Abrazos de amor

Laura Borao - Abrazos de amor

A los quince años de vida, Celia sabía perfectamente a quién debía pedirle las cosas que necesitaba o que, simplemente, con las que se encaprichaba. Desde pequeña había aprendido a repartir sus peticiones entre los miembros de su familia y pocas veces se iba con una negativa.  

Si se trataba de caprichos materiales, el encargado de complacerla era su padre. Él no podía negarle nada a su princesa. Desde pequeña le ponía aquellos ojitos que le iluminaban tan emocionados por conseguir lo que reclamaba que no podía desengañarla. Cierto es que, Ricardo intentaba siempre consultarlo con su mujer y llegar a un consenso. ¿Para qué trabajaban si no era para complacerla y hacerla feliz?

En cambio, Celia se dirigía a su madre para aquellos asuntos más personales, temas de amistades o de parejas ya que su padre no llevaba nada bien que su pequeña creciera y se relacionara. Parecía que con Raquel se entendía mejor en aquellos asuntos. Podían hablar durante horas de los conflictos con sus amigas, de lo que había acontecido en el colegio o, incluso, en las redes sociales ya que ambas compartían aquella afición.

Ricardo se ponía celoso por aquella complicidad que compartía su mujer y su hija, pero entendía que había cuestiones que mejor las tratase con su madre ya que a él, simplemente pensarlo, le subían los demonios.

En este tipo de asuntos, Raquel racionaba o discriminaba la información que le daba a su marido ya que, si por él hubiera sido, hubiera encerrado a su tesoro en una urna de cristal y no la hubiera dejado salir de allí hasta los cuarenta. Cierto era que, aunque a ella no le gustase demasiado mucha de la información que Celia le proporcionaba, sabía que era una adolescente que buscaba su sitio en el mundo y que debía de armarse de paciencia, respirar hondo y procurar que no se notase demasiado que, en realidad, nunca sería la madre enrollada que pretendía su hija… Pero lo intentaba, aunque eso significase complacerla en casi todo.

Ni Ricardo ni Raquel querían despertar a la bestia que su pequeña llevaba dentro en los últimos (y peores) años, por eso, tal vez pecaban de demasiado permisivos. Sin manual de instrucciones era difícil acertar.

 

Una tarde, mientras su hija se duchaba, Raquel entró en el cuarto de baño para coger los pendientes que se había dejado hacía un momento. Justo cuando alargaba la mano para cogerlos, el móvil de su hija se iluminó por una notificación que le acaba de llegar. Intentó no mirar, de verdad que lo hizo, pero no pudo resistir a la tentación y leer lo que su amiga le escribía a Celia.

 

¿Qué le has dicho a tu madre para que te deje venir el sábado a la fiesta?

 

“¿Fiesta el sábado?”, pensó Raquel. Su hija no le había dicho nada sobre ninguna fiesta y esperaba que no lo hiciera ya que, el lunes empezaban los exámenes de evaluación y no era tiempo de ninguna fiesta, sino de todo lo contrario. Lo que Celia necesitaba era centrarse, estudiar y descansar para llegar preparada. Confiaba en su hija y sabía que ni se lo preguntaría ya que ella sabía lo que tenía que hacer en cada momento.

Pasaba la semana y Celia no habría la boca referente a la fiesta que le proponía su amiga. Raquel estaba orgullosa de ella y así se lo hizo saber a su marido. No lo habían hecho tan mal. Tocaba respirar.

—¡Mami! ¡Mami! Desastre total… Justo en el peor momento. No puede ser, ¡me voy a morir! –Gritaba Celia desde su habitación.

Tanto Ricardo como Celia acudieron rápidamente a la habitación de su hija, sospechando que algo muy grave le había ocurrido.

—¿Qué pasa, tesoro? –Le pregunto su padre, aun recuperando el aliento por el susto.

—Pues es que no puede haber nada peor. ¡Esto es horrible! Tengo que terminar un trabajo e imprimirlo para este lunes y no hay tinta en la impresora. ¿¡Os lo podéis creer?! He buscado en vuestro despacho por si teníais de repuesto y nada. Joooo, ¡todo me pasa a mí! –Se lamentó Celia con lágrimas en los ojos.

Sus padres intentaron evitar sonreír al darse cuenta que no estaba en peligro de muerte realmente y que, cualquier piedra en el camino, para ella era el fin del mundo.

—Estás demasiado nerviosa para encontrar nada. Compré no hace mucho un recambio de tinta. Ahora te lo traigo, cielo. –Le dijo su madre, experto en encontrar tesoros perdidos durante siglos.

Mientras Ricardo intentaba consolar a su pequeña, Raquel se marchó en busca de la solución de su hija. Él estaba convencido de que su mujer sería la única en encontrar aquel cartucho perdido. Pero, al cabo de unos minutos, Raquel volvió con las manos vacías.

—Mamá, papá, lo único que se me ocurre es ir a casa de Marta y terminar allí el trabajo para poder imprimirlo.

—Pero, hija, ya es muy tarde. No creo que sea buena idea… –Le dijo su padre.

—Pero, papá, ¿no entiendes que, si no presento este trabajo, me suspenderán y bajaré la media que necesito para entrar en bachiller?

El matrimonio se miró, intentando leer en los ojos del otro lo que opinaban al respecto. Ambos asintieron.

—A ver, Celia, yo te acercaré a casa de Marta y mañana por la mañana te recojo para seguir estudiando aquí, ¿de acuerdo? Ah, por cierto, quiero el teléfono fijo de la casa de Marta que ahora con los móviles podrías estar en la Conchinchina y no enterarme.

—Claro, mami, no te preocupes. Si no confías en mí, cuando esté en su casa, te mando su número por whatsapp que ya nadie utiliza el fijo.

Raquel no quería desconfiar de su hija. Nunca había tenido motivos para hacerlo… Que ella supiera, claro. Pero, no se le podía escapar el detalle que era sábado por la tarde y que, hace unos días, su hija recibió un mensaje haciendo referencia a una fiesta para este mismo día. Además, Celia no le había comentado nada al respecto ni ella tampoco porque no quería que su hija pensara que la estaba espiando.

 

Cuando su madre llegó de vuelta a casa, después de dejarla con su amiga, no pudo evitar llamar al teléfono que su hija le había proporcionado. Se tranquilizó al oír a la madre de Marta y que le confirmara que sus hijas estaban trabajando para terminarlo a tiempo. Se sentía la peor madre del mundo por haber desconfiado de su hija. Aunque pensara que no lo habían hecho del todo bien, consintiendo cada capricho, se había convertido en una hija responsable y estaba agradecida por no pasar por todo aquello que, algunas de sus amigas, le contaban sobre las vivencias con sus hijos adolescentes. Volvía a respirar.

 

A mitad de la noche, Raquel se despertó alarmada. Un sudor frío le recorría la columna vertebral provocándole un escalofrío. Algo le ocurría a su hija. Lo presentía. Había cuidado de ella cada día y sabía cuándo las cosas no iban bien… Y, a las tres de la madrugada, no iban nada bien.

Raquel intentó despertar a su marido y compartir aquella angustia para calmarla.

—Mmmm, no pasa nada, Raquel. Vuelve a dormirte. Celia está en casa se su amiga Marta y llevará horas descansando. Duerme, anda. Luego dices que soy yo el que está demasiado pendiente de nuestra hija. No te preocupes que en unas horas vuelve a estar en casa.

Aunque intentó hacerle caso, algo dentro le impidió hacerlo. Se levantó de la cama y se dirigió al salón. Estaba intranquila y era la primera vez que le pasaba. Caminó la maratón en diez pasos repetidos hasta que no pudo resistirlo y llamó a Celia. Su móvil estaba apagado. ¡Ella nunca lo apagaba! Aquello no hizo más que incrementar su angustia. Llamó a todos los hospitales de la zona y, afortunadamente, no sabían nada de Celia… Ni de Marta.

Se quedó allí, en el sofá, en la cocina, en el baño, volvía al sofá, lo intentaba de nuevo con el teléfono…Nada. “Se habrá quedado sin batería”, pensaba. Dos segundos le duraba. “Ella siempre lleva el cargador y estando en casa de Marta es…”, sofocó un grito. ¡La fiesta!

—¿Marta? –Preguntó cuando marcó el teléfono de la casa de la amiga de su casa.

Colgaron. Definitivamente estaban de fiesta.

Raquel se sentó sin pensar dónde caía su cuerpo. Aliviada porque su hija estaba en perfectas condiciones pues su risa de fondo lo demostraba, pero, disgustada porque su hija le había engañado. Todo lo que había sembrado, regado y acondicionado, no había servido para nada. A la mínima tentación, no había sido lo suficientemente fuerte para saber qué era lo que debía hacer.

Lo que quedaba de noche la pasó llorando… Prefería hacerlo en aquel momento y no explotar cuando tuviera a Celia delante la mañana siguiente.

 

Raquel aludió que no se encontraba demasiado bien para no acudir a recoger a su hija y que se encargara de ello su marido. Cuando Raquel entró en casa y se encontró con su madre, las dos tenían mala cara por motivos muy distintos, pero ninguna de las dos dijo nada… Y así pasaron los días.

Ricardo notaba una tensión extraña entre las mujeres de la casa, pero, ninguna de la dos decía una palabra. Él se había encargado de hacer las prohibiciones oportunas por la desobediencia, mientras que su mujer optó por el silencio.

A Raquel se le rompía el alma no hablar con su hija, no besarla cuando se iba de casa o cuando regresaba. No abrazarla, rodearle con sus brazos y cerrar los ojos durante unos segundos mientras aspiraba el olor a inocencia de su hija… Aunque ya no, ahora olía a duda, desconfianza y desilusión. ¡Cómo le dolía! Pero, debía resistir. ¿Durante cuánto tiempo le había engañado? Raquel solamente esperaba que llegase pronto el momento de que Celia la buscara y volviera a confiar en ella, que le volviese a hablar.

 

—¡Mami! ¡Mami! Necesito… –Gritó desesperada Celia entrando en el salón.

Raquel sabía perfectamente qué era lo que necesitaba, pero se negaba a claudicar tan pronto a sus caprichos. “No, si la culpa es nuestra por haberle consentido. Para que luego diga mi madre que somos muy estrictos con la niña”.

—Celia, alto ahí. Sabes de sobra que no estás en condiciones de pedir nada. Sé que te mueres de ganas de recuperar tu móvil, de tu horario en las redes sociales y de conseguir todos los regalos de tu lista para estas Navidades, pero, tu padre y yo, estamos muy…

—Lo sé, mamá. ¡No puedo más! –Le interrumpió su hija, sollozando. —Mamá, de verdad, necesito que me mires con ternura, que vuelvas a hablar conmigo. No soporto verte así. Sé que te decepcioné. Me equivoqué y no se volverá a repetir. De verdad, mami, de los errores se aprende y éste no lo quiero volver a repetir. Por favor, haz que vuelvan tus abrazos de amor.

—Cielo, es cierto que no me lo esperaba. Te hemos educado desde la confianza y el respeto. Engañándonos, has hecho que dudáramos de ti. Podremos darte o permitirte más o menos de lo que te gustaría y por decirte que “NO”, no dejamos de quererte… Todo lo contrario. Intentamos educarte de la mejor manera que sabemos y en esto, estamos aprendiendo todos. Anda, tesoro, ven a por tu dosis de amor.

 

¿Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

Laura nos da herramientas para que con imaginación ataquemos el día a día, y podamos encontrar soluciones, a las situaciones con las que nos podemos encontrar, e incluso, porque no? adelantarnos a las mismas.…. te apetece conocer más de Laura, te invito a que te sumes a  la inquietud de Laura por un mundo mejor en la educación, también en Facebook