Peligro: adolescente a bordo​

Laura Borao - Peligro: adolescente a bordo​

Irene disfrutaba de un momento de calma después de intentar que su hijo pequeño, Aaron, de apenas tres meses, se durmiera. Sabía que ella también tenía que descansar, aprovechar ese par de horas que esperaba que le diera de tregua hasta que se despertara famélico. Llorando histérico como si tuviera que hacerse oír en otra dimensión paralela a la nuestra. Pero no podía dejar de observarlo y admirarlo. No entendía cómo podía tener esos estados tan extremos, de la más infinita quietud al pleno desconsuelo.

Aaron fue toda una sorpresa, no esperaban su llegada pero, pasado el susto, estaban casi tan emocionados que cuando se enteraron que iban a ser padres por primera vez, de Bea.

“Uf, Bea”, pensó Irene. Ella sí que tenía cambios de humor. Le habían alertado para cuando llegase a la adolescencia, pero no se podía comparar con la realidad. Todo le costaba horrores hacerlo, casi tenía que suplicar para que le ayudase y todo se reducía a “Ya voy, mamá”, pero nunca acudía. Tenía doce años y parecía que tuviera los problemas de una mujer de treinta. ¿Cómo podía ser que hubiera cambiado tanto de un año para otro?

¿Dónde estaban aquellos abrazos y los mimos que antes reclamaba? Aquella vez que Irene se acercó a Bea para darle un abrazo y aquel “Déjame en paz, mamá, que ya no soy una niña” le dolió en lo más profundo de su corazón. “Yo tampoco soy una niña y me gustan los abrazos”, pensó sin comentarlo ya que no se atrevió a decirlo en voz alta y enzarzarse en una discusión. Ese fue el pistoletazo de salida. A partir de ese momento, la otra personalidad de Bea salió a la luz y lo único que esperaban sus padres era que durase poco tiempo. "Es cuestión de tiempo", se decían.

 

Irene y su marido incluso se preguntaban si tener a su pequeño en aquel momento había sido una irresponsabilidad por su parte, ya que Aaron necesitaba que estuvieran pendiente de él casi todo el tiempo. Les duraba poco aquel tipo de pensamientos, pero no podían evitar sentirse en parte culpables. Y Bea sabía perfectamente cómo aprovecharse de ello ya que se lo recriminaban constantemente.

 

-Respira, cariño, pasará. –Le pedía su marido cada vez que madre e hija discutían, Bea acababa dando un portazo y se encerraba en su habitación durante horas por no conseguir cualquiera de las peticiones que se le hubiera ocurrido en aquel momento. 

A pesar de aquellos quebraderos de cabeza, Irene se sentía orgullosa de la familia que habían creado y de que ella y su marido seguían las mismas directrices para educar a sus hijos. Daba igual lo cansados que estuvieran, siempre tenían al menos unos minutos para hablar de sus hijos y de las decisiones que debían tomar. Pero el comportamiento de su hija, mermaba en su relación.

Desde hacía unas semanas la actitud de Bea en casa había empeorado. Cada vez pasaba menos tiempo en familia y cuando lo hacía, o gritaba o guardaba silencio absoluto. No había término medio. Se pasaba horas en el baño o hablando por teléfono, o las dos cosas a la vez. 

 

Irene pensó que sería una buena idea pasar una tarde juntas. Deseaba volver a tener esa complicidad que hasta hacía muy poco tenían. Lo deseaba tanto que pensó hacer una tregua con ella y darle permiso para ir a una fiesta que un compañero de clase daba en la piscina de su urbanización. Bea llevaba toda la semana recordándoselo.

-¿Mami?

“Ahora soy mami. Algo quiere.” Pensó Irene ante el tono empleado por su hija.

-Dime, cielo. ¿Qué pasa? Pásame el pañal, por favor.

-He estado revisando mi armario y no tengo nada que ponerme para la fiesta de Pablo. Los bañadores del año pasado o me hacen parecer gorda o una cría. Necesito renovar mi ropa de verano. ¿Iremos de compras, mami? Por favor, por favor. -Intentaba convencerla juntando sus palmas de la mano delante de su madre.

“¿Cómo que renovar? Si yo aun tengo ropa más vieja que ella…”, se guardó sus pensamientos para sí misma.

-Bea, cielo, seguro que de toda la cantidad de ropa que tienes en el armario, algo te sirve. Hay conjuntos que compramos el verano pasado que seguro que te están geniales. –Intentaba convencerla mientras acababa de cambiar el pañal a Aaron.

-¡¿No pretenderás que vaya con algo del año pasado?! Sería mejor ir desnuda.

Irene se giró rápidamente hacia donde se encontraba Bea, escandalizada por el comentario de su hija. Lo peor es que la veía capaz de acudir sin ropa antes de ponerse algo que ya tenía en su armario.

Bea no paraba de reírse al ver a su madre con aquella cara por su ocurrencia. Tenía que conseguir fuera como fuese ir a aquella fiesta con algo nuevo. “Igual he exagerado un poco”, pensó Bea.

-De acuerdo, iremos de compras. Creo que estaría bien que pasáramos tiempo juntas. Como antes. –Expresó ilusionada Irene.

-Tampoco hace falta que te emociones tanto, mamá. Mañana cuando vuelva del colegio, nos vamos de compras. Voy a decírselo a mis amigas. –Le dijo Bea mientras salía de la habitación de Aaron tan rápidamente que a Irene no le dio tiempo a reaccionar.

“Me he convertido en un monedero para mi hija”, se lamentó.

 

Al día siguiente Bea se dio prisa por llegar a casa e irse de compras. Había visto un par de bañadores que le quedarían fenomenal y disimularían la infinidad de defectos que ella encontraba en su cuerpo. Seguramente su madre acabaría comprándole alguna cosa más si le ponía la mirada adecuada. Siempre le funcionaba.

-Mami, ya estoy aquí. ¿Nos vamos? Nos quedan muchas tiendas por recorrer y tengo que prepararme para la fiesta de mañana. Date prisa. –Le dijo casi incluso sin haber entrado por la puerta. -¿Mami? ¡Mamá!

-Lo siento, cielo. Me llevo a Aaron al médico. Tiene mucha fiebre y no consigo que le baje. La abuela no tardará más de diez minutos en llegar. Ella se quedará contigo. Papá, acudirá al hospital directamente. Vamos mañana, si quieres. ¿De acuerdo? –Le pidió Irene sin parar de preparar la bolsa del pequeño, preocupada por su estado.

-¿Cómo que mañana? Mañana es la fiesta. Mañana no podemos ir, tiene que ser ahora. ¡A-HO-RA! –Gritó Bea asuntando a su madre y a su hermano que empezó a llorar desconsolado.

-Beatriz, por favor, no chilles. Tu hermano está muy enfermo, estoy muy preocupada y tú deberías pensar en alguien más que no seas tú y tus intereses. No reconozco a la persona que tengo delante.

-Será que estás demasiado ocupada con tu nuevo hijo para darte cuenta que has dejado de ocuparte de tu hija. Lo estás haciendo fatal, mamá. Que sepas que mañana no podré ir a la fiesta por tu culpa. –Le dijo saliendo de aquella habitación echando humo por las orejas.

Lo siguiente que escuchó Irene fue el tremendo portazo que dio Bea al entrar en la habitación.

Ahí estaba, una niña de doce años acababa de tirarle encima una piedra de cincuenta toneladas de culpabilidad. Se le empañaron los ojos por las lágrimas que intentaba contener. No se dio cuenta que había dejado de respirar hasta que el llanto de su pequeño la hizo reaccionar. Cogió una bocanada de aire e intentó calmar a su hijo. Cuando salía por la puerta se encontró con su madre.

 

-Hola mamá, gracias por venir tan rápido. Bea ya ha llegado. Se ha encerrado en su habitación. Enfadada, por supuesto. Espero que no te dé muchos problemas. En cuanto sepa algo, te aviso. –Le informó Irene mientras se limpiaba la lágrima que no había conseguido retener.

-No te preocupes, hija. Yo me encargo. Ya lidié hace algún tiempo con una adolescente…tú. Y sobreviví. –Le dijo mientras le guiñaba un ojo.

Irene tardó en asimilar aquellas palabras pero no podía entretenerse ya que en aquel momento lo que le urgía era llevarse a su pequeño al hospital. Pero no podía quitarse de la cabeza aquella mirada de odio de su pequeña.

¿Tan mal lo había hecho como para que su hija la odiara de aquella manera? ¿Dónde estaba la conexión que existía entre ellas? Mientras estaba en la sala de espera, intentaba memorizar aquella manita que le cogía su dedo firmemente, aquella niña que la necesitaba para todo, la que no se dormía sin que le leyera un cuento cada noche, la que se quedaba mirándola con admiración mientras cocinaban. ¿Y ahora? Ahora era toda ira.

 

Bea sabía que su abuela estaba en casa pues le había oído hablar con su madre antes de marcharse. No paraba de dar vueltas en su habitación. Estaba furiosa, muy furiosa. Últimamente tenía la sensación que era lo único que hacía, enfadarse. Estaba irascible, todo le molestaba y le preocupaba. Igual reía que lloraba a partes iguales. Se veía gorda, otros días demasiado flaca, flácida, con granos y los pies feos…¿Por qué nadie la entendía? Ni ella misma lo hacía y eso también le entristecía.

Cuando notó que dejaba de apretar los puños y ya no expiraba por la nariz como los toros, se decidió a salir y hablar con su abuela. En el fondo quería saber cómo estaba su hermano. Aunque le costaba reconocerlo en público, le quería.

-Bea, ¿ya se te ha pasado? –Le dijo sin levantar la mirada de las zanahorias que rayaba para la cena.

-Abuela, es que mamá me prometió que iríamos de compras esta tarde. Mañana me han invitado a una fiesta y …

-Y tu madre ha decidido fastidiarte, hacerle un conjuro a tu hermano para que le subiera la fiebre y así no pasar tiempo con su querida hija a la que quiere con locura y que, por pasar un rato con ella, iba a soportar ir de compras con lo que lo odia. ¿Es eso? –Le dijo de carrerilla sin más mientras seguía preparando la ensalada.

-Es que no sabes lo exigentes que son mis amigos con estas cosas, abuela. Si fuera mañana a la fiesta con un conjunto de otra temporada, sería el hazmerreír. –Se lamentó.

-¿Y tú has pensado lo exigente que eres tú con tus padres? Sobretodo con tu madre. Sé que estás confundida, que las cosas que a ti te parecen esenciales, para los adultos no lo son tanto, que ellos son los malos en la película que protagonizas…pero, no debes olvidar que te quieren más de lo que imaginas. Tus padres se preocupan por ti. Ssshhhh, ni se te ocurra decir que se preocupan más por tu hermano, que antes de convertirte en una adolescente, fuiste un bebé y te cuidaron y te amaron tanto o más que a Aaron. Simplemente por la ilusión de ser la primera, ya lo vivieron de otra manera. Hacen todo lo posible para estar contigo, acercarse a ti, te educan de la mejor forma y eso no significa consentirte todo lo que pidas (aunque te duela). Les exiges que te hagan caso, pero cuando intentan acercarse tú construyes un muro frente a ellos. ¿No crees que a ellos también les hace daño tu comportamiento? ¿Sabes, Bea? A ti esto de la adolescencia se te pasará, espero, pero las palabras hirientes que les lanzas se clavan en el corazón. ¿De verdad antepones la salud de tu hermano y el amor de tus padres a un conjunto de ropa nuevo para una fiesta? Además, si a esos que llamas “amigos” se ríen de ti por ese motivo, seguramente no lo sean tanto. ¿No crees? Ahora, cierra la boca, respira y a cenar.

-Espera, abuela, debo hacer algo primero.

 

Mami, lo siento. ¿Cómo está mi pequeñajo? ¿Y tú?

¿Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

Laura nos da herramientas para que con imaginación ataquemos el día a día, y podamos encontrar soluciones, a las situaciones con las que nos podemos encontrar, e incluso, porque no? adelantarnos a las mismas.…. te apetece conocer más de Laura, te invito a que te sumes a  la inquietud de Laura por un mundo mejor en la educación, también en Facebook