¿DÓNDE ESTÁ MI PEQUEÑA?

Laura Borao - Donde esta mi pequena

Creo que me he vuelto loca. Aquí estoy agazapada detrás de un coche aparcado cerca del colegio de mis hijas. Espero que no me vea nadie hacerlo o pensarán que estoy para ingresar en un psiquiátrico. ¿Pensarán? Seguro que la asociación de padres, de vecinos o de animales en peligro de extinción ya se han reunido para declararme oficialmente incapacitada por cometer locuras de este tipo. ¿A quién se le ocurre? Pues, a mí.

 

Ayer fue un día trágico, el peor en mucho tiempo. Todos me decían que tarde o temprano llegaría, que debía prepararme para el momento y siempre pensé que exageraban o que “con mis pequeñas no pasará” ¿No pasará, no pasará? Pues así, sin avisar, y de cara. Como una bofetada a traición. Yo...yo la traje al mundo, después de tantas horas de sufrimiento, de respiraciones acompasadas, sudores, calambres y gritos y así me lo paga…

 

-Mamá, tengo que hablar contigo. –Me dijo Alejandra con una voz débil, como avergonzada de lo que quería contarme.

Tengo que reconocer que en un primer momento me hizo gracia su frase escogida. Me hizo pensar que estaba ensayando para dejar a su primer novio…de aquí a diez años.

-¿Podrías no acompañarme al colegio? ¿Ni venir a recogerme? Claro.

 

¿De verdad me estaba pidiendo más espacio, su independencia o cortar el cordón umbilical? ¿A mí? ¿A su madre? Por favor, ¿dónde estaba mi bebé? Si aún no había terminado primaria.

Debió darse cuenta de mi incredulidad con mi cara de… “Estás soñando si te piensas que lo voy a consentir”.

-Mami, ¿qué no confías en mí? –soltó Alejandra, cabizbaja, arrastrando los pies para caminar y sus hombros hundidos.

¿Dónde había aprendido esta niña a sacar matrícula de honor en chantaje emocional? Pues no, no me fiaba. Sí de ella, pero aún no me había dado tiempo a pensar si confiaba de todo aquel que le rodeaba.

 

-Mamá, por favor, si solamente tengo que cruzar un par de calles y ambas tienen semáforo. Te prometo parar cuando esté en rojo y pasar cuando esté en verde.

-Alejandra, no vayas de listilla. –Le advertí por aquel tono empleado conmigo. –Me lo pensaré.

Por supuesto ella no se conformó con mi contestación y se pasó toda la tarde intentando convencerme de que lo que proponía era la mejor opción.

 

Anoche no pude pegar ojo pensando en lo rápido que había pasado el tiempo. En breve cumplía 12 años y debía de acostumbrarme a aquellas peticiones. ¿Por qué no lo vi venir? Ahora pasaba más tiempo en su habitación, escuchando música o leyendo. Ya no quería pasar tanto tiempo con nosotros, ni jugar a las casitas con sus “enanas”, como las llama ella cariñosamente. Sí que es verdad que últimamente nos pide más tiempo en soledad y lo respetamos porque se está forjando su propia identidad y así nosotros también disponemos de un poco más de tiempo como pareja, ya que con el nacimiento de las gemelas se nos olvidó que lo éramos. Ahora se encierra horas en el cuarto de baño para arreglarse. Con su tercer “Mamá, sal que me estoy duchando”, me quedó claro, no quiere que la veamos desnuda. Pero, sobretodo, no puedo con sus cambios de humor. Igual está contentísima, como irascible o triste. Nos va a volver locos.

-Juan –le dije a mi marido encendiendo la luz de la mesita.

-Mmmm

-¿Duermes? Me acabo de dar cuenta…Tu hija está preadolescente. ¡La que nos espera!

-Mmmm, bueno, cielo, no te preocupes. Se le pasará. –Me contestó él medio adormilado.

-Pues dentro de nada nos trae a su pareja a casa. ¡Cie-lo!

-¿Có-mo?

Ya había conseguido que volviera a la consciencia. La verdad que sentaba mejor si la preocupación se compartía. Aunque su padre solamente hablaba de las armas más efectivas para “cargarse” a toda pareja que se atreviera a profanar a su pequeña.

No nos quedaba más remedio que ponernos la armadura resistente a arrebatos adolescentes y pedir que pasara pronto. Aunque esa armadura nos iba a tener que aguantar lo suficiente para sobrellevar también esa etapa con las gemelas. Dos a la vez. No lo había pensado. Entrada en pánico en tres-dos-uno. “Respira. Paciencia, es cuestión de tiempo”.

Aún recuerdo, siendo Alejandra un bebé, como se le iluminaba la cara cada vez que me veía entrar a la habitación y me sonreía como si hubiera visto a su hada madrina. O, siendo un poco más mayor, como venía corriendo a que yo le curase al caer. No servían los conocimientos que pudieran tener cualquier profesor, médico o adulto más que los mimos de su “mami”, es decir, yo. ¡¿Y ahora me pide espacio?!

 

Aquí estoy, detrás de un coche, observando como mi hija mayor interactúa con sus amigos, ríe, se abraza y habla con ellos. Con ellos, sí y conmigo, no. ¿Tan mal lo hemos hecho? De repente me doy cuenta que tengo los ojos anegados en lágrimas que están a punto de derramarse. Solamente hay una persona que puede calmarme esta inquietud.

-Mamá, necesito consejo.

Simplemente oír su voz al otro lado del teléfono ya noto como mi cuerpo empieza a destensarse. Cuando termino de explicarle todo lo acaecido en el último día y medio, a mi madre solamente se le ocurre explotar en una carcajada que dura un par de minutos hasta que le llamo la atención. Estoy indignada, ¿cómo puede reírse de algo así?

-Hija, cariño, discúlpame, pero ha sido como volver 20 años atrás y oírte renegar de mis mimos. Tu primer “Déjame en paz” me rompió el corazón. Noté un dolor agudo en la boca del estómago y pensé que lo había hecho fatal contigo. Tres palabras me habían convertido en la peor madre del mundo, llena de inseguridades y miedos nuevos. Pero, mírate, no lo hice tan mal. Te convertiste en una personita adorable después de pasar por la fase de la hija del mal. ¿Ya no lo recuerdas? Por lo que me cuentas, Alejandra empieza ese proceso de transformación. Piensa que si vosotros lo estáis pasando mal, para ella aún es peor que es quien lo padece. Déjale su espacio sin romper el hilo que os une. No olvides que es ahora cuando Alejandra se siente más perdida (mucho más que vosotros) y necesitará de vuestro apoyo siempre. Tenéis que ser comprensivos con ella, que no permisivos. Son cosas diferentes. Así que, dale un voto de confianza, ponte en su lugar y no caigas en sus chantajes. Utiliza el sentido común y todo saldrá bien.

Le agradezco a mi madre aquellos consejos y me despido de ella mucho más tranquila. Me levanto y me voy al trabajo. Alejandra tiene que encontrar su sitio, crear su identidad con toda la educación que le hemos dado y con sus propias vivencias pondrá en marcha la coctelera y se convertirá en una persona adulta y responsable. ¿Cuándo llegará? Me entra un escalofrío al pensar en el duro camino.

 

Por la tarde, cuando voy a recoger a las gemelas, de camino a casa me encuentro a Alejandra con su grupo de amigos. Pasamos junto a ellos, los saludo a todos y le doy un abrazo a mi hija mayor. Una sonrisa se me coloca en la cara cuando percibo que ella me devuelve el abrazo e incluso respira hondo. Creo que es su forma de darme las gracias por el voto de confianza.

De repente se oyen risas detrás nuestro. Alejandra me suelta de un salto y…

-Déjame en paz, mamá.

Acabo de comprobar de primera mano el dolor punzante del que me hablaba mi madre.

-Ni lo sueñes, pequeña. Siempre estaré aquí. –Le digo susurrándole  a la oreja para no avergonzarla delante de sus amigos.

 

Cuando llega a casa treinta minutos después, viene a mí. Creo que quiere decirme algo, pero no sabe cómo hacerlo.

-Mamá, yo…

-Dime, cariño.

-Siento lo de antes, mamá. No sé qué me ha pasado por la cabeza. Pero es que he oído como se reían de nuestro abrazo y me ha dado mucha vergüenza que lo hicieras. Lo he dicho sin pensar. Siento haberte hecho daño. No sé qué me pasa últimamente, mamá. Siempre he sentido que puedo hablar con vosotros de cualquier tema, pero, últimamente pienso que no estamos en sintonía. Eres mayor y creo que no me entenderías.

Toma cuchillo clavado en mi orgullo. Espera, claro, mayor que ella.

-A ver, Alejandra, no voy a negarte que me ha dolido, pero entiendo que llega una época donde necesitas tu espacio. Aunque no por ello voy a dejar de darte mimos. En casa siempre hemos defendido la comunicación (desde el respeto) y la expresión de nuestras emociones. Si no quieres darme un abrazo que sea porque a ti no te apetezca dármelo en ese momento, no porque pienses que sea algo de qué avergonzarte. Son muestras de cariño, nada más. Y tu familia que siempre te querrá, te los dará.