Nadie debería ver morir a un hijo. Nadie debería pasar por esta situación. Nadie. Como decía mi abuela, "Es ley de vida: primero los mayores y después los pequeños". ¿Y dónde está esa ley ahora? ¿No sirve para quién decide no continuar aquí? No me lo puedo creer. ¿Cómo puede haber ocurrido? Ha sido culpa mía. ¿Cómo no me di cuenta? Mi pequeñín, mi pequeño tesoro ya no está. ¿Qué voy a hacer ahora sin ti?
Cada vez que suena el teléfono, se me paraliza el alma. Ese sonido inocente y tan cargado de dolor. Carga completa de angustia 100%. Sudor frío, taquicardia, lágrimas descontroladas y un desasosiego intenso.
-Amor, contesta tú. Si oigo a alguien más dándonos el pésame no lo resistiré. O peor aun, si es algún periodista que se hace eco de la noticia, lo estrangulo y seré yo la protagonista del titular. 
Se aleja. No quiere que le escuche o que le vea llorar. Mejor. Ya me es difícil afrontar mi pena como para verle sufrir. Y sufre. Lo sé. Tanto o más que yo. No. No es posible más.
Nunca me hubiera imaginado en esta situación. Es desgarrador que muera un hijo tuyo. En realidad es cruel que muera cualquier hijo de cualquier madre de cualquier lugar. Pero, ahora es a mí a quien le duelen las entrañas. ¿Por qué ahora esa frase cobra sentido? Es insoportable.
Parece egoísta hablar de dolor porque nos ha tocado hoy a nosotros. Cuando oímos las noticias parecemos anestesiados, acostumbrados a que les pase a otros y temes que algún día tengas que compartir ese tormento porque nunca tu imaginación llega tan lejos al daño real. Pero pasa, analizas qué has hecho mal para que un crío tan pequeño piense en… No puedo. No puede ser real.
-Cielo, era el Director, de nuevo. Estaba consternado. Quería saber cómo estabas. Bueno, estábamos. Que aún no se lo puede creer. Que está para lo que necesitemos.
-Yo solamente quiero que vuelva. Que llegue del colegio, me llame, me abrace y que no pare de hablar. Que me cuente cada detalle que le haya pasado en su día. Quiero no estar cansada cuando llego de trabajar para armarme de paciencia y escuchar su vocecita chillona de un niño de 11 años. Quiero hacer los deberes con mi pequeño, explicarle diez veces, si fuera necesario, el sistema nervioso. Quiero que me cuente un cuento cada vez que vaya a su habitación a darle las buenas noches y dormirme en su regazo. Despertarme aplastada por sus extremidades y tener que hacer alarde de mis maniobras imposibles para salir de la cama sin que se despierte. O mejor, que se despierte y que me pida que me quede. Allí, para siempre.
-Lo sé, cielo, lo sé. Yo también. Pero… Nada. Perdona. Me ha preguntado si alguna vez te habló de algún compañero que se metiera con él o que le hubiera hecho algo que ellos no supieran.
-¿Un compañero? No. No te entiendo. ¿Ha sido un compañero?
-No, cariño. No. Bueno, al menos no directamente. Han encontrado una nota en su pupitre donde decía que así dejaría de sufrir y que su vida serviría para que no les pasara a otros niños.
-No puedo más. No-pue-do-más. No me di cuenta. Vino anoche al despacho. Yo estaba trabajando en el ordenador y me abrazó por la espalda. Lo noté raro y le pregunté si le pasaba algo. Me habló de un compañero. Cosas de críos, pensé. Una excusa para quedarse despierto. Me enfadé con él y le mandé a la cama. Y hoy. Hoy ya no está.

 
Me rompo. Estoy agotada. Me voy a la cama. Quiero dormir y verte en mis sueños.

 

Me da miedo abrir los ojos y no verte. No sé las horas, minutos que he conseguido dormir. Siento la opresión en el pecho, el dolor, el pesar, el tormento… No lo podré soportar. No. No quiero abrir los ojos y ser consciente de que no estás.
Muevo los brazos con la esperanza de que te hayas venido a la cama como alguna que otra noche. Espera, toco algo. ¿Su piernecita? No y va directa una punzada de dolor a mi corazón.
Empiezo a ser consciente de mi cuerpo y tengo las piernas encogidas. Las estiro, pero se quedan en el aire. No lo entiendo. ¿No estoy en la cama? Abro los ojos. ¿El sofá? ¿Qué hago en el comedor si ayer me fui agotada a la cama? ¿Me quedé dormida viendo las noticias?
-¿Tesoro? ¡¿Tesoro?! ¡¡¿¿Te-so-ro??!!
Sonrío y me levanto de un salto y voy corriendo a tu habitación. Ha sido un sueño, por favor. Ha sido un sueño. ¿Si lo repito muchas veces se cumple? Seguro. Si no lo es, me iré contigo.
-Mi pequeñín. ¿Estás aquí?
-Mami, ¿qué pasa? ¿Por qué lloras? Ya, mamá, no me des más besos que me vas a borrar.
-Háblame de tu compañero, tesoro.
-¿Ahora? Si aún es de noche. No serás sonámbula, ¿no? Estás muy rara, mamá. ¿Qué pasa?
-Cariño, no me pasa nada. Simplemente es que nunca estaré lo suficientemente cansada, agotada, irascible u ocupada para atenderte. Quiero que sepas que siempre estaré aquí para ti. Prométeme que tú siempre estarás para mí. Siempre conmigo.
-Mamá, pero a las 8:00h me tengo que ir al colegio y tú no te puedes venir.
-Sí, mi pequeño, a las 8:00h te irás al colegio. Pero, si te pasa algo o se meten contigo me avisarás, ¿verdad?
-Claro, mami. ¿Y si no es conmigo? Eso era lo que quería contarte anoche. No es a mí, pero, sé que se meten con un compañero por ser muy bajito. Ellos me dicen que son bromas, nada de importancia, unas risas a su costa, pero, ayer lo pillé en el baño llorando. Sufría con ese tipo de bromas y no puedo soportarlo. No paro de darle vueltas.
-No te voy a engañar y no te diré que no me alegre de saber que no es a ti a quien insultan. Pero, si callamos, nos estamos convirtiendo en uno de ellos. Seremos acosadores pasivos y fomentaremos que ese tipo de personas sigan con sus “bromas” y todos tenemos un corazoncito al que debemos alimentar con bondad. Mañana iremos al colegio a hablar con el Director. Seguramente sus padres no sabrán qué está ocurriendo con su hijo y hay que parar la situación para que no vaya a peor.
-Sí, mami. Había quedado con otros dos compañeros de clase que iríamos a avisar al profesor.
-¿Sabes, hijo? Estoy muy feliz por tenerte y cada día es una oportunidad que no tengo que desaprovechar.
-Todo esto no lo harás para no ir a trabajar mañana, ¿no?
-¿Te he dicho que te quiero? ¿Mucho?

"LA MAMÁ QUE QUERÍA DESPERTAR PARA ABRAZAR A SU HIJO"