Entra en el mundo de Laura Borao y déjate llevar por su fantasía…

 

Para aprender educando. Para ver a través de los ojos de un niño... Vive sus historias y sumérgete en sus personajes...

Conoce a  Laura

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Para crecer soñando.

Su primera novela

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El Futuro depende mucho del brazo que te agarra...

El Blog donde volver a ser niño

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Huele a libro, a lápiz y cuaderno por estrenar.

¿DÓNDE ESTÁ MI PEQUEÑA?

Creo que me he vuelto loca. Aquí estoy agazapada detrás de un coche aparcado cerca del colegio de mis hijas. Espero que no me vea nadie hacerlo o pensarán que estoy para ingresar en un psiquiátrico. ¿Pensarán? Seguro que la asociación de padres, de vecinos o de animales en peligro de extinción ya se han reunido para declararme oficialmente incapacitada por cometer locuras de este tipo. ¿A quién se le ocurre? Pues, a mí. Ayer fue un día trágico, el peor en mucho tiempo. Todos me decían que tarde o temprano llegaría, que debía prepararme para el momento y siempre pensé que exageraban o que “con mis pequeñas no pasará” ¿No pasará, no pasará? Pues así, sin avisar, y de cara. Como una bofetada a traición. Yo...yo la traje al mundo, después de tantas horas de sufrimiento, de respiraciones acompasadas, sudores, calambres y gritos y así me lo paga… -Mamá, tengo que hablar contigo. –Me dijo Alejandra con una voz débil, como avergonzada de lo que quería contarme.Tengo que reconocer que en un primer momento me hizo gracia su frase escogida. Me hizo pensar que estaba ensayando para dejar a su primer novio…de aquí a diez años.-¿Podrías no acompañarme al colegio? ¿Ni venir a recogerme? Claro. ¿De verdad me estaba pidiendo más espacio, su independencia o cortar el cordón umbilical? ¿A mí? ¿A su madre? Por favor, ¿dónde estaba mi bebé? Si aún no había terminado primaria.Debió darse cuenta de mi incredulidad con mi cara de… “Estás soñando si te piensas que lo voy a consentir”.-Mami, ¿qué no confías en mí? –soltó Alejandra, cabizbaja, arrastrando los pies para caminar y sus hombros hundidos.¿Dónde había aprendido esta niña a sacar matrícula de honor en chantaje emocional? Pues no, no me fiaba. Sí de ella, pero aún no me había dado tiempo a pensar si confiaba de todo aquel que le rodeaba. -Mamá, por favor, si solamente tengo que cruzar un par de calles y ambas tienen semáforo. Te prometo parar cuando esté en rojo y pasar cuando esté en verde.-Alejandra, no vayas de listilla. –Le advertí por aquel tono empleado conmigo. –Me lo pensaré.Por supuesto ella no se conformó con mi contestación y se pasó toda la tarde intentando convencerme de que lo que proponía era la mejor opción. Anoche no pude pegar ojo pensando en lo rápido que había pasado el tiempo. En breve cumplía 12 años y debía de acostumbrarme a aquellas peticiones. ¿Por qué no lo vi venir? Ahora pasaba más tiempo en su habitación, escuchando música o leyendo. Ya no quería pasar tanto tiempo con nosotros, ni jugar a las casitas con sus “enanas”, como las llama ella cariñosamente. Sí que es verdad que últimamente nos pide más tiempo en soledad y lo respetamos porque se está forjando su propia identidad y así nosotros también disponemos de un poco más de tiempo como pareja, ya que con el nacimiento de las gemelas se nos olvidó que lo éramos. Ahora se encierra horas en el cuarto de baño para arreglarse. Con su tercer “Mamá, sal que me estoy duchando”, me quedó claro, no quiere que la veamos desnuda. Pero, sobretodo, no puedo con sus cambios de humor. Igual está contentísima, como irascible o triste. Nos va a volver locos.-Juan –le dije a mi marido encendiendo la luz de la mesita.-Mmmm-¿Duermes? Me acabo de dar cuenta…Tu hija está preadolescente. ¡La que nos espera!-Mmmm, bueno, cielo, no te preocupes. Se le pasará. –Me contestó él medio adormilado.-Pues dentro de nada nos trae a su pareja a casa. ¡Cie-lo!-¿Có-mo?Ya había conseguido que volviera a la consciencia. La verdad que sentaba mejor si la preocupación se compartía. Aunque su padre solamente hablaba de las armas más efectivas para “cargarse” a toda pareja que se atreviera a profanar a su pequeña.No nos quedaba más remedio que ponernos la armadura resistente a arrebatos adolescentes y pedir que pasara pronto. Aunque esa armadura nos iba a tener que aguantar lo suficiente para sobrellevar también esa etapa con las gemelas. Dos a la vez. No lo había pensado. Entrada en pánico en tres-dos-uno. “Respira. Paciencia, es cuestión de tiempo”.Aún recuerdo, siendo Alejandra un bebé, como se le iluminaba la cara cada vez que me veía entrar a la habitación y me sonreía como si hubiera visto a su hada madrina. O, siendo un poco más mayor, como venía corriendo a que yo le curase al caer. No servían los conocimientos que pudieran tener cualquier profesor, médico o adulto más que los mimos de su “mami”, es decir, yo. ¡¿Y ahora me pide espacio?! Aquí estoy, detrás de un coche, observando como mi hija mayor interactúa con sus amigos, ríe, se abraza y habla con ellos. Con ellos, sí y conmigo, no. ¿Tan mal lo hemos hecho? De repente me doy cuenta que tengo los ojos anegados en lágrimas que están a punto de derramarse. Solamente hay una persona que puede calmarme esta inquietud.-Mamá, necesito consejo.Simplemente oír su voz al otro lado del teléfono ya noto como mi cuerpo empieza a destensarse. Cuando termino de explicarle todo lo acaecido en el último día y medio, a mi madre solamente se le ocurre explotar en una carcajada que dura un par de minutos hasta que le llamo la atención. Estoy indignada, ¿cómo puede reírse de algo así?-Hija, cariño, discúlpame, pero ha sido como volver 20 años atrás y oírte renegar de mis mimos. Tu primer “Déjame en paz” me rompió el corazón. Noté un dolor agudo en la boca del estómago y pensé que lo había hecho fatal contigo. Tres palabras me habían convertido en la peor madre del mundo, llena de inseguridades y miedos nuevos. Pero, mírate, no lo hice tan mal. Te convertiste en una personita adorable después de pasar por la fase de la hija del mal. ¿Ya no lo recuerdas? Por lo que me cuentas, Alejandra empieza ese proceso de transformación. Piensa que si vosotros lo estáis pasando mal, para ella aún es peor que es quien lo padece. Déjale su espacio sin romper el hilo que os une. No olvides que es ahora cuando Alejandra se siente más perdida (mucho más que vosotros) y necesitará de vuestro apoyo siempre. Tenéis que ser comprensivos con ella, que no permisivos. Son cosas diferentes. Así que, dale un voto de confianza, ponte en su lugar y no caigas en sus chantajes. Utiliza el sentido común y todo saldrá bien.Le agradezco a mi madre aquellos consejos y me despido de ella mucho más tranquila. Me levanto y me voy al trabajo. Alejandra tiene que encontrar su sitio, crear su identidad con toda la educación que le hemos dado y con sus propias vivencias pondrá en marcha la coctelera y se convertirá en una persona adulta y responsable. ¿Cuándo llegará? Me entra un escalofrío al pensar en el duro camino. Por la tarde, cuando voy a recoger a las gemelas, de camino a casa me encuentro a Alejandra con su grupo de amigos. Pasamos junto a ellos, los saludo a todos y le doy un abrazo a mi hija mayor. Una sonrisa se me coloca en la cara cuando percibo que ella me devuelve el abrazo e incluso respira hondo. Creo que es su forma de darme las gracias por el voto de confianza.De repente se oyen risas detrás nuestro. Alejandra me suelta de un salto y…-Déjame en paz, mamá.Acabo de comprobar de primera mano el dolor punzante del que me hablaba mi madre.-Ni lo sueñes, pequeña. Siempre estaré aquí. –Le digo susurrándole  a la oreja para no avergonzarla delante de sus amigos. Cuando llega a casa treinta minutos después, viene a mí. Creo que quiere decirme algo, pero no sabe cómo hacerlo.-Mamá, yo…-Dime, cariño.-Siento lo de antes, mamá. No sé qué me ha pasado por la cabeza. Pero es que he oído como se reían de nuestro abrazo y me ha dado mucha vergüenza que lo hicieras. Lo he dicho sin pensar. Siento haberte hecho daño. No sé qué me pasa últimamente, mamá. Siempre he sentido que puedo hablar con vosotros de cualquier tema, pero, últimamente pienso que no estamos en sintonía. Eres mayor y creo que no me entenderías.Toma cuchillo clavado en mi orgullo. Espera, claro, mayor que ella.-A ver, Alejandra, no voy a negarte que me ha dolido, pero entiendo que llega una época donde necesitas tu espacio. Aunque no por ello voy a dejar de darte mimos. En casa siempre hemos defendido la comunicación (desde el respeto) y la expresión de nuestras emociones. Si no quieres darme un abrazo que sea porque a ti no te apetezca dármelo en ese momento, no porque pienses que sea algo de qué avergonzarte. Son muestras de cariño, nada más. Y tu familia que siempre te querrá, te los dará.                            ​

HOY VENCEMOS A LOS MONSTRUOS​

Me llamo Edgar, tengo 10 años y quiero ser veterinario y dibujar cómics. Mi tutora nos ha pedido, a mis compañeros y a mí, escribir una redacción para exponer en clase. Como no sabía cómo empezar, he decidido hacerlo presentándome que es lo que acabo de hacer.Nací siendo mis padres muy mayores (diez años menos que ahora) y el parto se complicó porque quise salir antes de tiempo. Incluso hubo peligro que naciera sin vida pero los médicos consiguieron que, tanto mi mamá como yo, estuviéramos bien. Mi mamá me ha explicado que, a consecuencia de aquello, yo entiendo las cosas de forma distinta a cómo pueden hacerlo mis compañeros que tienen mi misma edad. Eso lo entiendo. No me importa porque sigo vivo y los médicos me salvaron.Siempre me cuentan que he sido un niño muy deseado y que no me cambiarían por nada en el mundo (por eso me abrazan muy a menudo). Ni yo a ellos porque saben cómo cuidarme cuando estoy triste o enfermo. Me preparan mi plato favorito que son los macarrones con tomate frito y me llevan al parque a jugar con el balón. Papá siempre me deja ganar. Yo me doy cuenta pero no le digo nada porque le hace mucha ilusión que yo gane. Se pone muy contento, salta y chilla “¡Campeón!” muchas veces, tal vez demasiadas (eso dice mami). La gente se queda mirando pero a mí no me importa porque es mi padre y yo lo quiero con todos sus defectos y virtudes (esta palabra me la ha dictado mi papá).Siempre me dicen que no me ponga triste si percibo que algún profesor o compañero me tiene que explicar varias veces la lección ya que no pasa nada si no entiendo algo o lo olvido rápidamente. Por esa razón siempre llevo una libreta conmigo para apuntármelo todo, llegar a casa y leer lo que he escrito...aunque la mayoría de veces la utilizo para dibujar. Soy mejor contador de historias a través de los cómics que con mi discurso oral.Mis papás son muy pacientes conmigo (pacientes de “paciencia”, no de “enfermos”). Son pacientes conmigo porque me quieren. Siempre estoy con ellos cuando no estoy en clase porque no tengo muchos amigos. Yo creía que sí los tenía ya que en clase nos lo pasábamos muy bien, nos reíamos mucho y siempre venían a buscarme en los recreos para que les contara o hiciera cualquier cosa que ellos querían. Incluso me invitaban a las fiestas de cumpleaños…ya no. Ya me explicó mi mamá que eso no era exactamente tener amigos. Tenía que separar quién realmente se interesaba por mí y quién se burlaba de mí. Pero yo no sé diferenciarlo, no sé hacerlo. Mi papá dice que siempre veo el bien en las personas y no siempre es bueno. Tiene razón…pero poco a poco aprendo a ver a los monstruos que luego dibujo . Son aquellos que son malos con los compañeros, que se burlan, que insultan y que pegan. A mí no me importa que me lo hagan, soy fuerte como un superhéroe y puedo resistirlo, pero no me gusta que lo hagan a mis compañeros…Mamá se pone triste cuando le cuento lo que algunos de ellos (me) hacen y siempre me aconseja que lo cuente, que no me esconda, que proteja a aquellos compañeros más débiles y que lo hable con mi profesora. Creo que esta redacción servirá porque quiero que mis compañeros vuelvan a contar conmigo, que vuelvan a invitarme a sus cumpleaños y no se avergüencen de mí.Mi papá dice que puedo contar cómo me siento cuando soy consciente que alguno de vosotros me desprecia o se burla. Así que voy a hacerlo. Es peor que cualquier puñetazo. Bien cierto es que tardo en ser consciente de todo eso, pero cuando me doy cuenta noto una punzada en el corazón que conecta directamente con el agua de mis ojos y me hace derramarla. Me quedo paralizado unos instantes intentando entender el por qué, si yo me porto bien y quiero ser amigo de todos mis compañeros. Soy buena persona y “con un corazón enorme”, o eso me dicen mis papás (aunque yo creo que todos tenemos el mismo tamaño de corazón, el problema es que no lo usan…como el cerebro). Paso unos días triste aunque mis papás siempre buscan la manera de hacerme sonreír, pero no siempre lo consiguen. Luego se me olvida lo que me hicieron y vuelvo a confiar. -Señorita, siento haberle hecho daño. –Paró Edgar de leer al darse cuenta que su profesora estaba triste.-¿Por qué dices eso, Edgar? –Le preguntó la profesora ante tal disculpa.-Porque está llorando y siento ser yo el culpable.-No, cariño, no tienes culpa de nada. Son lágrimas de emoción. Leyendo esta redacción has conseguido contarnos y hacernos partícipes de cómo te sientes. Nunca te habías abierto tanto como hasta ahora.Edgar la miró extrañado por tal observación. Él no se “abría” literalmente. “Deben ser de esas palabras que dice mami que tienen doble sentido”, pensó.-Sí, mamá dice que ha sido un buen ejercicio. Su profesora no pudo evitar sonreír ante la ternura de aquel muchacho. Se levantó de su mesa y se dirigió a toda la clase.-¿Quién verifica que todo lo que ha contado Edgar sobre las burlas es cierto?Sus alumnos llevaban en silencio, pensativos, desde el momento que Edgar empezó a leer. Durante unos segundos nadie reaccionó. En aquella clase estaban presentes un par de aquellos compañeros que le hacían la vida imposible para pasar un buen rato, bromas de mal gusto, juegos para hacer daño…siempre con una finalidad: reírse de Edgar. El resto de alumnos no se atrevían a decir nada delante de ellos ya que podían ser el blanco futuro de sus burlas.La profesora los iba mirando uno a uno, casi suplicando que alguien hablara. En el momento que ella abrió la boca para dejar el tema de manera pública, una de sus alumnas levantó la mano.-Señorita, verifico todo lo que Edgar ha leído e incluso más cosas que él no sabe. Siempre son los mismos compañeros los que le provocan y lo buscan, pero yo me siento parte culpable ya que reconozco que en alguna ocasión me he reído con sus bromas y he callado permitiendo que siguieran haciéndolo. Pero no quiero que Edgar se sienta así…Sin dejar que aquella niña terminara, otro alumno levantó la mano y otro y otro. En pocos minutos prácticamente toda la clase había levantado la mano. -Estoy muy orgullosa de vosotros. Sois muy valientes al querer cazar a los monstruos. Nunca tenéis que tener miedo porque  siempre hay alguien que sufre con vuestro silencio.La misma alumna que se atrevió a participar primero, se levantó y abrazó a Edgar. Él se quedó paralizado, con los brazos abiertos y temblando. Ninguna chica le había abrazado nunca. Las únicas eran familiares o también su profesora. Era una sensación agradable, le cargaba de energía. Cuando reaccionó y devolvió el abrazo, el resto de alumnos se fue levantando de sus pupitres para sumarse al abrazo colectivo.El único que se quedó sentado era aquel niño que no paraba de molestarlo. Nadie fue consciente de aquello, concentrados en el abrazo de equipo. De repente se sobresaltaron ante el estruendo que produjo aquel niño al levantarse y arrastrar el pupitre hacia delante. La clase se quedó paralizada, rompiendo el abrazo, en alerta, esperando su reacción. Una vez de pie, apoyó en la mesa los brazos tensos teniendo los nudillos en blanco por la fuerza con la que agarraba la mesa. Con la cabeza agachada no podían verle la cara. Debía estar muy enfadado con la clase. Todos se pusieron en tensión por cuál seria su siguiente movimiento. Hasta la tutora tuvo que separarse del grupo y llamarle la atención. Él avanzó hasta ellos con las manos apretadas en puños y la mandíbula apretada. Se paró antes de llegar al grupo.-Edgar.-¿Sí? –Dio un paso hacia delante, separándose de sus compañeros.Automáticamente, todos los alumnos se pusieron a ambos lados, demostrando su apoyo a Edgar. Si se metía con él, lo haría con todos ellos.Su profesora se mantenía junto a ellos pero en un segundo plano. Quería que resolvieran entre ellos aquel conflicto. Sabía que aquel niño no le haría nada, confiaba que aquella redacción también le hubiera descongelado el corazón. -Edgar, perdóname. No pensé que te hiciera sentir tan mal. Solamente eran bromas. –Dijo sin poder mirarlo a la cara, avergonzado por todas las escenas que recordaba siendo Edgar el receptor.-Mi mamá dice que quien es valiente para pedir perdón, se merece ser perdonado. –Le contestó Edgar seguro de lo que decía. Por fin había vencido a los monstruos y tenía un final para su cómic.  ​

NO ME FALTES NUNCA

Rafael debía tomar una decisión importante y no sabía cómo comunicárselo a su familia. Llevaba tiempo rondándole la idea por la cabeza, pero no sabía cómo se lo iban a tomar ellos y eso le preocupaba y le frenaba.Llevaba catorce años jubilado pero desde que murió Amelia, su mujer, él no había sido el mismo.Siempre pensó que cuando se jubilara definitivamente, después de toda la vida trabajando anteponiendo su vida laboral a la familiar, la vida le dispensaría tiempo libre para pasar en familia y para descansar junto a ellos. Pero no fue exactamente así. Rafael tenía tres hijos mayores. Amelia había hecho un buen trabajo en la educación de sus tres varones. Ella fue la encargada de cuidarles ya que él estaba prácticamente siempre en el trabajo, viajando.Cuando era joven sentía que era su obligación sacar adelante a su esposa y a sus hijos. Y para que no les faltara de nada necesitaba trabajar duro aunque aquello suponía no estar presente en sus vidas. No podía decir que se arrepentía de aquello ya que gracias a aquel esfuerzo sus hijos habían recibido una buena educación que les dio la oportunidad de elegir su futuro. Ahora, siendo mayor, sin su esposa y creyéndose más cerca de la muerte, se arrepentía de no haber pasado más tiempo con ellos. Y ahora que sí disponía de tiempo para su familia, eran ellos los que les faltaba para estar con él. Cada vez con más frecuencia recordaba detalles como el nacimiento de su hijo pequeño (el único que vivió) estando de vacaciones en el pueblo de sus abuelos. Sonrió con la idea de que el parto se adelantara tres semanas y Amelia lo había hecho a propósito para que él pudiera estar ya que ella había renunciado a ir a por la chica después de tres embarazos prácticamente sola. Aunque casi fue peor que Rafael lo presenciara ya que tuvieron que tumbarle en una camilla por la impresión de ver cómo su pequeño salía al mundo. Pero en cambio, nunca cambiaría las sensaciones que recorrieron su cuerpo al cogerlo en brazos y dárselo a su mujer. Estaba lleno de amor en aquel momento y pensó en sus otros dos hijos mayores y las emociones que se había perdido. Había conseguido unas y había perdido otras. Ahora no podía cambiarlo y siempre había pensado que cada uno es responsable y consecuente con las decisiones que toma en su camino de vida…y él lo tenía que aceptar.Cuando su hijo pequeño decidió vivir con su mujer cerca de su casa, les encantó la idea de poder verlos más a menudo, comer juntos, pasear por el barrio, en definitiva, pasar tiempo en familia. Por lo visto ellos tenían otros planes, siempre. A Rafael y a Amelia les entristecía no verlos con más asiduidad pero al menos a Manuel lo tenían cerca ya que sus hijos mayores habían decidido trasladarse a la capital y se veían dos o tres veces al año. -Papá, mamá, ¡estamos embarazados¡ -Les dijo Manuel en una comida familiar en la que se habían reunido todos sus hijos y nietos.“El primer nieto de Manuel. A este le veremos crecer”, pensó mientras veía corretear por la casa a sus nietos mayores que crecían demasiado deprisa sin sus abuelos cerca. Miró a su mujer y ésta, como si pudiera leerle el pensamiento, le sonrío, le cogió la mano y se le iluminaron los ojos con la ilusión de vivir aquello juntos. Ahora, mientras observaba a su nieto ya adolescente y recordaba como siendo un bebé, le cogía las mejillas a su abuela y se las estrujaba hasta hacerle daño en muestra de amor, le daba besos que en realidad eran lametones, seguramente porque le dolería las encías y todo lo chupaba, pero que ellos interpretaban que era su manera de demostrarles cuánto les quería. O cuando les hacía llorar de alegría cuando se enganchaba con la más dulce y contagiosa de las risas de un bebé.Recordaba como si fuera hoy, la primera vez que su nieto le cogió su dedo índice el primer día que fueron a verlo al hospital.-Mira, Manuel, no me suelta.-Papá, tiene unas horas de vida. Seguro que podrás zafarte de su agarre.-Ya no.Y así había sido. Nunca pudieron soltarse. Abuelo y nieto siempre tuvieron una conexión especial. Se buscaban, se retaban, se amaban.Cuando murió su mujer, su nieto era el único que le sacaba una sonrisa. Un día, paseando por el parque cogidos de la mano, el abuelo le compró un globo con forma de un famoso ratoncillo. Era una tradición, siempre que iban al parque, su nieto le miraba con aquellos ojillos llenos de ternura y sacaban de él lo que quería. Le encantaba pasar horas en el parque, paseando, jugando y hablando. Rafael le escuchaba con tanto cariño que incluso se podía percibir observándolos a distancia.-Abu, ¿dónde está la abuela Ame? –Le sorprendió. Estaba en aquella fase de preguntarlo todo pero jamás le había hablado de su “abuela Ame” después de morir. Era como si de repente hubiera caído en la cuenta que su abuela ya no estaba.-Tesoro, la abuela Ame está en el cielo. Cuando es de noche y está despejado, si te fijas, siempre verás una estrella que brilla con más intensidad. Ella es tu abuela que nos observa y nos protege desde allí.Rafael miró a su nieto. Estaba pensativo, reflexionando aquellas palabras. No sabía si aquella versión le había convencido y esperaba la siguiente pregunta.De repente su nieto miró al cielo y soltó el globo.-Pero, ¿qué haces? Siempre te digo que lo cojas fuerte, tesoro. –Le pidió Rafael mientras se le escapaba de entre los dedos la cuerda que bailaba bajo el ratón.Los dos se quedaron observando como el globo se impulsaba hacia las nubes. Rafael se agachó para consolar a su nieto por la perdida.-Tesoro, sabes que el abuelo no te va a comprar otro, ¿verdad?-No quiero otro. Lo he soltado para la abuela Ame. Quiero que tenga algo mío.Rafael tuvo que toser para disimular un quejido de pena. Lo abrazó y continuaron con su rutina. ¿Dónde quedaron aquellos tiempos de afecto y complicidad? ¿Cuándo los había cambiado por el desprecio y la obligación?Rafael no podía recordar en qué momento su nieto dejó de quererlo. Al principio pensó que eran cosas de críos que se creen que ya son mayores y ya no les haces falta. Empieza siendo una queja, un reproche, un “déjame en paz”, “eres muy pesado”, “¿cómo que no te acuerdas? Eres tonto”, “¿para qué vienes a casa? ¿a molestar?”…hasta que llega el silencio. Él sabía que cuando iba a verlo era porque sus padres le obligaban a ir a su casa de su abuelo y pasar un rato. Un rato que se reducía a Rafael sentado en el sofá y él en la butaca con el teléfono móvil adherido a sus manos. Cuando consideraba que había cumplido, se levantaba y se marchaba. Daba igual lo que su abuelo tuviera que contarle, la indiferencia y la falta de respeto eran sus únicas respuestas.Rafael estaba tan cansado de aquella situación que la mejor solución era quitarse de en medio. Así evitaría enfados con su hijo Manuel y dejaría de dolerle el alma con cada desprecio de su nieto.-No hagas caso, papá. Está en esa fase en la que nos odia a todos.-Tú no te has comportado de esa manera tan irrespetuosa y ni tu madre ni yo lo hubiéramos consentido.-¿Y tú qué sabes, papá, si nunca estabas en casa para saberlo? –Le dijo su hijo Manuel enfadado por la insinuación de su padre.Aquel comentario le rompió el corazón en dos. Siempre pensó que sus hijos entendían el sacrificio que hizo para que ellos pudieran tener todo lo que querían. Aquel reproche fue la señal para saber que había llegado el momento de irse. Ya no le necesitaban. Ya se podía ir. -Papá, mamá, me voy a ver al abuelo. Volveré en un rato.-Cielo, ¿dónde vas? –Le dijo su madre extrañada.-Mamá, de verdad, te acabo de decir que me voy a casa del abu. –Le contestó irritado.-Anda, ven. Siéntate aquí conmigo. –Le pidió su padre.-No seas pesado, papá. Hoy no ha venido a casa y quiero comprobar que esté bien.Hasta su padre se sorprendió de aquellas palabras. Respiró hondo y le hizo un gesto con la mano, dando palmadas en el espacio que quedaba libre. Su hijo se sentó a regañadientes. Lo miró y le instó para que fuera rápido, tenía prisa por irse. Su abuelo nunca cambiaba sus rutinas y empezaba a preocuparse.-Mira hijo, el abu se ha ido.-¿Para siempre? Papá, ¿para siempre? ¡Contesta!-Lamentablemente, sí. Quería estar cerca de la abu Ame, dijo.  –Le contestó reprimiendo una lágrima al ser consciente que no tendría a su padre cerca.Aún no había pestañeado Manuel cuando él estaba saliendo por la puerta, corriendo, desesperado. Corrió como un loco, sin mirar atrás. Solamente quería llegar a casa de su abu querido. No podía haberse marchado. No. No podía haber…muerto. Eso era imposible. Él no lo soportaría. Mientras corría notaba como las lágrimas se desprendían de sus ojos y recorrían sus mejillas hasta desaparecer. Por fin llegó a su destino. Le costó tanto llegar que pensó que alguien había construido un par de edificios más entre su casa y la de su abuelo. Tenía que recuperarse un poco, calmarse, conseguir que la respiración volviera a la normalidad antes de subir y comprobar aquello que su padre le había dicho. Era horrible. “Por favor, no, por favor”, pensó mientras se encontraba aun agachado con las manos en sus rodillas temblorosas, no sabía si por el esfuerzo o por el miedo.Cuando se armó de valor y se levantó para subir a casa de su abuelo el corazón se le paralizó. Allí estaba él, su abu. Corrió una vez más hasta él y lo abrazó tan fuerte que pensó que le acababa de partir algún brazo…o los dos.-Abu, estás aquí. Abu, estás vivo. –Le dijo aun abrazado a él.-Tesoro, ¿qué pasa? ¿Qué te pasa? Claro que estoy vivo…por lo menos hasta que no me falte el aire con tu agarre.-Perdona, abuelo, es que papá me dijo que te habías ido para siempre. Que te habías ido para estar más cerca de la abuela y…y…y… Yo pensé que habías muerto. Y entonces no lo pude soportar. Me dolían las entrañas y no pude controlar la idea de venir hasta aquí. –Le explicó con la voz entrecortada por la emoción, el susto y la alegría.-Tesoro, tu padre te ha dicho la verdad. Me voy para siempre, pero no ese siempre. Ya me llegará el día…esperemos que aún tarde, claro está. Me voy al pueblo. Creo que ha llegado el momento de marcharme, se me ha quedado demasiado grande la ciudad. Ya no me necesitáis. Ya no me necesitas. Te has vuelto un niño desobediente, irrespetuoso y egoísta. Prefiero no verlo. Llevo luchando contra esto muchos meses y tú, ni siquiera me escuchas. Prefiero alejarme y vivir el tiempo que me queda aquí, en la tranquilidad de la vida en el pueblo…cerca de la abu Ame.-Abu, ¿cómo puedes pensar algo así? No sabes la angustia que he sentido al pensar que ya no te iba a volver a ver. Te quiero tanto, abu, que no quiero que me faltes nunca. De verdad, perdóname. Por favor, abuelo, quédate. Solamente queda un mes para vacaciones. Te prometo ir contigo al pueblo, mirar al cielo y estar otra vez todos juntos. ​

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