¿Quién dijo que fuera fácil?

Cada año, por aquellas fechas, Becca siempre recordaba la historia de Anabel en la última reunión general con los padres de sus alumnos.

Escribiendo....

El pasado viernes presenté por segunda vez mi última novela juvenil en valenciano, pero, al contrario que Umbral, yo no “vengo a hablar de mi libro” sino del poder de la escritura.

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No hay nada como compartir conocimiento y, cuando una muy buena amiga comparte contigo un documento que le han pasado en la asignatura de «Desarrollo profesional docente y su deontología» de la carrera de Graduado en Magisterio, te das cuenta que ha valido la pena invertir el tiempo en la lectura cuando te ha hecho parar a reflexionar sobre el tema.

Permíteme preocuparme

Encontrar el cuaderno de tu hija, ese donde se pierde horas enfrascada entre sus hojas, puede parecer que has descubierto el Santo Grial de «Cómo entender a tu pequeña adolescente». Pero, no es exactamente así. Casi sin darme cuenta, en cuestión de unos meses, mi preciosa (inteligente, respetuosa y cariñosa —¿qué va a decir su madre?) niña se ha convertido en Miércoles, la hija de la familia Adams, como poco. Llega del instituto y tan solo emite un leve sonido como si yo fuera alguien conocido con el que se cruza en la calle y que está obligada a (medio) saludar desde lejos. Se encierra en su habitación y no sale de allí hasta la hora de la cena. Si se te ocurre ir a ver qué tal le ha ido el día en el instituto, por eso de entablar conversaciones con el enemigo, simplemente el hecho de abrir la puerta, el ruido de las bisagras le hace girar la cabeza 180º y gruñirte provocando que aún pidas disculpas por allanamiento de morada, en tu propia casa.Yo, que presumía delante de mis amigas de la suerte que tenía con Gema. Lo buena niña que era y los pocos quebraderos de cabeza que me daba. Yo, que incluso bromeaba diciéndoles que llevaba años preparándome para su adolescencia y que ahora no iba a poder usar las armas de destrucción masiva para defenderme de mi hija adolescente. Yo, pues me pongo punto en boca y pido cada día que pase pronto y punto. Pero, no debí leer aquel artículo que explicaba cómo los últimos estudios demostraban que la adolescencia ampliaba sus tentáculos, anticipándose en sus inicios y retrasándose en el proceso final. Vivía mejor bajo el hechizo de la ignorancia, de verdad. No sé cómo no me di cuenta de lo que se me venía encima. Supongo que, aún dándome la puerta en las narices, tengo que dar gracias ya que, cada vez que hablo con cualquier adulto que convive (o ha convivido y ha sobrevivido) con sus adolescentes, las «anécdotas» que me cuentan erizan mi piel. Desde enfados sin hablar en días con sus progenitores porque no se han salido con la suya aún exprimiendo al máximo sus posibilidades; o, tener que enfrentarte a que te llame la policía porque a uno de tus hijos le han pillado esculpiendo su arte en la pared que no tocaba; o recogerlo completamente borracho cuando casi no tiene edad de saber atarse los zapatos; o, y esto es increíble, que te levante la mano amenazando a recibir un guantazo de la persona que te saca dos palmos pero que un día llevaste dentro… Sí, puedo dar gracias que Gema me gruña pidiendo su espacio, que no me hable pero que luego se tire horas hablando con sus amigas, que discutamos por todo y no quiera hacer sus tareas en la casa. Supongo que habrá muchas otras cosas que me esconda y que en algún momento saldrán a la luz… Hoy tengo la oportunidad de averiguar si hay algo más. Seguro que este cuaderno guarda confesiones que no sé si debería profanar. Quiero saber qué le ocurre o qué hace o con quién va. Lo quiero saber todo. ¿Tendría que ser ella la que me lo contara? ¡Qué difícil es ser madre! En menuda tesitura me encuentro. ¿Y si solamente lo abro un poco? O si casualmente se cae al suelo, abierto por una de sus muchas páginas, ¿eso sería romper su confianza? Madre mía, ¡¿qué estoy haciendo?! Confío en Gema, mejor lo dejo y cuando ella esté preparada, hablará conmigo (creo). —¡Ma-má! Pero, pero, ¿qué estás haciendo en mi habitación?—¿Yo? Yo… –piensa algo rápido o no tendrás salida –También es mi habitación, ¿no crees? –Por la cara que pone, creo que no es ese el camino de llegar a ella.—Bueno, mamá, si te refieres a que tú la has pagado, efectivamente, TO-DO esto es tuyo… Hasta la ropa interior es tuya, ¿la quieres? –continua antes de que yo pueda contestar –Todo esto es tuyo porque tú eres la que dispones de un trabajo que te da dinero para hacerlo ya que, las leyes no me permiten hacerlo a mí. Pero, recuerda que cuando compraste el piso, me diste esta habitación y me dijiste que, a partir de ese momento, yo me haría cargo de ella.Vaya, me ha salido listilla.—En todo caso, si quieres estar aquí, no hay problema, es TU casa y TÚ mandas, ¿no es así?—No seas impertinente, Gema.—Pues, ¿qué haces con mi cuaderno? Y en esta ocasión hablo con propiedad porque me lo compré yo con el dinero que me dio la abuela por mi cumpleaños.—Pues, si quieres que sea sincera, no lo sé. He entrado en tu habitación queriendo averiguar qué es lo que te ata a estar aquí casi todo el tiempo que estás en casa. Quería saber qué tenían estas cuatro pareces que te parece tan atractivo para no salir. He visto el cuaderno y me ha pasado por la cabeza que tenía la posibilidad de conocer a mi hija porque, de un tiempo para acá, nos trata como desconocidos y… Somos tu familia. Soy tu madre y me preocupo.—Mamá, si quieres saber algo, pregúntamelo. No es tan difícil. Parece que huis de mí.—No es eso, cielo. Es cómo reaccionas ante cualquier pregunta o cualquier muestra de cariño por nuestra parte. Tus silencios. Que siempre estés escribiendo en este cuaderno en vez de prestarnos atención. No hablas. Mejor dicho, no hablas con nosotros porque con tus amigas te pasas horas. No sé qué te ocurre, de verdad.—Siento que me asfixias, mamá. Necesito respirar…—¿Quieres que te deje hacer lo que quieras? ¿Sin límites? ¿Es eso? Nos apartas como castigo para que puedas hacer y deshacer a tu antojo…—No, mamá. No es eso. Tengo amigas que sus padres les consienten hacer de todo y no me gusta. Siempre me habéis enseñado que hay una edad para cada cosa y no quiero adelantarme. No quiero que seáis mis amigos, de amistades ya tengo muchas, pero… No sé que me ocurre, mamá. No me apetece estar con vosotros o, al menos, no siempre. Me aburren vuestras conversaciones. Siento que no estamos en la misma sintonía y me siento mal por ello. No sé cómo explicarlo. De repente estoy eufórica y al minuto quiero llorar. Ser adolescente es muy complicado, mamá y parece que nadie lo entiende. Se nos exige ir bien en nuestros estudios («es nuestra obligación» como dice papá), tener amigos y estar al día en las redes sociales además de ser mona porque si no eres una apestada. Son demasiadas cosas para alguien que está en construcción.—Quiero entenderte, hija.—Pues necesito que me escuches, que te pongas en mi lugar. Que, si quieres saber algo, me preguntes, que intentes hablar conmigo, aunque cueste hacerlo y que no intentes averiguar por tu cuenta. Yo confío en vosotros, hacedlo vosotros conmigo. Que dialoguemos, negociemos y acordemos. Necesito que me ayudes porque no sé qué me está pasando.—Nunca imaginé, cuando nos planteamos ser padres, lo difícil que es educar a un hijo… más que nada porque, desde el día que naciste, ya no hemos vuelto a dormir las horas suficientes y esto debe ser perjudicial para tomar algunas decisiones —Gema sonríe— Y seguro que nos equivocamos. Yo también «odié» a tus abuelos durante mi etapa adolescente, pero en realidad fue cuando más los necesitaba. A pesar de haber pasado unos (pocos) años desde aquella época, salvando las distancias, recuerdo todas esas contradicciones que me cuentas, las discusiones, la importancia que tenía la amistad para mí, los chicos, querer salir hasta tarde y siempre poniendo al límite a tus abuelos. Por eso, permíteme preocuparme por ti.    ​

Sueños que te hagan volar

Una de las muchas ventajas de invertir tiempo en las redes sociales es conocer a gente interesante que te hace parar a pensar...

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¿Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

Laura nos da herramientas para que con imaginación ataquemos el día a día, y podamos encontrar soluciones, a las situaciones con las que nos podemos encontrar, e incluso, porque no? adelantarnos a las mismas.…. te apetece conocer más de Laura, te invito a que te sumes a  la inquietud de Laura por un mundo mejor en la educación, también en Facebook

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