HASTA EL INFINITO Y MÁS ALLÁ...DEL CORAZÓN

Laura Borao - Hasta el infinito y más allá... del corazón

Nunca he podido entender que a la gente de mi edad no le guste leer, adentrarse en mil aventuras, vivir la vida de cientos de personajes o viajar hasta el infinito y más allá.

No me lo perdería por nada del mundo…o eso pensaba yo. Si alguien me hubiera dicho que mi historia podría ser el argumento de una de esas novelas que tanto me gusta leer (pero no protagonizar) no me lo hubiera creído. Desgraciadamente es así.

 

Desde pequeño (quiero decir, más que ahora con 10 años) he sido el bicho raro. Mi madre siempre me decía que soy especial, pero ¿qué iba a decir ella que es la persona que más me quería en el mundo? Nunca podría ser objetiva en ese aspecto, aunque fuera la más lista del universo y con la capacidad de encontrar cualquier cosa perdida en mi habitación.

Cada vez que me lo decía, solamente podía asentir y sonreír, quedarme mirando esos ojos llenos de ternura y su sonrisa hasta llegar al abrazo final. Sus abrazos eran curativos, reconfortantes y blanditos, capaces de aliviar cualquier dolor físico y del alma.

¡Cuánto los echo de menos!

Fue ella la que me inculcó el amor por la lectura, el saborear el olor del papel y disfrutar de cada palabra aprendida. “Soñemos despiertos”, me decía cada noche antes de empezar una lectura nueva. En ese momento dejaba todo en el cajón del olvido. Los desprecios, las burlas, los empujones, los insultos…, ya no existían cuando abría el libro y empezaba la primera línea. En ese preciso momento desaparecían. Nunca le conté a mamá nada de aquello, no quería preocuparla y romper la magia de aquellos momentos juntos.

 

Desde que mamá no estaba, leía menos porque me recordaba demasiado a ella y dolía. Estaba cansado de recibir las continuas burlas e improperios de algunos de mis compañeros. Ya no era lo suficientemente fuerte para que sus comentarios no me afectaran. No, ya no lo era porque quién me daba la fuerza, ya no estaba.

Era el momento de salir al mundo, distraerme y no pensar demasiado. Ya poco importaba. Nada importaba.

 

Seguramente mi profesor habló con mis compañeros uno de esos días que tuve que ausentarme. A mi vuelta me reunió para exponerme su preocupación después de lo ocurrido. Odiaba que la gente me mirase de aquella manera, como si fuera un cachorro abandonado y desnutrido en mitad de la acera al que hay que ayudar por ser Navidad. ¿Y el resto del año? Sabía que estaba realmente alarmado por mi reacción con los cambios acaecidos en el último mes, pero yo estaba enfadado con el mundo, rabioso, iracundo, susceptible a cualquier estímulo y no lo podía soportar.

 

Nunca me había interesado por lo que hacían los demás en el tiempo libre del que disponíamos en clase, la verdad. Yo me dedicaba a soñar despierto y eso a los demás no les gustaba. Sabía que iba a ser complicado, no iba a ser nada fácil dejar de ser la diana para convertirme en uno de ellos. No sé quién dijo aquello de que “si no puedes con tu enemigo, únete a él”. Pues eso hice. Dejé que el profesor fuera mi punto de apoyo, que insistiera a los demás alumnos que jugaran conmigo. Por supuesto no le conté nada de los insultos o de las collejas. No hubiera sido un buen inicio y se le veía tan ilusionado a D. Fernando, que no pude llevarle la contraria.

Al principio, mis compañeros estaban reticentes a incluir en el grupo a alguien tan distinto a ellos. El “bicho raro” o el “biblio” no cuadraba entre su gente, debía de dejar de serlo, cambiar y ser uno de ellos.

Fue toda una aventura descubrir que además de disfrutar metiéndose con todo aquel que no era como ellos, les gustaba jugar al futbol, correr, pelearse y odiar a las chicas (aunque ellas eran mucho más interesantes y calmadas que ellos).

Como durante muchos años había sido un “niño rata” por quedarme siempre en clase o en casa, leyendo o divirtiéndome con juegos de intelecto, no fue fácil aprender a jugar y relacionarme de nuevo con compañeros con los que no tenía nada en común. Pero, los rayitos de luz que desprendían los ojos de mi padre cuando le contaba que jugaba (intentaba jugar) con los compañeros de clase, valían la pena para esforzarme.

Durante un tiempo fue divertido volver a oír mi risa, jugar, caer, correr, saltar, formar parte de un grupo. Había conseguido que mis entrañas dolieran un poco menos siendo aceptado por ellos, pero, ¿a qué precio? Su gusto por meterse con otros compañeros no cesó por estar yo en el grupo. Al principio no me di cuenta pues siempre había pensado que yo era el único que recibía sus ataques, pero, no era así. Entendí que no era por mí en concreto como siempre había pensado. No era fijación por mí, simplemente buscaban un divertimento y ese, para ellos, era menospreciar, insultar e incluso agredir a otros a los que ellos consideraban inferiores.

-Vamos Arturo, cógele el libro sin que se dé cuenta y dibújale una rata con gafas. –Me pidió uno de mis compañeros.

-¿Cómo? No lo voy a hacer.

-Es solo una broma, no seas aguafiestas. No pensarás que te hemos aceptado en el grupo sin más, para mantenerte al margen. No seas tonto, es muy divertido ver las caras que se les quedan. –Me insistió.

La verdad es que me lo pasaba bien, había descubierto un mundo fuera de los libros gracias a ellos. Habían aliviado, sin ellos pretenderlo, el dolor que se me había instalado en el corazón. Cogí su cuaderno, lo abrí por una página en blanco y dibujé con mano temblorosa aquel dibujo que tanto odiaba mientras el resto me vitoreaba.

Ese juego ya no me gustaba. Yo no era así. Mis padres no me habían educado para hacer daño.

Llegué a casa temblando como una hoja de otoño a punto de desprenderse de su rama. No podía soportarlo, me había convertido en uno de ellos, en lo que más odiaba. Lo que me hacían a mí, yo se lo había hecho a otra persona. ¿Cómo podía haber cambiado tanto?

A la primera persona que vi cuando llegué a casa fue a mi abuela, a mi iaia. Ella era la única persona, después de mamá, que podía leerme el pensamiento (papá lo intenta, pero no tiene tanta habilidad). Se acercó, me abrazó, esperó a que terminara de temblar y me dijo:

-Arturo, algo grave debe haber pasado para que vengas en ese estado. Pero, esos temblores me huelen a culpabilidad y arrepentimiento. Así que, cuando te calmes y te veas preparado, aquí estaremos, tu padre y yo.

Abrí los ojos tanto que pensé que se me saldrían. ¿Cómo podía saber lo que pasaba con solo mirarme?

Fui a lavarme la cara, mirarme al espejo y ver reflejado en él la persona en la que me había convertido, respirar hondo y asumir las consecuencias.

Me armé de valor cuando vi que estaban los dos esperándome en mi habitación e intenté explicarme lo mejor que supe.

-Papá, lo siento mucho. No dije nada para no preocuparos. Siempre he llevado bien que me vieran como el "raro" por ser un apasionado de la lectura, pero, cuando enfermó mamá y luego se fue, dejó de interesarme. Me recordaba tanto a ella, a esos momentos juntos que me dolía el alma y ella no estaba para abrazarme y curarme. Necesitaba romper con esa tortura que suponía abrir un libro, oler y acariciar el papel, pasar las páginas, girar la cabeza para comentar con mamá algo interesante y…no estar ella. Esa válvula de escape me la ofrecieron las personas con la que yo nada tenía que ver, pero que en ese momento necesitaba. Necesitaba cambiar para no notar la pena. Dejaron de molestarme, me incluyeron en sus planes, aprendí a (mal) jugar al futbol. Y,  papá, estabas tan contento que, simplemente verte así, me animaba a ser como esos compañeros.

-Cielo, estaba contento por volver a verte sonreír, verte feliz. No porque jugases al futbol o tuvieras amigos nuevos. No quiero que cambies por mí. Hazlo por ti mismo. Si tú estás bien, yo también lo estoy. Ya lo sabes. –Me interrumpió papá, sorprendido por aquellas revelaciones.

-Pero, hoy he hecho una cosa horrible. Se me ha ido de las manos. Mamá siempre me decía que no hiciera aquello que no me gustaba que me hicieran a mí y…no he hecho caso. Ha sido horrible. Mis compañeros, esos que antes me insultaban, me han pedido que hiciera lo mismo con otro compañero. Y lo he hecho por miedo a perderlos, también.

-Tesoro, ¿qué has hecho? ¿Qué ha sido tan espantoso para que estés así?

-Iaia, me pidieron que dibujara algo terrible, no por el dibujo en sí, sino por su significado. Me he convertido en uno de ellos y no me gusta. Lo dibujé, pero me arrepentí. Imaginé cómo hubiera reaccionado mamá si estuviera aquí, lo disgustada que estaría. Y la punzada de dolor en el corazón fue peor que la de su marcha. Arranqué la hoja, la tiré, se lo recriminé a mis compañeros y salí corriendo de allí.

-Arturo, no te has convertido en uno de ellos. Todo lo contrario, ha vuelto tu esencia con el arrepentimiento. Como dice tu padre, no debes cambiar por nadie, solamente por ti. Afortunada o desgraciadamente, somos la suma de todos aquellos acontecimientos que nos depara la vida. Son los que nos hacen aprender y evolucionar. Pero, ¿ahora por qué lloras?

-Porqué eso mismo sería lo que mamá me hubiera dicho, “evolucionar desde el corazón”.

-Es que yo le enseñé a tu madre todo lo que sabía, igual que ella te lo enseñó a ti. Y tu padre y yo, te enseñaremos todo lo que sabemos para que te conviertas en la personita más maravillosa del mundo.

-Papá, ¿leerás conmigo esta noche?

 

 

¿Tienes un hijo adolescente y necesitas algún recurso para lidiar con esa personita que va creciendo en tu casa? 

 

Laura nos da herramientas para que con imaginación ataquemos el día a día, y podamos encontrar soluciones, a las situaciones con las que nos podemos encontrar, e incluso, porque no? adelantarnos a las mismas.…. te apetece conocer más de Laura, te invito a que te sumes a  la inquietud de Laura por un mundo mejor en la educación, también en Facebook