que ya es adulta para tomar este tipo de decisiones.Como puedo, con mucho cuidado de no acabar yo haciendo el pino puente en la bañera, la meto despacio en el agua y la voy enjabonando como cuando era mi pequeña princesa. Aquella época en la que confiaba tanto en su madre que me contaba todo lo que le pasase por la cabeza. Ni cuando le enjuagaba el pelo y le caía agua por la cara paraba de hablar. ¿Dónde está aquella princesita? ¿Desaparece con un número indeterminado de lavados?Ahora, en este preciso instante, con su cuerpo lánguido, en un estado semiinconsciente, me permito derramar las lágrimas que han resistido salir.¿Cómo la he educado estos años para que acabe hoy así? Que los adolescentes tienen que experimentar lo tengo claro; que quieran demostrar ser más mayores, también; que quieran pertenecer a un grupo, de acuerdo… Pero, ¿tiene que ser bebiendo tal barbaridad de alcohol que le haga caer inconsciente? Mañana tengo que hablar seriamente con ellas, que me hablen de esas amistades, explicarles los peligros que conlleva el consumo de alcohol y drogas, sus consecuencias. Ojalá lo hubiera hecho antes. En fin, tendré que enfrentarme a ello mañana, hacerme a la idea de que se hace mayor y pedir que pase rápido.La cojo de nuevo en brazos para acostarla, es tan adorable que no puedo entender cómo ha cometido tal error esta noche. ¿Por qué?-Mmmm, mami… -Me dice al dejarla en la cama y vuelve a dormirse plácidamente. En unas horas despertará deseando arrancarse la cabeza…Otra de las consecuencias…-Cande no quería beber tanto, de verdad. Ellos la obligaron. Se reían de ella y luego se largaron.Nuria interrumpe mis pensamientos, pero al girarme, sigue dormida.¿Ellos? ​

De otro planeta​

De otro planeta (o es lo que me parece a mí) somos algunos (muchos) profesores / maestros a los que nos apasiona nuestro trabajo, la educación; disfrutamos con nuestros alumnos y no nos importa crecer con ellos, es más, nos lo pide el cuerpo.Pues sí, debemos ser extraterrestres venidos de algún planeta aún por descubrir. Más de uno seguro que lo piensa en el sentido amplio de la palabra, pero, ¿qué le vamos a hacer? Somos de aquella clase de personas que invertimos tiempo (más del aconsejado) durante las vacaciones, los fines de semana, las tardes e incluso en sueños y que intentamos maquinar diferentes formas de llegar a Ellos. Y, sin embargo, somos felices intentándolo, esforzándonos, porque, en nuestro contexto educativo, son lo más importante y nosotros, los responsables (o al menos, uno de ellos).Hemos pasado el verano (o parte de él, porque también necesitamos descansar y desconectar) programando, creando, organizando e investigando la fórmula de la eterna juventud, digo…, la fórmula para conectar con nuestros alumnos.¿Es sano? Algunos (tal vez muchos, demasiados) dirían que no, pero a los “extraterrestres” nos apasiona crear recursos nuevos, creer que es posible entusiasmar a nuestros alumnos, sea cual sea la materia que se imparta, y crecer (en todos los sentidos) al mirarles a los ojos y verles ilusionados por aprender, por querer saber qué les puedes aportar (y no solamente hablo de conceptos).Y después de todo eso, aún así, viviremos un nuevo curso lleno de incertidumbres aplicando “fórmulas” antiguas, otras mejoradas y las de nueva creación, sin saber con exactitud cuáles funcionarán mejor ya que nos guardan muchas sorpresas que nos irán descubriendo y, todo ello, será lo que haga tan interesante nuestra labor. Lo importante es (querer) estar preparado.Estos días de final de verano, los grupos de whatsapp se llenan de “memes” introducidos por “Para los profes del grupo” sabiendo, antes de descargar la imagen, qué es lo que vamos a encontrar.Los que somos de otro planeta, ponemos los ojos en blanco y escribimos con total sinceridad: “Pues a mí me apetece volver”. Volver a sentir el bullicio, los reproches, el estridente ruido al arrastrar una silla o un pupitre, los balonazos en el patio, los objetos lanzados cuando piensan que no miramos, las correcciones, las imitaciones que hacen de sus profes, las faltas de ortografía, la apatía, las hormonas revoloteando y llenándolo todo de una esencia espesa,…, pero también, deseosa de sentir el compañerismo, las sonrisas, los juegos, la pasión, las ansias por aprender, los retos, la ilusión, los abrazos y el crecimiento mutuo.Sentir…Cómo, días antes al inicio de curso, nos encontramos en nuestros lugares fetiche (papelerías y librerías) y nos reconocemos en una mirada de soslayo, nos sonreímos y afirmamos con la cabeza. “Sí, yo también”, pensamos cargados con un sinfín de material en el carrito de la compra, preparados para organizarlo todo.Cómo nos animamos, ilusionamos y motivamos si alguno de nosotros desfallece ante las inseguridades que provocan, en ocasiones, las nuevas tecnologías o nuevas asignaturas o, incluso, el nuevo curso. Porque ante todo somos habitantes de otro planeta, especie a la que investigar que, como buenos “hermanos”, juntos somos invencibles.Cómo cogemos de la manita a uno de nuestros alumnos el primer día de clase, para acompañarlo al aula y algo te impide avanzar. Hasta que eres consciente que es su mamá/papá que agarra fuerte su otra manita por miedo a abandonarlo allí. Te mira a los ojos y te pide en silencio que confía en ti lo suficiente para dejarte a su tesoro más preciado el resto del día. Sonríes. Lo suelta  y te conviertes en su mamá del cole a partir de ese instante.Cómo vivimos la enseñanza desde la pasión. Es increíble dedicarse a la profesión más bonita del mundo… Aunque seamos de otro planeta, ¿verdad? ¡Qué la fuerza nos acompañe! (Por lo menos hasta final de curso).​

Laura Borao - HOLIDAYS

Holidays

¡Por fin vacaciones! Ah, no, espera un poco que no, que no nos vamos todavía. Voy a confesaros algo, resulta que aquello de “¡Qué bien viven los profesores con tres meses de vacaciones!” , es mentira. Un familiar siempre me decía: “El mejor empleo del mundo es el trabajo de un cura, el sueldo de un ministro y las vacaciones de un maestro”.Para las nuevas generaciones de futuros maestros, no escojáis nunca la educación por las supuestas vacaciones que se tienen. No os compensarán si realmente no lo hacéis de corazón. Seguramente muchos de los que lean estas líneas conocerán a más de un docente que ya esté de vacaciones, haberlos haylos, pero no hay que generalizar ya que hay muchos otros que seguimos trabajando en el centro o en casa o en la playa o en el pueblo de los abuelos…Porque, quien es profesor de vocación (de los de verdad), le resulta muy complicado desconectar, dejar de preparar sus clases para el curso que viene, mejorar aspectos que no le funcionaron, innovar para sus futuras clases o se plantea (debería siempre) algunos cambios aunque el curso pasado haya funcionado…Porque ser profesor no es solamente “tener muchas vacaciones”. Están formando y colaborando estrechamente con las familias (las que se implican que, afortunadamente son muchas) para educar personas que el día de mañana serán nuestros mecánicos, ingenieros, dependientes, médicos o granjeros, que, casualmente, son los hijos de la gente que infravalora esta profesión. Aún queda un poco más. Un último esfuerzo. Un último empujón. Un último intento. Solamente quedan unas recuperaciones, unas pocas memorias más, unas cuantas programaciones, muchas reuniones, no nos olvidemos de la confección de los distintos planes de mejora de los anteriores planes de mejora o unas revisiones de todos los planes confeccionados durante el curso, que no ganamos para todas las siglas que utilizamos.Por favor, hagan llegar unos sacos de automotivaciones. Unos “Tú puedes” (o “You can” que parece que si te lo dicen en inglés lleva doble dosis), unos más de “Eres bueno” o  “Ellos no podrán contigo” no estarían nada mal en estas fechas en las que nos encontramos. Quien es padre/madre sabe lo que cuesta educar a un hijo. Lo que cuesta que adquiera unas habilidades, que sea respetuoso, amable, constante, que además estudie, etc. Todas esas labores, dependiendo de la etapa (cada una tiene su aquel, no nos confiemos), que se trabajan en casa y que la escuela colabora a seguir adelante y en muchas ocasiones esa labor no es valorada lo suficiente por tener “muchas vacaciones”. Y es curioso que cuando más se acuerdan de ellos es en la época estival, durante las vacaciones que comparten con sus hijos, cuando pasan más tiempo con ellos que dicen “¡Qué ganas tengo de que empiece el colegio!” ¿Ah, si? Otros, afortunadamente, empatizan con la labor docente sabiendo las dificultades que ellos encuentran teniendo uno, dos o tres hijos. ¿Qué pasa cuando entras en clase con 25 o 30 personitas tan diferentes entre ellos? ¿Cómo resuelves esa ecuación? Pues de la mejor manera posible, respirando hondo, sonriendo, aplicando el sentido común y recordando por qué te hiciste profesor…Para aprender de cada uno de ellos mientras intentas enseñarles algo. Quien tiene un docente cerca o convive con él (tiene un tesoro), seguro que habrá lanzado frases como: “Siempre estás trabajando”, “¿Qué haces con esas cartulinas?”, “Deja de corregir y descansa” o “Apruébales a todos”. Y ellos te habrán contestado, “Sí, acabo ya. Es que tengo que prepararme la clase de mañana para hacerla más motivadora”, “Es que tengo a Pepito que no sé qué le pasa y estoy investigando para ver cómo puedo llegar a él” o “Espera que conteste este correo de la madre de Pepita y voy a cenar”. Yo soy una privilegiada, y no por las vacaciones, sino por poder trabajar en lo que me apasiona y saber que cada uno de mis alumnos se lleva un pedacito de mí (y yo de ellos). ¡Seguimos luchando!  ​

Soldadito de plomo​

-Todos tendríais que aprender de Mónica. No puedo más que deciros que es la alumna perfecta: es respetuosa, participativa, os ayuda cada vez que la necesitáis y además se esfuerza para mejorar sus notas cada día. Fijaos en ella y llegaréis lejos. –Sermoneaba Maite a sus alumnos tras los resultados de la 1ª evaluación. En ese instante Mónica no podía más que agachar la cabeza para disimular su rubor. No le gustaban nada ese tipo de alabanzas públicas. Para ella, ya tenía suficiente con conseguir la máxima nota en cada asignatura. Era su responsabilidad esforzarse y trabajar cada día si quería que le concedieran la beca a la que aspiraba para poder estudiar en uno de los mejores colegios de la ciudad. Su objetivo final era ser doctora y para ello debía luchar hasta el final.Aunque a ella siempre le había gustado mantenerse en segundo plano, sin demasiados reconocimientos, sí que estaba feliz por los resultados obtenidos. No podía esperar para llegar a casa y contárselo a sus padres. Estarían muy orgullosos de ella y era aquello lo que realmente quería.Con la enfermedad de su madre y su imposibilidad de trabajar, tenía que esforzarse al máximo para que sus padres no se preocuparan por el dinero que podía costarles su educación. No quería ser una carga para ellos y a testaruda no le ganaba nadie. -Mónica, ¿diles a tus compañeros qué quieres ser de mayor? ¿Mónica? –Insistió Maite al ver que no reaccionaba.-Disculpe, seño. Eh, sí, bueno, quiero estudiar medicina e investigar sobre la fibromialgia y encontrar su cura. –Contestó en un hilo de voz, avergonzada ante la mirada de sus compañeros.-Fibro ¿qué? –Gritó uno de los alumnos con cara de asco.-Debe de ser una de esas enfermedades raras que le hacen ser una empollona. Ya sabemos su secreto. Por eso es tan lista, Mónica tiene “fibomalgia” –Espetó Carla con su habitual retintín, rompiendo a reír con su ocurrencia.-Ya está bien, chicos, chicas.  Por el revuelo que oigo, supongo que será porque no sabéis de qué trata esta enfermedad, ya tenéis trabajo para el fin de semana. Quiero que investiguéis sobre la “Fibromialgia”. –Sentenció su profesora que pensó que sería un buen tema para que empatizaran con Mónica.-Oohh, ¿en serio? El fin de semana es para descansar. –Protestó David.“Creo que tú descansas a diario, de ahí los resultados”, pensó Mónica ante el comentario de su compañero ya que la mayoría de la clase, cuando llegaban a casa, se dedicaban horas a comentar cada segundo de sus vidas en las redes sociales o a pasar el rato en el parque del barrio o tirados en el sofá. “Todo muy productivo”, pensó.-Gracias, Mónica. –Le dijo Mamen mirándola directamente a los ojos.Por una fracción de segundo, Mónica se emocionó al oír las palabras de su compañera…hasta que se dio cuenta que ese “Gracias” iba cargado de veneno.-Seño, no hace falta que… -Intentó pedirle a su profesora que quitara el trabajo pero sonó el timbre y ya no hubo posible discusión. Mientras Mónica recogía su pupitre, sus compañeros ya estaban preparados para salir. “Los últimos para entrar, los primeros para salir”, dijo para sí misma. Un empujón al pasar, un “Ya te vale”, otro empujón, una mano que pasa por encima de la mesa tirando sus cosas al suelo, “Idiota. Espero que hagas tú el trabajo y nos lo pases al resto” acompañado de varios codazos, fueron mensajes suficientes para que a Mónica le quedara claro que sus compañeros la odiaban.¿Cómo podían haberse puesto todos de acuerdo, sin hablar con anterioridad, para rodearla e increparla disimuladamente sin que la profesora se diera cuenta?“¿Era a esto a lo que se dedicaban todas las tardes? ¿A planear estrategias de ataque sin parecer culpables?”, se dijo Mónica con rabia mientras recogía sus cosas del suelo.-¿Estás bien, Mónica? –Le preguntó Maite desde su mesa al darse cuenta que estaba agachada.-Sí, sí, seño, no se preocupe. Se me han caído las cosas. Soy un poco patosa. –Le contestó ella. No quería más problemas con sus compañeros y sabía que los tendría si le contaba lo ocurrido a su profesora.“Se les pasará y todo volverá a la normalidad”, intentó convencerse. Pero…pasaban las semanas y aquella situación no mejoraba. “Empollona” o “Listilla” eran algunos de los motes con los que sus compañeros se referían a ella de forma despectiva. Era como un ovillo de lana que cada vez iba haciéndose más grande y más grande y más…¿Cómo podía Mónica salvar aquella situación? No quería preocupar a sus padres y tampoco se lo podía decir a su profesora porque empeoraría la relación con sus compañeros. “Ah, ¿pero que puede ir a peor?”, le preguntó su subconsciente. -Mónica. ¡Qué bien que ya estés aquí! Quería hablar contigo a solas. –Le sorprendió Maite y cortó sus pensamientos.Llevaba un tiempo llegando demasiado temprano a clase para no “tropezarse” (o para que ellos no se “tropezaran” con ella) con sus compañeros. Se iba a su pupitre y esperaba leyendo a que llegaran sus profesores. Al final del día salía la última entreteniéndose más de lo esperado para que, cuando saliera, todos se hubieran ido a casa.-¿Hablar conmigo? ¿Ocurre algo? –Le preguntó un tanto alarmada.¿Era la primera vez que uno de sus profesores quería hablar con ella? Tal vez no, pero para ella sí era la primera vez que ocultaba algo y se sentía que, de un momento a otro, la descubrirían.-Mónica, tus profesores llevan días comentándome que no eres la misma de siempre. Incluso yo misma te veo más distraída, menos participativa y más pendiente de los comentarios que hacen tus compañeros de clase. Algo te pasa. Lo sé. ¿Es tu madre? ¿Ha empeorado? ¿Necesitáis algo? Sabes que puedes contar conmigo para lo que quieras. Te sentará bien desahogarte. –Le dijo Maite mientras le cogía las manos temblorosas de Mónica.-Es que no sé si es la mejor opción. Seguro que he tenido yo la culpa, pero, yo no quiero perder la opción a la beca. He luchado mucho. Tal vez debería cambiar y ser menos empollona. Si se enteran que he hablado con usted… -Estaba tan nerviosa que no sabía qué decir exactamente.-Cariño, ¿qué pasa? Me estás asustando. Deja de temblar. Todo saldrá bien pero, para poder ayudarte, tienes que empezar por el principio. No he entendido nada de lo que me has dicho. ¿La culpa de qué? ¿La beca? Mónica, confía en mí. Lo que sea no puedes guardarlo por más tiempo. –Le pedía Maite mientras le acariciaba el pelo para tranquilizarla.Mónica tenía la mirada perdida, pensativa. Estaba analizando la situación. ¿Se arriesgaba y le contaba a su profesora todo lo que le hacían algunos de sus compañeros? ¿Y si ellos se lo tomaban mal y no acababa nunca? ¿Podría vivir durante más tiempo con el miedo y la ansiedad metida en el cuerpo?Después de meditarlo durante unos minutos ante la atenta mirada de Maite que realmente estaba preocupada, se decidió.-¿Se acuerda cuando usted repartió las notas de la 1ª evaluación? Allí empezó todo…Así, por orden de los acontecimientos, Mónica le contó con todo detalle lo que pasaba con sus compañeros. Sin guardarse nada pues llevaba mucho tiempo escondiéndose y guardando silencio. Ya no podía resistirlo más. Cuando terminó de hablar, despertó de aquel trance y miró a su tutora. No fue hasta ese momento que no se dio cuenta que Maite tenía los ojos encharcados y que ella estaba llorando. ¿Cuándo había empezado a hacerlo?-Siento marearla con esto. Seguramente pensará que es una tontería. –Se disculpó Mónica.-Solamente podría pensar que es una tontería si tú lo ves así. Y si realmente te afecta hasta el punto de cambiar tus hábitos por miedo a las reacciones de tus compañeros, es que no lo es. Has hecho bien en contármelo para poner remedio de inmediato y que no se vuelva a dar una situación así. Hay problemas que si los dejas pasar se enquistan y es difícil de gestionar…para ti y para los adultos que te ayudan a solucionarlo. Has sido muy valiente, Mónica.Ella no se sentía así ya que si su profesora no le hubiera preguntado, ni ella misma sabía qué hubiera hecho. Pero, ahora ya había soltado la bestia que llevaba dentro y que poco a poco la estaba consumiendo.-Ahora, Mónica, no te tienes que preocupar por nada. Solamente te voy a pedir que cualquier detalle, por muy pequeño que sea, confíes en mí y me lo cuentes. Así te podré ayudar. –Prosiguió Maite dándole un abrazo. Confiaba en su profesora pero aún le quedaba un atisbo de duda. No por ella. Sabía que Maite haría todo lo posible, pero no sabía si sus compañeros le harían caso. ¿Qué pasaría cuando ella no estuviera delante? ¿Y camino a casa? ¿Se enfadarían aún más?Durante los primeros días después de aquella conversación, Mónica aún no era la misma de siempre. Seguía el mismo protocolo de alerta que utilizaba últimamente: llegar la primera e irse la última, cambiar la ruta de regreso a casa o quedarse en clase con cualquier excusa para no ir al recreo. Pero, sorprendentemente, no sabía qué magia había utilizado su profesora que había funcionado. No eran sus amigos, ni pretendía que lo fueran. Ella ya tenía los suyos. Pero se mantuvieron alejados y eso a ella le sobraba para poder vivir en tranquilidad y volver a su propósito inicial. Se sentía aliviada. Por fin llegó final de curso y, afortunadamente “aquel tropiezo” no mermó en los resultados. Solamente con ver los ojos de su madre, emocionados, ya valía la pena. El resto, era secundario.Cuando salieron de la clase, después de la entrevista con su profesora, se encontraron con la madre de otra esperando. “Mamá, no te pares a hablar, por favor”, pensó Mónica al reconocer a aquella mujer.-Bueno, ahora veremos cómo ha salido. Siento que su hija haya suspendido.-¿Suspendido? Ah, no, no. Lo dice porque estamos llorando, pero es porque nos hemos emocionado al despedirnos de la tutora de Mónica. Ha sido un buen año. Su profesora le ha apoyado y ayudado mucho. Ha sido una segunda madre para ella y la echaremos de menos. Las notas han ido muy bien. La verdad es que no me puedo quejar. Mónica es una niña muy responsable y tal cómo están las cosas y todo lo que se oye por ahí, estoy muy contenta.Mónica cogía tan fuerte la mano de su madre que pensó que acabaría haciéndole daño. Por fin se despidieron y se alejaron de allí.-Mami, es la mamá de Carla Ruiz. –Le dijo Mónica una vez se habían alejado por el pasillo.Su madre sabía quién era aquella niña. Cuando la tutora les llamó para una entrevista y les contó lo que ocurría, lo primero que pensó (y le dolió) fue que su hija no había confiado en ella. Pero, ella era responsable de sus decisiones y seguramente lo había hecho para no preocuparlos. -Moni, tesoro, ponte al teléfono. Es tu tutora que quiere pedirte un favor. –Le dijo su madre con una cara de complicidad.“Algo traman”, pensó Mónica cuando se acercó para coger el teléfono.-Seño, no me puede pedir tal cosa. ¿No se acuerda lo que pasó?-Claro que me acuerdo, Mónica. Pero creo que podéis ayudaros mutuamente. Será una buena oportunidad de conoceros realmente. Creo realmente que podéis congeniar. –Intentó Maite convencerla. Al día siguiente Carla llegó diez minutos tarde a casa de Mónica. Durante aquel tiempo de espera no hacía más que pensar que había sido una mala idea. ¿Cómo se le ocurría a su tutora que ella le diera clases precisamente a Carla? Ella no fue de las que más la increparon, pero sí de las que consintió que el resto de sus amigos lo hicieran. Pero, le debía mucho a su tutora y no pudo negarse a su petición.Cuando por fin Carla se dignó a aparecer, su cara reflejaba las ganas que tenía de estar allí. Ninguna. Seguramente su madre le había obligado a levantarse para acudir.Los primeros minutos fueron tensos, pero para Mónica no era la primera vez que daba clases particulares a otros compañeros y sabía cómo lidiar con la falta de ganas y con la desmotivación.Cuando llevaban más de una hora trabajando juntas, se oyó el portazo de la puerta de la calle. Alguien había entrado. Pero…a los pocos segundos, otro estruendo. Carla y Mónica se miraron. Los ojos de Mónica se abrieron y tardó un nanosegundo en levantarse y salir corriendo de la habitación.-¡Mamá! Tranquila, ya lo recojo yo. –Le dijo su hija con toda la tranquilidad que podía demostrar. Desgraciadamente había vivido demasiadas escenas de aquel tipo.“Soldadito de plomo, tesoro”, oyó Carla que le decía a su hija. La escena le sorprendió. La madre de Mónica estaba allí de pie, junto a la puerta, las bolsas de la compra derramadas por el suelo y su compañera recogiéndolas. Tardó un par de segundos en reaccionar hasta que se vio allí arrodillada, ayudando. Levantó la mirada y vio a aquella mujer que tendría la edad de su madre, pero le sorprendió su postura rígida, curvada hacia delante y la expresión de dolor de su rostro. Un “Vamos” de Mónica le sorprendió. Carla se quedó parada, sin saber qué hacer. ¿Cómo iba a dejarla allí? ¿Qué le estaba pasando? Su compañera le cogió de la mano y le ayudó a levantarse.-No te preocupes. Ella prefiere estar sola en momentos como éste. Siempre me dice que se concentra mejor sola para eliminar el dolor. La primera vez, siendo yo una niña, que intentó explicarme lo que sentía, me dijo que los dolores eran tan fuertes que parecía que fuera de plomo, no podía moverse. Inocente de mí, le dije que como “Soldadito de plomo” y desde entonces lo utiliza de aviso para que no me asuste.  –Le explicó Mónica con una sonrisa tierna.Mientras guardaban la compra, Mónica le explicó todo lo que pudo sobre la fibromialgia. Ahora Carla entendía por qué quería estudiar medicina. Entendía por qué su compañera pasaba tanto tiempo entre libros, por qué nunca se quedaba con ellos después de clase o a pasar el rato en el parque…Tenía otras prioridades.Carla tenía tanta curiosidad por el tema que iba enlazando una pregunta con otra. De repente, sin darse cuenta, había pasado una hora más y debía volver a casa. A desgana tuvo que parar de preguntar. Le encantaba escuchar a Mónica, sus explicaciones y directamente con un “Hasta mañana” se despidió de su compañera. Justo antes de salir, giró la cabeza hacia el salón y allí estaba la madre de Mónica, con una sonrisa radiante, leyendo un libro y saludando con la mano a modo de despedida. Aquella mujer era increíble. -Mamá, mamá…Ya sé cuál va a ser mi objetivo en la vida. –Entró Carla gritando y buscando a su madre.“¿Mi objetivo en la vida? Ay, la que me espera. A ver qué ocurrencia ha tenido ahora.”, pensó su madre al oírla entrar con tal entusiasmo.-Mami, voy a curar a la gente.-¡¿Vas a estudiar medicina?! –Le preguntó a Carla con una pizca (mucha) incredulidad. No pudo evitar hacer un movimiento de ceja imitando a un presentador de la televisión. Tendría que haber disimulado, pero la cogió tan de sorpresa.-No te pases, mamá. ¿Crees que me he vuelto loca? Sé dónde están mis limitaciones, pero Mónica dice que lo importante es marcarse un objetivo y perseguirlo hasta el final. Así que el primer paso es estudiar para las recuperaciones. Si apruebo, estupendo, seguiré el camino de la rama de sanidad. Puede que no sea doctora, pero, puedo ser enfermera, psicóloga o la persona que analiza la sangre en un laboratorio. Eso ya se verá. Y si repito, no pasa nada, mamá, tranquila. Así podré afianzar conceptos y podré obtener mejores resultados en la media. Pero, quiero que sepas, que voy a ir a por ello… -Seguía hablando Carla ante su atónita madre.“¿Quién es esta personita que tengo delante y qué ha hecho con mi hija?”​

...
...

¿Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

Laura nos da herramientas para que con imaginación ataquemos el día a día, y podamos encontrar soluciones, a las situaciones con las que nos podemos encontrar, e incluso, porque no? adelantarnos a las mismas.…. te apetece conocer más de Laura, te invito a que te sumes a  la inquietud de Laura por un mundo mejor en la educación, también en Facebook

Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

Laura nos da herramientas para que con imaginación ataquemos el día a día, y podamos encontrar soluciones, a las situaciones con las que nos podemos encontrar, e incluso, porque no? adelantarnos a las mismas.…. te apetece conocer más de Laura, te invito a que te sumes a  la inquietud de Laura por un mundo mejor en la educación, también en Facebook