¡Qué mala suerte!

 

Daniel, en su primera semana de vacaciones, se hizo un esguince de rodilla. Los primeros dos días después del suceso era el héroe de la urbanización. Había logrado meter el gol de la victoria a pesar de hacerse daño, él siguió adelante, vio la ocasión y marcó, cayendo al suelo aquejado de un fuerte dolor en su pierna izquierda. El verano se había roto junto con su rodilla.

Después de la euforia inicial, los amigos dejaron de pasar por su casa. Con alguno se cruzaba por casualidad.

 

-¿Qué tal, Daniel? ¿Cómo va esa rodilla? ¡Qué mala pata! Ups, perdón.

-Bueno, mmm, pues un poco…

-Lo siento, tío, me tengo que ir. Me esperan para jugar. Los de Monte Espinoso quieren la revancha.

-A-di-ós, Fer-mín, su-er-te. –Lograba decir conteniendo las lágrimas, aunque su amigo tampoco se hubiera dado cuenta de ellas.

 

Daniel pasaría los días encerrado en casa, estableciéndose en la terraza, comiendo, observando como el resto de sus amigos jugaban al futbol en la playa, bañándose y comentando las jugadas. Ya sabía de lo que iba pues se había pasado los últimos cinco veranos haciendo lo mismo que ellos, divertirse en lo que más le gustaba, jugar al futbol.

Se veía impedido, sin poder participar ni en el juego ni en el grupo. Sus padres intentaban distraerlo, sacarlo de casa, incluso le plantearon volver a la ciudad así “ojos que no ven, corazón que no siente”.

 

-¿Y los que ven, mamá? ¿Sienten doble? –Le contestaba cabizbajo.

 

En el fondo, aun en la distancia de una terraza, disfrutaba con cada pase, cada jugada estudiada y, por supuesto, con cada gol de su equipo (¿de sus amigos?).

Su hermana Alejandra tenía 5 años y siempre tenía una sonrisa para su hermano mayor al que adoraba, aunque estaba un poco fastidiada porque ya no jugaba con ella y últimamente siempre estaba serio, como enfadado. Cuando Daniel se quedaba dormido en la hamaca de la terraza, Alejandra aprovechaba para dibujarle sirenas ya que para Daniel ella era “su Ariel”.

El tiempo pasaba muy lento y comer fue su única distracción. Así calmaba su aburrimiento. Siempre tenía hambre y su madre, contenta por verlo comer, le preparaba todo lo que su hijo le propusiera.

Así pasó el verano, observando, durmiendo, comiendo y con un mar en su rodilla.

Al inicio de las clases ya le habían quitado la escayola. Estaba tan contento que pidió guardarla de recuerdo. Por fin podría volver a correr, a jugar o…simplemente, andar.

La sonrisa le duró poco tiempo pues a la vuelta al cole nadie quería que jugase en su equipo. Pasar el verano inhabilitado, postrado en una hamaca y haciendo ejercicio de observación, sin otra cosa mejor que hacer que comer, le había hecho aumentar de peso.

 

-Daniel, ¿qué has hecho este verano? ¿Comerte una foca? No puedes ni con el balón –Le dijo el nuevo capitán del equipo el primer día.

 

En su gordito corazón casi le dolía más las risas del resto de amigos que del “chupón” del equipo. Él sabía que gran parte de la culpa de las derrotas  eran, precisamente, porque el capitán no pasaba el balón.

El resto pronto se hizo eco de los insultos. Quien no se unía a ellos, los consentía, así que, poco a poco, Daniel se apartó. Se escondió de todos ellos. –Al menos si no me ven, no sienten la necesidad de burlarse. –Se decía.

Volver a casa era su santuario. Jugar con su hermanita que le miraba con igual adoración. A ella no le importaba que fuera “una foca”.

Pero Daniel sabía que como casi pasaba más tiempo en el colegio que en casa y no quería renunciar a su pasión que era el futbol, algún sacrificio tenía que hacer. No podía quedarse parado.

 

-Mamá, hoy no voy a cenar. No me encuentro bien de la barriga.

-Seguro que te has puesto morado a chuches. La mami te preparará una manzanilla. –Le dijo, confiando en su hijo.

 

Así pasaron los meses. Daniel, cuando no estaba “malo de la barriga”, tenía tantas cosas que hacer que cenaba después, solo, para que nadie lo viera tirar la comida. Siempre de mal humor, irascible y caprichoso.

Algún amiguito llamaba para preguntar por él, pero no quería saber nada de nadie hasta que él estuviera “visible” y dejara de ser la ballena del grupo. Simplemente se fue.

Sus padres hicieron varios intentos para conectar con él. “Los papás están preocupados”, “Sabes que puedes contar con nosotros” le decían en los intentos por acercarse. “La preadolescencia” les decían el resto de padres, “se le pasará”.

Una noche, Daniel llevaba treinta minutos en el baño, observando su cuerpo que, a pesar de marcar las costillas como las espinas de los peces dibujados por Alejandra, seguía pensando que debía perder más peso. Sentirse más seguro para poder jugar con su antiguo equipo. Se repetía una y otra vez que había sido culpa suya. No se cuidó y engordó tanto que no podía jugar. Todo por su error: comer. Mientras pensaba en qué más cosas podía hacer para adelgazar un par de gramos más, sus padres lo llamaron a cenar por última vez.

 

-De verdad, Daniel, estamos todos esperándote para cenar. Si no bajas inmediatamente, te quedas sin cenar. –Le advirtió su padre pensando que no podía decir que no a su plato favorito.

-Papá, ya ha conseguido lo que quería. –Le dijo Alejandra.

-¿Por qué dices eso, hija? ¿Qué es lo que Daniel quiere? –Se sorprendió su padre con tal observación.

-Pu-es, Daniel, no quiere…comer.

-Cállate, Alejandra, no dejas de ser una cría que no tiene ni idea… -Grito Daniel desde la puerta.

Con lágrimas en los ojos su hermana se levantó de la mesa y se dirigió a él.

-Tete, me gustabas más cuando rebotabas…

-¿Pero qué dices? Tú…

-Cuando estabas blandito y jugabas conmigo. –Le interrumpió.

-Yo ya no tengo tiempo para jugar a sirenitas, Alejandra.

-Antes me sonreías y me abrazabas…Deja de ser el monstruo marino en el que te has convertido y vuelve a ser mi Sebastián.

 

Ante tal observación, Daniel estaba sobrecogido. Cómo su hermana pequeña le miraba con esos ojitos que antaño lo habían adorado y ahora únicamente reflejaban decepción. Solamente pudo derrumbarse tras ser consciente de en el monstruo que se había convertido. Sus padres conmovidos se acercaron a él para abrazarlo.

 

-Cielo, no te preocupes por nada. Nosotros estamos aquí para ayudarte. Estamos convencidos que juntos conseguiremos que vuelvas a ser el de antes porque debajo de esas raspas sigue viviendo un corazón enorme que está deseando hacer las paces contigo.

 

"El niño que se convertía en pez y jugaba con las sirenas"