Entra en el mundo de Laura Borao y déjate llevar por su fantasía…

 

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Su primera novela

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El Blog donde volver a ser niño

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Huele a libro, a lápiz y cuaderno por estrenar.

Laura Borao - Carta a mi alumno

Carta a mi alumno

  Querido alumno,Querida alumna, Desde aquí arriba, en el escenario, observando, contemplando, fijándome en ti. En tus familiares. En sus sonrisas. En lo orgullosos que están (y estoy) de ti. Pensando y recorriendo por mi memoria todo lo que has vivido en esta etapa. Tu carita llena de nervios, de emociones que han ido generándose durante el curso e incluso durante toda la vida. Ya se acaba y por eso lloras. Seguro que has estado deseando millones de veces que llegara este momento. Pidiendo la liberación que se supone que te dará acabar esta etapa y ahora que estamos todos aquí, no querrías que fuera así. Pero el tiempo pasa y “todo llega”, como decía aquél. Ha llegado el momento de despedirnos, de decirnos “hasta luego” porque no soportamos decirnos “adiós”. Quiero que vuelvas. Tantas veces como te pida el corazón. Yo estaré aquí. Es una noche para repasar nuestras acciones. Las tuyas y las mías. Las que han sido acertadas como las que no. Las que se han hecho desde la rabia y las que llegan desde el corazón. Te has equivocado en alguna ocasión. Lo sabes. Pero es de sabios rectificar, aceptar el error y aprender de él. Todos lo hacemos. La vida es un aprendizaje y hay que avanzar. Te voy a ir adelantando algo por si aún no lo has captado: el camino te dará más de algún golpe, más de una piedra (algunas enormes) que te complicará el andar, que deberás saltar o bordear, y algún agujero que deberás saltar y si caes, sabrás salir de él. Lo importante es que serás tú quien elija cómo caminar por él. ¿Demasiado metafórico? Te lo explico. Me refiero a que eres tú quien elige estudiar (o no), quien escoge escuchar (o no), quien opta por enfadar a tus padres o a tus profesores (o no). Es tan sencillo (y tan complicado a la vez) como una cuestión de elección. Es una cuestión de actitud. Hoy has elegido estar aquí. Miras a tu alrededor y ves a tus compañeros, aquellos a los que en este instante son tus almas gemelas y a los que, en algún momento, lo fueron. Repasas mentalmente las anécdotas vividas con ellos y no puedes evitar agachar la cabeza, sonreír y emocionarte por cada segundo vivido con cada uno de ellos y que, tal vez, ya no los vuelvas a vivir. Y de nuevo te preguntas, “¿Podré hacerlo? ¿Podré caminar sin cogerme de la mano?” Claro que sí. Que esta etapa acabe no quiere decir que, lo que está por llegar, lo hagas en soledad (a no ser que tú lo elijas así). Muchos de tus compañeros seguirán tu camino, muchos de ellos junto a ti. Mira al otro lado. Ahí están tus padres, tu familia. Mira lo emocionados que están y es por ti. Seguramente también están reviviendo todo lo vivido desde que eras un bebé. Todas las risas, los llantos, los enfados y los buenos momentos pasan por sus mentes en estos instantes. Todos esos recuerdos anegan sus ojos. “¡Qué rápido pasa el tiempo!”, están pensando. Ellos te acompañarán siempre. Están muy orgullosos y confían en ti. Mientras tú miras a tu alrededor yo hago lo mismo con mis compañeros y me doy cuenta que estamos todos igual de emocionados. Nuestra labor ha acabado, hemos hecho un buen trabajo. Un año más llega el momento de las despedidas, de los abrazos, los “enhorabuena” y los “le echaré de menos, Seño”. Eso espero. Ahora es el momento de poner en práctica todo lo que te hemos enseñado, tanto tus padres como nosotros, tus profesores, en cada una de las etapas que hemos vivido juntos y que hoy te acompañamos aquí.Ahora tienes que demostrar que elegiste escucharnos, que algo de lo que dijimos e hicimos lo llevas tatuado en las entrañas. Te ayudarán en el viaje.Me quedo con que eres un poco de la esencia de cada uno de tus profesores, de los que vivimos nuestra profesión desde la pasión y el sentimiento. Mi último consejo, y tengo que reconocer que no es mío sino de una muy buena amiga que lo repite continuamente. Ahí va: persigue las tres “C”. Creer-Crear-Crecer. Cree en ti, en tus posibilidades, en lo que llevas dentro, en lo que llevas (llevamos) años instalando en tu interior. Cree para Crear. Crea todo aquello que te llene y que te complete. Eso te hará Crecer. Crecer como persona, emocionalmente. Esto te llevará al éxito. Sé que eres capaz de esto y de más. Hasta el infinito y más allá.Buen viaje. (A per totes! Sempre)     

Laura Borao - La caída de las plumas

La caída de las plumas

Si una tarde lluviosa de junio me descubro perdiéndome entre las lágrimas que se deslizan por la ventana, es que mi subconsciente me está pidiendo que pare, respire y oxigene mi mente. Son técnicas de distracción que utiliza para aliviar el excesivo trabajo de corrección que los docentes tenemos cada poco tiempo (y más en estas fechas). La verdad es que lo tiene fácil conmigo ya que no opongo demasiada resistencia. Seguro que bien oxigenada rindo más y mejor. Esto me recuerda una ilustración (que seguro que han visto en alguna de las redes sociales o en algún grupo de whatsapp) de un búho profesor en dos momentos diferentes del curso, en septiembre y en junio. Cómo empieza el curso con su birrete, sus gafitas y bien peinado; y cómo lo termina, sin birrete ni gafitas, con las pocas plumas  que le quedan y la mirada de psicópata. Graciosa por lo acertada.Muchos de nosotros, lamentablemente, nos sentimos identificados con este dibujo ya que empezamos cada curso con la ilusión de un año más, llenos de propósitos, proyectos, ganas de conocer a tus alumnos, llenos (ellos y nosotros) de aspiraciones y motivaciones. Incluso yo soy de las que, unos días antes, visito la papelería y huelo sus estanterías con los mil y un cachivaches,  me compro material de escritorio nuevo, mis bolígrafos de colores, rotuladores, libreta y agenda para estar preparada; la noche anterior duermo inquieta, nerviosa y emocionada por empezar. Ver sus caritas al día siguiente, algunas asustadas, otras dormidas y otras desafiantes. Un reto más, comienza el curso. “Empezamos en 3, 2, 1,…”. ¿Qué ocurre durante esos meses para que acabemos el curso “sin plumas” como el búho?Cada uno de nosotros vivimos unas circunstancias en las aulas pero, con vuestro permiso, voy a generalizar. El ritmo acelerado del día a día, acabar el temario (porque si no se da hasta la última página del libro se abre un agujero en el suelo indicando el fin del mundo), formarse y buscar nuevos métodos para llegar y apasionar a nuestros alumnos, la frustración que supone no conseguirlo, la indisciplina del alumnado, la diversidad que encontramos en el aula y los pocos recursos para poder atender a todos nuestros alumnos, la adquisición de responsabilidades que le corresponden más a las familias, la cantidad de burocracia que la administración nos demanda, el escaso reconocimiento de nuestra profesión, el cambio de valores y el robo de energía son algunas de las causas de nuestra “caída de plumas”. Hablemos de junio. ¿Ya? ¡Si hace dos días estábamos en marzo! Así sin más nos hemos plantado en el último mes de clases. Tercera evaluación, correcciones, Evaluación Final, correcciones, Festival, Graduación, preparar la convocatoria extraordinaria, últimas excursiones, viaje de fin de curso, juntas de evaluación, entrega de notas, etc. ¿Os suena? Además de lidiar con las circunstancias personales de cada uno, porque, aunque en ocasiones no lo parezca, somos personas, y todo esto se concentra solamente en un mes.Por esta y otras razones siempre digo que la profesión del docente hay que vivirla desde la pasión…o como les gusta llamarlo a otros, desde la vocación. De otra manera sería imposible sobrellevarlo cada día.Y es cuando piensas que ya no puedes resistirlo más, que no vas a sobrevivir al final de curso, que se te acerca uno de tus adolescentes (de los guerreros, de los que has invertido muchas más horas que con el resto para salvarlo de la nube de hormonas que le han acechado durante todo el curso) y te dice “Seño, ¿puedo darle un abrazo?”. Tardas unos segundos en reaccionar y entrecierras los ojos sospechando alguna maldad, confías en él y acabas dando el abrazo. Te sorprende porque lo mantiene, además es de los buenos, de los de oso. Y, justo cuando ha derribado la barrera de seguridad, acaba diciéndote “Gracias”. Una simple palabra que te da las fuerzas necesarias para seguir adelante y terminar.Acaba junio (y para algunos julio) sin plumas pero satisfecho por involucrarte, arriesgarte y dedicarte a la profesión más bonita del mundo.  ​

Laura Borao - Vivir entre Unicornios

Vivir entre unicornios

Hacía poco más de una hora que Elsa había discutido con su madre por no dejarle ir a aquella fiesta. En realidad había sido ella la que había chillado, golpeado el sofá, dado una patada a la mesa del comedor y cerrado de un portazo al entrar en su habitación sin escuchar los argumentos que su madre intentaba que entendiera.Mara, su madre, había mantenido la compostura, “Soy yo la adulta, debo de dar ejemplo”, se repetía Mara una y otra vez ante las mil y una maneras de hacer callar a su hija que se le pasaban por la cabeza (y ninguna dentro de la legalidad). Elsa, ensimismada en su rabia, no se daba cuenta de lo que su madre estaba conteniéndose. No saltar sobre ella y zarandearla hasta que todas aquellas hormonas revolucionadas que habían cambiado a su hija le salieran por las orejas, era su único plan coherente. “¿Y un exorcismo?”, se preguntó como última alternativa a su salvación.Cuando Mara oyó a su marido entrar en el salón a los pocos segundos que Elsa saliera de allí, expulsó el aire que llevaba manteniendo dentro todo ese tiempo. Por fin podía relajarse. Ya lidiaría con su hija en otro momento. Juntos eran más fuertes. Los dos estaban de acuerdo en que se debían cumplir las normas familiares sin excepción. Y no salir en época de exámenes era una de ellas, por muy furiosa que se pusiera Elsa. El enfado con sus padres había provocado que ella se decidiera a aceptar una conversación por mensaje de un desconocido. Aunque dudó, la rebeldía le pudo más. ¿Cuántas veces sus padres le habían advertido sobre los posibles peligros que se podría encontrar detrás de los perfiles de internet? Infinitas. Y aún así, aceptó la solicitud.Cuando el dueño del mensaje se identificó y Elsa supo que era Juan, el chico que le gustaba, sonrió, simplemente por placer. Ese placer que te da la satisfacción al saber que han sido otros los que se han equivocado. Elsa estuvo a punto de levantarse para dirigirse al salón y decirles a sus padres que estaban equivocados, no siempre se escondían detrás del anonimato de internet gente perniciosa como ellos creían. “Elsa 1, papis 0”, se dijo. Era miércoles y le tocaba preparar la cena. Por muy enfadada que estuviera con sus padres, era otra norma que en casa de los García se cumplía sin excepción. Aunque se moría de hambre, no pensaba cenar con ellos. Les dejaría la cena en la mesa y ella se iría a su habitación. Tenía que demostrarles lo enfadada que estaba. Además, aunque ya estaba más tranquila porque sabía que iba a poder acudir a la fiesta de María y ver a Juan, debía hacerles creer todo lo contrario. Seguir el plan. “Es perfecto y nada puede salir mal”, aseguraba Elsa cada vez que releía los mensajes que Juan le había enviado proponiéndole engañar a sus padres. -¿Es que sigues enfadada con nosotros, cariño? –Le preguntó Mara a su hija cuando entró en el coche haciéndolo temblar por el portazo.-Grgdsuf –Contestó cruzándose de brazos después de abrocharse el cinturón.“Menudo viajecito de vuelta me espera”, se dijo Mara poniendo los ojos en blanco.-Hija, ya te he explicado mil veces que, y en el fondo tú sabes que tenemos razón, la semana que viene te juegas el curso. Debes prepararte bien si no quieres suspender… -Intentó hacerle razonar por enésima vez.-No, mamá, no es eso. ¿Es que no me entiendes o no me quieres entender? Eso ya ha pasado. Sé que tengo exámenes y trabajos pendientes que tengo que presentar. Aunque me fastidie no ir a la fiesta de María, entiendo las normas y sé que lo hacéis por mí.-Perdona, Elsi, ¿me lo estás diciendo en serio o es uno de esos momentos de “ironía on” que siempre me dices? –Le interrumpió su madre sorprendida por las palabras de su hija.-No, mami, lo digo de verdad.“¿Ahora soy mami?…no sé qué es más peligroso”, pensó temblando su madre esperando qué era lo siguiente.-Es que hoy la profesora me ha dado una noticia peor que tú ayer. Mucho peor que la prohibición de no poder ir a la fiesta de María, mamá. Estoy que me subo por la paredes porque el fin de semana va de mal en peor.-Ay, cielo, por favor, suéltalo ya que me estoy poniendo nerviosa. ¿Para ti qué hay peor que no ir a la fiesta para quedarte estudiando?-¿Te acuerdas de Ana? Esa compañera de clase que se margina, viste como una pordiosera, que no habla con nadie y que sus padres nunca vienen a las reuniones del colegio. –Le intentó describir Elsa.-Tesoro, no me gusta que hables así de una compañera, en realidad, de nadie. No conoces sus circunstancias y, por lo que veo, no te has preocupado por conocerlas. No tienes que juzgar a las personas tan libremente. Pero bueno, ¿qué pasa con ella? –Dijo Mara en un tono irritado ante la insensibilidad de su pequeña.-¡Pues no me dice hoy que debemos hacer el trabajo juntas! Sí, sí, mami, ¿te lo puedes creer? Así, con esa cara me he quedado yo cuando la profesora nos lo ha dicho. Además, me tengo que amoldar a sus horarios y tenemos que juntarnos mañana porque el fin de semana no puede. Y estarás pensando que lo hagamos por videollamada. Pues lo mismo que he pensado yo antes de tener que ir a su casa y quedarme a dormir. ¿Y mi sorpresa cuál ha sido? Que no tiene cámara en el ordenador. ¿Te lo crees? Has visto como es rara. De verdad, mami, lo que me faltaba para hundirme más en la miseria. Joooo, mami, es que todo me pasa a mí.-Por favor, Elsa, no hables así. Además, ¿te has preocupado por conocerla un poco mejor? Igual te sorprende y congeniáis más de lo que te imaginas. Seguro que tu profesora lo ha hecho para que Ana se integre en el grupo de clase y te ha escogido para hacerlo con la excusa del trabajo. Sé que ahora se te hace un mundo, pero seguro que sacas algo bueno de esta experiencia. Ponte en su lugar, por favor, Elsa. Tanto tu padre como yo te hemos enseñado siempre a actuar desde el respeto. –Intentó Mara convencerla.-Mami, pero ¿quedarme a dormir en su casa? Me muero. ¿Sabes que voy a ser el hazmerreír de la clase el lunes en cuanto se enteren mis amigos?-Sé que tu vida social es muy importante para ti (o lo más importante, desgraciadamente), pero si se burlan, deberías ser tú la que defendiera la situación porque Ana se merece el respeto del resto de compañeros. Y si piensas que tus amigos se van a meter contigo por hacer un trabajo con ella, creo que no me gustan tus amigos. Y si a ti te pasa lo mismo…empiezas a gustarme un poco menos. Te quiero con locura, y lo sabes, pero no me gusta que pienses así. Todos nos merecemos una oportunidad y tú se la darás a Ana. ¿De acuerdo?Elsa abría los ojos un poco más con cada palabra de su madre. No podía creer que el plan estuviera saliendo redondo. Con todo lo que había practicado y era su madre la que le decía que aceptara, e incluso le animaba a irse a casa de Ana. Estaba deseando llegar para poder chatear con Juan y contárselo. “Es un genio”, pensó.-Vale, mami, le daré una oportunidad. Mañana cuando salga del cole me iré con ella a su casa a hacer el dichoso trabajo. ¿Contenta? ¿El sábado me puedes recoger en el centro comercial? Te avisaré cuando lo tengamos terminado.-Gracias, cielo. Así me gusta. –Le sonrió a su hija por el espejo retrovisor. Cuando llegaron a casa, Elsa se metió en su habitación pues tenía muchas cosas que hacer para el día siguiente.“¿Seguro que era él quién te escribía?”, se repetía la frase del angelito que le hablaba al oído. “Claro, él me lo dijo. ¿Si no cómo sabía lo de fiesta?” Aseguró.-Me estoy volviendo un poco paranoica. Elsa, tranquila. Vas a disfrutar de la fiesta, vas a bailar con tus amigas y vas a ver a Juan. Y, al día siguiente, tus padres te recogerán como si nada hubiera ocurrido. –Le dijo el diablillo que se instaló en su hombro. Cuando Javier llegó a casa esa noche, sonrió al comprobar que el ambiente era relajado. Su hija en la habitación y su mujer preparando la cena. Respiró paz y tranquilidad. No quería hacerse ilusiones porque ese estado podía cambiar en cualquier momento. -Cariño, ¿qué te parece si mañana que cocino yo, invito a cenar a mis princesas? –Le dijo Javier oliendo de cerca lo que estaba cocinándose en la olla. –Mmmm. –Se le escapó saboreando aquel momento.-Pues tu princesa mayor estaría encantada. Elsa tiene que ir a casa de Ana, su compañera de clase, para terminar un trabajo que tienen que presentar el lunes. Su profesora se lo ha dicho hoy. Estaba bastante fastidiada, no quería hacerlo con ella porque dice que es un “poco rarita”. La he convencido para que se vaya. No puede suspender y debe relacionarse con todo tipo de compañeros. Creo que la experiencia le irá muy bien.–Le informó Mara pasando sus brazos por los hombros de su marido.-Mmmm…¿Y ha aceptado sin rechistar? ¿No te parece extraño que acepte a la primera cuando lleva una temporada protestando por todo, hasta del aire que respira? –Sospechó Javier.-La verdad es que me ha llamado “mami” demasiadas veces. Le mandaré un correo electrónico a su profesora para que me lo confirme. Siempre nos dice que ante cualquier sospecha que le preguntemos para cerciorarnos. Están en una edad muy complicada y no hay que fiarse del todo. -Cariño, no quiero que te enfades con lo que te voy a contar. ¿Vale? –Le pidió  Mara al día siguiente cuando lo llamó por teléfono.-Cielo, si me llamas al trabajo y me dices que no me enfade…empiezo a enfadarme desde este instante. ¿Qué ha pasado? ¿Le ha pasado algo al coche? ¿Es Elsa? Habla rápido, por favor. –Le pidió su marido.-Bueno, pues es que esta mañana he recibido un correo de la tutora de Elsa diciéndome que no sabía nada de ese trabajo que tenía que hacer con otra compañera. Ya te puedes imaginar cómo me he puesto al leerlo y la he llamado al colegio. Le he pedido que no le dijera nada porque quiero saber hasta dónde está dispuesta a llegar. He estado cotilleando su ordenador y fue un tal Juan quien le propuso este engaño para poder ir a la fiesta de María. Sé que debería confiar en nuestra hija, pero, como dice el juez de menores ese tan famoso, mientras viva en nuestra casa tenemos derecho a saber qué pasa con ella. Me duele tener que hacerlo, pero más me dolería si le pasara algo. –Se lamentó Mara.-¿Qué ha pasado con la pequeñaja que vivía obsesionada con los unicornios?-Muy sencillo. Ha crecido y ya no es una niña. Creo que le gusta ese tal Juan. -Le aseguró su mujer.-Mara, añade una nueva norma. Nuestra hija no se puede enamorar hasta los 40. ¿Sabes que voy a odiar a todas sus parejas, verdad?-Sí, lo sé, cielo. Allí nos vemos. Cuando llegó la hora de la salida del colegio, Mara y Javier habían aparcado a varias manzanas de distancia para que su hija no reconociera sus coches. Esperaron pacientemente tras la esquina para poder seguirla. Mara reconoció a Ana, la compañera que Elsa utilizó como excusa para dormir fuera de casa. Salía sola, con la cabeza agachada y con paso rápido. Para su sorpresa, pocos segundos después salió tras ella su hija. La paró, le dijo algo y se fueron juntas.-Igual nos hemos confundido y sí se va a casa de Ana. –Le dijo Mara a su marido, sorprendida por aquella escena. Aún así las siguieron a unos metros de distancia. Cuando llevaban varios minutos andando, Elsa se despidió de su compañera y ella se limitó a sonreír tímidamente y a hacer un ligero gesto con la cabeza. A partir de ese momento ambas emprendieron caminos opuestos. Los padres de Elsa se miraron y les bastó para saber que estaban pensando lo mismo. Elsa simplemente quería disimular.Unos pocos metros más, un chico algo mayor que su hija se interpuso entre ella y Mara y Javier.Elsa podía percibir que alguien se le acercaba por detrás y se asuntó. Aceleró el paso por instinto y siguió oyendo los pasos cada vez más cerca. Ella levantó la cabeza para mirar dónde estaba. “¿Qué calle era aquella?” Se había equivocado en el cruce. Empezó a ponerse nerviosa, ya no pensaba con claridad y empezó a correr “por si acaso”, se dijo. Tenía que encontrar la calle donde había quedado con Juan para ir juntos a la fiesta, tal como le dijo por mensaje. No había dado ni dos zancadas,  cuando alguien le cogió el brazo frenándola en seco. Se le escapó un grito y cerró los ojos por inercia. ¿Dónde se había metido? “Si cierro muy fuerte los ojos, cuando los abra estaré en casa con los papás.”, pensó esperanzada.-Elsa, soy Juan. Mírame. –Le agarró aún más fuerte y la zarandeó para que le hiciera caso.Finalmente ella los abrió pero no estaba en su casa sino en una de las calles peatonales que había cerca del colegio. Le costó un poco enfocar a la persona que tenía delante.-¿Juan? Tú no eres Juan. Suéltame. Mis padres me están esperando en la esquina. –Intentó zafarse de su agarre.-Bueno, no soy el Juan que tú esperabas pero ese es mi nombre. ¿Y tus padres? Lo siento, pero ellos están en casa, tranquilos y confiados, pensando que estás en casa de tu compañera haciendo un trabajo. Tenemos mucho tiempo ya que hasta mañana no te esperan. Además, tú pensabas ir a una fiesta, ¿no me vas a invitar? –Le pidió aquel chico intentando atraerla hacia su cuerpo y así poder besarla.-Perdona, Juan, ha habido una confusión. Lo siento, pero me tengo que marchar. Me esperan en casa de mi amiga María. –Le dijo Elsa realmente asustada ante aquella situación.-No te preocupes, Elsa. Ya están avisadas. Les he dicho que finalmente no podrás ir a la fiesta.-Pero, ¿cómo es posible? ¿Cómo sabes que iba a una fiesta? Déjame marchar, por favor. –Le suplicó confundida.En ese momento Elsa solamente podía pensar en sus padres y en la cantidad de veces que le habían advertido sobre los peligros de internet.De repente, al mirar a su alrededor, se dio cuenta que se acercaban más chicos que no conocía. Sus piernas empezaron a temblar, empezaba a notar que le faltaba el aire y no podía respirar. ¿Dónde se había metido?-¡Elsa! –Gritó uno de los chicos.Ella se giró al reconocer la voz. Él era Juan. Estaba a salvo.-Juan, por favor. Ayúdame. Este chico…No pudo terminar de hablar al darse cuenta que todos aquellos chicos estallaban en carcajadas, incluido su amigo Juan. En ese momento cayó en la cuenta que la habían engañado para burlarse de ella. Estaba tan contrariada que no sabía si enfadarse o ponerse a llorar tras el susto. Aquellos minutos le habían parecido horas. Mientras ellos seguían con sus burlas, “Era broma, mujer.”, “No te pongas así. Menuda cara has puesto”, Elsa no pudo evitar utilizar el teléfono para llamar a las personas que más quería y a los que había traicionado su confianza.  -Mamá, ¿puedes venir a por mí?-¿Ahora? ¿Y el trabajo? No es posible que lo hayas terminado.-Mamá, ven, por favor.-Vamos enseguida, cariño. Gírate, tesoro.-¿Qué? –Dijo Elsa mientras se daba la vuelta.“Lo siento” fue lo único que salió de su boca, apenas audible por el susto. La vergüenza, la culpabilidad y el arrepentimiento le consumían. ​

Laura Borao - Controlando la respiración

Controlando la respiración​

Apoyado en la pared del fondo del ascensor, con los ojos cerrados y controlando la respiración, Javier pensó en calmarse ya que su familia no se merecía que llegase a casa con aquella tensión. Abrió los ojos y miró el marcador de los pisos restantes, aún le quedaban cinco más. Ya podía aflojarse la corbata que le había estado oprimiendo la garganta durante todo el día. Empezaba a notar como su cuerpo iba liberándose de todo el estrés. Había sido un día duro de trabajo y estaba deseando llegar a casa, respirar hogar, echarse con su mujer en el sofá y ponerse al día de sus respectivos quehaceres. Por fin podría respirar, calmarse y descansar. En ese estado de ensoñación, Javier abrió sus ojos sobresaltado al oír chillar. Eran dos voces femeninas que discutían. ¿Cómo podía ser que las oyera desde dentro de aquel pequeño cubículo? ¿Eran su mujer y su hija? “Adiós tranquilidad”, pensó. Justo en el preciso instante que entraba en casa, una llama incandescente pasó fugaz por su lado. Murmurando en arameo entró en su habitación dando un monumental portazo.  -Hola hija, ¿cómo estás? Yo bien, papi, te he echado de menos. Yo también… En fin, hoy no es el día. Me quedo con las ganas de que mi pequeña me salude ¿Qué fue de aquellos años cuando entraba en casa y Elsa venía corriendo a abrazarme? –Se dijo Javier apenado.  Mientras se quitaba la chaqueta y la dejaba colgada en el perchero del recibidor pensó en la otra parte de la discusión, Mara, su mujer. ¿Qué habría pasado esta vez? Odiaba aquella situación. Últimamente su mujer y su hija discutían por todo. De carácter similar, chocaban demasiado. A pesar de eso, a Javier no le gustaba que Elsa expulsara toda su rabia adolescente contra su madre ya que Mara simplemente era la portavoz de unas normas que habían establecido entre los dos y que ella debía acatar. Se apenaba al pensar que Mara era la que recibía la peor parte de una Elsa hiperhormonada al pasar mucho más tiempo con ella. Pero el trabajo le obligaba a pasar mucho más tiempo en la oficina que en casa. Recordó cuando su mujer y él montaron el despacho de arquitectos justo en el momento de mayor esplendor en el sector. Fueron años  boyantes hasta que llegó la crisis y tuvieron que cerrarlo. Años duros, con una hija pequeña que era su responsabilidad. Javier encontró trabajo en otro despacho donde los horarios los ponían otros y no le quedaba otro remedio que cumplirlos. Así que últimamente, cuando llegaba a casa, se encontraba aquel panorama más veces de lo que le gustaría. Estaba muy orgulloso de su mujer. Aguantaba el tipo delante de Elsa y no le flaqueaban las fuerzas. Él conocía perfectamente lo concienzuda que podía llegar a ser su hija y admiraba la resistencia de Mara. Era ella la que iba a todas las sesiones de la “Escuela de padres” que organizaban en el centro, la que estaba en contacto con la psicopedagoga del colegio y la que se leía todos los libros que encontraba sobre cómo educar a los hijos. Precisamente todo aquel “conocimiento” era el que provocaba aquellas discusiones ya que (evidentemente) a Elsa no le gustaba las decisiones que tomaban sus padres. -Cariño, ¿cómo estás? ¿Qué tal ha ido el día? Acabo de ver a la furia de nuestra hija entrar en su habitación. Por cierto, recuérdame que llame a la aseguradora para ampliar la póliza. Como siga dando esos portazos, un día de estos, se nos cae la casa a pedazos. –Le dijo Javier mientras se acercaba  y abrazaba a su mujer que estaba de pie, mirando por la ventana.-No te preocupes, se le pasará. Ahora mismo vuelvo a ser la malvada bruja del cuento…ya estoy acostumbrada. –Dijo Mara en un hilo de voz. Odiaba sentirse la peor persona del mundo, pero era por el bien de su hija. Elsa no se daba cuenta de aquello y se lo hacía saber con mucho ímpetu.-Hablaré con ella…cuando esté algo más calmada. Tiene que entender que lo que tú le dices es en boca de los dos. No soporto que te eche la culpa de todo. –Le dio un beso en la mejilla. -¿Qué ha sido esta vez? Mientras Mara y Javier conversaban en el salón, Elsa encendió su ordenador ya que, hasta después de cenar, sus padres no le darían su teléfono móvil para tener su hora de esparcimiento en las redes sociales. Aunque con la bronca que había tenido con su madre, le extrañaba que se lo dejaran aquella noche. Necesitaba hablar con alguien, expulsar toda la rabia que llevaba dentro y tranquilizarse. Entró en la aplicación que tenía el ordenador para vídeollamada que solamente utilizaba para los trabajos en equipo y las emergencias…y aquello lo era. Sus amigas tardaron unos minutos en conectarse, pero allí estaban cuando las necesitaba.-Elsi, ¡No me digas que no te dejan venir a casa! Estarán todos. Y cuando digo todos, me refiero a TO-DOS. No puedes no venir. –Le dijo María.-Lo sé, tía. Pero ya sabes que cuando mi madre dice que no, es que no. La ODIO…bueno, no en general, pero sí en este momento. -Y si se lo pides a tu padre, ¿te dejará? –Habló Carmen.-¡Qué va! Son un muro bien armado. Mi padre es más conciliador pero están de acuerdo siempre. A veces desearía que se llevaran mal…conseguiría más cosas. –Se apenó Elsa.-Mis padres ni se hablan, así que lo soluciono diciendo “Me ha dado permiso mamá o papá” (según con quien esté hablando) –Les recordó Raquel.-No me puedo creer que no te vengas a casa este fin de semana, Elsi. Vas a perder la oportunidad de hablar con ÉL. Me han dicho que también está interesado. -No me lo recuerdes, María, ya estoy bastante enfadada. Mis padres no entienden que los estudios no son mi prioridad. “Es por tu bien, por tu futuro”, “Aun no tienes edad para ir a fiestas”, “El lunes tienes exámenes y lo primero es lo primero”, “Ya tendrás otras oportunidades de ir a fiestas”, “Cuando te lo ganes”. De verdad, de mayor no quiero ser como mis padres. Matadme. –Sentenció Elsa.Se despidieron una vez estuvo algo más calmada con la promesa de encontrar una solución y se puso a trabajar sin desconectar la aplicación por si surgía cualquier cosa. Conocía a sus amigas y sabía que algo se les ocurriría que le salvara de aquella angustia. Poco después de media hora, se encendió el piloto de la aplicación. Era la opción de mensajes. Elsa se moría de curiosidad, pero le extrañaba que alguna de sus amigas utilizaran esa opción para comunicarse con ella. Después de comprobar que no era capaz de concentrarse, dejó el trabajo a medias y abrió la ventana de los mensajes. Un simple “Hola Elsa” parpadeaba en la pantalla. No tenía gravado aquel usuario pero eso no significaba que no lo conociese, simplemente era que nunca habían hablado a través de aquel medio. Dudó varias veces si contestar o no. -¿Mamá qué haría? –Se preguntó a sí misma. –Seguro que ella no hubiera tenido la tentación ni de abrirlo. Es tan per-fec-ta.Después de aquello y como aun estaba enfadada con ella, contestó “Hola”. Sabía que estaba dando pie a una conversación con alguien que no sabía si conocía. ¿Cuántas veces sus padres le habían hablado de  los peligros que podían haber detrás de los perfiles en internet? Infinitas y, por un segundo, Elsa notó un escalofrío ante las mil posibilidades que le pasaban por la cabeza. “Ahora ya está hecho”, pensó. -Me alegra ver que contestas. No estaba seguro que lo hicieras.-He dudado, la verdad. ¿Quién eres? -Me han dicho que no vas a poder ir a la fiesta en casa de María. Soy Juan. Elsa abrió los ojos como platos ante la sorpresa. Era Juan, el chico que le gustaba. Él era un par de años mayor que Elsa, pero tenían amigos en común ya que todos los chicos jugaban en el mismo equipo de futbol y de vez en cuando se juntaba con ellos. Hacía tiempo que se había fijado en él pero solamente dos de sus mejores amigas lo sabían. Juan era la razón de la importancia de acudir a la fiesta de María. Él estaría allí. -Hola Juan, menuda sorpresa.-Sí, perdona mi atrevimiento, pero, cuando me han dicho que no te vería en la fiesta, no he podido evitar escribirte e intentar convencerte para que acudas. Quiero verte. Elsa no pudo evitar sonrojarse después de colocar de nuevo sus ojos dentro de sus órbitas. -No sé cómo hacerlo. Mis padres no me dejan porque estamos de exámenes y tengo que presentar varios trabajos el lunes. Me ha pillado el toro y voy con mucho retraso. Va a ser imposible convencerlos. De hecho, acabo de tener una bronca monumental con mi madre. Poco más que me tiene secuestrada. No me deja hacer nada. Es muy controladora, firme y cabezota. Hay veces que pienso en escaparme y no volver jamás. -Pues…hazlo.-¡¿Qué?! ¿Cómo voy a hacerlo? No puedo irme de casa, así sin más. Aunque en muchos momentos los odio, son mis padres. No puedo dejarlos. Además, conociéndoles, moverían cielo y tierra hasta encontrarme…y ahí sí que estaría castigada de por vida.-Jajaja, no me refería a escaparte para siempre, solamente para la fiesta. -Ah, pero…¿Cómo lo hago?-Dime el nombre de una compañera que no tengas mucho contacto con ella y que además tus padres no conozcan a los suyos. -Mmmm, podría ser Ana. No hemos coincidido nunca. Es un poco rarita y sus padres también. Nunca han querido venir a ninguna reunión. -Muy bien, pues perfecto. Diles mañana a tus padres, cuando vuelvas del colegio, que uno de los trabajos que tienes que entregar el lunes lo haces con esa tal Ana. Que sus padres son muy especiales (más que los tuyos, puedes añadir) y que no permiten que su hija vaya a casa de ningún compañero. Que te fastidia horrores tener que ir a su casa y quedarte a dormir, pero que no te queda otro remedio. Seguro que tú ya le has hablado de esa compañera rarita de clase y no se sorprenderá de lo que le cuentes. Si me das tu número de teléfono, yo mismo puedo llamarte haciéndome pasar por el padre de Ana para acabar de convencerla.-Madre mía, Juan, ni en un millón de años se me hubiera ocurrido a mí esta historia. -Te llevo un par de años de ventaja, Elsa.-Es buena…Podría colar.-Les diré que a la salida del colegio acudirás con Ana a su casa y que al día siguiente comeremos en el centro comercial cerca del colegio. Pueden recogerte allí.  -Mamá, ¿puedes venir a por mí?-¿Ahora? ¿Y el trabajo? No es posible que lo hayas terminado.-Mamá, ven, por favor.…​

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